Era una tarde de diciembre agobiante en Palermo, Buenos Aires. Carlos (53) y Laura (49) vivían en un lindo departamento en la calle Honduras. Hacía semanas que la computadora de Carlos andaba lenta, así que llamaron a Ale, el pibe recomendado por un amigo. Ale tenía 25 años, era alto, morocho, con brazos tatuados, barba corta y un culo que se marcaba perfecto en los jeans gastados.
Llegó con una mochila al hombro.—Buenas, ¿qué tal? Soy Ale —saludó con confianza.Mientras Laura preparaba unos mates bien cebados en la cocina, Carlos acompañó al pibe al escritorio del estudio. Al principio hablaron de cualquier cosa. Pero Carlos no podía dejar de mirar los brazos fuertes de Ale y la forma en que se movía.
De a poco la charla se puso más íntima. Ale, sin filtro, contó que era bisexual desde los 18 y que le encantaban los hombres maduros, sobre todo los casados y con experiencia.—Nunca probé con un tipo —confesó Carlos en voz baja, mirando hacia la puerta del balcón donde Laura hablaba por teléfono.Ale lo miró fijo, con una sonrisa pícara.—¿Y tenés ganas? Yo estoy limpio y me encanta enseñar.Carlos sintió que la pija se le empezaba a endurecer dentro del pantalón. Asintió casi sin pensarlo.
En cuanto Laura salió al balcón, Ale no perdió tiempo. Se arrodilló entre las piernas de Carlos, le abrió el cierre y sacó esa pija gruesa, venosa y ya medio dura. La olió un segundo y se la metió entera en la boca, chupando con hambre.
—Qué rica pija tenés, Carlos… gruesa y con sabor a hombre —murmuraba mientras la lamía desde los huevos pesados hasta la cabeza brillante.
Carlos agarró la cabeza del pibe y empezó a cogerle la boca despacio, gimiendo bajito. Ale babeaba todo, haciendo ruidos obscenos mientras le masajeaba los huevos.Al rato Ale se paró, se bajó los jeans y le mostró su propia pija, dura y goteando. Carlos, excitadísimo, la agarró y empezó a pajearlo. Luego Ale se dio vuelta, apoyó las manos en el escritorio y separó las patas.—Escupí y metémela… despacio al principio —pidió.
Carlos escupió en la mano, lubricó el orto apretado del Ale y empujó. Centímetro a centímetro fue entrando hasta que sus huevos chocaron contra el culo firme de Ale. Empezó a moverse, primero suave y después con fuerza, agarrándolo de las caderas.
—Uff… qué rico culo tenés, hijo de puta —gruñía Carlos mientras lo reventaba a cogidas.Ale gemía como una puta en celo:—Más fuerte, Carlos… rompeme el orto… haceme sentir esa pija de macho…
Laura volvió del balcón en ese momento y se quedó paralizada en la puerta. Ver a su marido cogiendo con fuerza al pibe técnico la dejó helada… pero también tremendamente mojada. En silencio se sentó en el sillón, abrió las piernas y empezó a tocarse por encima de la bombacha, mirando todo.
Carlos la vio y, en vez de parar, sonrió y le metió más fuerte a Ale.—¿Te gusta mirar, amor? —preguntó jadeando.
—Muchísimo… seguí, no pares —respondió Laura con la voz cargada de excitación.Ale, sabiendo que tenía público, se puso más intenso. Carlos lo dio vuelta, lo sentó en el borde del escritorio y le levantó las piernas. Así lo siguió cogiendo cara a cara, besándolo con lengua mientras le metía la pija hasta el fondo. Ale se pajeaba al ritmo de las embestidas.—Estoy por correrme… —avisó Carlos.—Adentro… llename —suplicó Ale.Carlos empujó profundo y se corrió con fuerza, soltando chorros calientes dentro del orto del pibe. Ale, sintiendo la leche adentro, se pajeó más rápido y se corrió violentamente, salpicando su propio pecho y la panza de Carlos.Los dos quedaron jadeando, sudados y pegoteados. Laura se acercó, primero besó a su marido con pasión, probando el sabor del pibe en su boca, y después se agachó y le dio un beso largo a Ale, metiéndole la lengua.—Qué lindo que cogés… —le dijo sonriendo.
Ale, todavía con la pija semi-dura, respondió con esa sonrisa canchera:—Cuando quieran que vuelva a “arreglar la compu”… o lo que sea… me llaman. La próxima puedo quedarme más rato… y podemos jugar los tres.
Laura miró a Carlos, que todavía tenía la respiración agitada, y contestó:—Contá con eso, Ale. La próxima te esperamos con más tiempo… y sin apuro.Ale se vistió, les guiñó el ojo y se fue. Esa noche Carlos y Laura cogieron como hacía años no lo hacían, recordando todo lo que habían visto.
1 comentarios - El pibe que arregla la compu
Baño del trabajo jaja dejé todo en la pared