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Facultad: Parte 1

La clase

Ella estaba en la facultad, en una de esas clases donde ya solo vas a cumplir. Sentada en el banco del medio, con la mirada perdida en la ventana mientras el profesor hablaba de algo que le entraba por un oído y le salía por el otro. Era aplicada, siempre lo había sido, de esas que sacan buenas notas sin hacer demasiado ruido. Pero últimamente todo le costaba. Solo aparecía para firmar la asistencia y cumplir con el mínimo. Los parciales ya habían quedado atrás y los finales se sentían todavía lejanos, como una amenaza que prefería ignorar.
En el aula algunos compañeros cabeceaban, otros chateaban disimuladamente debajo del banco. Naomi jugaba con la punta de su birome, dibujando círculos sin sentido en el margen del cuaderno.
—Naomi, ¿entendiste lo de la anomia? —le preguntó de repente su compañero de al lado.
Era Santiago. Veintitrés años, cara de vivo, de esos que sobreviven en la carrera más por labia que por estudio. Gracioso, relajado, siempre con una respuesta rápida para hacer reír al profe o para engatusar a alguna compañera. Aparte de ser lindo, tenía algo.
Naomi tardó unos segundos en reaccionar. Se recompuso como pudo, sintiendo que se le calentaban las orejas.
—S… sí —murmuró, muerta de vergüenza.
Él la miró con esos ojos caídos que parecían atravesarte. No tenía una voz gruesa, era más bien aguda, pero había algo en su forma de hablar y de moverse que desarmaba a cualquiera. wolf cut, siempre limpio, cara afilada y esa sonrisa perezosa que parecía decir “yo ya sé cómo termina esto”.
—Dale, contame —insistió él, apoyando el codo en el banco y acercándose un poco más, como si estuvieran solos en el aula.
—Se trata de cuando la sociedad no te da las herramientas para cumplir con las normas… —empezó ella, medio perdida, buscando las palabras.
—…y la gente termina desorientada —completó Santiago con naturalidad, terminando la idea por ella—. Exacto. Cuando las reglas ya no te contienen, todo se va al carajo.
Naomi levantó la mirada. Santiago tenía esa sonrisa risueña, casi burlona, que le aflojaba algo por dentro. Dientes blancos, labios bien formados. Era el tipo de chico que parecía siempre un paso adelante.
—Qué aplicada que sos —agregó él bajito, con un tono que sonaba casi íntimo—. No me arrepiento de que nos toque juntos en el grupo. Vamos a llegar lejos, ya vas a ver.
Naomi sintió que se le calentaba el cuello y le subía un calor incómodo hasta las mejillas. Bajó la vista al cuaderno y fingió anotar algo, aunque solo estaba haciendo rayas. El corazón le latía raro, más fuerte de lo normal. Sabía que Santiago era peligroso. No porque fuera malo, sino porque con él todo parecía más fácil… y más riesgoso.
La clase siguió su ritmo monótono, pero ya nada de lo que decía el profesor lograba entrar en su cabeza. Solo podía sentir la presencia de Santiago al lado suyo, su rodilla casi rozando la de ella por debajo del banco, y esa sensación extraña de que algo estaba a punto de romperse.

Cuando por fin sonó la campana, el aula se vació despacio, como siempre a esa hora. Los compañeros guardaban sus cosas con esa lentitud típica de finales de semestre. Santiago se levantó al mismo tiempo que ella y caminó a su lado mientras metían los cuadernos en las mochilas.
—¿Querés venir a mi depa? —preguntó como si nada, con el mismo tono casual con el que le pediría un lápiz—. Hoy no tengo fútbol, jugamos ayer. Podemos repasar esto de la clase y toda eso sobre Marx, constructos sociales… lo que haga falta.
Naomi dudó un segundo. Sintió un cosquilleo en el estómago. Sabía que era una mala idea. O tal vez una muy buena. Su cabeza le gritaba que dijera que no, que tenía que estudiar sola, que apenas lo conocía… pero algo más fuerte dentro de ella ya había decidido.
—Sí, dale —respondió, sorprendiéndose de lo firme que sonó su voz—. Me parece buena idea.
Salieron juntos de la facultad. El sol de la tarde les pegaba de frente, cálido y pesado. Caminaron unas cuadras en silencio al principio. Santiago tiraba alguna pavada sobre la carrera, se quejaba de un profesor o contaba una anécdota estúpida de un partido de fútbol, pero cada tanto la miraba de reojo. Miradas cortas, pero cargadas. Naomi sentía el pulso en la garganta y un calor raro subiéndole por el pecho.
Sabía que no iban solo a estudiar. Su cabeza intentaba convencerla de lo contrario (“es solo un repaso”, “no pasa nada”), pero su cuerpo ya había entendido otra cosa. Cada paso que daba al lado de él se sentía más peligroso y más excitante al mismo tiempo.
Llegaron al edificio. Un bloque viejo, sin lujos. Tercer piso sin ascensor. Subieron las escaleras en silencio, solo se escuchaban sus pasos y la respiración de ambos. Santiago sacó las llaves y abrió la puerta, haciéndole un gesto para que entrara primero.
—Bienvenida al palacio —dijo con esa sonrisa de lado, medio burlona, medio seductora.
El departamento era chico pero sorprendentemente ordenado para ser de un chico de 23. Santiago tiró la mochila en el sillón y señaló la mesa del comedor, que claramente hacía las veces de escritorio.
—Poné tus cosas ahí —dijo—. ¿Querés tomar algo? Tengo agua, mate… o cerveza si querés algo más fuerte para “entender” el tema.
Naomi negó con la cabeza, nerviosa, y se sentó. Abrió su cuaderno y el libro de Anomia como si realmente fuera a servir de algo. Santiago se ubicó enfrente, pero no al otro lado de la mesa. Se sentó más cerca. Demasiado cerca. Sus rodillas casi se tocaban debajo de la madera.
Y ahí, en ese silencio repentino, Naomi entendió que ya no había vuelta atrás.

Al principio intentaron estudiar de verdad. Santiago explicaba con soltura, casi burlándose del contenido:
—Durkheim dice que la anomia es cuando las normas se aflojan y la gente se desorienta… pero en el fondo, boluda, es simple: cuando las reglas ya no sirven, hacés lo que realmente querés.
Naomi asentía, pero apenas registraba las palabras. No podía dejar de mirar las manos de él: grandes, con venas marcadas, moviéndose mientras hablaba. Cada vez que Santiago se inclinaba hacia adelante para señalar algo en el libro, ella sentía su perfume mezclado con el calor de su cuerpo después de caminar bajo el sol. El aire del departamento se puso denso, casi espeso. Los silencios entre explicación y explicación se estiraban cada vez más.
De repente Santiago levantó la vista y la miró fijo, sin sonreír.
—¿Y vos? —preguntó bajito—. ¿Sentís a veces que las normas te quedan chicas? Que todo esto de ser la aplicada, venir a clase, entregar todo a tiempo… es puro maquillaje, y por dentro estás a punto de mandar todo a la mierda.
Su sonrisa cambió. Ya no era la sonrisita canchera de la facultad. Era más lenta, más oscura, más consciente. Se inclinó hacia adelante sobre la mesa. Sus rodillas se apretaron contra las de ella con toda la intención.
Naomi tragó saliva. El corazón le retumbaba en los oídos.
—No sé qué decir… —susurró, casi sin voz.
—No hace falta que digas nada —murmuró él, con la voz más ronca—. Ya lo estás diciendo todo con cómo me mirás.
Santiago se levantó despacio, rodeó la mesa y se paró frente a ella. Aunque Naomi era más alta, sentada en la silla quedaba justo a la altura de su cadera. Él le puso una mano firme pero suave en la nuca y le levantó el mentón.
—Mirame.
Ella obedeció. Santiago se inclinó y la besó. Primero despacio, como probándola, saboreándola. Después el beso se volvió más profundo, más hambriento. Su lengua entró en su boca y Naomi sintió que todo su cuerpo se aflojaba.
Sin separarse del beso, Santiago la levantó de la silla como si no pesara nada y la sentó sobre la mesa. Los apuntes y el libro se arrugaron debajo de su culo. Él se metió entre sus piernas abiertas y presionó su cuerpo contra el de ella. Naomi pudo sentir claramente lo duro que estaba, rozándole justo en la entrepierna por encima de la ropa.
—Dios, sí… —susurró él contra sus labios, bajando las manos por su espalda hasta agarrarle las nalgas con fuerza. Las apretó, las masajeó con ganas, sintiendo cómo llenaban sus manos—. Tenés un culo que no combina para nada con esa cara de inocente.
Naomi soltó un gemido bajito, casi avergonzado. Sus cachetes redondos y firmes se tensaron bajo las manos de él. Santiago siguió besándole el cuello pálido, bajando despacio, mordiendo suavemente. Una de sus manos se coló debajo de la blusa, recorriendo el abdomen plano y frío hasta llegar a sus tetas pequeñas. Le acarició un pezón con el pulgar y lo sintió endurecerse al instante.
—Tan hermosa… —murmuró contra su piel, con la voz entrecortada—. Esa piel pálida parece de porcelana… y sin embargo me tenés re duro desde hace rato.
Naomi respiraba agitada, casi jadeando. Sus manos temblorosas bajaron por el pecho firme de Santiago, sintiendo los músculos debajo de la camiseta, y siguieron hasta el borde del pantalón gris. Rozó con timidez el bulto grueso y caliente que presionaba contra la tela.
Santiago soltó un gruñido bajo y empujó las caderas hacia adelante, frotándose contra ella con más fuerza.
—Tocame como quieras —dijo con voz ronca, casi desesperada—. Ya no puedo contenerme.
Naomi dudó solo un segundo. Luego, con dedos temblorosos, empezó a bajar el cierre del pantalón mientras Santiago la miraba con esos ojos caídos, brillantes de deseo.
El repaso había terminado.

2 comentarios - Facultad: Parte 1

bale06
Esoeramos seguir leyendo mas de tus relatos
TatianaBlanco05
gracias por el apoyo