El Billar
Tenía dieciocho años, pero la gente me confundía constantemente con quince o dieciséis. Mi cara redonda, mis mejillas sonrosadas, mi completa ausencia de vello facial —ni sombra de barba, ni bigote, ni patillas— me daban una apariencia perpetuamente juvenil. Mi cuerpo era igual: piel suave, impecable, sin rastro de vello ni en el pecho, ni en el vientre, ni en las piernas. Un cuerpo de adolescente tardío en un chico legalmente adulto.
Había descubierto temprano mi atracción por lo prohibido. Aquella vez en el cine, cuando la oscuridad me permitió masturbarme hasta correrme en la sala casi vacía. Aquella otra vez, en los baños del centro comercial, cuando un señor de cuarenta me había guiado hasta su garganta y me había hecho una mamada profunda que me dejó temblando durante horas. Pero él no era muy grande, y yo había oído los rumores, los estereotipos, las leyendas que circulaban en los foros y entre los chismes del barrio: los negros tienen pollas enormes, gruesas, largas, negras como el ébano.
Quería comprobarlo.
Elegí mi atuendo con cuidado. Unos vaqueros de marca, de esos que se llevan con la cintura caída, pero yo los llevé más allá de lo convencional. La cintura del pantalón descansaba literalmente debajo de mis nalgas, dejando al descubierto la curva de mis caderas, el inicio de mi raja, la piel suave y pálida de mi vientre bajo. Cada paso que daba sentía la amenaza de que se cayeran, pero eso era parte del juego.
Arriba, una camiseta blanca vieja, ajustada, con un roto estratégico en el pezón izquierdo. A través del agujero, visible y provocativo, asomaba el piercing de plata que llevaba allí desde los dieciséis, un pequeño anillo que brillaba contra mi piel pálida y que rozaba contra la tela con cada movimiento, manteniéndome semi-erecto de excitación constante.
El billar estaba en el corazón del barrio negro, un local en el sótano de un edificio de ladrillo con una entrada estrecha y una escalera que olía a humedad y a hierba. Bajé despacio, consciente de que mis vaqueros bajos exponían más de lo habitual con cada escalón.
El local era oscuro, iluminado solo por las luces de las mesas de billar y una neón roja detrás de la barra. Había música de rap saliendo de unos altavoces viejos, y el humo —de tabaco y otras cosas— flotaba en el aire como una neblina permanente.
Y había hombres. Solo hombres. Todos negros, todos mayores que yo, algunos con edad de ser mis padres, otros más jóvenes pero aún así adultos de verdad, con cuerpos que habían madurado, con barbas, con músculos, con presencia.
El silencio fue progresivo. Primero una mesa de billar dejó de jugar. Luego otra. Cuando llegué al pie de la escalera, todas las miradas estaban sobre mí.
Sabían lo que era. Lo que buscaba. Mi atuendo no dejaba lugar a dudas: este chico blanco, barbilampiño, con el culo a medio enseñar y el pezón adornado, no había venido a jugar al billar.
—Joder —dijo uno, alto, con una camiseta de tirantes que mostraba brazos como jamones—. Mira lo que se ha colado el gato.
Me acerqué a la barra, sintiendo las miradas recorriendo mi cuerpo. Las mejillas me ardían, pero mantuve la compostura. Pedí una cerveza con voz que no tembló, apoyándome en la barra de forma que mi camiseta se tensó sobre el pecho, el roto abriéndose más, mostrando el piercing claramente.
El camarero —un tipo de cuarenta, calvo, con una barba poblada y ojos que me devoraron— me sirvió sin decir palabra. Su mano rozó la mía al entregar la botella, y luego bajó, deliberadamente, rozando mi vientre desnudo, deteniéndose justo encima de donde mis vaqueros colgaban peligrosamente bajos.
—Esto es zona peligrosa, chico —murmuró, su voz grave, su acento africano marcado—. Para niños como tú.
—No soy un niño —respondí, y tomé un trago de cerveza, dejando que mi lengua recorriera el cuello de la botella de forma deliberada—. Tengo dieciocho años.
—¿Documentación? —preguntó, pero sonreía, mostrando un hueco entre los dientes frontales.
—En el bolsillo —dije, señalando mi vaquero, sabiendo que para alcanzarlo tendría que agacharme, exponiendo más, o él tendría que meter la mano.
Eligió la segunda opción. Su mano grande, negra, callosa, se deslizó por mi cadera, introduciéndose en el bolsillo frontal de mis vaqueros, buscando, rozando contra mi muslo, contra mi sexo que ya estaba duro, visible contra la tela delgada.
—Aquí no hay nada —dijo, su mano permaneciendo en mi bolsillo, sus dedos a centímetros de mi erección.
—El otro bolsillo —suspiré, jadeando ligeramente.
Su mano se movió, cruzando, rozando mi polla a través del vaquero, y luego entrando en el otro bolsillo. Encontró la cartera, sí, pero también encontró espacio para apretar, para sentir mi dureza, para confirmar que estaba excitado.
—Dieciocho —murmuró, finalmente sacando la cartera y mirando mi DNI con una rapidez que sugirió que realmente no le importaba—. Justo. Legal. Y tan... fresco.
Me devolvió la cartera, pero su mano no se fue. Se quedó allí, en mi bolsillo, apretando, masajeando, mientras sus ojos se clavaban en los míos.
—¿Qué buscas aquí, fresquito? —preguntó.
Miré hacia atrás. Los demás habían vuelto a sus juegos, pero de forma distraída, lanzando miradas furtivas. El alto de la camiseta de tirantes me observaba directamente, con una mano en su entrepierna, ajustándose algo que ya parecía considerable incluso a distancia.
—He oído cosas —dije, bajando la voz, atreviéndome finalmente—. Sobre... el tamaño. Sobre cómo son.
—¿Cómo son qué? —El camarero se inclinó más, su aliento oliendo a menta y tabaco.
—Las pollas —susurré, y el rubor que me invadió fue real, genuino, el de un chico atrevido que finalmente dice en voz alta su fantasía—. De los negros. Quiero ver si es verdad.
El camarero se echó a reír, una carcajada profunda que resonó en el local. Los demás se giraron, curiosos.
—¡Chicos! —llamó, sin apartar su mano de mi bolsillo, sin dejar de acariciarme lentamente—. ¡Este niño blanco viene en son de paz! ¡Quiere verificar leyendas urbanas!
El alto dejó su taco de billar y se acercó. Otro, más joven, con rastas y una sonrisa pícora, hizo lo mismo. Pronto estaba rodeado por media docena de hombres negros, todos mayores, todos más grandes, todos mirándome como si fuera un manjar inesperado.
—Yo soy Marcus —dijo el alto, extendiendo una mano que engulló la mía—. Y tengo exactamente lo que buscas.
Se llevó mi mano a su entrepierna, presionándola contra la protuberancia que allí yacía. Era dura, gruesa, enorme incluso a través de los pantalones. Gemí involuntariamente, mis dedos tratando de cerrarse alrededor de algo que no podían abarcar.
—Dios —suspiré.
—Eso es solo el principio —dijo Marcus, y su otra mano encontró mi pezón expuesto, el piercing, tirando de él suavemente—. ¿Quieres ver el resto?
Asentí, incapaz de hablar.
—Entonces ven —dijo el camarero, finalmente sacando su mano de mi bolsillo, dejándome vacío y deseoso—. Tenemos una sala trasera. Privada. Donde puedes... investigar a fondo.
Me guiaron entre las mesas de billar, un desfile de hombres negros escoltando a un chico blanco de aspecto infantil con vaqueros caídos y pezón adornado. Algunos jugadores nos miraron, sonriendo, sabiendo exactamente qué iba a pasar.
La sala trasera era pequeña, un reservado con sofás viejos y una mesa baja. Olía a cuero y a sexo pasado. Había condones en un cenicero, y lubricante en una esquina. No era mi primera vez allí para nadie.
Marcus cerró la puerta. El camarero —que se presentó como Jean— echó el cerrojo. Los demás se acomodaron en los sofás, formando un semicírculo, expectantes.
—Quítate la ropa —ordenó Marcus—. Quiero ver qué clase de chico viene a buscar esto.
Obedecí. Me quité la camiseta primero, revelando mi torso suave, sin vello, pálido, con los dos pezones ahora expuestos, ambos con piercing, ambos erectos. Luego los vaqueros, bajándolos lentamente, dejando que vieran que no llevaba ropa interior, que mi piel estaba completamente desnuda, impecable, mi polla erecta y rosada contrastando con la oscuridad de ellos.
—Joder —murmuró el de las rastas—. Parece un ángel. Un puto ángel caído.
—Y viene a pecar —dijo Marcus, y se desabrochó los pantalones.
Uno por uno, los seis hombres se liberaron de sus ropas, y yo vi que los rumores eran ciertos. Eran enormes. Todas negras, gruesas, venosas, pesadas, colgando o erectas, listas. El contraste con mi cuerpo pálido y pequeño era extremo, casi cómico, absolutamente excitante.
Marcus se acercó, su polla —la más grande, negra como el carbón, gruesa como mi muñeca— rozando mi vientre, dejando un rastro de humedad.
—¿Todavía quieres probar? —preguntó, agarrando mi pelo con una mano, guiando mi cabeza hacia abajo con la otra—. ¿Quieres sentir cómo te llenamos, chico blanco?
—Sí —gemí, abriendo la boca, lamiendo la punta, saboreando el sabor salado, diferente, intenso—. Por favor. Quiero todo.
Y empecé a chupar, mientras las manos de los demás recorrían mi cuerpo sin vello, tocando, reclamando, preparándome para lo que vendría.
No salí del billar hasta la madrugada siguiente. Y cuando salí, caminaba diferente. Había verificado las leyendas. Varias veces. Y quería más.
Tenía dieciocho años, pero la gente me confundía constantemente con quince o dieciséis. Mi cara redonda, mis mejillas sonrosadas, mi completa ausencia de vello facial —ni sombra de barba, ni bigote, ni patillas— me daban una apariencia perpetuamente juvenil. Mi cuerpo era igual: piel suave, impecable, sin rastro de vello ni en el pecho, ni en el vientre, ni en las piernas. Un cuerpo de adolescente tardío en un chico legalmente adulto.
Había descubierto temprano mi atracción por lo prohibido. Aquella vez en el cine, cuando la oscuridad me permitió masturbarme hasta correrme en la sala casi vacía. Aquella otra vez, en los baños del centro comercial, cuando un señor de cuarenta me había guiado hasta su garganta y me había hecho una mamada profunda que me dejó temblando durante horas. Pero él no era muy grande, y yo había oído los rumores, los estereotipos, las leyendas que circulaban en los foros y entre los chismes del barrio: los negros tienen pollas enormes, gruesas, largas, negras como el ébano.
Quería comprobarlo.
Elegí mi atuendo con cuidado. Unos vaqueros de marca, de esos que se llevan con la cintura caída, pero yo los llevé más allá de lo convencional. La cintura del pantalón descansaba literalmente debajo de mis nalgas, dejando al descubierto la curva de mis caderas, el inicio de mi raja, la piel suave y pálida de mi vientre bajo. Cada paso que daba sentía la amenaza de que se cayeran, pero eso era parte del juego.
Arriba, una camiseta blanca vieja, ajustada, con un roto estratégico en el pezón izquierdo. A través del agujero, visible y provocativo, asomaba el piercing de plata que llevaba allí desde los dieciséis, un pequeño anillo que brillaba contra mi piel pálida y que rozaba contra la tela con cada movimiento, manteniéndome semi-erecto de excitación constante.
El billar estaba en el corazón del barrio negro, un local en el sótano de un edificio de ladrillo con una entrada estrecha y una escalera que olía a humedad y a hierba. Bajé despacio, consciente de que mis vaqueros bajos exponían más de lo habitual con cada escalón.
El local era oscuro, iluminado solo por las luces de las mesas de billar y una neón roja detrás de la barra. Había música de rap saliendo de unos altavoces viejos, y el humo —de tabaco y otras cosas— flotaba en el aire como una neblina permanente.
Y había hombres. Solo hombres. Todos negros, todos mayores que yo, algunos con edad de ser mis padres, otros más jóvenes pero aún así adultos de verdad, con cuerpos que habían madurado, con barbas, con músculos, con presencia.
El silencio fue progresivo. Primero una mesa de billar dejó de jugar. Luego otra. Cuando llegué al pie de la escalera, todas las miradas estaban sobre mí.
Sabían lo que era. Lo que buscaba. Mi atuendo no dejaba lugar a dudas: este chico blanco, barbilampiño, con el culo a medio enseñar y el pezón adornado, no había venido a jugar al billar.
—Joder —dijo uno, alto, con una camiseta de tirantes que mostraba brazos como jamones—. Mira lo que se ha colado el gato.
Me acerqué a la barra, sintiendo las miradas recorriendo mi cuerpo. Las mejillas me ardían, pero mantuve la compostura. Pedí una cerveza con voz que no tembló, apoyándome en la barra de forma que mi camiseta se tensó sobre el pecho, el roto abriéndose más, mostrando el piercing claramente.
El camarero —un tipo de cuarenta, calvo, con una barba poblada y ojos que me devoraron— me sirvió sin decir palabra. Su mano rozó la mía al entregar la botella, y luego bajó, deliberadamente, rozando mi vientre desnudo, deteniéndose justo encima de donde mis vaqueros colgaban peligrosamente bajos.
—Esto es zona peligrosa, chico —murmuró, su voz grave, su acento africano marcado—. Para niños como tú.
—No soy un niño —respondí, y tomé un trago de cerveza, dejando que mi lengua recorriera el cuello de la botella de forma deliberada—. Tengo dieciocho años.
—¿Documentación? —preguntó, pero sonreía, mostrando un hueco entre los dientes frontales.
—En el bolsillo —dije, señalando mi vaquero, sabiendo que para alcanzarlo tendría que agacharme, exponiendo más, o él tendría que meter la mano.
Eligió la segunda opción. Su mano grande, negra, callosa, se deslizó por mi cadera, introduciéndose en el bolsillo frontal de mis vaqueros, buscando, rozando contra mi muslo, contra mi sexo que ya estaba duro, visible contra la tela delgada.
—Aquí no hay nada —dijo, su mano permaneciendo en mi bolsillo, sus dedos a centímetros de mi erección.
—El otro bolsillo —suspiré, jadeando ligeramente.
Su mano se movió, cruzando, rozando mi polla a través del vaquero, y luego entrando en el otro bolsillo. Encontró la cartera, sí, pero también encontró espacio para apretar, para sentir mi dureza, para confirmar que estaba excitado.
—Dieciocho —murmuró, finalmente sacando la cartera y mirando mi DNI con una rapidez que sugirió que realmente no le importaba—. Justo. Legal. Y tan... fresco.
Me devolvió la cartera, pero su mano no se fue. Se quedó allí, en mi bolsillo, apretando, masajeando, mientras sus ojos se clavaban en los míos.
—¿Qué buscas aquí, fresquito? —preguntó.
Miré hacia atrás. Los demás habían vuelto a sus juegos, pero de forma distraída, lanzando miradas furtivas. El alto de la camiseta de tirantes me observaba directamente, con una mano en su entrepierna, ajustándose algo que ya parecía considerable incluso a distancia.
—He oído cosas —dije, bajando la voz, atreviéndome finalmente—. Sobre... el tamaño. Sobre cómo son.
—¿Cómo son qué? —El camarero se inclinó más, su aliento oliendo a menta y tabaco.
—Las pollas —susurré, y el rubor que me invadió fue real, genuino, el de un chico atrevido que finalmente dice en voz alta su fantasía—. De los negros. Quiero ver si es verdad.
El camarero se echó a reír, una carcajada profunda que resonó en el local. Los demás se giraron, curiosos.
—¡Chicos! —llamó, sin apartar su mano de mi bolsillo, sin dejar de acariciarme lentamente—. ¡Este niño blanco viene en son de paz! ¡Quiere verificar leyendas urbanas!
El alto dejó su taco de billar y se acercó. Otro, más joven, con rastas y una sonrisa pícora, hizo lo mismo. Pronto estaba rodeado por media docena de hombres negros, todos mayores, todos más grandes, todos mirándome como si fuera un manjar inesperado.
—Yo soy Marcus —dijo el alto, extendiendo una mano que engulló la mía—. Y tengo exactamente lo que buscas.
Se llevó mi mano a su entrepierna, presionándola contra la protuberancia que allí yacía. Era dura, gruesa, enorme incluso a través de los pantalones. Gemí involuntariamente, mis dedos tratando de cerrarse alrededor de algo que no podían abarcar.
—Dios —suspiré.
—Eso es solo el principio —dijo Marcus, y su otra mano encontró mi pezón expuesto, el piercing, tirando de él suavemente—. ¿Quieres ver el resto?
Asentí, incapaz de hablar.
—Entonces ven —dijo el camarero, finalmente sacando su mano de mi bolsillo, dejándome vacío y deseoso—. Tenemos una sala trasera. Privada. Donde puedes... investigar a fondo.
Me guiaron entre las mesas de billar, un desfile de hombres negros escoltando a un chico blanco de aspecto infantil con vaqueros caídos y pezón adornado. Algunos jugadores nos miraron, sonriendo, sabiendo exactamente qué iba a pasar.
La sala trasera era pequeña, un reservado con sofás viejos y una mesa baja. Olía a cuero y a sexo pasado. Había condones en un cenicero, y lubricante en una esquina. No era mi primera vez allí para nadie.
Marcus cerró la puerta. El camarero —que se presentó como Jean— echó el cerrojo. Los demás se acomodaron en los sofás, formando un semicírculo, expectantes.
—Quítate la ropa —ordenó Marcus—. Quiero ver qué clase de chico viene a buscar esto.
Obedecí. Me quité la camiseta primero, revelando mi torso suave, sin vello, pálido, con los dos pezones ahora expuestos, ambos con piercing, ambos erectos. Luego los vaqueros, bajándolos lentamente, dejando que vieran que no llevaba ropa interior, que mi piel estaba completamente desnuda, impecable, mi polla erecta y rosada contrastando con la oscuridad de ellos.
—Joder —murmuró el de las rastas—. Parece un ángel. Un puto ángel caído.
—Y viene a pecar —dijo Marcus, y se desabrochó los pantalones.
Uno por uno, los seis hombres se liberaron de sus ropas, y yo vi que los rumores eran ciertos. Eran enormes. Todas negras, gruesas, venosas, pesadas, colgando o erectas, listas. El contraste con mi cuerpo pálido y pequeño era extremo, casi cómico, absolutamente excitante.
Marcus se acercó, su polla —la más grande, negra como el carbón, gruesa como mi muñeca— rozando mi vientre, dejando un rastro de humedad.
—¿Todavía quieres probar? —preguntó, agarrando mi pelo con una mano, guiando mi cabeza hacia abajo con la otra—. ¿Quieres sentir cómo te llenamos, chico blanco?
—Sí —gemí, abriendo la boca, lamiendo la punta, saboreando el sabor salado, diferente, intenso—. Por favor. Quiero todo.
Y empecé a chupar, mientras las manos de los demás recorrían mi cuerpo sin vello, tocando, reclamando, preparándome para lo que vendría.
No salí del billar hasta la madrugada siguiente. Y cuando salí, caminaba diferente. Había verificado las leyendas. Varias veces. Y quería más.
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