Era el 2020, en plena pandemia de mierda. Yo tenía 21 años, me llamo Delfi, y estaba encerrada en el departamento de mamá en Buenos Aires. Éramos tres: mamá, yo y mi hermano Nicolás, que tenía 20. Nos criamos juntos toda la vida, siempre fuimos muy unidos, pero nunca nos habíamos mirado de esa forma… hasta que la cuarentena nos volvió locos.
Mamá se pasaba el día entero laburando desde su pieza con Zoom, puerta cerrada y auriculares. Nosotros dos nos pudríamos en la living, viendo series, comiendo lo que había y aburriéndonos como perros. Yo soy petiza, 1.55 como mucho, pero tengo un culo grande, bien culona, de esos que llenan todo. Nicolás era alto, flaco, calladito y completamente virgen.
Una noche de mucho calor, después de casi cuatro meses encerrados, yo ya no aguantaba más. Estaba en shortcito cortito y remera fina sin corpiño, tirada en el sofá. La calentura me estaba comiendo. Miré a Nicolás, que estaba al lado mío con el celular, y se me cruzó la idea clara. Fui yo la que lo propuso.
—Nico… ¿puedo ser re sincera con vos? —le dije bajito.
—Decime.
—Estoy podrida de no coger. Hace meses que no salgo, no veo a nadie… la mano ya no me sirve para nada. Y vos también estás igual, se te nota en la cara. Somos hermanos, boludo, pero… ¿por qué no lo hacemos entre nosotros? Solo por necesidad, para desahogarnos. Nadie se va a enterar. Yo quiero.
Se quedó mudo, todo rojo, pero vi que se le paró al toque debajo del jogging. No hizo falta insistir mucho.
Esa misma noche, después de que mamá se durmió, lo llamé a mi pieza. Cerré la puerta con llave, me saqué la remera despacito y me quedé en tetas frente a él.
—Vení, Nico… no tengas miedo. Soy yo, tu hermana. Yo quiero que me cojas.
Lo besé primero, despacio, y le fui guiando las manos por mi cuerpo. Le bajé el pantalón y ahí estaba: su pija virgen de 9 centímetros, parada, dura y palpitando. No era un monstruo, pero en ese momento me servía perfecto.
Me puse en cuatro sobre la cama, levantando bien el culo grande y redondo que tengo. Lo miré por encima del hombro y le dije con voz de puta:
—Metémela, hermanito… despacito al principio. Usame.
Entró fácil, yo estaba re mojada de solo pensarlo. Al principio fue torpe, pero le agarré las manos, las puse fuerte en mis caderas y le marqué el ritmo.
—Así, boludo… más fuerte. Agarrame el culo y cogeme bien.
Gemía bajito mientras me penetraba. Yo movía el culo en círculos, apretándolo adentro. Me vine primero, mordiendo la almohada para no gritar. Él duró un poco más y terminó adentro mío, temblando entero.
Después nos quedamos abrazados, transpirados y sin decir nada al principio.
—Delfi… ¿está mal esto? —me preguntó al oído.
—Está mal y me importa una mierda —le contesté—. Mientras dure esta pandemia, vamos a cogernos todas las veces que necesitemos. Yo te enseño todo.
Mamá se pasaba el día entero laburando desde su pieza con Zoom, puerta cerrada y auriculares. Nosotros dos nos pudríamos en la living, viendo series, comiendo lo que había y aburriéndonos como perros. Yo soy petiza, 1.55 como mucho, pero tengo un culo grande, bien culona, de esos que llenan todo. Nicolás era alto, flaco, calladito y completamente virgen.
Una noche de mucho calor, después de casi cuatro meses encerrados, yo ya no aguantaba más. Estaba en shortcito cortito y remera fina sin corpiño, tirada en el sofá. La calentura me estaba comiendo. Miré a Nicolás, que estaba al lado mío con el celular, y se me cruzó la idea clara. Fui yo la que lo propuso.
—Nico… ¿puedo ser re sincera con vos? —le dije bajito.
—Decime.
—Estoy podrida de no coger. Hace meses que no salgo, no veo a nadie… la mano ya no me sirve para nada. Y vos también estás igual, se te nota en la cara. Somos hermanos, boludo, pero… ¿por qué no lo hacemos entre nosotros? Solo por necesidad, para desahogarnos. Nadie se va a enterar. Yo quiero.
Se quedó mudo, todo rojo, pero vi que se le paró al toque debajo del jogging. No hizo falta insistir mucho.
Esa misma noche, después de que mamá se durmió, lo llamé a mi pieza. Cerré la puerta con llave, me saqué la remera despacito y me quedé en tetas frente a él.
—Vení, Nico… no tengas miedo. Soy yo, tu hermana. Yo quiero que me cojas.
Lo besé primero, despacio, y le fui guiando las manos por mi cuerpo. Le bajé el pantalón y ahí estaba: su pija virgen de 9 centímetros, parada, dura y palpitando. No era un monstruo, pero en ese momento me servía perfecto.
Me puse en cuatro sobre la cama, levantando bien el culo grande y redondo que tengo. Lo miré por encima del hombro y le dije con voz de puta:
—Metémela, hermanito… despacito al principio. Usame.
Entró fácil, yo estaba re mojada de solo pensarlo. Al principio fue torpe, pero le agarré las manos, las puse fuerte en mis caderas y le marqué el ritmo.
—Así, boludo… más fuerte. Agarrame el culo y cogeme bien.
Gemía bajito mientras me penetraba. Yo movía el culo en círculos, apretándolo adentro. Me vine primero, mordiendo la almohada para no gritar. Él duró un poco más y terminó adentro mío, temblando entero.
Después nos quedamos abrazados, transpirados y sin decir nada al principio.
—Delfi… ¿está mal esto? —me preguntó al oído.
—Está mal y me importa una mierda —le contesté—. Mientras dure esta pandemia, vamos a cogernos todas las veces que necesitemos. Yo te enseño todo.
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