La mano de Sofía sobre mi entrepierna era un fantasma, una caricia sin fuerza, una burla involuntaria de su verdadera atención que estaba consumida por la carne erecta de Marcos. El sonido húmedo y rítmico de su boca trabajando el glande de mi amigo era el único latido que importaba en esa sala. De repente, Marcos soltó un gemido gutural, empujó a Sofía hacia atrás con suavidad y se levantó del sillón. Su pija se balanceaba frente a mí, imponente, gruesa, brillante con la saliva de mi novia. Se acercó hasta que estuvimos cara a cara, el calor de su cuerpo irradiando una confianza que me hacía encogerme.
—Oye, colega —dijo Marcos, con una sonrisa de gato que atrapa al ratón—. Veo que estás ahí parado, con la gana de meterte en el juego pero sin saber cómo. Te voy a dar una oportunidad, una sola.
Me quedé inmóvil, sintiendo cómo mi propia verga latía con fuerza dentro del pantalón, una mezcla de vergüenza y deseo insoportable.
—Si logras hacer que Sofía tenga un orgasmo solo con tu boca, ahora mismo, te dejaré participar más activamente en las sesiones —desafió, cruzándose de brazos para que sus músculos se tensaran—. Pero si fallas... si no la haces gozar como ella se merece, te conformarás con ser un simple espectador. Un espectador silencioso.
Miré a Sofía. Ella estaba arrodillada en el cojín, con los labios hinchados y rojos, el pecho alzado y los ojos clavados en la pija de Marcos, como si fuera un ídolo religioso. Asintió con una leve inclinación de cabeza, sin mirarme a los ojos. Me arrodillé frente a ella. El aroma de su excitación mezclado con el olor a sexo de Marcos me embriagó. Bajé la cabeza hacia su coño, que estaba expuesto y humedecido. Comencé a lamer, intentando imitar la devoción que ella le mostraba a él, moviendo la lengua con furia, buscando su clítoris.
Sofía soltó unos gemidos, pero eran huecos. Su cuerpo estaba rígido, sus manos buscaban instintivamente las piernas de Marcos a mi lado. Pasé un largo rato, que se sintió como horas, lamiendo, chupando, introduciendo los dedos, intentando sacudir su mundo, pero ella estaba en otro planeta. No hubo contracción, no hubo grito de placer, solo una paciencia tolerante. Finalmente, me aparté, con la mandíbula dolorida y la certeza del fracaso pesándome en el estómago.
—Ya está —susurré, vencido.
Marcos soltó una carcajada seca y se volvió a sentar en el sofá, abriendo las piernas de par en par.
—Pues espectador serás —sentenció, señalando el suelo frente a él—. Sofía, ven aquí. Acaba lo que empezaste.
Sofía se deslizó por el suelo como una serpiente y volvió a tomar esa pija enorme con ambas manos, hundiéndola en su garganta con un gemido de alivio, como si hubiera vuelto a casa después de un largo viaje.
A partir de ese momento, la tarde se convirtió en una tortura voyeurística. Marcos decidió que ese día pasaría todo el tiempo sentado en el sofá, viendo televisión, zapeando canales con una indiferencia total mientras mi novia trabajaba incansable entre sus piernas. Yo me levanté, sintiéndome invisible, y me fui a la cocina a intentar ordenar mi mente a través de tareas domésticas.
Lavé los platos, el sonido del agua y el choque de la cerámica intentando competir con los gemidos amortiguados que venían de la sala. Terminé y pasé por el pasillo con una carga de ropa sucia. Allí estaban, igual que antes. Marcos reía de un programa de comedia, la cabeza echada hacia atrás, mientras la cabeza de Sofía subía y bajaba en un movimiento hipnótico, mecánico, devoto. Su vestido corto se había recogido en la cintura, mostrando sus nalgas perfectas al aire, moviéndose ligeramente al ritmo de la succión.
Me detuve un instante, oculto en la sombra del marco de la puerta. Vi cómo las mejillas de Sofía se hinchaban al recibir el grosor de él, cómo sus manos ordeñaban los testículos de Marcos con una suavidad experta. Marcos no apartaba la vista de la pantalla, solo acariciaba el cabello de ella de vez en cuando, como a una mascota premiada.
Un rato más tarde, pasé con una escoba. La luz de la tarde había cambiado, volviéndose anaranjada y tenue. Marcos había cambiado de canal, ahora veía una película de acción con el volumen alto. Sofía seguía ahí. No había parado. Su cuello debía estar dolorido, su mandíbula agotada, pero no mostraba signos de detenerse. De repente, Marcos tensó los muslos y soltó un gruñido, apretando los ojos. Vi cómo la garganta de Sofía se movió violentamente, tragando con fuerza. Ella se mantuvo quieta, recibiendo su leche directamente en el estómago, sin derramar una gota. Cuando él se relajó, ella se retiró, le dio un beso lastimero en la punta de la verga, limpió un resto de saliva con el dorso de la mano y volvió a meterla en su boca, manteniéndola erecta, lista para la siguiente ronda.
No podía creerlo. Mi novia, la misma mujer que a veces se quejaba de estar cansada después de ocho horas de trabajo, estaba allí arrodillada durante horas, adorando el miembro de mi amigo con una resistencia sobrenatural.
Hice la cena, cortando vegetales con movimientos bruscos, mi propia erección incómoda y dolorosa dentro del pantalón. Cada vez que pasaba por la sala, la escena se grababa más profundamente en mi retina: la musculatura de Marcos relajada, el contraste de su piel oscura con la palidez de Sofía, los hilos de baba que colgaban de su barbilla.
Al final del día, ya de noche, me paré en la entrada de la sala una última vez. Marcos estaba bostezando, apagando el televisor. Sofía seguía allí, como una estatua de la devoción, chupando lento, saboreando cada centímetro de piel, sus ojos brillantes en la penumbra, completamente entregados a su mundo de carne y saliva. Me quedé mirándolos, con la verga dura y el corazón en la garganta, sintiendo la humillación absoluta de ser solo un testigo de la obsesión inagotable de mi novia.
—Oye, colega —dijo Marcos, con una sonrisa de gato que atrapa al ratón—. Veo que estás ahí parado, con la gana de meterte en el juego pero sin saber cómo. Te voy a dar una oportunidad, una sola.
Me quedé inmóvil, sintiendo cómo mi propia verga latía con fuerza dentro del pantalón, una mezcla de vergüenza y deseo insoportable.
—Si logras hacer que Sofía tenga un orgasmo solo con tu boca, ahora mismo, te dejaré participar más activamente en las sesiones —desafió, cruzándose de brazos para que sus músculos se tensaran—. Pero si fallas... si no la haces gozar como ella se merece, te conformarás con ser un simple espectador. Un espectador silencioso.
Miré a Sofía. Ella estaba arrodillada en el cojín, con los labios hinchados y rojos, el pecho alzado y los ojos clavados en la pija de Marcos, como si fuera un ídolo religioso. Asintió con una leve inclinación de cabeza, sin mirarme a los ojos. Me arrodillé frente a ella. El aroma de su excitación mezclado con el olor a sexo de Marcos me embriagó. Bajé la cabeza hacia su coño, que estaba expuesto y humedecido. Comencé a lamer, intentando imitar la devoción que ella le mostraba a él, moviendo la lengua con furia, buscando su clítoris.
Sofía soltó unos gemidos, pero eran huecos. Su cuerpo estaba rígido, sus manos buscaban instintivamente las piernas de Marcos a mi lado. Pasé un largo rato, que se sintió como horas, lamiendo, chupando, introduciendo los dedos, intentando sacudir su mundo, pero ella estaba en otro planeta. No hubo contracción, no hubo grito de placer, solo una paciencia tolerante. Finalmente, me aparté, con la mandíbula dolorida y la certeza del fracaso pesándome en el estómago.
—Ya está —susurré, vencido.
Marcos soltó una carcajada seca y se volvió a sentar en el sofá, abriendo las piernas de par en par.
—Pues espectador serás —sentenció, señalando el suelo frente a él—. Sofía, ven aquí. Acaba lo que empezaste.
Sofía se deslizó por el suelo como una serpiente y volvió a tomar esa pija enorme con ambas manos, hundiéndola en su garganta con un gemido de alivio, como si hubiera vuelto a casa después de un largo viaje.
A partir de ese momento, la tarde se convirtió en una tortura voyeurística. Marcos decidió que ese día pasaría todo el tiempo sentado en el sofá, viendo televisión, zapeando canales con una indiferencia total mientras mi novia trabajaba incansable entre sus piernas. Yo me levanté, sintiéndome invisible, y me fui a la cocina a intentar ordenar mi mente a través de tareas domésticas.
Lavé los platos, el sonido del agua y el choque de la cerámica intentando competir con los gemidos amortiguados que venían de la sala. Terminé y pasé por el pasillo con una carga de ropa sucia. Allí estaban, igual que antes. Marcos reía de un programa de comedia, la cabeza echada hacia atrás, mientras la cabeza de Sofía subía y bajaba en un movimiento hipnótico, mecánico, devoto. Su vestido corto se había recogido en la cintura, mostrando sus nalgas perfectas al aire, moviéndose ligeramente al ritmo de la succión.
Me detuve un instante, oculto en la sombra del marco de la puerta. Vi cómo las mejillas de Sofía se hinchaban al recibir el grosor de él, cómo sus manos ordeñaban los testículos de Marcos con una suavidad experta. Marcos no apartaba la vista de la pantalla, solo acariciaba el cabello de ella de vez en cuando, como a una mascota premiada.
Un rato más tarde, pasé con una escoba. La luz de la tarde había cambiado, volviéndose anaranjada y tenue. Marcos había cambiado de canal, ahora veía una película de acción con el volumen alto. Sofía seguía ahí. No había parado. Su cuello debía estar dolorido, su mandíbula agotada, pero no mostraba signos de detenerse. De repente, Marcos tensó los muslos y soltó un gruñido, apretando los ojos. Vi cómo la garganta de Sofía se movió violentamente, tragando con fuerza. Ella se mantuvo quieta, recibiendo su leche directamente en el estómago, sin derramar una gota. Cuando él se relajó, ella se retiró, le dio un beso lastimero en la punta de la verga, limpió un resto de saliva con el dorso de la mano y volvió a meterla en su boca, manteniéndola erecta, lista para la siguiente ronda.
No podía creerlo. Mi novia, la misma mujer que a veces se quejaba de estar cansada después de ocho horas de trabajo, estaba allí arrodillada durante horas, adorando el miembro de mi amigo con una resistencia sobrenatural.
Hice la cena, cortando vegetales con movimientos bruscos, mi propia erección incómoda y dolorosa dentro del pantalón. Cada vez que pasaba por la sala, la escena se grababa más profundamente en mi retina: la musculatura de Marcos relajada, el contraste de su piel oscura con la palidez de Sofía, los hilos de baba que colgaban de su barbilla.
Al final del día, ya de noche, me paré en la entrada de la sala una última vez. Marcos estaba bostezando, apagando el televisor. Sofía seguía allí, como una estatua de la devoción, chupando lento, saboreando cada centímetro de piel, sus ojos brillantes en la penumbra, completamente entregados a su mundo de carne y saliva. Me quedé mirándolos, con la verga dura y el corazón en la garganta, sintiendo la humillación absoluta de ser solo un testigo de la obsesión inagotable de mi novia.
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