Me llamo Camila, tengo 34 años y soy abogada especializada en contratos de obra pública. Llevo ocho años casada con un hombre bueno que me quiere, pero nuestra intimidad se ha vuelto tan mecánica como un trámite notarial. Ese mes me tocó viajar a un pueblo remoto en Boyacá para cerrar un contrato de una presa hidroeléctrica. El lugar era puro monte: barro, maquinaria, calor pegajoso y un hotel modesto con habitaciones de madera.
El primer día de inspección conocí a Andrés, el ingeniero jefe. 42 años, alto, hombros anchos de cargar planos y herramientas, piel curtida por el sol de la obra, barba de tres días y ojos verdes que parecían desnudarme sin tocarme. Llevaba alianza gruesa y tenía la foto de su esposa e hijos de fondo de pantalla en el celular; la vi cuando lo sacó para anotar algo. Estaba casado, igual que yo. Hablamos solo de especificaciones técnicas, pero desde el primer "mucho gusto" sentí un latigazo en el estómago. Flechazo. Y él también. Lo vi en cómo se le dilataron las pupilas cuando me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas que se marcaban bajo la blusa blanca por el sudor.
Estábamos en el andamio del nivel tres cuando tropecé con una tabla. Empecé a caer hacia el vacío. Andrés me agarró la mano con fuerza y me jaló contra su pecho. En ese instante, cuando su palma áspera y caliente apretó la mía, sentí electricidad pura: un calor que me subió desde la muñeca directo al coño, mojándome las bragas en segundos. Me quedé sin aliento. Él tampoco dijo nada, solo me sostuvo un segundo más de lo necesario, mirándome fijo a los ojos. Ninguno mencionó el tema. Terminamos la inspección como si nada.
Esa tarde, ya en el hotel, recibí su mensaje:
“Camila, disculpa el atrevimiento, pero necesito hablar contigo de algo urgente del contrato. Las paredes de la oficina tienen oídos y este es un pueblo chiquito. ¿Puedo pasar por tu hotel en media hora? Solo diez minutos, te lo juro.”
Me extrañó la petición, pero una parte de mí quería verlo otra vez, y más sola. Sin pensarlo mucho, me quité la ropa de abogada: blusa, falda, brasier. Aunque no había llevado nada sexy en particular, decidí recibirlo con mi pijama de seda que siempre llevo de viaje: camisola con un escote generoso que dejaba ver el inicio de mis tetas, nada de sostén y las puntas de mis pezones se marcaban escandalosamente contra la tela fina; short corto que dejaba casi toda la pierna afuera. Era una jugada arriesgada, pero si preguntaba le diría que me disculpara, que iba a tomar una siesta cuando me escribió
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El primer día de inspección conocí a Andrés, el ingeniero jefe. 42 años, alto, hombros anchos de cargar planos y herramientas, piel curtida por el sol de la obra, barba de tres días y ojos verdes que parecían desnudarme sin tocarme. Llevaba alianza gruesa y tenía la foto de su esposa e hijos de fondo de pantalla en el celular; la vi cuando lo sacó para anotar algo. Estaba casado, igual que yo. Hablamos solo de especificaciones técnicas, pero desde el primer "mucho gusto" sentí un latigazo en el estómago. Flechazo. Y él también. Lo vi en cómo se le dilataron las pupilas cuando me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas que se marcaban bajo la blusa blanca por el sudor.
Estábamos en el andamio del nivel tres cuando tropecé con una tabla. Empecé a caer hacia el vacío. Andrés me agarró la mano con fuerza y me jaló contra su pecho. En ese instante, cuando su palma áspera y caliente apretó la mía, sentí electricidad pura: un calor que me subió desde la muñeca directo al coño, mojándome las bragas en segundos. Me quedé sin aliento. Él tampoco dijo nada, solo me sostuvo un segundo más de lo necesario, mirándome fijo a los ojos. Ninguno mencionó el tema. Terminamos la inspección como si nada.
Esa tarde, ya en el hotel, recibí su mensaje:
“Camila, disculpa el atrevimiento, pero necesito hablar contigo de algo urgente del contrato. Las paredes de la oficina tienen oídos y este es un pueblo chiquito. ¿Puedo pasar por tu hotel en media hora? Solo diez minutos, te lo juro.”
Me extrañó la petición, pero una parte de mí quería verlo otra vez, y más sola. Sin pensarlo mucho, me quité la ropa de abogada: blusa, falda, brasier. Aunque no había llevado nada sexy en particular, decidí recibirlo con mi pijama de seda que siempre llevo de viaje: camisola con un escote generoso que dejaba ver el inicio de mis tetas, nada de sostén y las puntas de mis pezones se marcaban escandalosamente contra la tela fina; short corto que dejaba casi toda la pierna afuera. Era una jugada arriesgada, pero si preguntaba le diría que me disculpara, que iba a tomar una siesta cuando me escribió
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