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Encuentro prohibido en la ducha

La fiesta familiar junto a la piscina estaba en pleno apogeo. El sol del atardecer teñía el agua de tonos dorados y el aire olía a cloro, carne asada y risas. Alex, de 22 años, acababa de llegar de la universidad y se sentía un poco fuera de lugar entre tíos, primos y abuelos. Pero entonces la vio.
Su tía Laura, de 58 años, caminaba descalza por el borde de la piscina con un ligero vestido blanco de tirantes que se pegaba a su cuerpo húmedo por el calor. Era una mujer madura, de cabello corto y rubio platino, rostro marcado por la experiencia pero con una sonrisa pícara que aún encendía miradas. El vestido se adhería a sus curvas generosas: sus pechos pesados y aún firmes se marcaban claramente bajo la tela fina, con un escote profundo que dejaba ver el valle suave y bronceado. Su cintura se estrechaba lo suficiente antes de ensancharse en unas caderas anchas y una cola grande, redonda y jugosa que se movía con cada paso, tentadora, llamando la atención sin esfuerzo. Las nalgas se balanceaban pesadas bajo el vestido, y cuando se inclinó para recoger un vaso, Alex sintió un calor repentino en el vientre. Nunca la había visto así. Esa mujer que lo había cargado de niño ahora despertaba en él un deseo prohibido y salvaje.
Durante toda la tarde no pudo dejar de mirarla. Cada vez que Laura reía, sus tetas se movían ligeramente. Cuando salió del agua, el vestido mojado se volvió casi transparente, revelando los pezones oscuros y endurecidos por el frío, y el contorno de sus muslos gruesos y esa cola imponente que parecía hecha para ser agarrada con fuerza. Alex se escondió detrás de una toalla para disimular la erección que le crecía dolorosamente en el pantalón corto.
— ¿Todo bien, sobrino? —le preguntó ella más tarde, acercándose con una cerveza en la mano. Su voz era ronca, cálida, y sus ojos recorrieron el cuerpo joven y atlético de Alex con un brillo que él no supo interpretar en ese momento.
—Sí, tía… solo calor —murmuró él, incapaz de apartar la vista de cómo el vestido se tensaba sobre sus curvas maduras.
La noche cayó y la casa se fue quedando en silencio. Alex, aún excitado por las imágenes de su tía, decidió ducharse para calmarse. Entró al baño del piso de arriba, dejó que el agua caliente corriera por su cuerpo y cerró los ojos, imaginando esas nalgas grandes y suaves envolviendo su verga dura.
De pronto, la puerta de la ducha se abrió.
Era Laura, completamente desnuda. Su cuerpo maduro brillaba bajo la luz tenue: pechos pesados con pezones grandes y oscuros, vientre suave, caderas anchas y esa cola espectacular, redonda, blanca y carnosa, con un par de hoyuelos en la parte superior. El agua empezó a caer también sobre ella.
—Shhh… —susurró ella, poniendo un dedo en los labios de Alex mientras cerraba la mampara—. Llevo toda la tarde sintiendo cómo me mirabas, sobrino. Y yo también te he estado mirando a ti.
Antes de que él pudiera responder, Laura se arrodilló en el plato de ducha. El agua caía sobre su cabello corto mientras tomaba la verga joven y dura de Alex con ambas manos. Estaba completamente erecta, gruesa y palpitante. Lo miró a los ojos con lujuria y se la metió en la boca sin dudar.
—Joder, tía… —gimió Alex.
Laura chupaba con hambre experta. Sus labios gruesos se deslizaban por el tronco, su lengua giraba alrededor del glande, y bajaba hasta meterse casi toda la verga hasta la garganta, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Sus tetas grandes se balanceaban con cada movimiento de cabeza, golpeando suavemente contra los muslos de él. Lo mamaba como si hubiera estado deseándolo durante años: succionando fuerte, lamiendo los huevos, masturbándolo con la mano mientras su boca trabajaba el resto.
Alex la agarró del cabello mojado, follándole la boca con cuidado al principio y luego con más fuerza. Laura gemía alrededor de su verga, excitada por lo prohibido.
Después de varios minutos, ella se levantó, se dio la vuelta y apoyó las manos contra los azulejos. Arqueó la espalda, ofreciéndole esa cola enorme y madura.
—Quiero que me des por el culo, Alex —susurró con voz ronca—. Métemela toda. He estado mojada pensando en esto desde que te vi mirándome.
Alex no lo pensó dos veces. Escupió en su mano, lubricó su verga y la cabeza de su polla presionó contra el ano apretado de su tía. Empujó lentamente, sintiendo cómo esa cola carnosa y caliente lo envolvía centímetro a centímetro. Laura soltó un gemido largo y profundo cuando él entró por completo, sus nalgas grandes presionando contra el abdomen de él.
—Así… bien duro, sobrino —jadeó ella.
Alex empezó a follarla con ritmo creciente. Sus manos se hundían en esa carne suave y abundante de sus caderas, agarrando puñados de nalga mientras embestía. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo del culo de Laura llenaba la ducha junto con los gemidos de ambos. Las tetas de ella se balanceaban pesadamente con cada golpe, y él las alcanzó para pellizcarle los pezones.
La folló con fuerza, sintiendo cómo ese culo maduro y apretado lo apretaba deliciosamente. Laura se corrió primero, temblando y apretando su verga con el esfínter mientras gemía su nombre. Eso fue suficiente para Alex: con un gruñido animal, se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenando el culo de su tía con chorros calientes y abundantes de semen.
Se quedaron así un rato, bajo el agua, respirando agitados. Laura se giró, lo besó en la boca con lengua y le susurró al oído:
—Esto solo es el principio de la noche, mi niño…
Fin.

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