
Bueno pues así comienza,Descripción breve:
Una atractiva mujer de 32 años vive sola en un tranquilo barrio residencial. Su nuevo vecino de 24 años, un chico atlético y algo tímido que acaba de mudarse, empieza a aparecer en su vida de formas cada vez más irresistibles. Lo que comienza como ayuda inocente con cajas y reparaciones se convierte en una atracción prohibida y ardiente que ninguno de los dos puede (ni quiere) detener,La tarde de verano era asfixiante. Ana estaba en su jardín trasero, regando las plantas con un fino vestido de tirantes que se pegaba a su cuerpo por el sudor. Tenía 32 años, divorciada desde hacía poco, y había aprendido a disfrutar de su libertad… hasta que él llegó.Se llamaba Diego. Veinticuatro años, alto, de hombros anchos por las horas en el gimnasio y una sonrisa tímida que contrastaba con la forma en que sus ojos se quedaban un segundo de más en el escote de ella. Llevaba dos semanas viviendo en la casa de al lado,—Doña Ana, ¿necesita ayuda? —preguntó asomándose por encima del seto.Ella sonrió, dejando que el agua del riego le mojara ligeramente el vestido, marcando sus pezones.—Deja el “doña”, que me haces vieja. Y sí… la manguera se me enreda siempre.Diego saltó el seto sin pensarlo dos veces. Llevaba solo un pantalón corto de deporte y nada arriba. El sudor le corría por el pecho definido. Mientras intentaba desenredar la manguera, Ana no pudo evitar mirar cómo se marcaba su paquete cada vez que se agachaba,Esa misma noche, pasadas las once, alguien tocó a su puerta. Era él, con una botella de vino frío en la mano.—No podía dormir con este calor —dijo—. Pensé que tal vez tú tampoco.Ana lo dejó pasar. Llevaba un camisón corto de seda negra que apenas le cubría los muslos. Sirvieron dos copas y hablaron de todo y de nada, sentados en el sofá. La tensión era palpable. Cada vez que él se movía, su rodilla rozaba la de ella,De repente, Diego dejó la copa y la miró directamente a los ojos.—Llevo días pensando en ti, Ana. No dejo de imaginar cómo sería…No terminó la frase. Ella se inclinó y lo besó. Fue un beso hambriento, casi desesperado. Las manos de Diego subieron por sus muslos, levantando el camisón hasta descubrir que no llevaba nada debajo. Gimió al sentirla ya húmeda.—Joder… —susurró él.Ana se subió encima, sentándose a horcajadas. Podía sentir su polla dura presionando contra ella a través del pantalón. Empezó a moverse lentamente, frotándose mientras lo besaba con más fuerza. Diego le bajó los tirantes del camisón y tomó uno de sus pechos en la boca, chupando y mordiendo el pezón con hambre,Ella metió la mano dentro de su pantalón y sacó su miembro: grueso, caliente y completamente erecto. Lo acarició despacio, disfrutando de cómo palpitaba en su mano.—Quiero que me folles, Diego —le susurró al oído.No hizo falta más. Él la levantó como si no pesara nada y la llevó hasta la mesa del comedor. La puso de espaldas, le abrió las piernas y, sin preliminares suaves, empujó dentro de ella de un solo movimiento. Ana soltó un gemido largo y profundo. Estaba empapada, pero él era grande y la llenaba completamente,Empezó a embestir con fuerza, agarrándola de las caderas. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación junto con los gemidos de ella. Diego le dio una cachetada suave en el culo y eso la hizo apretarse más alrededor de él.—Más fuerte… —suplicó Ana.Él obedeció. La follaba como si hubiera estado conteniéndose semanas. Cambiaron de posición: ella encima, cabalgándolo con furia, sus tetas rebotando mientras él le apretaba el culo y le chupaba los pezones. Luego la puso contra la pared, levantándole una pierna y penetrándola de pie, besándola con lengua mientras entraba y salía sin parar,Cuando ya no aguantaba más, Diego la llevó al sofá, la puso de rodillas y la penetró desde atrás otra vez, más profundo. Ana se corrió primero, temblando y apretándolo con espasmos. Eso fue suficiente para él. Con un gruñido gutural se corrió dentro de ella, llenándola con chorros calientes mientras seguía empujando hasta el final.Se quedaron abrazados, sudorosos y respirando agitados.—Esto… solo acaba de empezar, ¿verdad? —preguntó Diego con una sonrisa pícara, todavía dentro de ella.Ana le devolvió la sonrisa y apretó sus músculos internos alrededor de su polla semi-dura.—Vecinillo… vas a tener que venir a “ayudarme” mucho más seguido.
1 comentarios - Esto es un relato erótico ficticio creado por mi