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El novio perfecto

A mis treinta años, yo era un completo inexperto en el amor. La virginidad y la soledad me pesaban como una sombra constante. Por eso, la noche en que la conocí, sentí que la vida me estaba regalando un ángel.
Valeria era la mujer más hermosa, luminosa y especial que jamás había visto. Desde el primer instante me trató con una ternura infinita; no le importó mi torpeza ni mi inexperiencia, al contrario, me tomó de la mano, me acarició el rostro y me guio con una dulzura que me derritió el alma. En pocos meses de citas me enamoré de ella hasta los huesos. Era atenta, cariñosa, siempre tenía una sonrisa para mí. Cuando le pedí que fuera mi novia, lloró de la emoción, me llenó la cara de besos y aceptó feliz. A las pocas semanas, con toda la ilusión del mundo, le pedí que se mudara a mi apartamento. Ver su ropa en mi clóset y sentir su perfume en mis sábanas era tocar el cielo con las manos. Era el hombre más afortunado del universo.
Hasta la tarde del martes.
Llevábamos quince días viviendo juntos en mi hogar. Estábamos en la sala cuando sonó el timbre. Valeria fue a abrir y entró un hombre alto, de espaldas anchas, con aspecto cansado. Ella lo saludó con esa sonrisa dulce que la caracteriza y lo abrazó con mucho cariño.
**Valeria:**
—¡Hola, mi amor! Mire, le presento a Esteban, mi novio. Ya estamos viviendo juntos aquí en su apartamento.
El hombre me saludó con un gesto seco. Yo le sonreí con amabilidad, pensando que era un familiar o un amigo muy cercano. Entonces, Valeria se volvió hacia mí, me rozó la mejilla con sus dedos suaves y me habló con la voz más dulce y tranquila del mundo.
**Valeria:**
—Mi rey, me voy a subir un ratico con él a nuestro cuarto a atenderlo, que viene muy estresado del trabajo y necesita desahogarse, ¿sí, mi vida?
Lo dijo con tanta ingenuidad y dulzura que ni siquiera pude reaccionar. Subieron las escaleras hacia mi habitación. Me quedé en la sala intentando procesarlo, pero a los tres minutos mi casa comenzó a temblar.
*¡SLAAP! ¡SLAAP! ¡SLAAP!*
El golpe seco y rítmico de la cabecera de mi cama contra la pared retumbaba en mis oídos. Mi cama, la que con tanto esfuerzo había comprado para descansar. De repente, un gemido ronco, profundo y húmedo de Valeria atravesó el techo.
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**Valeria (desde el cuarto):**
—¡Ajjj, síii... métamela toda, mi amor... assss, así, tan rico!
El sonido era desgarradormente real, líquido y sucio. Se escuchaba el choque estridente de los cuerpos y el chasquido húmedo de la carne entrando y saliendo a presión. Valeria no disimulaba; gemía con un placer desesperado, ahogándose en los jadeos pesados del hombre.
Sentí un choque eléctrico que me heló el alma pero me bajó con fuerza a los pantalones. La rabia y el dolor me destrozaban el corazón, pero mi miembro se puso duro como una piedra. Subí los escalones en silencio, temblando, movido por un dolor y una curiosidad enferma. Pegué el ojo a la rendija de la puerta.
Lo que vi me reventó la cabeza.
Mi hermosa Valeria estaba en cuatro patas en el borde de mi cama, agarrándose con fuerza de las sábanas donde anoche nos abrazábamos. Estaba completamente desnuda. El hombre la tomaba de la cintura con firmeza y se la hundía hasta el fondo. Vi la carne de la mujer que amaba abriéndose de par en par, chorreando lubricación, mientras él la embestía con una brutalidad que hacía temblar sus muslos sobre mi colchón.
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**Valeria:**
—¡Ufff... sí, hágale duro... ay qué rico... deme más!
Esteban (en mis pensamientos):**
> *«Dios mío... mi princesita, mi vida... mírala cómo se abre. Se la está comiendo en mi cara, en mi propia cama. La tiene encharcada... y a mí me duele el alma, pero se me va a reventar la verga de ver lo hermosa y entregada que se ve. Soy un miserable... pero no puedo quitar la mirada»*.
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El hombre soltó un gruñido animal y le descargó un chorro espeso por dentro. Vi a mi Valeria temblar sobre mis almohadas, soltando un suspiro largo, cálido y complacido. Me aparté temblando, bajé a la sala y me dejé caer en el sofá, llorando en silencio pero con el pantalón a punto de reventar.
A los veinte minutos, el tipo bajó acomodándose la ropa, me dio un asentimiento corto y se fue. Un segundo después bajó Valeria. Tenía el cabello desordenado, las mejillas sonrojadas y los labios hinchados. Se me acercó con una ternura infinita, se me sentó en las piernas, me rodeó el cuello con sus brazos suaves y me dio un beso dulce en la boca, donde creí percibir un sabor ajeno que me erizó la piel.
**Valeria:**
—Ay, mi rey hermoso... qué pena la demora, ese muchacho venía cargadísimo. Bueno, mi vida, ¿qué vamos a cenar? Tengo un hambre enorme. ¿Le pido algo rico a mi hombre consentido?
Me quedé mudo. No había malicia en sus ojos, solo amor puro y atención hacia mí. Cenamos juntos; ella me consentía, me acariciaba la mano sobre la mesa y me hablaba de lo mucho que me quería. Cuando nos fuimos a acostar a mi cama, se desvistió y se me acomodó encima con devoción.
Me tomó la verga con sus manos tibias, la guió suavemente a su entrada y se dejó caer de golpe. El contacto de su canal apretado, caliente y profundamente húmedo me hizo soltar un gemido ahogado. Empezó a moverse sobre mí con un ritmo dulce pero salvaje, mirándome a los ojos con pura pasión.
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**Valeria:**
—Eso, mi amor... así... usted es el dueño de mi corazón, mi vida hermosa...
Fue un sexo frenético y desgarrador. Saber que estaba dentro del mismo lugar recién usado por el otro hombre, sentir la humedad de la traición mientras ella me miraba con los ojos llenos de amor, me hizo explotar por dentro como nunca en mi vida.
Quedamos sudados y abrazados en la penumbra. Yo la apretaba contra mi pecho, necesitando entender.
**Esteban:**
—Vale... mi amor... una pregunta. ¿Aquel muchacho quién era? O sea... ¿tú a qué te dedicas, mi vida?
Valeria me acarició la mejilla con suma delicadeza, sonrió con ternura y me miró a los ojos sin una sola pizca de vergüenza o engaño.
**Valeria:**
—Ay, mi rey tan bello... pues yo doy servicios especiales, mi amor, ¿no sabía? Ese muchacho es un cliente de hace tiempo. Y mire —dijo señalando mi mesa de noche, donde había dejado un fajo de billetes—. Dejó buena plata. Mañana le compro esa ropa tan bonita que quería, ¿sí, mi vida?
Me quedé helado en mi cama, observando el dinero bajo la luz de la luna. La mujer de mi vida, la que me había enseñado a amar y por la que daba la vida, era escort. Y me acababa de hacer el amor con la devoción más pura, con la plata de su cliente al lado.
Cerré los ojos y la abracé con más fuerza, sintiendo cómo el amor infinito, la humillación y una excitación sumisa y oscura se apoderaban para siempre de mi mente.

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