Lo conocí haciendo dedo… Se llamaba José
Era una tarde de verano. El sol caía sobre los campos y yo llevaba más de media hora esperando que alguien frenara. Cuando aquella camioneta vieja se detuvo, lo miré estaba para darle con todo.
El era el cuidador de una estancia cercana. Moreno por el sol, de pocas palabras y mirada firme. Había algo en él que me calentaba.
Durante el viaje hablamos poco, pero recuerdo cada detalle. Su voz tranquila. La forma en que sonreía apenas. La seguridad con la que parecía enfrentar la vida.
Después de aquel encuentro comenzaron las coincidencias. O al menos eso nos decíamos. Nos cruzábamos en el almacén, en algún camino o en la ciudad. Cada charla duraba más que la anterior.
Yo estaba casada. Él lo sabía. Sin embargo, cuando estábamos juntos, el resto del mundo parecía desaparecer. Había una intensidad difícil de explicar, una conexión que iba más allá de las palabras.
Un finde me lo cruzo y me explico donde era aquella estancia, no contaré como llegué pero si era finde largo y debía cumplir una guardia, una amiga me cubrió y mi marido pensó que asistí al trabajo.
Llegue lo saludé terminé siendo algo divertido. Le dije que tenía poco tiempo y comenzó la acción.
Recuerdo una galería enorme para los dos, con una mesa de madera inmensa. Me sentó allí arriba y comenzó a besarme. Se desprendió de la camisa; ¡qué brazos tenía! Casi me arrancó los pantalones. Me puso de espaldas a la mesa y comenzó a acariciarme y chuparme desde atrás el culo y la vagina lo hacía con todas sus fuerzas. Yo sentía que las piernas se me aflojaban y apenas podía mantenerme en pie.
Cuando ya no daba más, se desabrochó el cinturón y dejó caer el pantalón.
—Ay, Dios, José…
Lo miré sin poder creerlo. Lo tomé entre mis manos y lo chupe entero, que verga enorme tenía josé, sus venas , su cabeza, que hermosa que era. Después me volvió a girar y me acercó a una silla. Todo ocurrió con una intensidad que todavía hoy recuerdo. El cogia como nadie ahh ahhh ahhhh soy tu perra José y las embestidas eran cada vez más fuertes.
Luego me levantó nuevamente sobre la mesa y siguió chupando mi vagina y besándome la tetas. Cuando estaba llegando al final repetía:
—¿La quieres, rubia? ahhh ahhhh ¿La quieres?
Y yo, completamente excitada, ahhhh dame la leche José ahhh ahhhh ahhh y me lleno completa, la leche caliente caía sobre la mesa…
Aquella tarde fueron horas de pasión, de risas, de besos y de una conexión que nunca había sentido con nadie.
Esto se repitió algunas veces más. Era difícil coincidir, pero siempre encontrábamos la manera. Hasta que, con el tiempo, empecé a verlo pasar acompañado por otra mujer.
Y de ahí… todo cambió.
Y después nació mi hijo.
Los años pasaron. Mi marido jamás sospechó nada. La vida siguió su curso. Pero algunas noches, cuando el silencio lo cubre todo, vuelvo a recordar al semanero y aquella pasión que marcó mi vagina para siempre.
Era una tarde de verano. El sol caía sobre los campos y yo llevaba más de media hora esperando que alguien frenara. Cuando aquella camioneta vieja se detuvo, lo miré estaba para darle con todo.
El era el cuidador de una estancia cercana. Moreno por el sol, de pocas palabras y mirada firme. Había algo en él que me calentaba.
Durante el viaje hablamos poco, pero recuerdo cada detalle. Su voz tranquila. La forma en que sonreía apenas. La seguridad con la que parecía enfrentar la vida.
Después de aquel encuentro comenzaron las coincidencias. O al menos eso nos decíamos. Nos cruzábamos en el almacén, en algún camino o en la ciudad. Cada charla duraba más que la anterior.
Yo estaba casada. Él lo sabía. Sin embargo, cuando estábamos juntos, el resto del mundo parecía desaparecer. Había una intensidad difícil de explicar, una conexión que iba más allá de las palabras.
Un finde me lo cruzo y me explico donde era aquella estancia, no contaré como llegué pero si era finde largo y debía cumplir una guardia, una amiga me cubrió y mi marido pensó que asistí al trabajo.
Llegue lo saludé terminé siendo algo divertido. Le dije que tenía poco tiempo y comenzó la acción.
Recuerdo una galería enorme para los dos, con una mesa de madera inmensa. Me sentó allí arriba y comenzó a besarme. Se desprendió de la camisa; ¡qué brazos tenía! Casi me arrancó los pantalones. Me puso de espaldas a la mesa y comenzó a acariciarme y chuparme desde atrás el culo y la vagina lo hacía con todas sus fuerzas. Yo sentía que las piernas se me aflojaban y apenas podía mantenerme en pie.
Cuando ya no daba más, se desabrochó el cinturón y dejó caer el pantalón.
—Ay, Dios, José…
Lo miré sin poder creerlo. Lo tomé entre mis manos y lo chupe entero, que verga enorme tenía josé, sus venas , su cabeza, que hermosa que era. Después me volvió a girar y me acercó a una silla. Todo ocurrió con una intensidad que todavía hoy recuerdo. El cogia como nadie ahh ahhh ahhhh soy tu perra José y las embestidas eran cada vez más fuertes.
Luego me levantó nuevamente sobre la mesa y siguió chupando mi vagina y besándome la tetas. Cuando estaba llegando al final repetía:
—¿La quieres, rubia? ahhh ahhhh ¿La quieres?
Y yo, completamente excitada, ahhhh dame la leche José ahhh ahhhh ahhh y me lleno completa, la leche caliente caía sobre la mesa…
Aquella tarde fueron horas de pasión, de risas, de besos y de una conexión que nunca había sentido con nadie.
Esto se repitió algunas veces más. Era difícil coincidir, pero siempre encontrábamos la manera. Hasta que, con el tiempo, empecé a verlo pasar acompañado por otra mujer.
Y de ahí… todo cambió.
Y después nació mi hijo.
Los años pasaron. Mi marido jamás sospechó nada. La vida siguió su curso. Pero algunas noches, cuando el silencio lo cubre todo, vuelvo a recordar al semanero y aquella pasión que marcó mi vagina para siempre.
0 comentarios - José el semanero dotado