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Mi Primer Año como Profesora: La Conexión Inesperada

Mi Primer Año como Profesora: La Conexión Inesperada
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Quiero compartir con ustedes una historia que cambió mi vida profesional de formas que nunca imaginé. Todo comenzó cuando terminé mis estudios para ejercer como maestra en un centro universitario. La oportunidad llegó más rápido de lo esperado: no tenían maestra de inglés y me contrataron de inmediato.
Recuerdo que los nervios me consumían esos primeros días. Con apenas 29 años, sería una de las profesoras más jóvenes del plantel. Mi estilo era muy formal, tipo oficinista: faldas ajustadas, blusas entalladas de botones que resaltaban mis pechos y caderas, tacones de punta y, de vez en cuando, medias acordes al color de mi falda. Quería proyectar seriedad y profesionalismo, aunque por dentro me sentía como una impostora.
El día de mi primera clase, mi corazón latía tan fuerte que temía que mis alumnos pudieran escucharlo. Pero con el tiempo, fui ganando confianza y encontrando mi ritmo como docente.
A mitad del semestre, noté algo peculiar en uno de mis alumnos. César, de 18 años, era el típico joven divertido que le gustaba vestir bien. Tenía algo que me atraía muchísimo, y cada vez que le revisaba la tarea, muy sutilmente le insinuaba cosas. Empecé a escribirle comentarios motivacionales en sus trabajos, con el fin de que se abriera más conmigo.
Las semanas pasaron, y nuestra conexión se fortaleció. Fue entonces cuando César me preguntó: "¿Por qué solo conmigo dejas esos comentarios? ¿Qué me hace diferente a mí?"
La pregunta me tomó por sorpresa. Le expliqué que veía en él un potencial especial, una inteligencia aguda y una perspectiva única que me intrigaba. Le confesé que su forma de ver el mundo me fascinaba, que nuestras conversaciones, aunque breves, eran de las que más disfrutaba en mi día.
Lo que siguió fue un semestre lleno de momentos inolvidables, donde la línea entre profesional y personal comenzó a difuminarse. César se convirtió en algo más que un alumno para mí, y yo, más que una profesora para él.
A medida que avanzaba el semestre, esos momentos inolvidables se volvieron más frecuentes y significativos. La línea entre maestra y alumno comenzó a difuminarse sutilmente, casi sin que yo me diera cuenta.
Mi atracción por César creció de una manera que me tomó por sorpresa. Fuera del plantel, me encontraba pensando en él constantemente. En las noches, mientras preparaba mis clases, mi mente divagaba hacia sus comentarios ingeniosos, esa sonrisa cómplice que me regalaba cuando nuestros ojos se cruzaban en el salón, y esa energía juvenil que parecía iluminar hasta los rincones más grises del aula.
Nuestras pláticas se fueron extendiendo más allá de lo puramente académico. Comenzamos a conversar sobre música, películas, sueños y aspiraciones. Descubrí que César, a pesar de sus 18 años, tenía una perspectiva madura de la vida y una sensibilidad que me cautivaba. Cada conversación nos acercaba más, y la conexión entre nosotros se hacía más fuerte con el paso de los días.
Llegó un punto en que dejé de verlo como un alumno y empecé a verlo como el hombre que era. Aunque 11 años nos separaban, para ese momento ya no me importaba. Su inteligencia, su carisma y esa forma especial que tenía de hacerme sentir viva superaban cualquier barrera generacional que pudiera existir entre nosotros.
El punto de inflexión llegó cuando César tuvo dificultades con una tarea especialmente compleja. No entendía bien algunos conceptos y no pudo completarla. Vi mi oportunidad y di el paso: le di mi número personal para que pudiera consultarme si tenía alguna duda.
"Es para que no te quedes con las dudas", le dije, tratando de mantener la compostura. Pero por dentro, mi corazón latía con fuerza. César aceptó sin dudarlo, y en ese momento supe que había abierto una puerta hacia algo más.
Él probablemente pensaría que sería con fines puramente educativos, pero yo lo hice con una intención más íntima. Anhelaba tener contacto con él fuera del plantel, conocerlo en un entorno diferente al formal salón de clases.
Pasaron los días y la desesperación comenzó a apoderarse de mí. Revisaba mi teléfono constantemente, esperando ansiosamente un mensaje de César que me diera la oportunidad de iniciar una conversación. Cada notificación me hacía saltar, solo para decepcionarme al ver que no era él.
Finalmente, el fin de semana llegó, y con él, el mensaje que tanto esperaba. César comenzó preguntando por la tarea, con dudas específicas y educadas. Pero poco a poco, la conversación derivó hacia otros temas. La tarea pasó a segundo plano cuando empezamos a hablar de nuestras vidas, de lo que nos apasionaba, de nuestros miedos y sueños.
Esa noche, mientras intercambiábamos mensajes, supe que estábamos cruzando un punto sin retorno. La conexión que habíamos cultivado en el salón de clases florecía ahora en la intimidad de nuestras pantallas, y yo no quería que nunca terminara.
Con el paso de las semanas, nuestras conversaciones nocturnas se transformaron por completo. Los temas educativos quedaron relegados a un segundo plano, dando paso a un intercambio mucho más personal e íntimo. Empecé a seguirle en redes sociales, y fue allí donde nuestro juego dio un giro fascinante.
Comencé a reaccionar a sus publicaciones, dándole "me gusta" a sus fotos y dejando comentarios sutiles pero cargados de significado. "Esa sonrisa podría iluminar cualquier día", le escribí en una donde posaba con amigos. César, por su parte, siempre con ese respeto que lo caracterizaba, respondía con halagos que me hacían sentir deseada. "Se ve increíble en esa foto, profe", "Ese color le favorece mucho", cumplidos que, aunque educados, encendían algo dentro de mí.
Llegamos a un punto donde nuestra conexión trascendió las pantallas. Durante las clases, mientras los demás alumnos realizaban sus actividades, nos enviábamos mensajes discretos. Nuestros ojos se encontraban constantemente a través del salón, compartiendo sonrisas cómplices que solo nosotros entendíamos.
Cuando César se acercaba a mi escritorio para entregar un trabajo, yo aprovechaba el momento para rozar sutilmente su mano. Comencé a adoptar posturas deliberadas: cruzaba mis piernas de manera que la falda ajustada se ceñía aún más a mis muslos, o me inclinaba sobre mi escritorio de forma que mi blusa entallada resaltara aún más mis pechos.
Un día, me atreví a desabotonar uno de los botones superiores de mi blusa, justo lo suficiente para que pudiera vislumbrarse el encaje de mi brasier. Noté cómo su mirada se posaba allí por más tiempo del necesario, y esa reacción me excitaba profundamente. Había iniciado un juego de seducción y coqueteo que me embriagaba, me encantaba verlo nervioso, notar cómo su respiración cambiaba cuando me acercaba.
Quería que se atreviera a más, que diera el siguiente paso. Así que cuando pasaba entre los pupitres, al llegar junto a él, me detenía un instante más de lo necesario. Le tocaba el hombro haciendo que parecía casual, le acariciaba el cabello mientras fingía explicar algo en su cuaderno. A veces, me inclinaba hacia adelante para ayudar a algún compañero sentado frente a él, una excusa perfecta para que pudiera apreciar cómo mi falda se ajustaba a mis nalgas.
Y entonces llegó el momento que marcaría nuestro juego de seducción. Un día, al pasar junto a su pupitre, noté algo que me hizo contener la respiración: se notaba un bulto evidente en su entrepierna. Para mí fue una victoria, una confirmación de que mi estrategia estaba funcionando. Había logrado excitarlo allí mismo, en medio del salón de clases, al punto que su verga se ponía dura solo con mi presencia.
Esa imagen se grabó en mi mente por el resto del día. Por primera vez, supe que teníamos el mismo deseo, que la atracción era mutua y tan intensa como la mía. El juego había entrado en una nueva etapa, y yo estaba lista para ver hasta dónde podíamos llegar.
Ese día después de clases fue una verdadera tortura. La imagen del bulto en los pantalones de César se grabó en mi mente, provocando un deseo que no podía controlar. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía allí, excitado por mí. Sabía que tenía que subir la apuesta, que necesitaba ver hasta dónde podía llegar con este juego que nos tenía atrapados.
Por la noche, decidí hacer mi movimiento. Recordé unas fotos que me tomaron en Mazatlán durante mis vacaciones, recorriendo el famoso malecón con sus monumentos y vistas al océano Pacífico. Elegí una en particular: en ella, yo llevaba un short que se ceñía perfectamente a mis nalgas, marcando claramente mi entrepierna. Mi torso estaba cubierto por un top de triángulo de dos copas ajustables que dejaban ver muy bien la forma de mis pechos y marcaban mis pezones a través del tejido.
Subí la foto a mi estado donde solo el podría verla con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. Quería ver cómo reaccionaría César al verme así, más allá del ambiente formal del salón de clases. Quería calentarlo, provocarlo, ver hasta dónde podía llegar con esta provocación.
La respuesta llegó más rápido de lo esperado, y me dejó sorprendida. César no se contuvo. Sus palabras eran directas, cargadas de deseo. Me contó cómo se sentía al verme así, cómo esa foto lo había afectado. La excitación era palpable incluso a través de la pantalla.
"¿Quieres ver otra foto?", le preguntué, sintiéndome audaz y poderosa.
"Sí", respondió de inmediato.
Con dedos temblorosos, le envié a su chat otra foto. En esta, ya no llevaba el short. Solo el top de triángulo y la tanga que usaba debajo. La foto dejaba apreciar claramente cómo se me marcaba la raja, cómo el tejido se hundía en mi piel. Sin darle tiempo de procesar completamente esa imagen, le envié otra: esta vez de espaldas, donde mi culo estaba expuesto, con el pequeño triángulo de la tanga perdiéndose entre mis nalgas.
La respuesta de César fue todo lo que había deseado y más. Ya con la excitación al máximo, me escribió sin censura alguna. Sus palabras eran explícitas, directas. Me decía exactamente lo que le provocaban mis fotos, cómo estaba después de verme así, qué quería hacerme. Cada comentario me ponía más caliente, me confirmaba que me deseaba con una intensidad que me embriagaba.
Me sentía poderosa, casi como una diosa. Ver cómo un chico 11 años menor me anhelaba de tal manera, cómo mis fotos lo habían llevado a perder el control, me dio un poder que nunca antes había experimentado. En ese momento, supe que habíamos cruzado definitivamente la línea, y que no había vuelta atrás.
Después de ver la reacción de César a mis fotos, sentí un valor que no sabía que poseía. El poder que tenía sobre él me embriagaba, y quería saberlo todo, quería saber cada detalle de su deseo. Con los dedos todavía temblando por la excitación, le escribí.
"Cuéntame con lujo de detalle, César. ¿Qué es lo que te gusta de mí cuando estamos en clases? Y ahora que me has visto así... ¿qué sientes al verme? ¿Qué tan excitado te pones? ¿Alguna vez te has masturbado pensando en tu maestra?"
La respuesta llegó casi de inmediato, y cada palabra me sumergía más en este mundo prohibido que estábamos construyendo.
"Desde que te vi el primer día, me gustó cómo te vestías", comienzo por Tus ojos y tus labios... pero sobre todo, tu cuerpo. Esos pechos que se marcan en tus blusas, esas piernas tonificadas que asoman cuando te sientas, y ese culo... Dios, ese culo que no dejo de ver mientras escribes en el pizarrón y más cuando usas tanga se ve exquisito."
Continuó contándome cómo, cuando empezamos a conversar más, fantaseaba constantemente conmigo. Se imaginaba cómo sería besarme, cómo sería abrazarme, tomarme de la mano, tocar y apretar mis nalgas, sentir mis pechos presionando sobre el, salir juntos, incluso cómo sería ser novios. "Me parecía imposible", admitió. "Nunca pensé que alguien como tú se fijaría en mí, y menos con lo peligroso que sería una relación así. Pero cuando noté tus comportamientos en el salón, cómo me mirabas, cómo te acercabas a mí... ahí confirmé que sentías algo por mí."
Y entonces llegó la confesión que me hizo arder: "Me he jalado la verga pensando en ti varias veces, maestra. Me excitas tanto que me haces terminar muy rápido." No pude evitar sonreír al leerlo. Pero lo que vino después me dejó sin aliento.
"Te llegué a hacer un tributo, a tu foto de perfil", confesó. "Me imaginaba que estabas arrodillada esperando a qué te llenara la cara de semen." Y lo que me dijo a continuación me hizo temblar de pies a cabeza: "Después de ver estas fotos que me enviaste, tengo la verga durísima como nunca se me había puesto. Y en este momento, mientras chateamos, me la estoy jalando."
No podía creer lo que leía. Volví a leer el mensaje una y otra vez, asimilando cada palabra. La idea de que César se masturbara mientras veía mis fotos, mientras pensaba en mí, me provocó una excitación que nunca antes había experimentado.
"Quiero ver ese tributo", le respondí sin dudarlo. "Quiero ver cómo quedó mi cara cubierta de tu semen. Y cuéntame, César... Si tuvieras la oportunidad de cogerte a tu maestra como lo harias. Quiero que me lo digas, Con mucho detalle."
Mientras esperaba La respuesta de César, mi mente me hacía desearlo con una intensidad casi dolorosa. Ese fue el punto de quiebre me di cuenta de que ya no éramos solo maestra y alumno. Habíamos cruzado una línea de la que no había vuelta atrás, y yo no quería volver atrás. Quería vivir todo lo que César me pudiera decir en sus mensajes.
Pasaron unos minutos cuando por fin llegó la respuesta de cesar, abri el chat con el corazón latiéndole en la garganta. El mensaje de César llegó con una foto adjunta. Era la imagen exacta que ahora tenía frente a a mis ojos: su propio rostro, esa selfie sensual que tenía de perfil, completamente cubierto de gruesos chorros de semen blanco y espeso. Gotas espesas salpicaban sus mejillas, sus labios entreabiertos, el puente de su nariz, incluso algunas corrían hacia sus ojos y cabello. El semen brillaba, denso, pegajoso, como si realmente acabara de eyacular sobre ella.
“maestra… este es el tributo que te hice. Mira cómo te llené toda… eso es lo que me provocas.”
senti que mis piernas se abrían solas sobre la cama. Mi vagina palpitaba, empapada, chorreando jugos que ya me mojaban los muslos. No podía apartar la vista de la foto. Ver mi cara de maestra seria y atractiva completamente bañada en la leche caliente de su alumno de 18 años la estaba volviendo loca.
Mientras ella procesaba la imagen, César siguió escribiendo sin esperar respuesta, como si no pudiera contenerse más:
“Si te tuviera enfrente ahora mismo, empezaría besándote como un animal. Te agarraría la cara con las dos manos y te metería la lengua hasta el fondo de la garganta, chupando esos labios gruesos que siempre me vuelven loco en clase. Te mordería el cuello, bajando despacio hasta esos pechos grandes y pesados que se marcan en tus blusas. Te arrancaría la blusa de un tirón, te sacaría los pechos y me los metería enteros a la boca, chupando fuerte los pezones hasta ponértelos duros como piedras. Te los mordería suave mientras te aprieto el culo con las dos manos, metiendo los dedos entre tus nalgas para sentir lo caliente y mojada que estás.
Te tiraría en la cama o sobre el escritorio del salón, como más te guste, y te abriría las piernas bien anchas. Empezaría a tocarte la panocha por encima de las bragas, frotando tu clítoris hinchado hasta que estés gimiendo mi nombre. Te bajaría las bragas despacio, oliendo tu olor a puta excitada, y te abriría los labios con los dedos para verte la vagina rosada y chorreando. Te comería la vagina como un desesperado: primero lamiendo toda la rajita de abajo hacia arriba, metiendo la lengua bien adentro, saboreando tus jugos dulces y salados. Te chuparía el clítoris fuerte, metiendo dos dedos en tu concha apretada, cogiendote con ellos mientras te como, haciendo que te corras en mi boca antes de meterte la verga.
Cuando estés temblando del primer orgasmo, te pondría en cuatro patas, ese culo perfecto que tanto miro en clase bien levantado. Te escupiría en el coño y te metería la verga de un solo empujón, bien profundo. Dios, maestra… imagino lo apretada que estás. Te cogería duro, agarrándote las caderas, chocando mis huevos contra tu clítoris con cada embestida. Te jalaría el pelo, te daría nalgadas fuertes mientras te digo lo puta que eres por mojarte por tu alumno. Te cambiaría de posición, te pondría de lado, una pierna arriba, cogiendote más profundo, tocándote los pechos y el clítoris al mismo tiempo. Y cuando esté a punto de correrme te sacaría la verga, te pondría de rodillas y te llenaría esa cara tan linda de semen, igual que en la foto, pero esta vez en vivo, chorros calientes cayendo en tu lengua, en tus ojos, en tus tetas…
Quiero ser el primero en cogerte así, maestra. Quiero que sientas cómo un joven de 18 te abre el coño y te deja chorreando mi leche.”
Leí cada palabra con los ojos vidriosos de placer. Mi mano derecha ya estaba entre mis piernas, dos dedos hundidos en mi coño empapado, frotándome el clítoris, mientras con mi otra mano sostenía el celular mirando la foto de mi cara cubierta de semen. Estaba Temblaba entera. No comprendía cómo un chico de 18 años me tenía al borde del orgasmo de esta manera, tan húmeda, tan desesperada, tan puta.
Mis dedos se movían más rápido, imaginando todo lo que César me describía. El orgasmo me golpeó con fuerza. Gemi muy alto, arqueando la espalda, mis jugos chorreaban sobre las sábanas mientras yo seguía mirando la foto de mi tributo, sintiendo que realmente estaba recibiendo esa leche caliente sobre mi cara.
Apenas me recupere, con la respiración agitada y el cuerpo aún temblando, le escribi a César todo lo que sentía:
“César… Dios mío, mi amor… acabo de correrme como una perra mirando tu foto y leyendo todo lo que me escribiste. Ver mi cara llena de tu semen me volvió loca. Nunca me había sentido tan deseada, tan puta, tan tuya. Quiero que me beses exactamente como dijiste, que me comas la panocha hasta que me corra en tu boca, que me folles duro en cuatro patas y me llenes toda de leche. Quiero ser tu maestra puta, quiero que me cojas en el salón después de clase, que me dejes el coño abierto y chorreando de tu semen por días.
Ven a mí, César. Quiero sentir esa verga dura que se pone por mí. Quiero que me hagas todo lo que me contaste y más. Estoy temblando todavía… mi coño no deja de palpitar pensando en ti. Te necesito dentro de mí. Ya no aguanto más esta espera prohibida.”
aún tenía los dedos húmedos de mi propio orgasmo cuando llegó la siguiente respuesta de César. El chico seguía en línea, claramente sin poder parar.
“maestra… sigo aquí con la verga en la mano, bien dura todavía después de correrme con tus fotos. No dejo de mirarlas, tu cara tan linda y es cuerpo que pide ser tomado. Me la sigo jalando despacio imaginando que estamos en el salón de clases mientras me estás provocando… quiero verte en un lugar más privado, donde pueda hacerte todo lo que te conté sin miedo a que nos descubran. Un lugar donde pueda bajarte las bragas, comerte esa panocha jugosa hasta que grites, y después cogerte fuerte contra la pared, metiéndotela hasta el fondo mientras te tapo la boca para que nadie te escuche gemir como puta.”
sonrei con malicia, el coño todavía palpitándome. Escribió sin pensarlo dos veces:
“El lunes te tengo una sorpresa, mi César. Algo muy especial solo para los dos. No te imaginas lo que tengo planeado… vas a quedar loco. Confía en mí.”
En mi mente, la fantasía ya estaba más que clara: el lunes después de clase lo llevaría al baño de maestros o al de discapacitados, me arrodillaría frente a él y le daría la mejor mamada de verga de su vida. Quiero chupársela entera, lamerle los huevos, metérmela hasta la garganta y dejar que me folle la boca hasta que me llene la cara de semen caliente, tal como en ese video que vi de una maestra arrodillada mamándosela a su alumno. Luego lo dejaría que me tomara fotos con la cara cubierta de su leche espesa, para que ambos tuvieran un recuerdo prohibido.
César respondió con evidente curiosidad y excitación:
“¿Una sorpresa?, maestra… ahora voy a pasar el fin de semana pensando en qué será. Me tienes la verga otra vez dura. Dime algo, por favor…”
Pero me mantuve firme, disfrutando del poder:
“Solo espera al lunes. Va a valer la pena, te lo prometo. Ahora ve a dormir, mi amor… y sueña conmigo.
Nos despedimos con mensajes cargados de deseo:
Buenas noches, mi maestra puta.
Buenas noches, mi alumno vergudo. Descansa y descansa esa verga… la voy a necesitar bien cargada el lunes.
El fin de semana transcurrió relativamente normal por fuera. Seguimos mensajeándo todo el tiempo: buenos días calientes, fotos discretas que ella le enviaba (un escote pronunciado, sus piernas cruzadas, un close-up de sus labios), y César respondiéndole con la verga dura y descripciones sucias de lo que quería hacerle. Pero por dentro, no dejaba de pensar en él.
Todo el sábado y domingo mi mente volvía al baño del colegio: yo de rodillas, la puerta cerrada con seguro, la ropa que elegiría especialmente para él. Aún estaba indecisa sobre qué ponerme el lunes. ¿La blusa blanca más ajustada, sin sostén para que se me marquen bien los pezones? ¿Una falda más corta de lo normal, sin bragas debajo? También pensaba en qué regalarle para que pensara en mi todo el tiempo: quizás unas bragas usadas y empapadas de mi olor, o una foto impresa de cuerpo completo, para que la guarde en secreto.
La excitación no bajaba. Cada vez que me tocaba pensando en arrodillarme frente a César, en sentir su verga joven y dura llenándome la boca y después pintándome la cara de semen espeso, me corría más fuerte. El lunes se acercaba y yo estaba completamente decidida a cruzar la última línea.
Me levante temprano ese lunes, el corazón latiéndome con fuerza y el coño ya húmedo solo de imaginar lo que iba a pasar. Me puse Frente al espejo, empeze a elegir el la ropa especial para volver loco a mi alumno favorito.
Empeze eligiendo la lencería. Me puse un brasier de encaje francés en color negro, con copas semitransparentes que apenas contenían mis pezones oscuros y duros, con delicados detalles de encaje que se transparentarian bajo la blusa. Luego escogí La tanga que hacía juego: negra, de encaje fino, con tiras finas que se hundían entre mis nalgas y una pequeña pieza de tela que apenas cubría mi coño depilado y ya mojado. Me pase la mano por encima y senti la humedad.
Después me puse la blusa roja de botones, ajustada, que se me pegaba perfectamente al cuerpo, marcando mis tetas grandes y redondas. Deje los primeros botones abiertos, dejando ver un escote profundo y provocador, casi hasta el borde del brasier. Escogí una falda negra ajustada, tipo lápiz, que se me ceñía a mis caderas anchas y a mi culo redondo y firme, terminando justo por encima de las rodillas pero marcando cada curva. Me puse unos tacones negros altos que hacían que mis piernas se vieran más largas y tonificadas. Me mire en el espejo y sonrei: parecía una maestra profesional por fuera, pero por dentro era una puta en celo.
Luego pensé Esta tanga que llevo puesta… se la voy a dar cuando termine con él en el baño me dije a sí misma, excitada. Quiero que tenga mi olor todo el día, empapada de mis jugos.
Termine de vestirme completamente, me maquille con los labios rojos y los ojos bien marcados, agarre mis cosas y  fui a la universidad.
Al entrar al salón, César levantó la vista y se quedó congelado. Sus ojos recorrieron mi cuerpo entero: la blusa ajustada, el escote que dejaba ver el nacimiento de mis tetas, la falda negra ceñida marcando ese culo que tanto le gusta. Inmediatamente se llevó una mano a la entrepierna por debajo del pupitre, apretándose la verga que ya empezaba a endurecerse. lo mire de reojo y sonrei internamente.
La clase empezó normal. escribía en el pizarrón, moviéndome con lentitud, contoneando las caderas. A los treinta minutos senti vibrar mi celular. Hize una pausa, lo revise disimuladamente: era César.
“maestra… me tiene con la verga durísima. No dejo de mirarte el culo y las tetas. Mira cómo me tienes.”
Adjuntó una foto: su mano agarrando la verga por encima del pantalón, marcando un bulto enorme y grueso. Aprete las piernas, sintiendo cómo mi coño se mojaba más, la tanga ya empapada. Por fuera segui dando la clase con voz firme, pero por dentro ardía.
Cuando por fin terminó la clase y todos salieron, le hable en voz baja:
—César, te veo en la sala de maestros en cinco minutos. Déjame llegar primero para que nadie sospeche.
Me adelante, el corazón me latía a mil. César se quedó con las ansias, la verga palpitándole en los pantalones.
Cinco minutos después él tocó la puerta. abri, y nuestras miradas se entrelazaron llenas de deseo. Cerre con seguro.
Luego le dije ¿Te gusta lo que ves? Se lo pregunte, miestras gire despacio para que admirara mi cuerpo.
maestra… está demasiado buena. Me tiene loco respondió César nervioso, y la voz entrecortada.
Me acerque a el, le tome la mano, lo bese con pasión, metiendole la lengua en su boca.
Yo también Estoy nerviosa… pero te voy a hacer sentir muy bien.
Le susurre que se adelantara al baño, que en un momento lo alcanzaba. César obedeció. Me quite rápidamente la blusa y la falda, quedándome solo en lencería negra de encaje y tacones. Mis tetas se veían espectaculares en el brasier, los pezones marcados, y la tanga se me hundía entre las nalgas.
Camine hacia el baño. Cuando abri la puerta, César me vio y sus ojos se iluminaron como si estuviera ante una diosa.
Maestra te ves jodidamente sensual…
Me acerque lentamente, lo bese con toda la pasión acumulada, devorándole la boca. Sentí como César bajó las manos directamente a mi culo, apretando mis nalgas con fuerza, separándolas. Luego Subió la mano derecha y empezó a tocarme la teta izquierda por encima del encaje, pellizcandome el pezón duro. gimi en su boca y yo baje la mano directo a su verga. La sinti durísima a través del pantalón, no eran tan gruesa como se veía en las fotos pero si gruesa para abrirme lo suficiente, lo que si sentí fue lo larga que era y palpitaba delicioso cada vez que la apretaba. Se la masturbe unos minutos por encima del pantalón mientras seguíamos besándonos con lengua.
No aguante más. Me arrodille frente a él, le desabroche el pantalon le baje el cierre y salio su verga tan dura y venosa. Sin pensarlo, me la meti a la boca obscenamente: la lami desde los huevos hasta la punta, chupando fuerte, haciendo ruidos húmedos y guarros con la saliva. Me la trague entera hasta la garganta, babeando, gimiendo mientras se la chupaba como una puta desesperada. Movía la cabeza rápido, sacando la lengua para lamerle el glande y volviéndomela a meter hasta el fondo. César gemía, agarrándole el pelo.
Pasaron al rededor de 10 minutos y me dijo maestra… me voy a correr…
Al oír eso me saque la verga de la boca, saque la lengua y lo mire con ojos de puta mientras se la estába jalando le dije mi amor lléname la cara como en la foto. César explotó: chorros espesos, calientes y abundantes de semen  me llenaron la cara, los labios, las mejillas, el pelo, cayendo también sobre mis tetas y el brasier negro. Gruesas gotas blancas me corrían por la cara mientras sonreia. Cuando su verga dejo de correrse me la metí nuevamente a la boca succione cada gota de semen y se la deje limpia.
Con voz ronca Le dije Sácame fotos, mi amor.
César obedeció, tomando varias fotos: haciendo close-ups de mi cara cubierta de leche, el semen chorreando por mis labios y barbilla, cayendo en mis tetas, y también me tomo fotos de mi culo en tanga desde atrás.
Cuando terminó de tomarme fotos, Me levante, me quite la tanga empapada de mis jugos y se la colgue en la verga aún erecta.
Este es tu regalo. Disfrútala cuando estés en casa oliéndola y jalándotela pensando en mí.
Le di un beso profundo, saboreando su propio sabor a semen,  salimos del baño me vestí nuevamente le dije que pronto haríamos todo lo que me dijo por mensajes, nos despedimos con un beso sellando nuestro romance y con promesas de más.

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