
Raúl tenía 35 años y una vida que, desde afuera, parecía bastante normal. Trabajaba en una empresa de distribución en Quito, tenía un departamento pequeño pero cómodo, salía con los panas los fines de semana a tomar unas cervezas y jugaba fútbol los domingos. Pero por dentro, algo había cambiado hacía unos cinco años. Todo empezó casi por casualidad, navegando tarde en la noche en el celular. Un video recomendado, una curiosidad que picó, y de repente se encontró viendo pornografía con shemales.
Al principio era solo eso: curiosidad. Le llamaban la atención esas mujeres con cuerpos tan femeninos, curvas suaves, pechos naturales y esa sorpresa entre las piernas que lo descolocaba. Poco a poco, esa curiosidad se fue convirtiendo en algo más. Miraba más seguido, se masturbaba pensando en ellas, y sentía una mezcla rara de ansiedad y excitación que no podía explicar. “¿Será que soy raro?”, se preguntaba a veces, pero luego se encogía de hombros. Nadie tenía por qué enterarse.
Esa noche en particular había sido intensa. Estaba solo en su cuarto, la luz tenue de la lámpara, y encontró un video de dos shemales besándose, tocándose con ternura, casi como si fuera una pareja de verdad. Sus cuerpos se movían con gracia, gemían bajito, y Raúl se corrió fuerte, jadeando. Cuando terminó, se quedó mirando el techo un rato largo. El corazón le latía rápido. Ya no era suficiente solo mirar. Quería probar. Quería saber cómo se sentía tocar a una de verdad, olerla, sentirla cerca.
Se sentó en la cama, abrió el teléfono y buscó en una página de citas que ya había visto antes de pasada. Filtró por su ciudad, miró perfiles con cuidado. La mayoría eran demasiado exageradas para su gusto. Entonces vio el de ella. Se llamaba Daniela. Decía tener 22 años, y las fotos eran diferentes: una chica de cabello largo negro, rostro suave, labios carnosos pero naturales, ojos grandes y expresivos. En una foto salía con un vestido ajustado que marcaba sus curvas, y se veía realmente femenina. El anuncio era discreto, sin fotos explícitas. Eso le gustó.
Le escribió un mensaje corto, nervioso: “Hola Daniela, vi tu perfil. Me gustas mucho. Soy nuevo en esto, solo quiero conocerte, ver, tocar y si se da, penetrarte. Nada raro ni violento. ¿Te interesa?”
Esperó. Pasaron como veinte minutos y llegó la respuesta: “Hola Raúl. Me caes bien por el mensaje tan sincero. Sí, me interesa. Podemos vernos primero en un bar chévere para charlar y ver si hay química. ¿Mañana alas 8 te parece?”
Quedaron en un bar pequeño del centro, de esos con luces tenues y música suave. Raúl llegó temprano, pidió una cerveza y se sentó en una mesa del fondo. Estaba ansioso, las manos le sudaban. A las ocho y diez la vio entrar. Dios mío. Era más bonita en persona. El vestido negro que llevaba era corto, por encima de las rodillas, ajustado en la cintura y con un escote discreto que dejaba ver la curva de sus pechos. Tacones no muy altos, cabello suelto cayéndole sobre los hombros, y una sonrisa tímida pero cálida cuando lo vio.
—Hola… ¿Raúl? —preguntó con voz suave, casi cantadita.
—Sí, soy yo. Daniela, ¿verdad? Siéntate, por favor. ¿Qué quieres tomar?
Pidieron unas cervezas y empezaron a conversar. Al principio fue un poco incómodo, pero Daniela era buena conversando. Le contó que estudiaba en la universidad, que le gustaba bailar salsa y que hacía esto de vez en cuando porque le daba plata extra y, honestamente, le gustaba sentirse deseada. Raúl le habló de su trabajo, de lo solo que se sentía a veces, y de cómo había llegado hasta ahí. No entró en detalles vulgares, solo le dijo que llevaba tiempo con esa curiosidad y que ella le parecía preciosa.
—Eres más linda de lo que pensaba —le dijo en un momento, mirándola a los ojos.
Daniela se sonrojó un poquito y sonrió.
—Gracias. Tú también eres guapo, más maduro. Me gusta eso.
La química estaba ahí. Se tocaron las manos por encima de la mesa, y Raúl sintió un cosquilleo que le bajó hasta el estómago. Después de un par de cervezas, ella se acercó más.
—¿Quieres que vayamos a algún lado más privado? —preguntó bajito.
—Sí. Conozco un motel limpio y discreto cerca.
Pagaron y salieron. En el taxi, Daniela se sentó pegadita a él. Raúl le puso la mano en la pierna, sintiendo la piel suave bajo el vestido. Ella no se apartó; al contrario, le acarició el brazo con las uñas. El corazón de Raúl latía como tambor.
Llegaron al motel. La habitación era sencilla pero cómoda: cama grande, luces regulables, un baño limpio. Apenas cerró la puerta, Raúl la miró de arriba abajo. El vestido se le había subido un poco al caminar, mostrando más muslo. Se acercó despacio y la besó. Primero suave, solo labios, luego más profundo. Daniela sabía a cereza y a cerveza. Sus lenguas se encontraron y él sintió que se ponía duro al instante.
—Estás temblando —susurró ella sonriendo.
—Es que… eres muy hermosa.
Le bajó el cierre del vestido lentamente, dejando que cayera al piso. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que apenas cubría nada. Sus pechos eran firmes, naturales, con pezones rosados que se marcaban. La cintura estrecha, las caderas anchas. Y ahí, entre las piernas, se notaba el bulto suave bajo la tela. Raúl tragó saliva.
La hizo girar despacio, admirándola. Le besó el cuello, bajando por la espalda. Le desabrochó el brasier y lo dejó caer. Sus tetas eran perfectas, suaves al tacto. Las acarició con las manos, sintiendo cómo se endurecían los pezones bajo sus dedos. Daniela suspiró y se recostó contra él.
—Quítate la ropa tú también —le pidió con voz ronca.
Raúl se desnudó rápido, quedando solo en boxers. Su pene estaba tieso, marcándose fuerte. Daniela se arrodilló frente a él con elegancia, bajándole los boxers. Lo miró un segundo y luego lo tomó con la mano, acariciándolo despacio. Raúl gimió bajito cuando sintió la boca caliente envolviéndolo. Era experta: lamía lento, subía y bajaba con los labios, usando la lengua en la punta. Lo chupaba con ganas pero sin prisa, mirándolo a los ojos de vez en cuando. Raúl le acariciaba el cabello, controlándose para no acabar pronto.
—Qué rico lo haces… —murmuró.
Después de un rato, la levantó y la llevó a la cama. La acostó boca arriba y le quitó las pantis. Ahí estaba: su pene, no muy grande pero bonito, semi duro, y debajo sus huevos suaves. Raúl se sentía nervioso pero excitadísimo. Le abrió las piernas y empezó a besarle los muslos, subiendo. Le lamió los huevos con cuidado, luego el pene. Daniela gemía suave, moviendo las caderas. Se lo metió a la boca un rato, sintiendo cómo se ponía completamente duro.
Luego subió, besándole la barriga, los pechos, el cuello. Se colocó entre sus piernas y frotó su pene contra el de ella. Ambos estaban mojados ya.
—¿Quieres que te penetre? —preguntó Raúl, mirándola a los ojos.
—Sí… pero despacio al principio.
Raúl se puso condón, lubricó bien y empujó suave. La entrada era apretada y caliente. Entró poco a poco, sintiendo cómo lo envolvía. Daniela soltó un gemidito, agarrándole la espalda. Cuando estuvo todo dentro, se quedaron quietos un momento, mirándose. Luego empezó a moverse, lento, profundo. Cada embestida hacía que ella arqueara la espalda y gimiera más fuerte.
—Más fuerte… así —le pedía.
Raúl aceleró el ritmo, agarrándola de las caderas. La cama crujía. Le levantaba las piernas para entrar más hondo. Daniela se tocaba el pene mientras él la penetraba, masturbándose al ritmo de las embestidas. Los sonidos de piel contra piel llenaban la habitación, mezclados con sus respiraciones agitadas.
Raúl la volteó, poniéndola a cuatro patas. El vestido seguía tirado en el piso, y ver su culo redondo levantado lo volvió loco. La penetró de nuevo, más fuerte esta vez. Le daba nalgadas suaves, le agarraba el cabello con cuidado. Daniela gemía contra la almohada, pidiendo más.
Se corrió primero ella, temblando, soltando su leche sobre las sábanas. Eso empujó a Raúl al límite. Dio unas últimas embestidas profundas y se corrió dentro del condón, gruñendo fuerte.
Se quedaron abrazados un rato, sudados, respirando pesado. Raúl le acariciaba el cabello, besándole la frente.
—Fue… increíble —dijo bajito.
Daniela sonrió.
—Me alegra que te haya gustado. Podemos repetir cuando quieras.
Se ducharon juntos, tocándose con calma bajo el agua. Después pidieron algo de comer y se quedaron conversando hasta tarde. Raúl se sentía diferente: más liviano, como si hubiera soltado algo que llevaba años cargando.
Esa noche marcó el comienzo de algo. No sabía si sería solo una vez o más, pero por ahora, solo quería disfrutar el momento. Daniela era dulce, sexy y real. Y él, por primera vez en mucho tiempo, se sentía vivo de verdad.
0 comentarios - La curiosidad de Raúl