You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Una asistente muy especial pt3

Aquí tienes la continuación de la historia, donde la sumisión de Hanna se profundiza y ella abraza por completo su papel, dispuesta a explorar cada fantasía de Don Arturo.
Título: La entrega total
Las semanas se convirtieron en meses, y el juego de sumisión que Don Arturo había iniciado con Hanna se transformó en algo más profundo. Ella ya no necesitaba el pañuelo rojo para recordarle su lugar. Lo llevaba puesto incluso cuando no estaban juntos, como un secreto que latía bajo su ropa.
Una tarde, Don Arturo la recibió con una caja de madera sobre la mesa. Hanna la miró con curiosidad, pero no preguntó. Había aprendido que las preguntas llegaban cuando él decidía.
—Siéntate —dijo él, señalando el sillón de cuero.
Hanna obedeció, con las manos sobre los muslos y la espalda recta. Don Arturo abrió la caja lentamente, como quien revela un tesoro. Dentro había un collar de cuero negro, delgado, con una pequeña argolla en el centro.
—Esto es diferente al pañuelo —dijo, sacando el collar con cuidado—. El pañuelo era un juego. Esto es una promesa. Una vez que lo pongas, no podrás quitártelo sin mi permiso. Significa que me perteneces, Hanna. ¿Entiendes lo que eso implica?
Hanna sintió que el aire se volvía más denso. Miró el collar, el cuero oscuro brillando bajo la luz de la lámpara, y supo que estaba cruzando una línea de la que no habría retorno.
—Lo entiendo, señor —respondió, con la voz firme.
Don Arturo se arrodilló frente a ella y colocó el collar alrededor de su cuello. El cuero se ajustó a su piel como una segunda capa, frío al principio, pero rápidamente cálido. La argolla metálica colgaba justo sobre su esternón, un peso pequeño pero significativo.
—Ahora eres mía —dijo él, levantando su barbilla con un dedo—. Y las mías cumplen todas mis fantasías. ¿Estás lista para eso?
Hanna asintió, los ojos brillantes.
—Sí, señor. Quiero serlo todo para usted.
Las pruebas comenzaron esa misma noche. Don Arturo la hizo arrodillarse frente a él y le vendó los ojos con una tira de seda negra.
—Voy a tocarte —dijo—. Pero no voy a decirte dónde ni con qué. Solo quiero que sientas. Y quiero que me digas qué sientes.
Hanna sintió el primer roce: algo suave, como una pluma, deslizándose por su brazo. Luego algo frío, quizás metal, recorriendo su clavícula. Una y otra vez, diferentes texturas, diferentes temperaturas, hasta que perdió la noción del tiempo.
—¿Qué sientes? —preguntó él, con voz baja.
—Confusión —respondió Hanna—. Pero también… calma. Como si mi cuerpo estuviera despertando.
—Bueno. Ahora, otra prueba.
Le quitó la venda y la llevó frente al espejo. Detrás de ella, colocó una silla y la hizo sentarse. Luego, sacó un tubo de pintura roja y un pincel fino.
—Voy a escribir algo en tu piel —dijo—. Y quiero que te mires mientras lo hago. Quiero que veas cómo te conviertes en mi obra.
Hanna observó en el espejo cómo el pincel mojado en rojo trazaba letras sobre su hombro, bajando por su omóplato, rodeando la curva de su cadera. Las palabras eran antiguas, en un idioma que no entendía, pero sentía el significado en cada trazo.
Possessa —leyó él en voz alta cuando terminó—. En latín significa "poseída". Porque eso eres ahora.
Hanna miró su reflejo: el cabello rubio despeinado, el collar de cuero negro, las letras rojas marcando su piel como un mapa de pertenencia. Y sonrió.
—Me encanta —susurró.
Los días siguientes, Don Arturo fue empujando los límites de Hanna, y ella los aceptaba con una devoción que la sorprendía a sí misma.
Le pidió que usara faldas más cortas cuando salieran a la calle, sin ropa interior, para que sintiera el aire y las miradas como un recordatorio constante de su sumisión. Hanna lo hizo, y descubrió que la vergüenza inicial se transformaba en una excitación secreta.
Le pidió que se arrodillara a sus pies en la terraza, a la vista de los vecinos, mientras él leía el periódico. Hanna obedeció, sintiendo las miradas curiosas de los edificios de enfrente, y encontró placer en la humillación controlada.
Le pidió que llevara el collar incluso cuando no estaban juntos, y que le enviara una foto cada hora mostrando que seguía puesto. Hanna lo hizo, y cada foto era un pequeño acto de entrega que la conectaba con él a distancia.
Una noche, Don Arturo la llevó a un club privado, un lugar de paredes oscuras y luces tenues donde la sumisión era una forma de arte. Hanna vestía un vestido negro, corto, con el collar brillando bajo las luces rojas.
—Esta noche —le susurró él al oído—, vas a aprender lo que es ser observada. No voy a tocarte. Solo voy a mirar. Y otros van a mirarte también. ¿Puedes con eso?
Hanna tragó saliva, pero asintió.
Don Arturo la guió hasta una silla en el centro de la sala y la hizo sentar. Luego, se colocó frente a ella, con una copa de vino en la mano, y comenzó a hablar con otros hombres y mujeres que se acercaban.
Hanna sintió las miradas recorrer su cuerpo como dedos invisibles. Algunas eran curiosas, otras lascivas, otras de admiración. Pero ella mantenía la espalda recta, las manos sobre los muslos, la mirada fija en Don Arturo.
Él la observaba desde lejos, con una sonrisa satisfecha. De vez en cuando, levantaba una ceja, y Hanna sabía que debía ajustar su postura. Una inclinación de cabeza, y ella cruzaba las piernas. Un gesto con los dedos, y ella se humedecía los labios.
Era un baile silencioso, una coreografía de poder y entrega que solo ellos entendían.
Cuando volvieron a casa, Don Arturo la tumbó en la cama y la poseyó con una intensidad que la dejó temblando. Pero antes de que ella llegara al clímax, él se detuvo.
—No —dijo, con voz firme—. Esta noche no. Esta noche quiero que te duermas con el deseo ardiendo dentro de ti. Quiero que sueñes con lo que aún no te he dado.
Hanna gimió, frustrada, pero asintió.
—Sí, señor.
Se durmió enredada en sus brazos, el collar aún puesto, el deseo latiendo como un segundo corazón.
A la mañana siguiente, Hanna se despertó antes que él. Se miró en el espejo del baño: las marcas rojas aún visibles en su piel, el collar negro ajustado a su cuello, los ojos brillantes de una mujer que había descubierto algo esencial sobre sí misma.
Se arrodilló junto a la cama y esperó a que Don Arturo despertara.
Cuando él abrió los ojos y la vio allí, sumisa y paciente, sonrió.
—Buenos días, mi pequeña sumisa.
—Buenos días, señor —respondió ella, con una sonrisa radiante—. ¿Qué desea que haga hoy?
Don Arturo acarició su cabello rubio, y sus ojos brillaron con la promesa de nuevas pruebas, nuevas fantasías, nuevos límites por explorar.
—Hoy —dijo—, vamos a llevarlo un paso más allá. ¿Estás lista?
Hanna besó su mano, los labios rozando la piel arrugada.
—Siempre, señor. Siempre.
Y así, entre juegos de poder y entregas totales, Hanna descubrió que la sumisión no era una cadena, sino alas. Y Don Arturo, el viejo maestro de manos sabias, le estaba enseñando a volar.
Una asistente muy especial pt3
asistente

0 comentarios - Una asistente muy especial pt3