Marcela, mi vecina, prefería el dinero fácil antes que trabajar, y sabía que yo ponía las reglas.
Cada vez que necesitaba plata, venía dispuesta a todo. Le fascinaba el sometimiento extremo; se rebajaba sin pestañear y le encantaba que la tratara como a una cerda, disfrutando de la humillación absoluta. Incluso se permitía posar de rodillas o en el suelo para que le tomara fotos en las situaciones más deprimentes, completamente excitada por el trato despectivo.
—Sácame las fotos que quieras, trátame como una cerda, pero pagame —me decía, provocándome con la mirada.
Al terminar, recogía los billetes, se acomodaba la ropa con descaro y se iba con una sonrisa cínica, lista para volver en cuanto se le acabara el efectivo.





Cada vez que necesitaba plata, venía dispuesta a todo. Le fascinaba el sometimiento extremo; se rebajaba sin pestañear y le encantaba que la tratara como a una cerda, disfrutando de la humillación absoluta. Incluso se permitía posar de rodillas o en el suelo para que le tomara fotos en las situaciones más deprimentes, completamente excitada por el trato despectivo.
—Sácame las fotos que quieras, trátame como una cerda, pero pagame —me decía, provocándome con la mirada.
Al terminar, recogía los billetes, se acomodaba la ropa con descaro y se iba con una sonrisa cínica, lista para volver en cuanto se le acabara el efectivo.





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