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Éramos dos... y se sumó su amiga en las Sierras

Llevábamos toda la semana planeando con mi mujer una escapada de fin de semana a una cabaña hermosa en las sierras de Córdoba. La idea era pasar unos días a puro fuego: me la pasé imaginando su cuerpo desnudo en el jacuzzi con vista a las montañas, cenas románticas, caricias sin apuro y terminar garchando en la cama hasta el cansancio.
Llegó el viernes y yo estaba re manija, armando el bolso. Justo antes de salir, mi jermu me tira un balde de agua fría: "Che, gordo, invité a Flor (la mejor amiga). Está pasando por una separación de mierda con el novio y me pareció buena idea llevarla para que se despeje". En ese segundo se me vino el mundo abajo. Me quería matar. Chau fin de semana caliente.
Salimos a armar el viaje y pasamos a buscar a la amiga. De lo embolado que estaba, cuando subió al auto ni la miré. Hicimos unos kilómetros y en una de esas miro por el espejo retrovisor... y casi me despisto. Llevaba una remerita de hilo blanca, ajustadísima, y como hacía un poco de frío en la ruta se le marcaban los pezones como dos botones. No tenía corpiño. Paramos en una estación de servicio a cargar nafta y me bajé con la excusa de estirar las piernas, pero la realidad era que quería observarla bien. Cuando la vi de espaldas quedé loco: calzas negras bien apretadas que le marcaban bien colita, impresionante. Se había vestido re provocativa la hdp. Ahí el viaje ya me cambió de color.
Seguimos viaje y paramos en un mirador donde había que hacer un sendero caminando. Agarramos el equipo de mate y arrancamos. Yo iba caminando un par de pasos por detrás de ellas, disfrutando de una vista impagable: las dos colas moviéndose adelante mío a cada paso. En las partes donde el terreno subía y tenían que trepar o agacharse, les veían los culitos desde todos los ángulos posibles. Qué locura. En mi cabeza ya me las imaginaba a las dos con la tanga metida bien adentro de la zanja y las conchitas sobresaliendo. Tenía la pija como un garrote adentro del jogging.
Llegamos al mirador y nos sentamos a tomar mates. Flor se sentó justo enfrente mío, con las piernas cruzadas. Era imposible no mirarle las tetas; la remera ajustada dejaba ver todo el contorno y los pezones apuntando al frente. Yo trataba de disimular mirando el paisaje pero los ojos se me iban solos. Me estaba volviendo completamente loco y la calentura me estaba desbordando.
Llegamos a la cabaña bastante tarde, ya de noche. Bajamos las cosas para preparar la cena y ahí nos dimos cuenta de un detalle clave: la cabaña era chica y solo tenía una habitación con una sola cama matrimonial. Nadie dijo nada en el momento, nos miramos y solo unas sonrisitas.
Decidimos turnarnos para bañarnos. Primero fui yo, después entró mi mujer. Cuando ella salió del baño se puso la típica remera gigante que usa para dormir. Como es su costumbre, andaba en un formato totalmente natural: sin bombacha ni corpiño. El roce de la tela le marcaba suavemente las tetas y los pezones erectos por el frío de la sierra. Por último entró la amiga. Cuando Flor salió del baño, apareció envuelta en una toalla blanca que apenas si le cubría la mitad de la cola. Mi cabeza estaba a punto de explotar, sentía las pulsaciones en la pija.
Me puse a cocinar para distraerme mientras descorchamos un vino. Cenamos los tres, nos relajamos y nos quedamos charlando y tomando unos tragos en la mesa. La música estaba baja y el ambiente re cargado. En un momento, Flor se levanta para ir al baño. Apenas se cierra la puerta, mi mujer se me arrima, se me sienta arriba, con las piernas bien abiertas y me clava una mano directo en el bulto por encima del pantalón. Se me pegó a la oreja y me susurró: "Te vi como la mirabas en el mirador... no dejaste de mirarle el culo y las tetas en todo el viaje. ¿Te calentaste mirándola?... Porque yo sí, me puso re cachonda". Yo estaba mudo, con la pija explotada y el corazón a mil, no me salían las palabras.
En ese instante se abre la puerta del baño y sale la amiga. Se había puesto un shorcito de jean re suelto y una musculosa escotada que dejaba ver sus tetas hermosas. Cuando se va acercando a la mesa, mi jermu (que seguía arriba mío refregándome la concha contra mi bulto) la mira de frente y le dice sin filtro: "Acércate, Flor... Diego te estuvo mirando todo el día y quiere ver tus tetas de cerca".
La adrenalina y la excitación eran una cosa de locos. Flor sonrió, se acercó despacio, se agarró el borde de la musculosa y se la sacó de una, quedando en tetas adelante nuestro. Eran dos tetas perfectas, redonditas, con los pezones bien duros y rosados. Se agachó y me las apoyó directo en la cara. Empecé a besarlas y a morderle los pezones mientras sentía el olor de su piel. Con una de mis manos le mandé los dedos a mi mujer por abajo de la remera y le busqué la concha: estaba empapada, era un río de agua viva. Pegó un gemido hermoso que terminó de prender fuego todo.
Ahí nomás las dos se empezaron a besar en la boca frente a mí, metiéndose lengua a morir. Yo con el pantalón que ya no aguantaba más, le saqué la remera a mi mujer y le ayudé a la amiga a bajarse el shorcito. Quedaron las dos completamente desnudas en el living. Se agacharon, me bajaron los pantalones y me agarraron la pija entre las dos, lamiéndomela, chupándome los huevos mientras cruzaban miradas calientes.
Después de unos minutos de puro placer, nos fuimos arrastrando hacia el dormitorio. Mi mujer se tiró boca arriba en la cama matrimonial y Flor, sin dudarlo un segundo, se le puso en cuatro arriba de la cara para empezar a chuparle la concha. Me quedó el culo de la amiga bien paradito en la cara, con las piernas apenas abiertas, dejando asomar los labios de su conchita rosada. Me arrodillé en el borde de la cama y empecé a lamerla con todo, saboreando el jugo de las dos que se mezclaba.
Cuando no aguanté más, la agarré de la cadera y la empecé a penetrar lentamente por detrás. Las sierras eran un silencio total y adentro de la habitación solo se escuchaban los gemidos cruzados de las dos, completamente sacadas y excitadas. Garchamos un rato largo, cambiando de posiciones, alternando entre las dos y dándoles con todo en esa cama matrimonial gigante. Una noche absolutamente inolvidable.
A la mañana siguiente me desperté en el medio de las dos. Estaban dormidas, abrazándome, y sentía la piel suave de ambas y sus conchitas apoyadas directo contra mis piernas. Nos despertamos y, obviamente, el mañanero no faltó.

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