Ya habían pasado dos meses desde el incidente. Sabía que mamá quería volver a follar tanto como yo quería, pero fue muy difícil tener un momento a solas con ella. Siempre me volteaba la mirada y no me volvió a dirigir la palabra. Tampoco ayudaba que papá había regresado de su viaje y no tenía ni idea de cuándo tendría que salir otra vez. A veces esperaba que papá llegara con una golpiza o corriéndome de la casa después de que mamá le contara lo que ocurrió.
Pero nunca fue así. Era el mismo ingenuo metido en el trabajo de siempre. Si mamá no me dirigía la mirada, papá no se la dirigía a ella, estaba lo suficientemente ocupado viendo su celular.
Esa misma distancia entre ellos me causó cierta confianza en seguir queriendo coger con mamá. Ya se había vuelto un ritual ver ese vídeo cada noche antes de dormir, pero no me masturbaba yo solo. Robaba las bragas de mamá mientras ella se bañaba para llenarlas de semen. Después de terminar las volvía a poner en la ropa sucia. Sabía que ella las miraba tal como yo las dejaba, pero nunca me reclamó por nada. Simplemente las encontraba lavadas un tiempo después.
Y entonces ocurrió. Un accidente con mi tío lo dejó internado en el hospital en otro estado del país. Cuando mi papá se enteró no lo pensó dos veces y organizó todo para salir.
Nos propuso a los dos acompañarlo, pero le dije que no podía por pendientes que debía cumplir, mientras que mamá tuvo que decirle que no porque también se estaba encargando de cuidar a mi abuelo junto a mis tías. Él entendió ambos casos y se marchó un fin de semana.
Y esto ocurrió ese fin de semana.
---
El viernes por la tarde, varias horas después de que papá se fue, mamá me llamó a la mesa. Yo estaba viendo una serie en la TV de mi habitación cuando vi que la puerta se abrió.
—Oye, ¿Puedes venir un momento? Tengo que hablar contigo —me dijo mientras asomaba la cabeza algo apenada. Al terminar volvió a cerrar la puerta y se fue.
Cuando salí de mi habitación la vi sentada en el comedor. Llevaba una blusa azul ajustada y un pantalón beige que no dejaban casi nada a la imaginación. Hacía un momento había acompañado a papá para despedirse, así que seguía arreglada.
—Miguel, no puedo seguir guardándome esto. Sé lo que estás haciendo con mis bragas, ya es casi todos los días que las encuentro llenas de semen. Y esta vez no he sido solo yo, tu padre las descubrió una vez, tuve que inventarle una excusa para que no armara un escándalo —dijo.
Ella siguió hablando, su sermón acerca del incesto y que estaba mal lo que estaba haciendo realmente no me importó. Me había quedado con lo que me dijo en ese momento: papá me había descubierto, y en lugar de decir la verdad y culparme por todo, mamá lo ocultó. Además nunca me reclamó por las bragas sucias hasta ese momento. Para mí significaba algo.
—Así que te lo pido, por favor, dejemos todo esto atrás. Ya no puedo verte como mi hijo, pero no quiero arruinar la familia que hemos formado los tres desde que naciste —terminó su sermón.
Me levanté de mi asiento y me senté justo a su lado en la mesa. Ella se puso visiblemente incómoda, tensando el cuerpo.
—¿Y por qué no le dijiste la verdad a papá? —le pregunté mirándola fijamente—. Si tanto te arrepientes, ¿por qué lo protegiste?
Mamá bajó la mirada, nerviosa, y balbuceó una excusa débil:
—Porque… porque no quería destruir la familia, Miguel. Tú eres mi hijo y… no sé, pensé que si le decía todo se iba a poner peor.
No le creí ni una sola palabra. Sonreí con malicia y empecé a jugar con ella de manera coqueta y seductora. Acerqué mi silla más, puse mi mano sobre su muslo y subí lentamente.
—Mentira, mamá… en realidad te gustó que tu hijo te follara esa noche, ¿verdad?
Desabroché los primeros botones de su escote con dedos hábiles. Sus grandes pechos, apenas contenidos por un brasier negro, saltaron hacia afuera. Mamá se puso roja como un tomate, sudando, y empezó a temblar.
—Miky… no… esto está muy mal… soy tu mamá… —susurró con voz entrecortada, intentando abrocharse de nuevo. Pero sus manos temblaban y no tenía fuerza real. Su cuerpo se estremecía cada vez que mis dedos rozaban su piel.
Le robé un beso lascivo y lujurioso, metiéndole la lengua profundamente. Al principio ella intentó apartarse, pero terminó respondiendo, gimiendo bajito contra mi boca. Cuando apreté sus tetas grandes y pesadas con ambas manos, pellizcándole los pezones por encima del brasier, soltó un gemido más fuerte.
—Hijo… por favor… tenemos que parar… esto es un pecado horrible… —dijo entre besos, pero no me detuvo cuando le bajé las copas del brasier y apreté sus tetas desnudas con fuerza.
Bajé mi mano hasta sus piernas, desabroché su pantalón y se lo bajé. Ella misma terminó de quitárselo, quedando solo en unas bragas negras completamente empapadas. El olor de su excitación llenaba el aire.
Me levanté, me puse frente a ella y desabroché mi pantalón. Mamá me hacía gestos con la mano, suplicando con los ojos:
—Miky… papi… no… por favor para…
Pero cuando saqué mi verga dura y gruesa frente a su cara, no tuvo que decirle nada. Mamá abrió la boca como hipnotizada y empezó a chupármela con hambre.
**Su mamada fue una puta obra maestra.** Primero lamió toda la longitud desde los huevos hasta la cabeza, babeando abundantemente, mirándome con ojos llenos de culpa y deseo. Luego se la metió entera hasta la garganta, atragantándose y salivando como loca. La tomé del cabello con fuerza y empecé a follarle la boca con embestidas profundas. Cada vez que se la sacaba, le daba cachetadas suaves en la cara con mi verga mojada mientras ella me miraba con expresión de puta en celo.
—Así, mamá puta… chúpale la verga a tu hijo como la zorra que eres —gruñí.
Ella gemía alrededor de mi polla, babeando hilos de saliva que le caían entre las tetas. La obligué a tragársela hasta el fondo varias veces más, sosteniéndole la cabeza mientras sus ojos se ponían llorosos. Luego la saqué y le di varias nalgadas en la cara con la verga antes de correrme con fuerza sobre su rostro y sus grandes tetas, pintándola completamente de semen espeso y blanco.
—Esto solo está empezando, mamá —le advertí.
Le quité la blusa por completo, dejándola solo en lencería manchada de mi leche, y la llevé escaleras arriba a mi habitación.
---
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta detrás de nosotros. Mamá estaba temblando, solo vestida con su lencería negra empapada y con restos de mi semen aún brillando en sus pechos y mejillas. La tomé suavemente pero con firmeza por la cintura y la tumbé sobre mi cama. Su cuerpo maduro y voluptuoso se hundió en el colchón, con sus grandes senos subiendo y bajando agitadamente.
—Miky… hijo… esto sigue estando mal —susurró una última vez, pero su voz ya estaba cargada de deseo.
Me desnudé completamente y me coloqué sobre ella. Le separé las piernas con las mías y, mirándola a los ojos, la penetré lentamente pero profundo. Mamá arqueó la espalda y soltó un gemido largo y ronco cuando sintió cómo mi polla gruesa la llenaba por completo.
—Dios mío, Miky… —gimió, clavando sus uñas en mis hombros.

Empecé a moverme con ritmo constante, entrando y saliendo de su interior caliente y húmedo. Sus paredes me apretaban con fuerza, como si su cuerpo hubiera estado esperando esto durante los dos meses de silencio. Me incliné sobre ella, besándola con pasión mientras mis caderas chocaban contra las suyas. Sus pechos grandes se presionaban contra mi pecho, suaves y calientes.
Poco a poco, su resistencia se fue derritiendo. Sus gemidos se volvieron más intensos y sus caderas empezaron a moverse al encuentro de las mías.
—Más… Miky, por favor… —susurró finalmente, rindiéndose.
La volteé con cuidado y la puse a cuatro patas sobre la cama, tal como se ve en las fotos. Su culo redondo y generoso quedó empinado frente a mí, perfecto y expuesto. Pasé mi mano por su espalda, bajando hasta agarrar firmemente sus nalgas. La penetré desde atrás con un movimiento profundo y fluido. Mamá soltó un gemido fuerte y enterró la cara en las sábanas.
—Así, papi… así se siente tan profundo… —jadeó.


La sujeté de las caderas y empecé a follarla con embestidas largas y poderosas. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus nalgas rebotaban contra mi pelvis. Podía ver cómo su espalda se arqueaba de placer, cómo su cabello negro se movía con cada movimiento. Agarré su cabello suavemente con una mano, tirando de él lo suficiente para que levantara la cabeza mientras seguía penetrándola.
Cambiamos de posición. La puse de lado, levantándole una pierna para entrar aún más profundo. Desde ahí podía besar su cuello, morder suavemente su hombro y apretar sus pechos con la mano libre. Mamá giró la cabeza hacia mí y me besó con desesperación, gimiendo dentro de mi boca.
—Hijo… me estás volviendo loca… no pares…

La noche se volvió cada vez más intensa. La senté sobre mí, a horcajadas. Mamá apoyó las manos en mi pecho y empezó a cabalgarme con movimientos circulares y profundos. Sus grandes senos rebotaban frente a mi cara. Los tomé con ambas manos, chupando y mordiendo suavemente sus pezones mientras ella aceleraba el ritmo.
—Papi… me encanta sentirte tan duro dentro de mí —confesó entre gemidos, ya completamente entregada.
La levanté en brazos y la follé contra la pared, sosteniendo su peso mientras entraba y salía de ella con fuerza. Sus piernas rodeaban mi cintura, y sus gemidos llenaban toda la habitación. Después la regresé a la cama, poniéndola boca arriba con las piernas sobre mis hombros. Esta posición me permitía penetrarla muy profundo, rozando ese punto que la hacía temblar entera.
Cada orgasmo de ella era más intenso que el anterior. Su cuerpo se convulsionaba, su coño me apretaba con fuerza y sus gemidos se volvían casi gritos de placer.
—Miky… ¡me vengo otra vez! —gritaba mientras su cuerpo se tensaba.
La follamos durante horas. Volvimos a la posición de cuatro patas varias veces, donde más me gustaba verla: su espalda curvada, su culo empinado y mi polla desapareciendo completamente dentro de ella. En un momento, mientras la penetraba con fuerza desde atrás, le susurré al oído:
—Dime lo que quieres, mamá…
—Quiero que me llenes… quiero sentir cómo te corres dentro de mí, papi… —respondió con voz rota de placer.

Cuando finalmente llegué al límite, la puse boca arriba de nuevo. La embestí con fuerza varias veces más y me corrí profundamente dentro de ella, inundando su interior con chorros calientes y abundantes. Mamá tuvo su orgasmo más fuerte en ese momento, abrazándome con brazos y piernas mientras temblaba sin control.
Pero no terminamos ahí. Después de un breve descanso, volvimos a empezar. La noche fue larga y apasionada: posiciones en las que exploramos cada rincón de su cuerpo, besos interminables, caricias intensas y un placer que ninguno de los dos podía ya negar.
Para cuando la madrugada llegó, mamá estaba tumbada boca arriba en mi cama, exhausta y satisfecha. Su cuerpo brillaba de sudor, su cabello estaba revuelto y tenía una expresión de completo placer y rendición en el rostro. Pequeños rastros de semen brillaban en sus pechos, su abdomen y entre sus piernas. Respiraba agitadamente, con los ojos entrecerrados y una sonrisa suave y cansada.
—Miky… mi niño… —susurró con voz débil, casi sin fuerzas.
Usé su cuerpo sin piedad, follándola como si fuera mi juguete sexual. La hice correrse una y otra vez, hasta que temblaba incontrolablemente. La posición final fue doggystyle profundo, agarrándola de las caderas mientras le llenaba el coño de leche caliente.
Cuando terminé, mamá estaba tumbada boca arriba en mi cama, completamente destruida. Tenía la mirada perdida, mente rota de placer y culpa. Su cara, tetas, abdomen y coño estaban cubiertos de mi semen espeso. Chorreaba por todos lados, con las piernas abiertas y temblando.
—Papi… hijo… ¿qué me hiciste…? —susurró con voz rota, casi sin fuerzas, mientras una lágrima de placer le corría por la mejilla.
Pero nunca fue así. Era el mismo ingenuo metido en el trabajo de siempre. Si mamá no me dirigía la mirada, papá no se la dirigía a ella, estaba lo suficientemente ocupado viendo su celular.
Esa misma distancia entre ellos me causó cierta confianza en seguir queriendo coger con mamá. Ya se había vuelto un ritual ver ese vídeo cada noche antes de dormir, pero no me masturbaba yo solo. Robaba las bragas de mamá mientras ella se bañaba para llenarlas de semen. Después de terminar las volvía a poner en la ropa sucia. Sabía que ella las miraba tal como yo las dejaba, pero nunca me reclamó por nada. Simplemente las encontraba lavadas un tiempo después.
Y entonces ocurrió. Un accidente con mi tío lo dejó internado en el hospital en otro estado del país. Cuando mi papá se enteró no lo pensó dos veces y organizó todo para salir.
Nos propuso a los dos acompañarlo, pero le dije que no podía por pendientes que debía cumplir, mientras que mamá tuvo que decirle que no porque también se estaba encargando de cuidar a mi abuelo junto a mis tías. Él entendió ambos casos y se marchó un fin de semana.
Y esto ocurrió ese fin de semana.
---
El viernes por la tarde, varias horas después de que papá se fue, mamá me llamó a la mesa. Yo estaba viendo una serie en la TV de mi habitación cuando vi que la puerta se abrió.
—Oye, ¿Puedes venir un momento? Tengo que hablar contigo —me dijo mientras asomaba la cabeza algo apenada. Al terminar volvió a cerrar la puerta y se fue.
Cuando salí de mi habitación la vi sentada en el comedor. Llevaba una blusa azul ajustada y un pantalón beige que no dejaban casi nada a la imaginación. Hacía un momento había acompañado a papá para despedirse, así que seguía arreglada.
—Miguel, no puedo seguir guardándome esto. Sé lo que estás haciendo con mis bragas, ya es casi todos los días que las encuentro llenas de semen. Y esta vez no he sido solo yo, tu padre las descubrió una vez, tuve que inventarle una excusa para que no armara un escándalo —dijo.
Ella siguió hablando, su sermón acerca del incesto y que estaba mal lo que estaba haciendo realmente no me importó. Me había quedado con lo que me dijo en ese momento: papá me había descubierto, y en lugar de decir la verdad y culparme por todo, mamá lo ocultó. Además nunca me reclamó por las bragas sucias hasta ese momento. Para mí significaba algo.
—Así que te lo pido, por favor, dejemos todo esto atrás. Ya no puedo verte como mi hijo, pero no quiero arruinar la familia que hemos formado los tres desde que naciste —terminó su sermón.
Me levanté de mi asiento y me senté justo a su lado en la mesa. Ella se puso visiblemente incómoda, tensando el cuerpo.
—¿Y por qué no le dijiste la verdad a papá? —le pregunté mirándola fijamente—. Si tanto te arrepientes, ¿por qué lo protegiste?
Mamá bajó la mirada, nerviosa, y balbuceó una excusa débil:
—Porque… porque no quería destruir la familia, Miguel. Tú eres mi hijo y… no sé, pensé que si le decía todo se iba a poner peor.
No le creí ni una sola palabra. Sonreí con malicia y empecé a jugar con ella de manera coqueta y seductora. Acerqué mi silla más, puse mi mano sobre su muslo y subí lentamente.
—Mentira, mamá… en realidad te gustó que tu hijo te follara esa noche, ¿verdad?
Desabroché los primeros botones de su escote con dedos hábiles. Sus grandes pechos, apenas contenidos por un brasier negro, saltaron hacia afuera. Mamá se puso roja como un tomate, sudando, y empezó a temblar.
—Miky… no… esto está muy mal… soy tu mamá… —susurró con voz entrecortada, intentando abrocharse de nuevo. Pero sus manos temblaban y no tenía fuerza real. Su cuerpo se estremecía cada vez que mis dedos rozaban su piel.
Le robé un beso lascivo y lujurioso, metiéndole la lengua profundamente. Al principio ella intentó apartarse, pero terminó respondiendo, gimiendo bajito contra mi boca. Cuando apreté sus tetas grandes y pesadas con ambas manos, pellizcándole los pezones por encima del brasier, soltó un gemido más fuerte.
—Hijo… por favor… tenemos que parar… esto es un pecado horrible… —dijo entre besos, pero no me detuvo cuando le bajé las copas del brasier y apreté sus tetas desnudas con fuerza.
Bajé mi mano hasta sus piernas, desabroché su pantalón y se lo bajé. Ella misma terminó de quitárselo, quedando solo en unas bragas negras completamente empapadas. El olor de su excitación llenaba el aire.
Me levanté, me puse frente a ella y desabroché mi pantalón. Mamá me hacía gestos con la mano, suplicando con los ojos:
—Miky… papi… no… por favor para…
Pero cuando saqué mi verga dura y gruesa frente a su cara, no tuvo que decirle nada. Mamá abrió la boca como hipnotizada y empezó a chupármela con hambre.
**Su mamada fue una puta obra maestra.** Primero lamió toda la longitud desde los huevos hasta la cabeza, babeando abundantemente, mirándome con ojos llenos de culpa y deseo. Luego se la metió entera hasta la garganta, atragantándose y salivando como loca. La tomé del cabello con fuerza y empecé a follarle la boca con embestidas profundas. Cada vez que se la sacaba, le daba cachetadas suaves en la cara con mi verga mojada mientras ella me miraba con expresión de puta en celo.
—Así, mamá puta… chúpale la verga a tu hijo como la zorra que eres —gruñí.
Ella gemía alrededor de mi polla, babeando hilos de saliva que le caían entre las tetas. La obligué a tragársela hasta el fondo varias veces más, sosteniéndole la cabeza mientras sus ojos se ponían llorosos. Luego la saqué y le di varias nalgadas en la cara con la verga antes de correrme con fuerza sobre su rostro y sus grandes tetas, pintándola completamente de semen espeso y blanco.
—Esto solo está empezando, mamá —le advertí.
Le quité la blusa por completo, dejándola solo en lencería manchada de mi leche, y la llevé escaleras arriba a mi habitación.
---
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta detrás de nosotros. Mamá estaba temblando, solo vestida con su lencería negra empapada y con restos de mi semen aún brillando en sus pechos y mejillas. La tomé suavemente pero con firmeza por la cintura y la tumbé sobre mi cama. Su cuerpo maduro y voluptuoso se hundió en el colchón, con sus grandes senos subiendo y bajando agitadamente.
—Miky… hijo… esto sigue estando mal —susurró una última vez, pero su voz ya estaba cargada de deseo.
Me desnudé completamente y me coloqué sobre ella. Le separé las piernas con las mías y, mirándola a los ojos, la penetré lentamente pero profundo. Mamá arqueó la espalda y soltó un gemido largo y ronco cuando sintió cómo mi polla gruesa la llenaba por completo.
—Dios mío, Miky… —gimió, clavando sus uñas en mis hombros.

Empecé a moverme con ritmo constante, entrando y saliendo de su interior caliente y húmedo. Sus paredes me apretaban con fuerza, como si su cuerpo hubiera estado esperando esto durante los dos meses de silencio. Me incliné sobre ella, besándola con pasión mientras mis caderas chocaban contra las suyas. Sus pechos grandes se presionaban contra mi pecho, suaves y calientes.
Poco a poco, su resistencia se fue derritiendo. Sus gemidos se volvieron más intensos y sus caderas empezaron a moverse al encuentro de las mías.
—Más… Miky, por favor… —susurró finalmente, rindiéndose.
La volteé con cuidado y la puse a cuatro patas sobre la cama, tal como se ve en las fotos. Su culo redondo y generoso quedó empinado frente a mí, perfecto y expuesto. Pasé mi mano por su espalda, bajando hasta agarrar firmemente sus nalgas. La penetré desde atrás con un movimiento profundo y fluido. Mamá soltó un gemido fuerte y enterró la cara en las sábanas.
—Así, papi… así se siente tan profundo… —jadeó.


La sujeté de las caderas y empecé a follarla con embestidas largas y poderosas. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus nalgas rebotaban contra mi pelvis. Podía ver cómo su espalda se arqueaba de placer, cómo su cabello negro se movía con cada movimiento. Agarré su cabello suavemente con una mano, tirando de él lo suficiente para que levantara la cabeza mientras seguía penetrándola.
Cambiamos de posición. La puse de lado, levantándole una pierna para entrar aún más profundo. Desde ahí podía besar su cuello, morder suavemente su hombro y apretar sus pechos con la mano libre. Mamá giró la cabeza hacia mí y me besó con desesperación, gimiendo dentro de mi boca.
—Hijo… me estás volviendo loca… no pares…

La noche se volvió cada vez más intensa. La senté sobre mí, a horcajadas. Mamá apoyó las manos en mi pecho y empezó a cabalgarme con movimientos circulares y profundos. Sus grandes senos rebotaban frente a mi cara. Los tomé con ambas manos, chupando y mordiendo suavemente sus pezones mientras ella aceleraba el ritmo.
—Papi… me encanta sentirte tan duro dentro de mí —confesó entre gemidos, ya completamente entregada.
La levanté en brazos y la follé contra la pared, sosteniendo su peso mientras entraba y salía de ella con fuerza. Sus piernas rodeaban mi cintura, y sus gemidos llenaban toda la habitación. Después la regresé a la cama, poniéndola boca arriba con las piernas sobre mis hombros. Esta posición me permitía penetrarla muy profundo, rozando ese punto que la hacía temblar entera.
Cada orgasmo de ella era más intenso que el anterior. Su cuerpo se convulsionaba, su coño me apretaba con fuerza y sus gemidos se volvían casi gritos de placer.
—Miky… ¡me vengo otra vez! —gritaba mientras su cuerpo se tensaba.
La follamos durante horas. Volvimos a la posición de cuatro patas varias veces, donde más me gustaba verla: su espalda curvada, su culo empinado y mi polla desapareciendo completamente dentro de ella. En un momento, mientras la penetraba con fuerza desde atrás, le susurré al oído:
—Dime lo que quieres, mamá…
—Quiero que me llenes… quiero sentir cómo te corres dentro de mí, papi… —respondió con voz rota de placer.

Cuando finalmente llegué al límite, la puse boca arriba de nuevo. La embestí con fuerza varias veces más y me corrí profundamente dentro de ella, inundando su interior con chorros calientes y abundantes. Mamá tuvo su orgasmo más fuerte en ese momento, abrazándome con brazos y piernas mientras temblaba sin control.
Pero no terminamos ahí. Después de un breve descanso, volvimos a empezar. La noche fue larga y apasionada: posiciones en las que exploramos cada rincón de su cuerpo, besos interminables, caricias intensas y un placer que ninguno de los dos podía ya negar.
Para cuando la madrugada llegó, mamá estaba tumbada boca arriba en mi cama, exhausta y satisfecha. Su cuerpo brillaba de sudor, su cabello estaba revuelto y tenía una expresión de completo placer y rendición en el rostro. Pequeños rastros de semen brillaban en sus pechos, su abdomen y entre sus piernas. Respiraba agitadamente, con los ojos entrecerrados y una sonrisa suave y cansada.
—Miky… mi niño… —susurró con voz débil, casi sin fuerzas.
Usé su cuerpo sin piedad, follándola como si fuera mi juguete sexual. La hice correrse una y otra vez, hasta que temblaba incontrolablemente. La posición final fue doggystyle profundo, agarrándola de las caderas mientras le llenaba el coño de leche caliente.
Cuando terminé, mamá estaba tumbada boca arriba en mi cama, completamente destruida. Tenía la mirada perdida, mente rota de placer y culpa. Su cara, tetas, abdomen y coño estaban cubiertos de mi semen espeso. Chorreaba por todos lados, con las piernas abiertas y temblando.
—Papi… hijo… ¿qué me hiciste…? —susurró con voz rota, casi sin fuerzas, mientras una lágrima de placer le corría por la mejilla.
0 comentarios - La segunda vez que cogí con mamá