Para los que me han leído ya saben que soy de la ciudad de guayaquil.
Todo empezó en un grupo de estudios sobre mi libro favorito. Me gusta a veces entrar a foros o post donde se trata de temas en común. Allí conocí a alguien. Chateábamos todos los días. Él era guayaco43vrg, un hombre mucho mayor que yo. Al principio hablábamos solo del libro; teníamos los mismos puntos de vista pero muy pronto la conversación tomó un rumbo más íntimo y peligroso. Él era divorciado.
Hay algo muy poderoso en contarle cosas a alguien que no te conoce en la vida real. Es un desconocido. No importa si te juzga o no, y eso resulta liberador. Así que pronto nuestra charla se volvió oscura, sexual y arriesgada. Le confesé que me excitaba la idea de ser forzada por un desconocido. Que la sola idea de no tener control, de que me usaran sin piedad, me mojaba como nada más. Pero también me daba miedo; era exponerse demasiado y, la verdad, nunca me había atrevido.
Y él me decía que era muy complicado para un hombre hacer eso, porque corren el riesgos de que los denuncien y las leyes. Yo reí porque era cierto, pero le dije que era solo una fantasía.
—Sabes algo… realmente no has visto mi cara. Solo sabes mi usuario. Para ti soy un completo desconocido.
—Pues objetivamente es cierto, pero sé que te gusta comer… De alguna forma te conozco, ¿no?
—Pero no sabes ni cómo me llamo, ni dónde vivo, ni has visto mi cara.
Sentí un escalofrío. Era verdad.
—Te aseguro que podemos jugar exactamente a cumplir tu fantasía. Para mí sería un enorme placer.
Por supuesto, fijamos reglas. Yo siempre estaría por la universidad. Algún día él estaría por ahí. No sabría cuándo. No vería su cara. No sabría que era él… hasta que ya fuera demasiado tarde.
Me dijo que elijamos una palabra de seguridad —le dije—. «Piña». Si la digo, todo termina inmediatamente.
—Perfecto. Piña y se acaba todo.
Pasaron tres semanas sin una sola respuesta, el desapareció por completo. Ni mensajes, ni en línea, nada. Las primeras semanas viví en un estado de excitación constante y terror delicioso. Cada vez que iba en la metrovía, cuando me quedaba por la parada de la universidad, a veces cuando iba al mercado central, malecon del salado, malecón 2000, el corazón me golpeaba tan fuerte que pensaba que se me iba a salir. Miraba a todos los hombres con una mezcla de miedo y deseo húmedo.
Esperaba que cualquiera viniera hacia mí y me invitara a un hotel. Pero nada pasó, más allá de hombres que me sonreían tímidos ante mi insistente mirada. Después, la rutina ganó. La vida siguió. La fantasía se volvió un recuerdo lejano.
Hasta el martes pasado por la tarde. No recordaba si le había conversado mi horario pero el martes es mi día donde salgo de la universidad mas tarde, eso de las 3 o 4. Iba caminando por la calle que va al estadio modelo, ya que iba a comprar algo al comisariato cuando:
—No te voltees —susurró en mi oído, con una voz tan baja y ronca que no pude reconocerla—. Sigue caminando.
Obedecí. Caminamos, yo adelante y el atrás, hasta un carro estacionado adentro del comisariato de las américas. Me dijo que me quede quieta cuando sentí un trapo que me crió los ojos, me agarró y me dijo:
—Tranquila. Déjame guiarte. Me metió en la parte de atrás de un auto que olía a ambientador. Avanzamos. Antes de eso me quitó mi cartera para sacar mi cédula porque era obligatorio presentarla. Bajamos del auto, subimos unas escaleras y abrió la puerta con llave.
Me empujó y caí en la cama. Me bajó la blusa y el sujetador sin desabrocharlo, Las agarró con las dos manos y las estrujó con violencia salvaje, como si quisiera causarme mucho daño. Me pellizcó los pezones tan fuerte que grité, retorciéndolos entre sus dedos mientras yo me retorcía de dolor y placer.
Empezó a chuparlas con fuerza. Mis tetas son mi debilidad, es la parte mas sensible que tengo; ya sentía cómo estaba tan mojada que había empapado mi calzón. Me bajó la falda y me rompió el calzón de un tirón provocandome una rapadura en la cadera y metió dos dedos en la chepa sin ningún aviso.
Me puso boca abajo, me abrió las piernas con las rodillas y me metió la verga de un solo empujón brutal hasta el fondo. Su cuerpo aplastaba el mío contra la cama y estaba en una posición donde no me podía mover. Empezó a culiarme como un animal: embestidas profundas, salvajes. Cada golpe hacía que mis tetas se sacudieran violentamente contra el colchón.
Me culió en cuatro, me puso de lado y me penetró de pie. Me escupió en la boca y me decía “trágatelo, puta, porque eres mía”. También me dio cachetadas fuertes en las tetas y me decía “grita más duro, puta, que te gusta que te traten así”.
El dolor fue tanto de sus golpes que empecé a decir la palabra de seguridad y el no paraba y comencé a cuestionarme si realmente sería él. Él no respondió. Solo soltó una risa baja y oscura, y me culiaba aún más fuerte, como si mi duda lo hubiera excitado todavía más.
Sentí un escalofrío de puro terror mezclado con el placer más intenso que había sentido nunca. ¿Y si no era él? ¿Y si realmente era un desconocido cualquiera?
Me culió tres veces seguidas. La primera vez se corrió dentro de mi chepa, llenándome hasta que su leche caliente me chorreaba por las piernas. La segunda me obligó a arrodillarme y me la metió por la boca hasta el fondo de la garganta, sujetándome del pelo. La tercera vez me puso en cuatro otra vez y me metió la verga por el culo. Nunca me quitó la venda.
Cuando terminó, me vistió él mismo. Me llevó de vuelta al coche todavía vendada. En algún punto se detuvo, abrió la puerta donde yo iba, me sacó de allí, me desamarró y me dijo:
—Cuenta hasta cinco sin quitarte la venda. Escuché solo el sonido del coche al arrancar. Al quitarme la venda me di cuenta que estaba afuera en el mismo comisariato donde nos subimos y ya era de noche.
Llegué a mi casa, con la chepa y el culo ardiendo, sin calzón, la ropa húmeda y las marcas rojas de sus manos todavía visibles en mi culo y en las tetas. Me miré al espejo: tenía mordidas en el abdomen, me ardía la espalda, debajo de las tetas llenas de moretones.
Mi teléfono vibró. Realmente te gusta que te cojan a lo salvaje, ¿eh? Lo hiciste perfecto. Me corrí como nunca antes».
Le respondí sin vergüenza:
Por qué no me dejaste ver tu rostro? Me molesta un poco que me hayas dejado sola y de noche pudiste al menos dejarme cerca de mi casa.
Él contestó:
«Porque quiero seguir siendo el desconocido que te da las mejores culiadas cuando menos te lo esperas y que te trata como lo que eres: una puta barata».
Me quedé mirando la pantalla, el corazón latiéndome con fuerza, mi chepa todavía palpitando con los restos de leche de un hombre cuya cara nunca había visto.
Espero que les guste, he tratado de ser mas explícita. Besos
Todo empezó en un grupo de estudios sobre mi libro favorito. Me gusta a veces entrar a foros o post donde se trata de temas en común. Allí conocí a alguien. Chateábamos todos los días. Él era guayaco43vrg, un hombre mucho mayor que yo. Al principio hablábamos solo del libro; teníamos los mismos puntos de vista pero muy pronto la conversación tomó un rumbo más íntimo y peligroso. Él era divorciado.
Hay algo muy poderoso en contarle cosas a alguien que no te conoce en la vida real. Es un desconocido. No importa si te juzga o no, y eso resulta liberador. Así que pronto nuestra charla se volvió oscura, sexual y arriesgada. Le confesé que me excitaba la idea de ser forzada por un desconocido. Que la sola idea de no tener control, de que me usaran sin piedad, me mojaba como nada más. Pero también me daba miedo; era exponerse demasiado y, la verdad, nunca me había atrevido.
Y él me decía que era muy complicado para un hombre hacer eso, porque corren el riesgos de que los denuncien y las leyes. Yo reí porque era cierto, pero le dije que era solo una fantasía.
—Sabes algo… realmente no has visto mi cara. Solo sabes mi usuario. Para ti soy un completo desconocido.
—Pues objetivamente es cierto, pero sé que te gusta comer… De alguna forma te conozco, ¿no?
—Pero no sabes ni cómo me llamo, ni dónde vivo, ni has visto mi cara.
Sentí un escalofrío. Era verdad.
—Te aseguro que podemos jugar exactamente a cumplir tu fantasía. Para mí sería un enorme placer.
Por supuesto, fijamos reglas. Yo siempre estaría por la universidad. Algún día él estaría por ahí. No sabría cuándo. No vería su cara. No sabría que era él… hasta que ya fuera demasiado tarde.
Me dijo que elijamos una palabra de seguridad —le dije—. «Piña». Si la digo, todo termina inmediatamente.
—Perfecto. Piña y se acaba todo.
Pasaron tres semanas sin una sola respuesta, el desapareció por completo. Ni mensajes, ni en línea, nada. Las primeras semanas viví en un estado de excitación constante y terror delicioso. Cada vez que iba en la metrovía, cuando me quedaba por la parada de la universidad, a veces cuando iba al mercado central, malecon del salado, malecón 2000, el corazón me golpeaba tan fuerte que pensaba que se me iba a salir. Miraba a todos los hombres con una mezcla de miedo y deseo húmedo.
Esperaba que cualquiera viniera hacia mí y me invitara a un hotel. Pero nada pasó, más allá de hombres que me sonreían tímidos ante mi insistente mirada. Después, la rutina ganó. La vida siguió. La fantasía se volvió un recuerdo lejano.
Hasta el martes pasado por la tarde. No recordaba si le había conversado mi horario pero el martes es mi día donde salgo de la universidad mas tarde, eso de las 3 o 4. Iba caminando por la calle que va al estadio modelo, ya que iba a comprar algo al comisariato cuando:
—No te voltees —susurró en mi oído, con una voz tan baja y ronca que no pude reconocerla—. Sigue caminando.
Obedecí. Caminamos, yo adelante y el atrás, hasta un carro estacionado adentro del comisariato de las américas. Me dijo que me quede quieta cuando sentí un trapo que me crió los ojos, me agarró y me dijo:
—Tranquila. Déjame guiarte. Me metió en la parte de atrás de un auto que olía a ambientador. Avanzamos. Antes de eso me quitó mi cartera para sacar mi cédula porque era obligatorio presentarla. Bajamos del auto, subimos unas escaleras y abrió la puerta con llave.
Me empujó y caí en la cama. Me bajó la blusa y el sujetador sin desabrocharlo, Las agarró con las dos manos y las estrujó con violencia salvaje, como si quisiera causarme mucho daño. Me pellizcó los pezones tan fuerte que grité, retorciéndolos entre sus dedos mientras yo me retorcía de dolor y placer.
Empezó a chuparlas con fuerza. Mis tetas son mi debilidad, es la parte mas sensible que tengo; ya sentía cómo estaba tan mojada que había empapado mi calzón. Me bajó la falda y me rompió el calzón de un tirón provocandome una rapadura en la cadera y metió dos dedos en la chepa sin ningún aviso.
Me puso boca abajo, me abrió las piernas con las rodillas y me metió la verga de un solo empujón brutal hasta el fondo. Su cuerpo aplastaba el mío contra la cama y estaba en una posición donde no me podía mover. Empezó a culiarme como un animal: embestidas profundas, salvajes. Cada golpe hacía que mis tetas se sacudieran violentamente contra el colchón.
Me culió en cuatro, me puso de lado y me penetró de pie. Me escupió en la boca y me decía “trágatelo, puta, porque eres mía”. También me dio cachetadas fuertes en las tetas y me decía “grita más duro, puta, que te gusta que te traten así”.
El dolor fue tanto de sus golpes que empecé a decir la palabra de seguridad y el no paraba y comencé a cuestionarme si realmente sería él. Él no respondió. Solo soltó una risa baja y oscura, y me culiaba aún más fuerte, como si mi duda lo hubiera excitado todavía más.
Sentí un escalofrío de puro terror mezclado con el placer más intenso que había sentido nunca. ¿Y si no era él? ¿Y si realmente era un desconocido cualquiera?
Me culió tres veces seguidas. La primera vez se corrió dentro de mi chepa, llenándome hasta que su leche caliente me chorreaba por las piernas. La segunda me obligó a arrodillarme y me la metió por la boca hasta el fondo de la garganta, sujetándome del pelo. La tercera vez me puso en cuatro otra vez y me metió la verga por el culo. Nunca me quitó la venda.
Cuando terminó, me vistió él mismo. Me llevó de vuelta al coche todavía vendada. En algún punto se detuvo, abrió la puerta donde yo iba, me sacó de allí, me desamarró y me dijo:
—Cuenta hasta cinco sin quitarte la venda. Escuché solo el sonido del coche al arrancar. Al quitarme la venda me di cuenta que estaba afuera en el mismo comisariato donde nos subimos y ya era de noche.
Llegué a mi casa, con la chepa y el culo ardiendo, sin calzón, la ropa húmeda y las marcas rojas de sus manos todavía visibles en mi culo y en las tetas. Me miré al espejo: tenía mordidas en el abdomen, me ardía la espalda, debajo de las tetas llenas de moretones.
Mi teléfono vibró. Realmente te gusta que te cojan a lo salvaje, ¿eh? Lo hiciste perfecto. Me corrí como nunca antes».
Le respondí sin vergüenza:
Por qué no me dejaste ver tu rostro? Me molesta un poco que me hayas dejado sola y de noche pudiste al menos dejarme cerca de mi casa.
Él contestó:
«Porque quiero seguir siendo el desconocido que te da las mejores culiadas cuando menos te lo esperas y que te trata como lo que eres: una puta barata».
Me quedé mirando la pantalla, el corazón latiéndome con fuerza, mi chepa todavía palpitando con los restos de leche de un hombre cuya cara nunca había visto.
Espero que les guste, he tratado de ser mas explícita. Besos
1 comentarios - Sumisa de un desconocido. Sexo salvaje