La invitaciónElla estaba en la facultad, en una de esas clases aburridas donde uno ya solo se limita a existir. Pasiva. Divagaba sus pensamientos mientras el profesor hablaba de algo que ya no le importaba. Era aplicada, sí, pero en esos meses solo asistía para cumplir con la asistencia. Los parciales habían pasado y los finales se acercaban como una amenaza lejana.
—Naomi, ¿entendiste el concepto de anomia? —le preguntó su compañero.
Era Santi, un chico de 23 años. Gracioso, poco aplicado, de esos que llegan hasta tercero solo por labia: hacía reír a los profesores y engatusaba a las compañeras con facilidad.
Naomi estaba tan perdida en su cabeza que tardó en procesar la pregunta. Aun así, se recompuso.
—S… sí —respondió, avergonzada como siempre.
Ese chico tenía unos ojos que penetraban. Su voz no era varonil, más bien aguda, pero sabía seducir a la gente con su actitud. No había que quitarle mérito a sus rasgos: cara afilada, ojos caídos, pelo largo y siempre limpio, aunque con ese aire de “cansado” que parecía calculado. Las mujeres lo miraban como si fuera condescendiente o egocéntrico… pero de lo más seguro de sí mismo.
Y Naomi, en ese momento, estaba a punto de romperse.
—Se trata sobre la norma… o más bien sobre la incapacidad de la estructura social para proveer… —intentó responder ella, aún medio perdida.
—De proveer a la gente lo necesario para cumplir en la sociedad —interrumpió Santiago con naturalidad, terminando la idea por ella.
Naomi levantó la mirada. Santiago tenía esa sonrisa risueña, casi perezosa, que adormecía a cualquiera que se perdiera en ella. Dientes blancos, labios bien formados y un brillo en los ojos que parecía decir “yo ya sé cómo termina esto”. Era el tipo de sonrisa que desarmaba defensas sin esfuerzo.
—Qué aplicada que sos —agregó él, apoyando el codo en el banco y acercándose un poco más—. No me arrepiento de que seamos grupo. Vamos a llegar lejos juntos.
Naomi sintió un calor incómodo subirle por el cuello. Bajó la vista al cuaderno, fingiendo que anotaba algo. La clase continuó su ritmo monótono, el profesor hablando de integración social y desintegración normativa, palabras que rebotaban en su cabeza sin lograr aterrizar del todo.
Cuando por fin sonó la campana de salida, el aula se vació con esa lentitud típica de finales de semestre. Santiago caminó a su lado mientras recogían sus cosas.
—¿Querés venir al depa? —preguntó con tono casual—. Hoy no tengo fútbol, jugamos ayer y se supone que descansamos. Podemos repasar esto de la anomia, los constructos sociales y cómo Marx habla del materialismo dialéctico.
Caminaban por el pasillo ancho de la facultad. Afuera ya caía la tarde, y el aire se sentía más pesado.
—Sí, me gustaría adentrarme en esas cosas —respondió Naomi, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz—. Me parece buena idea. La cursada está terminando y es un buen momento para ponernos en marcha con los finales.
Santi soltó una risa baja, casi íntima.
—Genial. Así no solo aprobamos, sino que entendemos de verdad de qué va esta mierda. Porque, seamos honestos… —bajó un poco la voz mientras empujaba la puerta de salida—, toda esta charla sobre normas y anomia suena muy linda en teoría, pero afuera, cuando nadie te está mirando, las reglas se caen solas.
Caminaron juntos hacia la salida de la facultad. Naomi sentía el peso de su mochila y, al mismo tiempo, una extraña ligereza en el pecho. Sabía que ir al departamento de Santiago no era solo para estudiar. O al menos, su cuerpo lo sabía mejor que su cabeza.
El sol de la tarde les daba de frente. Santiago caminaba con las manos en los bolsillos, relajado, como quien ya tiene la costumbre sobre la incomodidad. De vez en cuando la miraba de reojo, con esa mezcla de curiosidad y seguridad que la ponía nerviosa.
Caminaron solo unas cuadras. El trayecto fue corto, pero suficiente para que el silencio entre ellos se cargara. Santiago hablaba poco, comentando alguna que otra estupidez sobre la facultad, pero sus miradas se cruzaban más de lo necesario. Naomi sentía el pulso en la garganta. Cada paso que daba le recordaba lo absurdo de todo: caminaba hacia el departamento de un chico que apenas conocía, bajo la excusa de “estudiar anomia”, mientras su cuerpo llevaba meses gritando por algo que la moral social le había enseñado a enterrar.
Llegaron al edificio. Un depa modesto de estudiante, en un tercer piso sin ascensor. Subieron las escaleras en silencio. Santiago abrió la puerta y le hizo un gesto casual para que entrara primero.
—Bienvenida al palacio —dijo con esa sonrisa que desarmaba.
Adentro olía a esa combinación de pino con bosque. El lugar era pequeño pero ordenado. Santiago tiró su mochila en el sillón y señaló la mesa del comedor, que hacía las veces de escritorio.
—Poné tus cosas ahí. ¿Querés algo para tomar? Tengo agua, mate o… cerveza, si querés algo más fuerte para “entender”.
Naomi negó con la cabeza y se sentó. Abrió su cuaderno y el libro de Anomia, cohesión social y moralidad. Santiago se ubicó frente a ella, pero no demasiado lejos. Las sillas eran bajas y la mesa pequeña; sus rodillas casi se rozaban debajo.
Empezaron repasando. Al principio fue mecánico. Santiago explicaba con soltura, casi como si se burlara del contenido:
—…entonces Durkheim dice que la anomia es cuando las normas se debilitan, la sociedad no te da contención y la gente se desorienta. Suena muy académico, ¿no? Pero en el fondo es simple: cuando las reglas no sirven para nada, uno termina haciendo lo que realmente quiere.
Naomi asentía, pero sus ojos se desviaban a las manos de él. Manos grandes, venas marcadas, moviéndose mientras hablaba. La voz de Santiago era tranquila, un poco ronca ahora que estaban solos. Cada vez que se inclinaba hacia adelante para señalar algo en el libro, ella podía oler su perfume suave mezclado con el calor de su cuerpo después de caminar.
El aire se sentía más denso. El silencio entre explicación y explicación se alargaba. Naomi cruzó las piernas debajo de la mesa y, sin querer, su rodilla rozó la de él. Ninguno de los dos se apartó.
—¿Y vos? —preguntó Santiago de repente, mirándola fijo con esos ojos caídos—. ¿Sentís a veces que las normas… te quedan chicas? Que todo esto de ser “aplicada”, cumplir asistencia, llegar a los finales… es solo maquillaje, y por dentro estás a punto de mandar todo a la mierda.
Santiago sonrió, pero esta vez no fue la sonrisa risueña de la facultad. Fue más lenta, más consciente. Apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó un poco más hacia ella. Sus rodillas se presionaron con intención.
Naomi tragó saliva. El corazón le latía fuerte. La mesa de estudio, los apuntes abiertos, el concepto de anomia escrito en el cuaderno… todo parecía ridículo ahora. Solo eran dos cuerpos sentados demasiado cerca, fingiendo que hablaban de teoría social.
—No sé qué decir —respondió ella en voz baja, casi sin pensar.
—No hace falta que digas nada —murmuró él, con la voz más baja y ronca—. Ya lo estás diciendo todo con cómo me mirás.
Se levantó despacio y rodeó la mesa. Naomi giró la silla para seguirlo. A sus 178 cm, ella era más alta que él (173), pero eso no importaba. La presencia de él era más grande que su estatura. Se detuvo justo al lado de ella, tan cerca que su cadera quedó a la altura del rostro de Naomi.
Ella lo miró de arriba abajo. El cuerpo compacto y trabajado, camiseta negra ajustada al pecho. El pantalón gris se pegaba a sus muslos fuertes y a esos gemelos duros que se marcaban con cada movimiento. Naomi sintió que se le secaba la boca.
Santiago le puso una mano en la nuca con firmeza suave y le levantó el mentón.
—Mirame —dijo bajito.
Naomi obedeció. Sus ojos grandes e inocentes contrastaban con el rubor que le subía por las mejillas pálidas. Era flaca, de piel blanca debido a las largas jornadas de lectura, era más un hábito que una necesidad el quedarse en casa leyendo. Era linda, una belleza que para mi gusto es etérea. Abdomen plano, tetas pequeñas que se notaban bajo la blusa, y unas nalgas redondas y firmes que se veían perfectas en esa postura sentada. Sus piernas largas y definidas se apretaron instintivamente.
Santiago se inclinó y la besó. Primero despacio, probándola, luego más profundo, con hambre. Su lengua entró en su boca mientras la mano en su nuca la sostenía. Sin separarse del beso, la tomó de la cintura con facilidad y la levantó, sentándola sobre la mesa. Los apuntes se arrugaron debajo de su culo.
Él se colocó entre sus piernas abiertas. Aunque ella era más alta, sentada en la mesa quedaban casi a la misma altura. Santiago presionó su cuerpo contra el de ella. Naomi pudo sentir claramente su erección dura rozando su entrepierna a través de la ropa.
Naomi respiraba agitada, con el corazón desbocado. Sus manos, que antes temblaban de nervios, ahora bajaron con más decisión por el pecho firme de Santiago, sintiendo cada músculo bajo la camiseta. Siguió bajando hasta llegar al borde del pantalón y, esta vez sin tanta timidez, presionó la palma contra el bulto grueso y caliente que latía debajo de la tela. Lo acarició con ganas, sintiendo cómo crecía aún más bajo su toque.
Santiago soltó un gruñido bajo y empujó las caderas hacia adelante, frotándose contra su mano.
Naomi lo miró a los ojos, con las mejillas ardiendo y la respiración entrecortada. Ya no quería seguir conteniéndose. La anomia ya no era solo una teoría en un libro.
—Tocame como quieras —dijo ella, con la voz ronca y cargada de deseo—. Ya no puedo contenerme.
—Naomi, ¿entendiste el concepto de anomia? —le preguntó su compañero.
Era Santi, un chico de 23 años. Gracioso, poco aplicado, de esos que llegan hasta tercero solo por labia: hacía reír a los profesores y engatusaba a las compañeras con facilidad.
Naomi estaba tan perdida en su cabeza que tardó en procesar la pregunta. Aun así, se recompuso.
—S… sí —respondió, avergonzada como siempre.
Ese chico tenía unos ojos que penetraban. Su voz no era varonil, más bien aguda, pero sabía seducir a la gente con su actitud. No había que quitarle mérito a sus rasgos: cara afilada, ojos caídos, pelo largo y siempre limpio, aunque con ese aire de “cansado” que parecía calculado. Las mujeres lo miraban como si fuera condescendiente o egocéntrico… pero de lo más seguro de sí mismo.
Y Naomi, en ese momento, estaba a punto de romperse.
—Se trata sobre la norma… o más bien sobre la incapacidad de la estructura social para proveer… —intentó responder ella, aún medio perdida.
—De proveer a la gente lo necesario para cumplir en la sociedad —interrumpió Santiago con naturalidad, terminando la idea por ella.
Naomi levantó la mirada. Santiago tenía esa sonrisa risueña, casi perezosa, que adormecía a cualquiera que se perdiera en ella. Dientes blancos, labios bien formados y un brillo en los ojos que parecía decir “yo ya sé cómo termina esto”. Era el tipo de sonrisa que desarmaba defensas sin esfuerzo.
—Qué aplicada que sos —agregó él, apoyando el codo en el banco y acercándose un poco más—. No me arrepiento de que seamos grupo. Vamos a llegar lejos juntos.
Naomi sintió un calor incómodo subirle por el cuello. Bajó la vista al cuaderno, fingiendo que anotaba algo. La clase continuó su ritmo monótono, el profesor hablando de integración social y desintegración normativa, palabras que rebotaban en su cabeza sin lograr aterrizar del todo.
Cuando por fin sonó la campana de salida, el aula se vació con esa lentitud típica de finales de semestre. Santiago caminó a su lado mientras recogían sus cosas.
—¿Querés venir al depa? —preguntó con tono casual—. Hoy no tengo fútbol, jugamos ayer y se supone que descansamos. Podemos repasar esto de la anomia, los constructos sociales y cómo Marx habla del materialismo dialéctico.
Caminaban por el pasillo ancho de la facultad. Afuera ya caía la tarde, y el aire se sentía más pesado.
—Sí, me gustaría adentrarme en esas cosas —respondió Naomi, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz—. Me parece buena idea. La cursada está terminando y es un buen momento para ponernos en marcha con los finales.
Santi soltó una risa baja, casi íntima.
—Genial. Así no solo aprobamos, sino que entendemos de verdad de qué va esta mierda. Porque, seamos honestos… —bajó un poco la voz mientras empujaba la puerta de salida—, toda esta charla sobre normas y anomia suena muy linda en teoría, pero afuera, cuando nadie te está mirando, las reglas se caen solas.
Caminaron juntos hacia la salida de la facultad. Naomi sentía el peso de su mochila y, al mismo tiempo, una extraña ligereza en el pecho. Sabía que ir al departamento de Santiago no era solo para estudiar. O al menos, su cuerpo lo sabía mejor que su cabeza.
El sol de la tarde les daba de frente. Santiago caminaba con las manos en los bolsillos, relajado, como quien ya tiene la costumbre sobre la incomodidad. De vez en cuando la miraba de reojo, con esa mezcla de curiosidad y seguridad que la ponía nerviosa.
Caminaron solo unas cuadras. El trayecto fue corto, pero suficiente para que el silencio entre ellos se cargara. Santiago hablaba poco, comentando alguna que otra estupidez sobre la facultad, pero sus miradas se cruzaban más de lo necesario. Naomi sentía el pulso en la garganta. Cada paso que daba le recordaba lo absurdo de todo: caminaba hacia el departamento de un chico que apenas conocía, bajo la excusa de “estudiar anomia”, mientras su cuerpo llevaba meses gritando por algo que la moral social le había enseñado a enterrar.
Llegaron al edificio. Un depa modesto de estudiante, en un tercer piso sin ascensor. Subieron las escaleras en silencio. Santiago abrió la puerta y le hizo un gesto casual para que entrara primero.
—Bienvenida al palacio —dijo con esa sonrisa que desarmaba.
Adentro olía a esa combinación de pino con bosque. El lugar era pequeño pero ordenado. Santiago tiró su mochila en el sillón y señaló la mesa del comedor, que hacía las veces de escritorio.
—Poné tus cosas ahí. ¿Querés algo para tomar? Tengo agua, mate o… cerveza, si querés algo más fuerte para “entender”.
Naomi negó con la cabeza y se sentó. Abrió su cuaderno y el libro de Anomia, cohesión social y moralidad. Santiago se ubicó frente a ella, pero no demasiado lejos. Las sillas eran bajas y la mesa pequeña; sus rodillas casi se rozaban debajo.
Empezaron repasando. Al principio fue mecánico. Santiago explicaba con soltura, casi como si se burlara del contenido:
—…entonces Durkheim dice que la anomia es cuando las normas se debilitan, la sociedad no te da contención y la gente se desorienta. Suena muy académico, ¿no? Pero en el fondo es simple: cuando las reglas no sirven para nada, uno termina haciendo lo que realmente quiere.
Naomi asentía, pero sus ojos se desviaban a las manos de él. Manos grandes, venas marcadas, moviéndose mientras hablaba. La voz de Santiago era tranquila, un poco ronca ahora que estaban solos. Cada vez que se inclinaba hacia adelante para señalar algo en el libro, ella podía oler su perfume suave mezclado con el calor de su cuerpo después de caminar.
El aire se sentía más denso. El silencio entre explicación y explicación se alargaba. Naomi cruzó las piernas debajo de la mesa y, sin querer, su rodilla rozó la de él. Ninguno de los dos se apartó.
—¿Y vos? —preguntó Santiago de repente, mirándola fijo con esos ojos caídos—. ¿Sentís a veces que las normas… te quedan chicas? Que todo esto de ser “aplicada”, cumplir asistencia, llegar a los finales… es solo maquillaje, y por dentro estás a punto de mandar todo a la mierda.
Santiago sonrió, pero esta vez no fue la sonrisa risueña de la facultad. Fue más lenta, más consciente. Apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó un poco más hacia ella. Sus rodillas se presionaron con intención.
Naomi tragó saliva. El corazón le latía fuerte. La mesa de estudio, los apuntes abiertos, el concepto de anomia escrito en el cuaderno… todo parecía ridículo ahora. Solo eran dos cuerpos sentados demasiado cerca, fingiendo que hablaban de teoría social.
—No sé qué decir —respondió ella en voz baja, casi sin pensar.
—No hace falta que digas nada —murmuró él, con la voz más baja y ronca—. Ya lo estás diciendo todo con cómo me mirás.
Se levantó despacio y rodeó la mesa. Naomi giró la silla para seguirlo. A sus 178 cm, ella era más alta que él (173), pero eso no importaba. La presencia de él era más grande que su estatura. Se detuvo justo al lado de ella, tan cerca que su cadera quedó a la altura del rostro de Naomi.
Ella lo miró de arriba abajo. El cuerpo compacto y trabajado, camiseta negra ajustada al pecho. El pantalón gris se pegaba a sus muslos fuertes y a esos gemelos duros que se marcaban con cada movimiento. Naomi sintió que se le secaba la boca.
Santiago le puso una mano en la nuca con firmeza suave y le levantó el mentón.
—Mirame —dijo bajito.
Naomi obedeció. Sus ojos grandes e inocentes contrastaban con el rubor que le subía por las mejillas pálidas. Era flaca, de piel blanca debido a las largas jornadas de lectura, era más un hábito que una necesidad el quedarse en casa leyendo. Era linda, una belleza que para mi gusto es etérea. Abdomen plano, tetas pequeñas que se notaban bajo la blusa, y unas nalgas redondas y firmes que se veían perfectas en esa postura sentada. Sus piernas largas y definidas se apretaron instintivamente.
Santiago se inclinó y la besó. Primero despacio, probándola, luego más profundo, con hambre. Su lengua entró en su boca mientras la mano en su nuca la sostenía. Sin separarse del beso, la tomó de la cintura con facilidad y la levantó, sentándola sobre la mesa. Los apuntes se arrugaron debajo de su culo.
Él se colocó entre sus piernas abiertas. Aunque ella era más alta, sentada en la mesa quedaban casi a la misma altura. Santiago presionó su cuerpo contra el de ella. Naomi pudo sentir claramente su erección dura rozando su entrepierna a través de la ropa.
Naomi respiraba agitada, con el corazón desbocado. Sus manos, que antes temblaban de nervios, ahora bajaron con más decisión por el pecho firme de Santiago, sintiendo cada músculo bajo la camiseta. Siguió bajando hasta llegar al borde del pantalón y, esta vez sin tanta timidez, presionó la palma contra el bulto grueso y caliente que latía debajo de la tela. Lo acarició con ganas, sintiendo cómo crecía aún más bajo su toque.
Santiago soltó un gruñido bajo y empujó las caderas hacia adelante, frotándose contra su mano.
Naomi lo miró a los ojos, con las mejillas ardiendo y la respiración entrecortada. Ya no quería seguir conteniéndose. La anomia ya no era solo una teoría en un libro.
—Tocame como quieras —dijo ella, con la voz ronca y cargada de deseo—. Ya no puedo contenerme.
1 comentarios - Anomia: Parte 1
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