Capítulo 3: La Semilla
Tres días desde que Laura salió del penthouse con la promesa de dar una respuesta el viernes. Tres días en los que Marina vivió en un estado de ansiedad constante, su cuerpo respondiendo a cada orden de Carlos y Elena mientras su mente se dividía entre la lealtad a sus amos y la preocupación por su amiga.
La noche del jueves, mientras servía la cena en el salón de cristales que reflejaba las luces de la ciudad como estrellas distantes, Elena la llamó con un gesto de dedo.
—Mañana —dijo Elena, su voz suave pero cargada de anticipación—. Queremos que vayas a la universidad. Que la encuentres. Que la convenzas.
Marina sintió cómo el estómago se le contraía.
—Pero ella dijo que me llamaría —protestó suavemente.
—Y lo hará —intervino Carlos desde la mesa, cortando un trozo de filete con precisión quirúrgica—. Pero queremos acelerar el proceso. La incertidumbre es un veneno lento, Marina. Preferimos el antídoto rápido.
Elena se acercó a Marina, sus dedos trazando la línea de su clavícula sobre el uniforme de sirvienta.
—Llevarás esto —dijo, entregándole un pequeño sobre de papel crema—. Es un adelanto. Diez mil euros. Efectivo. Lo suficiente para cubrir el próximo tratamiento de su madre, con algo extra para demostrarle lo que puede esperar mensualmente.
Marina tomó el sobre, sintiendo el peso del dinero como si fuera una condena.
—¿Y si...?
—No hay "si" —interrumpió Carlos, su voz fría como el acero—. Harás lo que te pedimos. Porque es lo que quieres también. Admítelo, Marina. Quieres verla aquí. Quieres compartirla con nosotros. Quieres ver esa luz de inocencia en sus ojos apagarse lentamente, reemplazada por el mismo fuego que ahora arde en los tuyos.
Marina bajó la vista, sintiendo el rubor subir por su cuello. Tenían razón. A pesar de su preocupación, una parte oscura de ella anhelaba ver a Laura arrodillada junto a ella, compartiendo la misma humillación, el mismo éxtasis.
—Sí, señor —susurró.
—Buena chica —murmuró Elena, acariciando su mejilla—. Mañana, después de tus clases, la encontrarás. Le entregarás el dinero y le dirás exactamente lo que esperamos de ella. Sin omisiones. Sin edulcorantes. La verdad cruda, Marina. Eso es lo que convierte a las chicas como Laura en nuestras.
A la mañana siguiente, Marina se vistió con jeans ajustados y una blusa de seda que Elena había seleccionado especialmente para la ocasión. Nada de uniformes, nada de sirvienta. Hoy era una amiga preocupada, una confidente, una tentadora.
La encontró en la biblioteca de la facultad, rodeada de libros de derecho penal, su cabello negro recogido en un moño desordenado, su ceño fruncido de concentración.
—Laura —dijo Marina, sentándose frente a ella.
Laura levantó la vista, y Marina vio el cansancio en sus ojos, las ojeras oscuras que contrastaban con su piel pálida.
—Mari —dijo, su voz más suave de lo habitual—. No esperaba verte hoy.
—Tenía que verte —dijo Marina, bajando la voz a un susurro conspirador—. Sobre la oferta de los Vega.
Laura miró a su alrededor, asegurándose de que nadie las escuchaba.
—He estado pensando en ello —dijo, jugando con el lápiz entre sus dedos—. Es demasiado bueno para ser verdad, ¿verdad?
Marina sacó el sobre de su bolso y lo deslizó sobre la mesa hacia Laura.
—Es real —dijo—. Toma esto. Es un adelanto. Para que veas que somos serios.
Laura abrió el sobre con dedos temblorosos, y sus ojos se agrandaron al ver los billetes.
—Marina, no puedo... esto es...
—Para tu madre —dijo Marina, su voz firme—. Para su tratamiento. Tómalo. Es tío si aceptas o no. Pero quiero que sepas a qué te enfrentarías si lo haces.
Laura guardó el dinero rápidamente, mirando nerviosamente a su alrededor.
—¿A qué me enfrentaría? —preguntó, su voz apenas audible.
Marina se inclinó hacia adelante, su voz bajando aún más.
—A un mundo diferente, Laura. Un mundo donde el dinero no tiene límites y los deseos tampoco. Un mundo donde puedes ser completamente libre, completamente honesta sobre quién eres y lo que quieres.
—¿Y si no sé quién soy? —preguntó Laura, su voz temblando ligeramente.
—Entonces te ayudarán a descubrirlo —dijo Marina—. Elena y Carlos... ven cosas en las personas. Cosas que nosotros mismos no vemos. Te ayudarán a encontrarte, incluso si esa versión de ti misma te asusta al principio.
Laura tragó, sus ojos oscuros fijos en los de Marina.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Has encontrado algo que te asuste?
Marina sintió cómo el pulso se aceleraba, cómo la humedad comenzaba a acumularse entre sus piernas como siempre que pensaba en sus amos.
—Todo —dijo—. Me he asustado de todo lo que he descubierto sobre mí misma. Y me he enamorado de cada descubrimiento.
Laura se recostó en su silla, procesando las palabras de Marina.
—¿Y el trabajo? —preguntó finalmente—. ¿Realmente necesitan una asistente legal?
—Sí —mintió Marina, sintiendo cómo la mentira se quemaba en su garganta—. Pero también necesitan algo más. Necesitan tu lealtad, tu discreción, tu voluntad de... explorar.
Marina extendió su mano sobre la mesa, sus dedos rozando los de Laura.
—Piénsalo así, Laura —dijo, su voz seductora—. Podrías pasar los próximos años trabajando en un bufete aburrido, luchando por ascensos, preocupándote por las facturas de tu madre. O podrías pasarlos con nosotros, aprendiendo sobre el poder, el dinero, y sobre ti misma. Sin límites. Sin remordimientos. Sin preocupaciones.
Los ojos de Laura se cerraron por un momento, y Marina vio el conflicto en su rostro, el deseo y el miedo luchando dentro de ella.
—No sé si puedo —dijo Laura finalmente—. No sé si soy como tú, Mari. No sé si tengo esa... fuerza.
—No se trata de fuerza —dijo Marina, apretando su mano—. Se trata de honestidad. De ser valiente enough para admitir lo que realmente quieres, incluso si la sociedad lo juzga.
Laura abrió los ojos, y Marina vio algo nuevo en ellos: una chispa de curiosidad, de deseo.
—¿Y si lo que quiero me asusta? —preguntó Laura, su voz apenas un susurro.
Marina sonrió, una sonrisa genuina que llegó a sus ojos.
—Entonces estás perfectamente calificada —dijo—. El miedo es solo el comienzo del deseo, Laura. El primer indicio de que estás a punto de descubrir algo importante sobre ti misma.
Se levantó, dejando a Laura sentada, confundida pero claramente interesada.
—Piénsalo —dijo Marina—. Pero no demasiado. Ofertas como estas no esperan para siempre.
Cuando se iba, Laura la llamó.
—Mari —dijo, su voz temblorosa—. Si... si acepto. ¿Estarás allí? ¿Me ayudarás?
Marina se volvió, su corazón latiendo con una fuerza que le resonaba en los oídos. La pregunta de Laura colgaba en el aire entre ellas, cargada de vulnerabilidad y una confianza que le quemaba en el pecho.
—Sí —dijo Marina, su voz más firme de lo que se sentía—. Estaré. Siempre.
Laura asintió lentamente, sus ojos oscuros fijos en los de Marina como si buscara una garantía en ellos, una promesa de que no estaría sola en lo que fuera que estuviera a punto de suceder.
—Gracias —susurró Laura.
Marina salió de la biblioteca con las piernas temblando, el pulso acelerado. Sintió el peso de la traición y el deseo mezclándose en su sangre como un veneno dulce. Mientras caminaba hacia el penthouse, su mente no paraba de imaginar a Laura allí, arrodillada, con los ojos llenos de lágrimas y excitación, igual que ella aquella primera noche.
Cuando llegó, Elena la esperaba en el umbral, vestida con un vestido rojo que se adhería a sus curvas como una segunda piel.
—Bien —dijo Elena, sin necesidad de preguntar—. Lo vi en tus ojos. La semilla ha germinado.
—Aceptará —dijo Marina, segura por primera vez en días—. Pero está asustada.
—El miedo es el mejor afrodisíaco —murmuró Carlos, apareciendo desde el salón con una copa de whisky en la mano—. Especialmente en chicas como Laura. Orgullosas, inteligentes, convencidas de que controlan sus vidas. Verlas rendirse, verlas descubrir que nunca tuvieron control... eso, mi pequeña Marina, es la verdadera belleza.
Elena se acercó a Marina, sus dedos encontrando el botón de sus jeans.
—Y tú —dijo, su voz bajando a un susurro—. ¿Cómo te siente saber que traerás a tu amiga a nuestro mundo? ¿Te excita la idea?
Marina sintió el rubor subir por su cuello, la humedad comenzando a acumularse entre sus piernas como siempre que Elena usaba ese tono con ella.
—Sí —admitió, su voz apenas audible—. Me excita.
Elena sonrió, una expresión de satisfacción pura.
—Buena chica —dijo, desabrochando los jeans de Marina—. Muy buena. Ven. Necesitamos celebrar. Carlos ha estado pensando en nuevas formas de... recibir a nuestra invitada.
Carlos se acercó, su presencia dominando el espacio como siempre.
—Quiero que la prepares —dijo a Marina, su voz grave y autoritaria—. Quiero que pienses en todo lo que le gustaría, todo lo que la asustaría, todo que la haría mojarse sin saber por qué. Y quiero que prepares todo para cuando llegue. Desde la ropa hasta la primera escena. Será tu proyecto. Tu regalo de bienvenida.
Marina sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. La idea de tener control sobre algo, sobre la iniciación de Laura, era a la vez aterradora y increíblemente excitante.
—¿Y si...?
—No hay "si" —interrumpió Elena, sus dedos deslizándose dentro de los panties de Marina—. Lo harás perfectamente. Porque conoces a Laura mejor que nadie. Porque sabes exactamente qué necesita, incluso si ella no lo sabe aún.
Marina cerró los ojos, sintiendo cómo los dedos de Elena encontraban su clítoris, cómo el pulso se aceleraba, cómo el pensamiento de Laura allí, con ellas, la llevaba al borde más rápido que nunca.
—Por favor —susurró, sus caderas moviéndose instintivamente contra la mano de Elena.
—No todavía —dijo Carlos, tomando a Marina por la cintura y girándola hacia él—. Primero, cuentas. Quiero saber exactamente lo que dijiste, cómo reaccionó, qué había en sus ojos. Cada detalle. Cada palabra. Y luego, si lo has hecho bien, quizás te merezcas una recompensa.
Marina se quedó frente a él, sintiendo cómo su erección presionaba contra su vientre a través de la tela de sus pantalones, sintiendo cómo Elena continuaba su estimulación desde detrás, creando una tormenta de sensaciones que la nublaban, la transformaban, la hacían exactamente lo que ellos querían que fuera: suya.
Comenzó a hablar, describiendo cada momento, cada expresión, cada vacilación de Laura, mientras las manos de sus amos la transformaban en un instrumento de placer, en la puerta de entrada para la siguiente víctima de su deseo, la próxima posesión en su creciente colección de carne y sumisión.
Mientras hablaba, Marina sintió algo nuevo naciendo dentro de ella: no solo el deseo de complacer, no solo la humillación de ser usada, sino el poder de ser la intermediaria, la que guiaba a otra hacia el mismo abismo del que ya no podía escapar, y del que, secretamente, ya no quería escapar.
—Eso es —murmuró Elena contra su oreja, sintiendo cómo el cuerpo de Marina temblaba al borde del orgasmo—. Eso es lo que queremos. Una colega. Una cómplice. Una cazadora más en nuestra manada.
Y cuando Marina finalmente vino, con los ojos cerrados y el nombre de Laura en sus labios, supo que no estaba traicionando a su amiga. Estaba liberándola, igual que ellos la habían liberado a ella. Estaba abriéndole la puerta a un mundo que Laura anhelaba sin saberlo, a una verdad que necesitaba descubrir, aunque el camino hacia ella estuviera pavimentado con humillación, sumisión y un placer tan intenso que dolía.
Esa noche, mientras yacía en la cama de servicio, Marina no pudo dormir. Su cuerpo aún vibraba con los ecos del orgasmo, su mente daba vueltas alrededor de Laura, de lo que vendría. Y por primera vez desde que había firmado el contrato, sintió algo más que sumisión y deseo.
Sintió poder. El poder de saber que sería ella quien iniciara a Laura, quien la guiaría, quien estaría allí cuando su amiga se rindiera por primera vez, cuando descubriera la misma verdad que ella había descubierto: que en la rendición se encuentra la verdadera libertad, que en la sumisión se encuentra el más profundo de los placeres.
Y con ese pensamiento, con esa mezcla de traición y lealtad, de poder y sumisión, Marina finalmente se durmió, soñando con dos cuerpos arrodillados frente a los Vega, soñando con dos voces suplicando, soñando con el futuro que ella misma estaba ayudando a crear, capítulo por capítulo, contrato por contrato, carne por carne.
Continuara....
Tres días desde que Laura salió del penthouse con la promesa de dar una respuesta el viernes. Tres días en los que Marina vivió en un estado de ansiedad constante, su cuerpo respondiendo a cada orden de Carlos y Elena mientras su mente se dividía entre la lealtad a sus amos y la preocupación por su amiga.
La noche del jueves, mientras servía la cena en el salón de cristales que reflejaba las luces de la ciudad como estrellas distantes, Elena la llamó con un gesto de dedo.
—Mañana —dijo Elena, su voz suave pero cargada de anticipación—. Queremos que vayas a la universidad. Que la encuentres. Que la convenzas.
Marina sintió cómo el estómago se le contraía.
—Pero ella dijo que me llamaría —protestó suavemente.
—Y lo hará —intervino Carlos desde la mesa, cortando un trozo de filete con precisión quirúrgica—. Pero queremos acelerar el proceso. La incertidumbre es un veneno lento, Marina. Preferimos el antídoto rápido.
Elena se acercó a Marina, sus dedos trazando la línea de su clavícula sobre el uniforme de sirvienta.
—Llevarás esto —dijo, entregándole un pequeño sobre de papel crema—. Es un adelanto. Diez mil euros. Efectivo. Lo suficiente para cubrir el próximo tratamiento de su madre, con algo extra para demostrarle lo que puede esperar mensualmente.
Marina tomó el sobre, sintiendo el peso del dinero como si fuera una condena.
—¿Y si...?
—No hay "si" —interrumpió Carlos, su voz fría como el acero—. Harás lo que te pedimos. Porque es lo que quieres también. Admítelo, Marina. Quieres verla aquí. Quieres compartirla con nosotros. Quieres ver esa luz de inocencia en sus ojos apagarse lentamente, reemplazada por el mismo fuego que ahora arde en los tuyos.
Marina bajó la vista, sintiendo el rubor subir por su cuello. Tenían razón. A pesar de su preocupación, una parte oscura de ella anhelaba ver a Laura arrodillada junto a ella, compartiendo la misma humillación, el mismo éxtasis.
—Sí, señor —susurró.
—Buena chica —murmuró Elena, acariciando su mejilla—. Mañana, después de tus clases, la encontrarás. Le entregarás el dinero y le dirás exactamente lo que esperamos de ella. Sin omisiones. Sin edulcorantes. La verdad cruda, Marina. Eso es lo que convierte a las chicas como Laura en nuestras.
A la mañana siguiente, Marina se vistió con jeans ajustados y una blusa de seda que Elena había seleccionado especialmente para la ocasión. Nada de uniformes, nada de sirvienta. Hoy era una amiga preocupada, una confidente, una tentadora.
La encontró en la biblioteca de la facultad, rodeada de libros de derecho penal, su cabello negro recogido en un moño desordenado, su ceño fruncido de concentración.
—Laura —dijo Marina, sentándose frente a ella.
Laura levantó la vista, y Marina vio el cansancio en sus ojos, las ojeras oscuras que contrastaban con su piel pálida.
—Mari —dijo, su voz más suave de lo habitual—. No esperaba verte hoy.
—Tenía que verte —dijo Marina, bajando la voz a un susurro conspirador—. Sobre la oferta de los Vega.
Laura miró a su alrededor, asegurándose de que nadie las escuchaba.
—He estado pensando en ello —dijo, jugando con el lápiz entre sus dedos—. Es demasiado bueno para ser verdad, ¿verdad?
Marina sacó el sobre de su bolso y lo deslizó sobre la mesa hacia Laura.
—Es real —dijo—. Toma esto. Es un adelanto. Para que veas que somos serios.
Laura abrió el sobre con dedos temblorosos, y sus ojos se agrandaron al ver los billetes.
—Marina, no puedo... esto es...
—Para tu madre —dijo Marina, su voz firme—. Para su tratamiento. Tómalo. Es tío si aceptas o no. Pero quiero que sepas a qué te enfrentarías si lo haces.
Laura guardó el dinero rápidamente, mirando nerviosamente a su alrededor.
—¿A qué me enfrentaría? —preguntó, su voz apenas audible.
Marina se inclinó hacia adelante, su voz bajando aún más.
—A un mundo diferente, Laura. Un mundo donde el dinero no tiene límites y los deseos tampoco. Un mundo donde puedes ser completamente libre, completamente honesta sobre quién eres y lo que quieres.
—¿Y si no sé quién soy? —preguntó Laura, su voz temblando ligeramente.
—Entonces te ayudarán a descubrirlo —dijo Marina—. Elena y Carlos... ven cosas en las personas. Cosas que nosotros mismos no vemos. Te ayudarán a encontrarte, incluso si esa versión de ti misma te asusta al principio.
Laura tragó, sus ojos oscuros fijos en los de Marina.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Has encontrado algo que te asuste?
Marina sintió cómo el pulso se aceleraba, cómo la humedad comenzaba a acumularse entre sus piernas como siempre que pensaba en sus amos.
—Todo —dijo—. Me he asustado de todo lo que he descubierto sobre mí misma. Y me he enamorado de cada descubrimiento.
Laura se recostó en su silla, procesando las palabras de Marina.
—¿Y el trabajo? —preguntó finalmente—. ¿Realmente necesitan una asistente legal?
—Sí —mintió Marina, sintiendo cómo la mentira se quemaba en su garganta—. Pero también necesitan algo más. Necesitan tu lealtad, tu discreción, tu voluntad de... explorar.
Marina extendió su mano sobre la mesa, sus dedos rozando los de Laura.
—Piénsalo así, Laura —dijo, su voz seductora—. Podrías pasar los próximos años trabajando en un bufete aburrido, luchando por ascensos, preocupándote por las facturas de tu madre. O podrías pasarlos con nosotros, aprendiendo sobre el poder, el dinero, y sobre ti misma. Sin límites. Sin remordimientos. Sin preocupaciones.
Los ojos de Laura se cerraron por un momento, y Marina vio el conflicto en su rostro, el deseo y el miedo luchando dentro de ella.
—No sé si puedo —dijo Laura finalmente—. No sé si soy como tú, Mari. No sé si tengo esa... fuerza.
—No se trata de fuerza —dijo Marina, apretando su mano—. Se trata de honestidad. De ser valiente enough para admitir lo que realmente quieres, incluso si la sociedad lo juzga.
Laura abrió los ojos, y Marina vio algo nuevo en ellos: una chispa de curiosidad, de deseo.
—¿Y si lo que quiero me asusta? —preguntó Laura, su voz apenas un susurro.
Marina sonrió, una sonrisa genuina que llegó a sus ojos.
—Entonces estás perfectamente calificada —dijo—. El miedo es solo el comienzo del deseo, Laura. El primer indicio de que estás a punto de descubrir algo importante sobre ti misma.
Se levantó, dejando a Laura sentada, confundida pero claramente interesada.
—Piénsalo —dijo Marina—. Pero no demasiado. Ofertas como estas no esperan para siempre.
Cuando se iba, Laura la llamó.
—Mari —dijo, su voz temblorosa—. Si... si acepto. ¿Estarás allí? ¿Me ayudarás?
Marina se volvió, su corazón latiendo con una fuerza que le resonaba en los oídos. La pregunta de Laura colgaba en el aire entre ellas, cargada de vulnerabilidad y una confianza que le quemaba en el pecho.
—Sí —dijo Marina, su voz más firme de lo que se sentía—. Estaré. Siempre.
Laura asintió lentamente, sus ojos oscuros fijos en los de Marina como si buscara una garantía en ellos, una promesa de que no estaría sola en lo que fuera que estuviera a punto de suceder.
—Gracias —susurró Laura.
Marina salió de la biblioteca con las piernas temblando, el pulso acelerado. Sintió el peso de la traición y el deseo mezclándose en su sangre como un veneno dulce. Mientras caminaba hacia el penthouse, su mente no paraba de imaginar a Laura allí, arrodillada, con los ojos llenos de lágrimas y excitación, igual que ella aquella primera noche.
Cuando llegó, Elena la esperaba en el umbral, vestida con un vestido rojo que se adhería a sus curvas como una segunda piel.
—Bien —dijo Elena, sin necesidad de preguntar—. Lo vi en tus ojos. La semilla ha germinado.
—Aceptará —dijo Marina, segura por primera vez en días—. Pero está asustada.
—El miedo es el mejor afrodisíaco —murmuró Carlos, apareciendo desde el salón con una copa de whisky en la mano—. Especialmente en chicas como Laura. Orgullosas, inteligentes, convencidas de que controlan sus vidas. Verlas rendirse, verlas descubrir que nunca tuvieron control... eso, mi pequeña Marina, es la verdadera belleza.
Elena se acercó a Marina, sus dedos encontrando el botón de sus jeans.
—Y tú —dijo, su voz bajando a un susurro—. ¿Cómo te siente saber que traerás a tu amiga a nuestro mundo? ¿Te excita la idea?
Marina sintió el rubor subir por su cuello, la humedad comenzando a acumularse entre sus piernas como siempre que Elena usaba ese tono con ella.
—Sí —admitió, su voz apenas audible—. Me excita.
Elena sonrió, una expresión de satisfacción pura.
—Buena chica —dijo, desabrochando los jeans de Marina—. Muy buena. Ven. Necesitamos celebrar. Carlos ha estado pensando en nuevas formas de... recibir a nuestra invitada.
Carlos se acercó, su presencia dominando el espacio como siempre.
—Quiero que la prepares —dijo a Marina, su voz grave y autoritaria—. Quiero que pienses en todo lo que le gustaría, todo lo que la asustaría, todo que la haría mojarse sin saber por qué. Y quiero que prepares todo para cuando llegue. Desde la ropa hasta la primera escena. Será tu proyecto. Tu regalo de bienvenida.
Marina sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. La idea de tener control sobre algo, sobre la iniciación de Laura, era a la vez aterradora y increíblemente excitante.
—¿Y si...?
—No hay "si" —interrumpió Elena, sus dedos deslizándose dentro de los panties de Marina—. Lo harás perfectamente. Porque conoces a Laura mejor que nadie. Porque sabes exactamente qué necesita, incluso si ella no lo sabe aún.
Marina cerró los ojos, sintiendo cómo los dedos de Elena encontraban su clítoris, cómo el pulso se aceleraba, cómo el pensamiento de Laura allí, con ellas, la llevaba al borde más rápido que nunca.
—Por favor —susurró, sus caderas moviéndose instintivamente contra la mano de Elena.
—No todavía —dijo Carlos, tomando a Marina por la cintura y girándola hacia él—. Primero, cuentas. Quiero saber exactamente lo que dijiste, cómo reaccionó, qué había en sus ojos. Cada detalle. Cada palabra. Y luego, si lo has hecho bien, quizás te merezcas una recompensa.
Marina se quedó frente a él, sintiendo cómo su erección presionaba contra su vientre a través de la tela de sus pantalones, sintiendo cómo Elena continuaba su estimulación desde detrás, creando una tormenta de sensaciones que la nublaban, la transformaban, la hacían exactamente lo que ellos querían que fuera: suya.
Comenzó a hablar, describiendo cada momento, cada expresión, cada vacilación de Laura, mientras las manos de sus amos la transformaban en un instrumento de placer, en la puerta de entrada para la siguiente víctima de su deseo, la próxima posesión en su creciente colección de carne y sumisión.
Mientras hablaba, Marina sintió algo nuevo naciendo dentro de ella: no solo el deseo de complacer, no solo la humillación de ser usada, sino el poder de ser la intermediaria, la que guiaba a otra hacia el mismo abismo del que ya no podía escapar, y del que, secretamente, ya no quería escapar.
—Eso es —murmuró Elena contra su oreja, sintiendo cómo el cuerpo de Marina temblaba al borde del orgasmo—. Eso es lo que queremos. Una colega. Una cómplice. Una cazadora más en nuestra manada.
Y cuando Marina finalmente vino, con los ojos cerrados y el nombre de Laura en sus labios, supo que no estaba traicionando a su amiga. Estaba liberándola, igual que ellos la habían liberado a ella. Estaba abriéndole la puerta a un mundo que Laura anhelaba sin saberlo, a una verdad que necesitaba descubrir, aunque el camino hacia ella estuviera pavimentado con humillación, sumisión y un placer tan intenso que dolía.
Esa noche, mientras yacía en la cama de servicio, Marina no pudo dormir. Su cuerpo aún vibraba con los ecos del orgasmo, su mente daba vueltas alrededor de Laura, de lo que vendría. Y por primera vez desde que había firmado el contrato, sintió algo más que sumisión y deseo.
Sintió poder. El poder de saber que sería ella quien iniciara a Laura, quien la guiaría, quien estaría allí cuando su amiga se rindiera por primera vez, cuando descubriera la misma verdad que ella había descubierto: que en la rendición se encuentra la verdadera libertad, que en la sumisión se encuentra el más profundo de los placeres.
Y con ese pensamiento, con esa mezcla de traición y lealtad, de poder y sumisión, Marina finalmente se durmió, soñando con dos cuerpos arrodillados frente a los Vega, soñando con dos voces suplicando, soñando con el futuro que ella misma estaba ayudando a crear, capítulo por capítulo, contrato por contrato, carne por carne.
Continuara....
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