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De Madre a Amante

De Madre a Amante

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¡Hola! Soy Edith, y voy a contarte mi historia tal como la he vivido. Tengo 41 años y, mirándome en el espejo, todavía me siento orgullosa de lo que veo. Soy una mujer curvilínea, con un cuerpo que ha cambiado con los años pero que sigue llamando la atención. Tengo el cabello castaño oscuro, largo y liso que me cae sobre los hombros, unos ojos grandes y expresivos con pestañas largas, y una sonrisa que todavía hace que algunos giren la cabeza. Mi busto es generoso y pronunciado, algo que siempre he tenido que manejar con cuidado al vestirme, mis caderas son anchas y mis muslos gruesos. Me siento sexy, madura y con curvas que ya no escondo.
Actualmente vivo en una casa cómoda en las afueras de la ciudad, un lugar tranquilo con jardín y suficiente espacio para los dos. Me separé hace tres años, después de 18 años de matrimonio. Me casé a los 20, ya embarazada de mi hijo, que ahora está a punto de cumplir 21. Fue un matrimonio que empezó con ilusión, pero que se rompió cuando descubrí que mi ex me era infiel. La separación fue dolorosa, pero mi hijo se quedó conmigo desde el primer día. Siempre ha sido muy protector. Desde joven tomó el rol del “hombre de la casa”: arreglaba cosas, me acompañaba a todos lados, y me cuidaba como si fuera su responsabilidad. Eso me hacía sentir segura.
Después del divorcio intenté rehacer mi vida sentimental. Salí con algunos hombres, busqué compañía, pero ninguna relación funcionó. Uno era demasiado inmaduro, otro tenía celos absurdos, y al final me cansé. Dejé de intentarlo. Me concentré en mí y en mi hijo.
Pero con el tiempo empecé a notar cosas. Cuando salía con algún amigo o alguien que me pretendía, mi hijo se ponía visiblemente celoso. Se quedaba callado, respondía seco, y luego me preguntaba detalles que parecían innecesarios. Al principio lo atribuí a la adolescencia, a las hormonas alteradas. Pensaba que era normal.
También me daba cuenta de cómo me miraba cuando me ponía ropa más ajustada o escotada. Sus ojos se detenían en mi escote, en mis piernas, en la forma en que la tela se pegaba a mi cuerpo. Al principio me hacía gracia, pero luego noté patrones: mi ropa interior desaparecía de la cesta de la ropa sucia y reaparecía días después, a veces con manchas que reconocía perfectamente. Encontré una foto mía en bikini de unas vacaciones en Puerto Vallarta guardada entre sus cosas. Me pareció extraño, pero no quise darle importancia. “Es un adolescente”, me decía.
Hasta aquella noche hace unos meses. Me levanté a la cocina por un vaso de agua. Al pasar por su cuarto escuché susurros. Creí que me había llamado, así que abrí la puerta con cuidado. Lo vi allí, sentado en la cama, con los pantalones bajados, masturbándose con fuerza mientras sostenía esa foto mía en bikini. Susurraba mi nombre: “Edith… mamá…”. Se movía la mano rápido, con la respiración agitada, mirando mi imagen con deseo puro. Cerré la puerta sin hacer ruido, pero el corazón me latía desbocado. Esa imagen se me quedó grabada.
A partir de ahí las cosas cambiaron poco a poco. Empecé a investigar por mi cuenta. Leí que es común que los hijos, sobre todo en la adolescencia, fantaseen con sus madres. Pensé que solo era una etapa. Pero en foros y páginas donde madres relataban situaciones similares, muchas contaban cómo se habían vuelto más liberales: dejaban que sus hijos miraran, les ayudaban a masturbarse sin reprimirse, incluso llegaban a más. Al leer eso me quedé sorprendida, casi sin aliento. No podía creer que existieran mujeres que hicieran eso con sus propios hijos.
Sin embargo, algo dentro de mí había cambiado. Mi hijo ya no era un niño. Era un joven guapo, alto, responsable, fuerte. Desde el divorcio no me ha faltado nada: me cuida, me consiente, es mi apoyo. Me siento muy afortunada de tener un hijo tan maravilloso. Y después de esa noche, de ver su deseo tan crudo hacia mí, empecé a sentir cosas que nunca había sentido. Sentimientos encontrados. Por un lado vergüenza, por otro… halago. A mis 41 años, un chico joven y atractivo como él se masturba pensando en mí, en su propia madre. No me era indiferente. De hecho, me excitaba saberlo. Me sentía deseada de una forma prohibida y poderosa.
Desde entonces he empezado a ser más cariñosa, más atenta y más amorosa con él. Lo abrazo más tiempo, le doy besos más cerca de la boca, me visto con ropa más reveladora en casa: blusas escotadas, faldas cortas que marcan mis curvas, y a veces sin sostén para que note cómo se mueven mis pechos cuando camino. Me gusta ver cómo me mira ahora, sin esconderse tanto. Sé que las cosas están evolucionando, y una parte de mí ya no quiere detenerlo.
Desde esa noche todo empezó a transformarse de forma lenta pero inevitable. Ya no podía mirarlo como antes. Cada vez que lo veía salir de la ducha con solo una toalla alrededor de la cintura, con el pecho marcado y el cuerpo de un joven fuerte, sentía un calor subir por mi vientre. Sabía que él me deseaba, que se tocaba pensando en mí, y eso me hacía sentir viva, deseada de una manera que ningún hombre adulto me había hecho sentir en años.
Empecé a ser más cariñosa, como te dije. Por las mañanas le daba abrazos más largos, apretando mis pechos grandes y suaves contra su torso. Le besaba la mejilla pero dejaba que mis labios se demoraran, rozando la comisura de su boca. “Mi hombre de la casa”, le susurraba al oído, y notaba cómo se tensaba, cómo su respiración se volvía más pesada.
En casa comencé a vestirme de forma más provocativa. Usaba blusas semi transparentes sin sostén debajo, para que mis pezones se marcaran claramente contra la tela cuando caminaba por la sala, empeze a usar faldas más cortas dejando ver la parte baja de mis muslos gruesos y el comienzo de mis nalgas redondas. A veces, cuando me agachaba a recoger algo, dejaba que la falda se subiera lo suficiente para que viera mis bragas de encaje. Sabía que me miraba. Sentía sus ojos clavados en mi culo, en mis tetas, y eso me mojaba.
Una tarde llegué del trabajo cansada y me quité los tacones. Me senté en el sofá con las piernas abiertas sin darme cuenta, la falda subida hasta medio muslo. Él estaba frente a mí jugando en su teléfono, pero sus ojos no paraban de subir por mis piernas. Me di cuenta y, en lugar de cerrarlas, las abrí un poco más.
—¿Todo bien, mi amor? —le pregunté con voz suave, acariciándome el escote casualmente.
—Sí, mamá… estás… muy guapa hoy —respondió, con la voz ronca.
Esa noche escuché ruidos otra vez desde su habitación. Me acerqué sigilosamente y la puerta estaba entreabierta. Lo vi otra vez: pantalones bajados, su verga dura y gruesa en la mano, moviéndose de arriba abajo mientras sostenía una de mis bragas usadas contra su cara. Susurraba mi nombre completo: “Edith… mamá… quiero follarte… quiero chupar esas tetas tan grandes…”. Se corrió con fuerza, disparando chorros espesos de semen sobre mi foto en bikini que tenía en la otra mano.
Me quedé allí parada, con la mano entre mis piernas, tocándome por encima de la falda. Estaba empapada. Esa noche me masturbé pensando en él por primera vez, imaginando su boca en mis pezones, su verga joven y dura entrando en mí.
Al día siguiente decidí dar un paso más. Después de cenar, le pedí que me ayudara a elegir ropa para una supuesta salida (aunque no tenía ninguna). Me probé blusas escotadas delante de él en mi habitación, dejando la puerta abierta. Me quitaba el sostén delante suyo, dejando que mis pechos pesados cayeran libres, con los pezones duros.
—¿Cuál me queda mejor, hijo? —preguntaba girándome para que viera cómo se movían mis tetas y mi culo.
Él estaba visiblemente excitado. Se le marcaba el bulto en el pantalón y no hacía nada por esconderlo. Me acerqué más de lo necesario, rozando mi cuerpo contra el suyo “sin querer”. Sentí su erección contra mi muslo y un escalofrío de placer me recorrió.
Poco a poco las caricias se volvieron más atrevidas. Por las noches veíamos películas juntos en el sofá y yo me recostaba contra él, poniendo mi cabeza en su pecho y mi mano en su pierna, subiéndola lentamente. Una noche me atreví a rozar su verga por encima del pantalón “accidentalmente”. Estaba durísima. No dijo nada, solo respiró agitado.
Ahora duermo con la puerta de mi habitación entreabierta, a veces solo con una camisola corta que apenas cubre mis nalgas y sin bragas. Sé que viene a mirarme mientras duermo. Siento sus ojos recorriendo mi cuerpo, y a veces finjo moverme para que vea mejor mi coño húmedo y mis tetas expuestas.
Quiero más. Quiero que se acerque, que me toque, que me haga suya. Sé que es mi hijo, pero ya no me importa. Lo deseo tanto como él a mí. Mi cuerpo maduro, mis curvas generosas y mi experiencia están listas para él.
Las semanas siguientes fueron un juego de seducción silenciosa pero cada vez más evidente. Ya no fingía que no sabía lo que pasaba. Sabía que mi hijo se masturbaba pensando en follarme, y yo lo deseaba con la misma intensidad. Mi coño maduro, que llevaba años sin ser bien follado, se mojaba solo con imaginar su verga joven y gruesa abriéndome.
Una noche de viernes, después de cenar, pusimos una película romántica. Me vestí especialmente para él: una camisola de seda negra muy corta que apenas cubría la mitad de mis nalgas grandes y redondas, sin bragas, y con el escote tan bajo que mis tetas pesadas y naturales casi se salían. Me senté muy cerca de él en el sofá, recostándome contra su pecho. Mi mano “inocentemente” descansaba sobre su muslo, pero poco a poco la subí hasta rozar el bulto que ya estaba duro como piedra bajo su pantalón de chándal.
—¿Estás cómodo, mi amor? —susurré con voz ronca, mirándolo a los ojos mientras mis dedos acariciaban lentamente su verga por encima de la tela.
Él tragó saliva, respirando agitado.
—Mamá… esto… —intentó decir, pero no terminó la frase.
No le di tiempo. Me giré, me senté a horcajadas sobre sus piernas y presioné mi coño desnudo y húmedo contra su erección. Mis tetas grandes quedaron justo frente a su cara. Tomé su cabeza con ambas manos y la hundí entre mis pechos.
—Chúpamelas, hijo… Sé que las deseas desde hace mucho —le dije con voz temblorosa de excitación.
Él soltó un gemido ahogado y abrió la boca, atrapando uno de mis pezones grandes y oscuros. Lo chupó con hambre, mordisqueándolo mientras sus manos grandes subían por mis muslos gruesos y apretaban mi culo con fuerza. Yo me movía despacio, frotando mi coño empapado contra su verga dura, dejando que la tela se mojara con mis jugos.
—Ay, mi niño… qué rico chupas las tetas de mamá —gemí, moviendo las caderas en círculos.
Bajé la mano y metí los dedos dentro de su pantalón. Su verga era gruesa, caliente y palpitante. La saqué y la apreté, masturbándolo lentamente mientras él pasaba de una teta a otra, babeando y succionando con desesperación. Mis pezones estaban hinchados y sensibles.
Me arrodillé entre sus piernas, mirándolo con lujuria.
—¿Quieres que mamá te chupe la verga, hijo? —pregunté, lamiéndome los labios.
Sin esperar respuesta, bajé la cabeza y metí toda su polla en mi boca caliente y húmeda. La chupé con ganas, bajando hasta la garganta, lamiendo sus huevos pesados mientras él gemía mi nombre: “Mamá… Edith… joder…”. Sus manos se enredaban en mi cabello largo, guiándome mientras yo lo mamaba con experiencia, haciendo ruidos obscenos, babeando saliva por toda su verga.
No aguantó mucho. Con un gemido fuerte se corrió dentro de mi boca, chorros espesos y calientes de semen joven que tragué casi todo, dejando que un poco me corriera por la barbilla y cayera sobre mis tetas.
Me levanté, me limpié los labios con un dedo y lo besé en la boca profundamente, compartiendo su propio semen.
—Esto solo es el principio, mi amor —le susurré—. Mamá quiere que me folles como te imaginas todas las noches.
Esa misma noche dormimos juntos por primera vez. Me quitó la camisola y me tuvo desnuda en su cama. Me comió el coño durante mucho rato, lamiendo mi clítoris hinchado y metiendo la lengua dentro de mí mientras yo gritaba de placer, corriéndome en su cara. Luego me penetró despacio, su verga gruesa abriendo mi coño maduro y apretado. Me folló fuerte, mis tetas rebotando con cada embestida, mis uñas clavadas en su espalda.
—“¡Sí, hijo! ¡Fóllame más duro! ¡Lléname el coño!” —gritaba mientras me corría una y otra vez.
Se corrió dentro de mí, llenándome de semen caliente. Desde esa noche ya no hay vuelta atrás. Ahora follamos casi todos los días: en la cocina mientras preparo el desayuno, en la ducha, en mi habitación… Me encanta cuando me toma por detrás, agarrando mis caderas anchas y mi culo grande mientras me penetra profundo. Me gusta cabalgarlo y que me llene las tetas de leche.
Soy su madre, pero también soy su mujer ahora. Y nunca me había sentido tan deseada y satisfecha.
Los meses pasaron y nuestra relación se volvió cada vez más intensa y adictiva. Follábamos casi a diario: yo me arrodillaba en la cocina para mamarle la verga gruesa mientras preparaba el desayuno, él me doblaba sobre la mesa del comedor y me penetraba duro por detrás, agarrando mis nalgas grandes y anchas mientras mis tetas pesadas se balanceaban y golpeaban contra la madera. Me encantaba cuando me llenaba el coño de semen caliente y luego me obligaba a caminar por la casa con su leche escurriéndome por los muslos. Me sentía su puta personal, su madre y su amante al mismo tiempo.
Llegó el cumpleaños número 21 de mi hijo y quise hacer algo realmente especial, algo que marcara el fin de esta primera etapa de nuestra nueva vida juntos. Durante semanas planeé todo en secreto. Reservé una cabaña privada en las montañas, un lugar lujoso y aislado con jacuzzi, chimenea y una cama king size enorme. Compré lencería nueva: un conjunto de encaje negro transparente que apenas contenía mis tetas enormes y dejaba mi coño depilado completamente visible. También traje aceite de masaje, juguetes, velas y una botella de buen vino.
El día de su cumpleaños lo desperté con una mamada lenta y profunda. Me metí toda su verga dura en la garganta, chupando y lamiendo mientras lo miraba a los ojos.
—Feliz cumpleaños, mi amor… Hoy mamá te va a dar el regalo que tanto has soñado —susurré, tragándome hasta la última gota de su corrida matutina.
Por la tarde llegamos a la cabaña. Apenas entramos, lo empujé contra la pared y lo besé con hambre, metiendo mi lengua en su boca mientras le bajaba los pantalones. Me arrodillé allí mismo y le di una mamada salvaje, babeando saliva por toda su verga y huevos, gimiendo como una perra en celo. Luego lo llevé al jacuzzi. Me quité el vestido lentamente frente a él, revelando mi cuerpo maduro y curvilíneo: mis tetas grandes con pezones duros, mi cintura ancha, mis caderas anchas y mi culo grande y jugoso.
Nos metimos en el agua caliente. Me senté a horcajadas sobre él y lo cabalgué despacio al principio, sintiendo cómo su verga gruesa abría mi coño maduro y empapado. Mis tetas rebotaban contra su cara mientras yo gemía alto:
—¡Sí, hijo! ¡Fóllame el coño! ¡Mete toda esa verga gruesa en mamá!
Él me agarraba las nalgas con fuerza, levantándome y bajándome con violencia, penetrándome profundo. El agua chapoteaba mientras yo me corría una y otra vez, apretando su verga con mis paredes internas. Luego me dio la vuelta, me puso contra el borde del jacuzzi y me folló por detrás como un animal, azotando mi culo grande y dejando marcas rojas mientras yo gritaba de placer.
Por la noche, después de cenar, encendí las velas y me puse la lencería negra. Me acosté en la cama en cuatro patas, con el culo en pompa y las tetas colgando.
—Ven, mi amor… Hoy quiero que me uses como quieras. Soy tuya completamente.
Me folló en todas las posiciones posibles: misionero, con mis piernas sobre sus hombros para penetrarme más profundo; de lado, apretando mis tetas mientras me mordía el cuello; y finalmente en cowgirl, donde yo cabalgaba su verga con furia, mis tetas saltando salvajemente mientras él me pellizcaba los pezones. Me corrí tantas veces que perdí la cuenta, empapando las sábanas con mis jugos.
Cuando estaba a punto de correrse por última vez, le pedí que me llenara por completo.
—¡Córrete dentro de mamá, hijo! ¡Lléname el coño de tu leche caliente!
Se corrió con un gruñido animal, disparando chorros espesos y abundantes de semen joven bien adentro de mí. Me quedé allí, tumbada boca arriba con las piernas abiertas, sintiendo cómo su semen salía lentamente de mi coño abierto y usado, mientras él besaba mis tetas con ternura.
Esa noche, abrazados y desnudos frente a la chimenea, le susurré:
—Esto es solo el comienzo de nuestra vida juntos, mi amor. Ya no soy solo tu madre… soy tu mujer. Te amo y te deseo más que a nada en este mundo.
Y así termina esta primera parte de mi historia. De una madre separada y curiosa, pasé a convertirme en la amante complaciente y adicta a la verga de mi propio hijo. Nunca me había sentido más viva, más deseada y más satisfecha.

1 comentarios - De Madre a Amante

PITOOON_ -1
Woooow estas tremendamente hermosa 💖 , que rica estas para darte unas cogidas y hacerte gritar de placer como una yegua

De Madre a Amante