El sonido de la manija de la puerta girando rompió el silencio eléctrico de la habitación con una crueldad abrupta. Damián retiró su mano de entre las nalgas de Sofía con una rapidez pasmosa, moviéndose hacia el otro lado de la cama como si fuera un gato que hubiera sido sorprendido acechando un jilguero. Sofía, por su parte, sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una mezcla de pánico y adrenalina pura que se aferró a sus músculos. Su ano, todavía húmedo por la saliva y la invasión súbita del dedo de Damián, se contrajo violentamente al perder el contacto, un anillo de carne palpitante que reclamaba atención que ya no podía recibir.
Con movimientos bruscos pero controlados, Sofía se acomodó la tanga de encaje, asegurándose de que cubriera su secreto, y bajó la falda de mezclilla sobre sus muslos. El roce de la tela áspera contra su piel sensible y, sobre todo, contra la zona recién estrenada, le provocó un estremecimiento que tuvo que morderse para no emitir. Se giró en el colchón, buscando una posición que pareciera casual, y terminó sentada en el borde, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas a ambos lados de sus caderas. Intentó controlar su respiración, que salía corta y rápida, y notó cómo el calor subía desde su entrepierna hacia sus mejillas, tiñéndolas de un rojo carmesí que no podía disimular por completo.
La puerta se abrió por completo y Lucas apareció en el marco, mirando su reloj de pulsera con una expresión de confusión.
—Faltaban diez segundos —murmuró Lucas, entrando en la habitación con paso vacilante. Sus ojos escanearon la estancia con desconfianza, como si esperara encontrar una trampa—. He vuelto antes. No quería dejaros solos demasiado tiempo.
El ambiente en la habitación era denso, casi pegajoso, cargado con el olor a sexo y sudor que los tres podían oler pero que solo dos reconocían en toda su magnitud. Lucas se detuvo en seco al ver a Sofía. Ella estaba sentada, demasiado rígida, con la espalda recta y los hombros tensos. Su rostro estaba encendido, un rubor intenso que bajaba por su cuello y desaparecía bajo la tela de su camiseta corta. A Lucas no se le escapó ese detalle; frunció el ceño, advirtiendo el cambio en su postura, la forma en que apretaba los labios como si contuviera algo.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucas, su voz temblando levemente—. ¿Por qué estás así, Sofía? Te ves... rara.
Sofía sintió el corazón golpeándole contra las costillas. La sensación de dilatación en su trasero era imposible de ignorar; sentía el orificio abierto, húmedo, latiendo al ritmo de su pulso, una recordatorio físico y sucio de lo que acababa de ocurrir. Cada vez que respiraba, el movimiento de sus caderas sobre el colchón le recordaba la presencia de Damián dentro de ella. Necesitaba una excusa, cualquier cosa que explicara ese rubor sin delatar la penetración anal que acababa de sufrir.
Antes de que ella pudiera articular palabra, Damián intervino. Se había recostado contra la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa relajada, casi burlona, dibujada en los labios. Proyectaba una confianza absoluta, la de un hombre que tiene el control de la narrativa.
—Tranquilo, Lucas —dijo Damián, con un tono de voz suave, casi condescendiente—. No ha pasado nada malo. Solo aproveché los segundos que estuve fuera para hablar un poco con ella.
Lucas giró la cabeza hacia él, los ojos entornados.
—¿Hablar? Solo estuviste fuera veinte segundos.
—Veinte segundos son mucho tiempo si sabes usarlos —replicó Damián, despegándose de la pared y acercándose a la cama. Se detuvo junto a Sofía, pero no la tocó; simplemente se quedó allí, dominando el espacio con su presencia—. Le pregunté si le estaba gustando el juego. Quería saber si estaba divirtiéndose tanto como nosotros.
Sofía asintió con la cabeza, forzando una sonrisa que esperaba que pareciera natural.
—Sí, es... es intenso —logró decir, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo normal.
Damián continuó, tejiendo la mentira con una habilidad que impresionó a Sofía, incluso en su estado de conmoción.
—Y como ella ganó la primera ronda, adivinando quién la tocaba, creí que merecía un premio —dijo Damián, mirando a Lucas a los ojos, desafiándolo a que dudara—. Nada grave. Solo un pequeño incentivo.
—¿Qué tipo de incentivo? —preguntó Lucas, aunque la tensión en sus hombros comenzó a aflojarse levemente.
—Un beso —respondió Damián, con una sonrisa pícara—. Un beso esquinero. Casi en la boca. Un premio por ser tan buena jugadora.
La explicación coló en la mente de Lucas como agua en tierra sedienta. Era inocente, plausible. Un beso casi en la boca explicaba perfectamente el rubor en las mejillas de Sofía, el nerviosismo en sus manos, la forma en que evitaba el contacto visual directo. Lucas exhaló, soltando el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta. La idea de que Damián hubiera tocado a Sofía de forma más íntima, de haberla marcado como lo había hecho, ni siquiera cruzó por su mente ingenua. Él solo veía el juego de superficie, el coqueteo superficial que él mismo había propuesto.
—Ah —dijo Lucas, asintiendo lentamente—. Bueno, supongo que es parte del juego. Pero... ten cuidado, ¿sabes? No quiero que las cosas se salgan de control.
Damián se encogió de hombros, indiferente.
—Todo bajo control, amigo. Solo estamos jugando.
Sofía sintió una oleada de alivio mezclada con una excitación vergonzosa. La mentira de Damián la había salvado, pero también la había encerrado en una complicidad más profunda. El secreto de su ano dilatado, de la saliva de Damián lubricándola por dentro, era ahora un tesoro que compartían solo ellos dos. Mientras Lucas se relajaba, creyendo que el "premio" había sido un simple roce de labios, Sofía sentía cómo el músculo de su esfínter seguía abierto, una pequeña boca hambrienta entre sus nalgas que nadie más podía ver pero que definía toda su realidad en ese momento.
El ambiente en la habitación cambió, pasando del pánico a una calma tensa. Lucas se acercó a la cama, mirando a Sofía con renovado interés, quizás celoso del "premio" que Damián le había dado.
—¿Entonces? —preguntó Lucas, limpiándose la garganta—. ¿Seguimos?
Sofía lo escucho. Lucas estaba ahí, su novio, su pareja oficial, pareciendo tan inofensivo y tan ajeno a la lujuria sucia que acababa de consumarse en el colchón. Ella sintió una punzada de culpa, pero fue rápidamente ahogada por la persistente humedad en su entrepierna. Su cuerpo había respondido a la dominación de Damián con una ferocidad que Lucas nunca había logrado despertar.
—Sí, podemos seguir —dijo Sofía, intentando que su voz sonara firme—. Otra ronda.
CONTINUARA
Con movimientos bruscos pero controlados, Sofía se acomodó la tanga de encaje, asegurándose de que cubriera su secreto, y bajó la falda de mezclilla sobre sus muslos. El roce de la tela áspera contra su piel sensible y, sobre todo, contra la zona recién estrenada, le provocó un estremecimiento que tuvo que morderse para no emitir. Se giró en el colchón, buscando una posición que pareciera casual, y terminó sentada en el borde, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas a ambos lados de sus caderas. Intentó controlar su respiración, que salía corta y rápida, y notó cómo el calor subía desde su entrepierna hacia sus mejillas, tiñéndolas de un rojo carmesí que no podía disimular por completo.
La puerta se abrió por completo y Lucas apareció en el marco, mirando su reloj de pulsera con una expresión de confusión.
—Faltaban diez segundos —murmuró Lucas, entrando en la habitación con paso vacilante. Sus ojos escanearon la estancia con desconfianza, como si esperara encontrar una trampa—. He vuelto antes. No quería dejaros solos demasiado tiempo.
El ambiente en la habitación era denso, casi pegajoso, cargado con el olor a sexo y sudor que los tres podían oler pero que solo dos reconocían en toda su magnitud. Lucas se detuvo en seco al ver a Sofía. Ella estaba sentada, demasiado rígida, con la espalda recta y los hombros tensos. Su rostro estaba encendido, un rubor intenso que bajaba por su cuello y desaparecía bajo la tela de su camiseta corta. A Lucas no se le escapó ese detalle; frunció el ceño, advirtiendo el cambio en su postura, la forma en que apretaba los labios como si contuviera algo.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucas, su voz temblando levemente—. ¿Por qué estás así, Sofía? Te ves... rara.
Sofía sintió el corazón golpeándole contra las costillas. La sensación de dilatación en su trasero era imposible de ignorar; sentía el orificio abierto, húmedo, latiendo al ritmo de su pulso, una recordatorio físico y sucio de lo que acababa de ocurrir. Cada vez que respiraba, el movimiento de sus caderas sobre el colchón le recordaba la presencia de Damián dentro de ella. Necesitaba una excusa, cualquier cosa que explicara ese rubor sin delatar la penetración anal que acababa de sufrir.
Antes de que ella pudiera articular palabra, Damián intervino. Se había recostado contra la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa relajada, casi burlona, dibujada en los labios. Proyectaba una confianza absoluta, la de un hombre que tiene el control de la narrativa.
—Tranquilo, Lucas —dijo Damián, con un tono de voz suave, casi condescendiente—. No ha pasado nada malo. Solo aproveché los segundos que estuve fuera para hablar un poco con ella.
Lucas giró la cabeza hacia él, los ojos entornados.
—¿Hablar? Solo estuviste fuera veinte segundos.
—Veinte segundos son mucho tiempo si sabes usarlos —replicó Damián, despegándose de la pared y acercándose a la cama. Se detuvo junto a Sofía, pero no la tocó; simplemente se quedó allí, dominando el espacio con su presencia—. Le pregunté si le estaba gustando el juego. Quería saber si estaba divirtiéndose tanto como nosotros.
Sofía asintió con la cabeza, forzando una sonrisa que esperaba que pareciera natural.
—Sí, es... es intenso —logró decir, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo normal.
Damián continuó, tejiendo la mentira con una habilidad que impresionó a Sofía, incluso en su estado de conmoción.
—Y como ella ganó la primera ronda, adivinando quién la tocaba, creí que merecía un premio —dijo Damián, mirando a Lucas a los ojos, desafiándolo a que dudara—. Nada grave. Solo un pequeño incentivo.
—¿Qué tipo de incentivo? —preguntó Lucas, aunque la tensión en sus hombros comenzó a aflojarse levemente.
—Un beso —respondió Damián, con una sonrisa pícara—. Un beso esquinero. Casi en la boca. Un premio por ser tan buena jugadora.
La explicación coló en la mente de Lucas como agua en tierra sedienta. Era inocente, plausible. Un beso casi en la boca explicaba perfectamente el rubor en las mejillas de Sofía, el nerviosismo en sus manos, la forma en que evitaba el contacto visual directo. Lucas exhaló, soltando el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta. La idea de que Damián hubiera tocado a Sofía de forma más íntima, de haberla marcado como lo había hecho, ni siquiera cruzó por su mente ingenua. Él solo veía el juego de superficie, el coqueteo superficial que él mismo había propuesto.
—Ah —dijo Lucas, asintiendo lentamente—. Bueno, supongo que es parte del juego. Pero... ten cuidado, ¿sabes? No quiero que las cosas se salgan de control.
Damián se encogió de hombros, indiferente.
—Todo bajo control, amigo. Solo estamos jugando.
Sofía sintió una oleada de alivio mezclada con una excitación vergonzosa. La mentira de Damián la había salvado, pero también la había encerrado en una complicidad más profunda. El secreto de su ano dilatado, de la saliva de Damián lubricándola por dentro, era ahora un tesoro que compartían solo ellos dos. Mientras Lucas se relajaba, creyendo que el "premio" había sido un simple roce de labios, Sofía sentía cómo el músculo de su esfínter seguía abierto, una pequeña boca hambrienta entre sus nalgas que nadie más podía ver pero que definía toda su realidad en ese momento.
El ambiente en la habitación cambió, pasando del pánico a una calma tensa. Lucas se acercó a la cama, mirando a Sofía con renovado interés, quizás celoso del "premio" que Damián le había dado.
—¿Entonces? —preguntó Lucas, limpiándose la garganta—. ¿Seguimos?
Sofía lo escucho. Lucas estaba ahí, su novio, su pareja oficial, pareciendo tan inofensivo y tan ajeno a la lujuria sucia que acababa de consumarse en el colchón. Ella sintió una punzada de culpa, pero fue rápidamente ahogada por la persistente humedad en su entrepierna. Su cuerpo había respondido a la dominación de Damián con una ferocidad que Lucas nunca había logrado despertar.
—Sí, podemos seguir —dijo Sofía, intentando que su voz sonara firme—. Otra ronda.
CONTINUARA
0 comentarios - El susurro de la transgresión. CAP 4