Don Chuy, un hombre de cincuenta y nueve años, sostenía una hoja con el texto: Ingeniero Armando Mellado, ante la salida de los pasajeros recién llegados del vuelo. De entre ellos un hombre se le acercó, era el ingeniero. Su traje impecable, reloj y maletas de marca contrastaban con el sombrero gastado, la vieja camisa a cuadros sudada, y la sonrisa de dientes amarillos del otro hombre.
—Bienvenido, ingeniero. Soy Jesús Morales. Deme su equipaje. Lo llevaré a su nueva residencia.
Pese a su evidente arrogancia, Don Chuy no se dejó impresionar por la altivez del Ingeniero y le hizo la plática como era habitual, pues el don era hombre sencillo y dicharachero.
—¿Es su primera vez en Villa Paraíso, jefe?
Armando sonrió, mirando por la ventana.
—No. De chamaco trabajé aquí como jornalero. Barría pisos, cargaba costales... me llevé mis buenas friegas.
Don Chuy soltó una carcajada.
—Ah, pero ahora regresa a mandar, ¿verdad? A dirigir a toda la perrada. De peón a supervisor de la refinería. Eso es progresar, mi inge.
Alentado en su orgullo, la plática fluyó amenamente. En un momento, Don Chuy se puso más personal.
—¿Es casado, ingeniero?
—No, ni ganas. Atarme a una mujer, jamás. Quedarse con una sola es para pendejos —respondió Armando con orgullo.
El otro se sintió ofendido, pero lo disimuló.
—Dice bien, mi jefe. La mayoría la cagamos por andar de calientes. Yo me junté con mi vieja a los catorce, fíjese... porque la embaracé. Ahora tengo ocho hijos y dieciocho nietos y un par de bisnietos. Usted, en cambio, se ve que aprovechó su juventud. Estudió, se preparó... y mire dónde está.
Armando se hinchó como pavo real.
—Qué bien que no dejó que le ganara la calentura.
—No se crea. De joven me gustaba remojarla como a cualquiera. Por acá tuve varias novias. Los compañeros me llamaban “El Cogelón” —exclamó muy orondo.
Don Chuy lo miró de reojo con picardía.
—Para haberse ganado ese apodo debió de ser todo un conquistador, ¿o no mi inge? ¿Y cómo eran esas novias?
Armando, confiado por el tono adulador del viejo, se soltó:
—Bien sabrosas. Morenas, carnosas, bien cachondas. Es que las de por acá son... Me gustaba desvirgarlas. Sentir cómo temblaban cuando les metía la verga por primera vez, cómo aprietan, cómo lloriquean de dolor y placer al mismo tiempo. Les abres las piernitas despacito, les chupas las tetitas hasta que se mojan, y luego... zas. Romperles el himen y hacerlas mujer. Es lo más rico del mundo.
El chofer sonrió.
—Ah que mi inge.
—Las mujeres de por aquí son otra cosa. Bien calientes desde chamacas, bien precoces, bien entronas. Bien putas. Sabía que venir a este lugar me garantizaba ver buenos culos —pensó en voz alta.
Como eso de “Las mujeres de por aquí...” abarcaba a hijas, madre y hermanas, el Don se sintió ofendido. Pero asintió para llevarle la corriente al hombre.
—Pues sí, las mujeres de Villa Paraíso son otra cosa.
El ingeniero, ya encendido por la temática de la plática, no pudo dejar de expresar sus más sucios prejuicios sobre las féminas locales.
—Además de calentonas y sexosas, son muy ricas. Desde bien chamacas se desarrollan en curvas que prometen los más lascivos placeres. Son bien provocativas desde chavillas, como si la naturaleza las pusiera a punto para que uno esté predispuesto a inseminarlas. Pinches escuinclas, maduran rápido de cuerpo, que no de su mente, por eso es bien fácil engatusarlas. Les hablas bonito, les prometes que las vas a sacar de este pinche rancho, que las vas a llevar a la capital y se abren solitas. Como la mayoría quieren salir y conocer mundo.
Su oyente se quedó callado. Por pura cortesía no le contestó como debía. Ya no quería seguir con la conversación.
Por su parte, tras expresar sus pensamientos más ocultos, Armando sintió que su verga se movía dentro del pantalón solo con recordar a aquellas chamacas de su juventud. Y es que en su fuero interno sopesaba el revivir esos viejos hábitos. Cazar a alguna virgen local, una doncellita de pueblo, y darse el gusto de desvirgarla, desflorarla con la misma facilidad de antaño, o quizás más, pues ahora contaba con el estatus y el poder que le daba su buena situación económica.
Esa misma tarde, después de ducharse en la casa que la petrolera le había asignado, Armando salió a recorrer el centro. El calor era infernal, bochornoso. Las muchachas caminaban con shorts que apenas cubrían sus nalgas y blusas ligeras que dejaban ver los contornos de sus senos. Su verga respondía sola, endureciéndose y babeando líquido preseminal solo de imaginarlas bien abiertas de piernas debajo de él.

Si bien presumía de no ser como otros que desperdiciaban su vida y en especial su juventud solo por encularse con una sola mujer, él, a su edad “madura”, estaba dominado por esas ansias de coger con cualquiera, más propias de un adolescente. Su verga lo dominaba.
Así anduvo malviendo a las chamacas engolosinado como niño en heladería, no sabiendo cual escoger.
Más tarde, bajo los portales de la plaza principal, el Ingeniero disfrutaba de un plato de mariscos, cuando oyó:
—¡Ay cabrón...! ¡Mira na' más qué pinche culo! —dijo un hombre a otro.
—No pues sí, está al puro modo. Para encajárselo sin pedirle permiso.
Entonces la vio.
Edipa tenía cabello negro, largo, muy largo y lacio que le llegaba a la cintura estrecha. Ésta contrastaba con sus anchas caderas y sus nalgas voluminosas y redondas. Vestida con camiseta y shorts de mezclilla, caminaba con una inocencia provocadora que hacía voltear a todos. Destacaba entre la mayoría de las lugareñas debido a que su tez era más clara que las chicas morenas.
—Esa ya anda buscando novio —comentó otro de los mirones.
—Qué va. Su mamá no la deja ni tener amigos —respondió otro de los oriundos.
—Lástima... está rebuena.
El ingeniero no reprimió su curiosidad e invitándoles unas cervezas, se les acercó a aquellos hombres y les sacó información. La muchacha era hija de “La Morena”, dueña de un putero local. Y paradójicamente, la madre la mantenía bien alejada del sexo.
—Así que es quintita... — manifestó el ingeniero.
—Virgen confirmada —afirmó uno, respondiéndole.
—Su mamá no la deja salir ni a bailes, ni a carnavales, ni a la fiesta del Santo Patrono —comentó otro.
Al ingeniero se le hizo agua la boca de la verga que se le endureció, y pensó: «De aquí soy, esa puchita me va a alojar».
Esa noche no pudo dormir. Los hombres le habían dicho donde quedaba el putero de “La Morena”, la madre de la chica que le había capturado su interés. Y estaba decidido a visitarlo. En su mente calenturienta sopesaba la idea de ofrecerle buena cantidad a la susodicha madrota con tal de que le “prestara” a su hija. Conociendo su oficio, creyó que no sería del todo imposible que aceptara; tal vez hasta ese era el objetivo de tenerla tan enfaldada. Para que llegara virgen no al altar, sino a la subasta oportuna.
Se pajeó con furia imaginando la escena: abrirle esas piernas gruesas; lamer esa panochita virgen hasta que chorreara; escucharla gritar cuando le rompiera el himen, metiéndole la verga centímetro a centímetro mientras ella lloraba; sentir cómo su himen se rompía, se rasgaba alrededor de su grosor masculino.
Se extasiaba pensando en cómo se sentiría su panocha apretada, caliente alrededor de su verga; en las lágrimas de dolor que le sacaría, en el placer de él, en los gemidos de ella. Estaba a punto de la venida.
Pero, por otro lado, la musa de su febril chaqueta vivía otra de sus discusiones cotidianas con su madre.
—¡Cuídate de los hombres, ya te lo he dicho! —decía la madre.
—Ay, ma’... es que ya quiero tener novio, no soy ninguna escuintla —reclamaba Edipa.
—No insistas, tú nomás quieres un capricho. Te lo he dicho mil veces, todos los hombres son unos desgraciados.
La mujer le soltó el sermón habitual que evidenciaba su odio enfermizo hacia los hombres.
—Los machos son como perros, sólo andan tras de ti para tener sexo. Te van a prometer de todo con tal de conseguirlo. Es en lo único que piensan. Ellos sólo buscan una y sólo una cosa. Y dirán de todo, te bajarán la luna y las estrellas; te prometerán cualquier cosa con tal de obtener de ti lo que necesitan y luego ya... te botan como pañuelo usado. Tal cual, les sirves para limpiarse los mocos y te desechan. Y allá tú si te dejas, ¡serías muy pendeja! De una vez te lo digo, si eso pasa te me largas de aquí. Ya te lo he advertido.
—Ay mamá, ya lo sé, me lo has dicho miles de veces —respondía Edipa, cansada de los frecuentes sermones de su madre.
—Los hombres son una mierda, pura mierda te digo... —Edipa arremedaba las palabras de su madre, a su única confidente.
Como la mamá la tenía tan enclaustrada, la amiga más cerca de Edipa era una de las prostitutas más jóvenes que trabajaban en el lupanar de su madre: Lupita, conocida en el antro como “La Chiquis”, por su tamaño pequeño. Era una de las chicas más solicitadas. Era inteligente, poseía un cuerpo delgado y tetas pequeñas. Pero lo que no ostentaba en físico sí presumía en habilidad para hacer venir a su cliente. Era la más entregada en la cama. Madre soltera que se esforzaba en ganar el sustento para su hijo.
Era la única persona con quien podía desahogarse. Cada vez que la madre salía, Edipa conversaba con Lupita. Con ella se quejaba y soñaba con una vida distinta.
—...otro sermón de que todos los hombres son como perros, que solo quieren coger y que si me abro de patas soy pendeja. ¡Ya me tiene harta, Lupita! ¡Harta! Ya estoy cansada de sus amenazas de botarme a la calle. A mi edad y ni siquiera he besado a un chico. Me siento como monja encerrada en un putero.
Lupita rió y se sentó a su lado. Le acarició el cabello negro y largo con cariño.
—Ay mi vida... yo te entiendo, más de lo que crees. Pero déjame ser sincera contigo. Si sigues obedeciéndole ciegamente a tu mamá, nunca vas a tener vida propia. Vas a seguir siendo la hijita virgen que le sirve para hacerse un lavado de cara para sus propias fallas. Quiere sentirse una “buena madre”. ¿Eso quieres ser? Solo una justificación para que tu mamá pueda sentirse mejor consigo misma.
Edipa negó con la cabeza.
—No... claro que no. Pero ¿qué hago? Ella controla todo: el dinero, la casa, hasta con quién puedo hablar.
Lupita bajó la voz y se acercó más, casi susurrando:
—Hay una forma... una que te puede dar la libertad que tanto quieres. Mira... hoy vino un hombre. Bien vestido, guapo, con lana. Ingeniero de la refinería. De esos que no vienen a regatear. Luego de darle servicio me ofreció buena plata solo por presentarle a una chica virgen. A la chica le pagaría más de lo que tu mamá te da al año. Y no creas que yo quiero sacar partido de esto; bueno no te negaré que me interesa la comisión, pero, si tú aceptas, el pago por el servicio es completamente tuyo, solo para ti. Para que empieces a independizarte, y para que te conviertas en una mujer. Para que dejes de ser la “niña” atenida a los caprichos de mami. No digo que te hagas puta como yo... pero sí que aproveches, es una buena lana. Y con eso, si empiezas a ahorrar, igual hasta abres tu propio negocio. Así ya no te estaría espantando con correrte de su casa. Te independizas, te rentas un cuarto, te compras tu ropa, sales cuando quieras... y nadie te va a decir qué hacer con tu vida, nadie.
Edipa se mordió el labio inferior, nerviosa pero claramente afectada por lo escuchado. Lupita continuó.
—Además, ese hombre está guapo, y coge bien para su edad, de verdad. Alto, olor rico, manos grandes... No es como los chamacos pendejos de aquí que acaban en dos minutos. Te va a tratar bien, te va a hacer sentir cosas que ni te imaginas. Imagínate: por fin sentirte mujer, abrir las piernas con un hombre de verdad, que te toque, que te chupe, que te meta verga como debe ser... y encima te paga bien por darte ese gusto.
—¿Y si mi mamá se entera? —preguntó Edipa, aunque su respiración ya era más agitada.
—Primero, no se tiene por qué enterar. Yo te cubro. Segundo... ¿y qué si se entera? Ya tienes edad. ¿Hasta cuándo vas a dejar que te trate como niña? Tú misma me has dicho que te mojas cuando piensas en hacerlo. Que te tocas pensando en que un hombre te haga mujer. Pues aquí está la oportunidad, mija, y bien pagada.
Lupita se inclinó y la acarició como una hermana mayor o una madre amorosa.
—Además... yo te puedo ayudar la primera vez. Estar cerca por si necesitas apoyo. Pero te juro que ese ingeniero te va a dejar temblando de gusto. Te va a abrir esa panochita virgen despacio, sin prisas. Te va a hacer gemir como nunca, y cuando te corras por primera vez con verga adentro, uy... vas a entender por qué las mujeres nos volvemos locas por esto.
Edipa respiraba más rápido. Tenía las mejillas rojas y las piernas ligeramente apretadas.
—¿Cuándo? —preguntó casi en un susurro.
Lupita sonrió con picardía.
—Viene en la noche, a las ocho.
Ante el silencio de la otra Lupita siguió hablando:
—Prueba. Si no te gusta, pus nunca más. Pero algo me dice que te va a encantar... y que vas a querer repetir.
Edipa seguía sin hablar. Miró al suelo un segundo, luego levantó la vista con decisión y un brillo nuevo en los ojos.
—Está bien. Lo haré con él.
Lupita sonrió ampliamente, le dio un abrazo apretado y un beso cariñoso.
—¡Eso, qué valiente! Vas a ver qué rico se siente ser dueña de tu cuerpo y de tu dinero. Vamos, hay que buscarte ropa sexy para que el cliente se le haga agua la boca.
El antro estaba en penumbra, con luces rojas y azules como principal iluminación. El aroma de perfume barato y sexo inundaba el lugar. La canción “Arremángala, arrempújala” sonaba como mantra.
Buscando a “La Chiquis” en tales condiciones le fue difícil dar con ella. Todas las suripantas le parecían iguales. Pese a habérsela cogido ese mismo día no podía reconocerla del todo. Pero, para su sorpresa, sí reconoció a una de las mujeres presentes. Era Isabel, una de sus antiguas novias de juventud. Pese a lo madura se le veía bien por culona.
Era otra de tantas que le había jurado casarse con ella con tal de que ella aflojara. Le juró que la haría su esposa, que la llevaría a la capital; todo con tal de que se le entregara en la cama. Con ella había disfrutado excelentes “palos”, no había duda. Al ser ambos jóvenes, en aquella inocente etapa de sus vidas, lo habían hecho sin condón ni ningún otro método anticonceptivo, y así se le había venido nutridamente a chorros inundándole las entrañas en varias ocasiones. Nomás de recordar aquellas deliciosas venidas se le paró el miembro. Se la cogió múltiples veces hasta por el ano. Y por lo visto, tan deseosa había quedado que ahora era suripanta.
Lejos de reflexionar sobre el daño que le había hecho, y que, quizás, por ello había llegado a eso (pues se fue de Villa Paraíso sin siquiera avisarle, ni cumplirle sus promesas de casorio) el hombre vio con morbo su enorme culo y pensó en cogérsela de nuevo para revivir viejas glorias. Sin embargo, apunto de abordarla para pedirle un servicio, se contuvo y lo pensó mejor. Él iba a lo que iba; quería chingarse a una quintita y sólo en ella gastaría todo su dinero. Ya en otra ocasión podría cogérsela. «...pinche culona».
Fue la propia “Chiquis” quien lo ubicó y le hizo señas con discreción, Armando fue tras ella hasta uno de los cuartos. Ahí le entregó varios billetes, dejando el estipendio de la principal pendiente hasta verla.
—Ahorita regreso, amor —le prometió la meretriz.
Cuando la vio, sus ojos brillaron. Era más sexy que bonita. Esas nalgas resaltaban en su atuendo cotidiano. Unos shorts jeans y una simple camiseta ella vestía.
Armando ya estaba sin camisa, con el pantalón abierto y la verga gruesa semierecta palpitando de anticipación. Cuando Lupita entró, sosteniendo de la mano a Edipa, el ingeniero sonrió con hambre. La joven temblaba, pero se notaba que venía decidida.
Una vez recibieron el dinero, la prostituta hizo la solicitud:
—Es su primera vez, ingeniero. Quiero estar aquí para que se sienta segura, si le parece bien.
Armando asintió, con la verga ya bien dura, estaba excitado con la idea.
—Mientras pueda desvirgarla... eres bienvenida como espectadora o como participante.
Lupita ayudó a Edipa a quitarse la camiseta y el short. Al caer la ropa exterior, Armando soltó un gruñido de aprobación. Debajo, Edipa llevaba un conjunto de lencería negra muy sexy: un brasier de encaje semitransparente que apenas contenía sus senos firmes y juveniles, y una tanguita diminuta que se perdía entre sus nalgas anchas y redondas. El encaje contrastaba deliciosamente con su piel clara.
—¡Puta madre...! —murmuró Armando, reconociendo el estilo caro y provocador—. Esa lencería te queda de maravilla, mija. Te ves puta y virgen al mismo tiempo, tu madre debe estar orgullosa. Me encanta.
Lupita rio bajito y acarició la espalda de Edipa.
—Te dije que si iba a gustarle —le dijo a su entenada.
—Te ves sexy y poderosa —subrayó el ingeniero.
Edipa se sonrojó hasta las orejas.
—Eres la cosa más rica que he visto en años. ¿Quieres que te haga sentir mujer de verdad?
Armando se acercó y besó a Edipa con deseo. Le bajó el brasier y devoró sus tetas, chupando los pezones claros mientras Lupita le susurraba al oído palabras suaves y calientes. Entre los dos le quitaron la tanguita. Edipa quedó completamente desnuda, la lencería hecha un ovillo a un lado.
La joven temblaba visiblemente, con las mejillas encendidas y la respiración agitada. Lupita le acariciaba el cabello con ternura y le besó la sien.
—Tranquila. Yo estoy aquí. Todo va a estar bien. Respira... y disfruta —le dijo la experimentada a la escuincla.
Edipa asintió, mordiéndose el labio. Lupita miró a Armando.
—Despacio al principio, por favor, que es virgen de verdad.
Armando le tocó el sexo. Como Edipa reaccionó haciéndose para atrás, el ingeniero creyó que lo dicho por Lupita era verdad. Así pues, actuó con deseo controlado. Sus manos grandes recorrieron su cintura estrecha y bajaron hasta sus caderas anchas. Sobó sus senos firmes y juveniles de pezones ya endurecidos. Lupita, desde un lado, le sostenía la mano izquierda a Edipa, entrelazando sus dedos.
—Míralo, Edipa, qué guapo está. Deja que te toque —susurró Lupita con voz suave y cachonda.
Armando bajó la boca hasta sus tetas, chupando y lamiendo los pezones con hambre. Edipa soltó un gemidito ahogado y apretó la mano de Lupita.
—Ay... se siente raro... pero rico —murmuró.
Lupita sonrió y le acarició el muslo con la mano libre.
—Vas a sentir mucho más rico, mi vida. Relájate.
La estrechez de su cintura, sus nalgas redondas y firmes, contrastaban con su inocencia. Armando se quitó el resto de la ropa, mostrando su verga gruesa, venosa y completamente dura.
—Qué cuerpo tan rico tienes, Edipa —gruñó él, abriéndole las piernas con suavidad—. Mira nada más esa panochita... virgen y rosadita.
Lupita se recostó junto a Edipa, sin soltarle la mano, y le susurró al oído mientras Armando bajaba la cabeza entre sus muslos:
—Respira profundo... va a chuparte. Vas a ver qué delicioso se siente.
El primer lametazo de Armando hizo que Edipa arqueara la espalda y apretara fuerte la mano de su amiga.
—¡Ahh...!
Lupita besó su mejilla y le acarició el cabello.
—Así, mi reina. Déjate lamer. Siente cómo te moja... ya estás chorreando.
Armando devoró su clítoris con experiencia, metiendo la lengua y chupando mientras sus dedos gruesos acariciaban los labios hinchados. Edipa gemía cada vez más alto, moviendo las caderas sin control. Lupita le apretaba la mano y le hablaba con ternura y morbo:
—Qué bonita te ves así, abierta y mojada... vas a disfrutar mucho, te lo prometo.
Cuando Edipa ya estaba temblando de placer, Armando se colocó encima. Su verga gruesa descansaba sobre la entrada virgen, frotándose contra ella.
—Ahora viene lo bueno, chamaca —dijo con voz ronca—. Te voy a hacer mujer.
Lupita sostuvo la mano de Edipa con más fuerza y le puso la otra en el pecho, acariciándole un pezón.
—Mírame a mí, Edi. Mírame a los ojos. Respira conmigo... va a doler un poquito al principio, pero luego se siente increíble. Apriétame la mano todo lo que quieras.
Armando empujó despacio. La cabeza de su verga gruesa abrió los labios apretados de Edipa. Ella soltó un gemido agudo cuando sintió la presión.
—Ay... ay, Dios... está muy grande...
—Shhh, tranquila —susurró Lupita, besándole la frente—. Ya casi entra. Eres bien valiente, mi reina.
Armando gruñó de placer al sentir la estrechez extrema.
—¡Qué apretada... chingá! ¡De verdad eres virgen cabrona! Bien vales lo que pagué por ti.
Empujó un poco más fuerte. Edipa gritó cuando su himen se rompió. Unas lágrimas escaparon de sus ojos. Lupita le limpió la cara con ternura y le besó los labios suavemente.
—Ya pasó, ya pasó. Lo peor quedó atrás, mi vida... ya te abrió. Ahora viene lo rico. Respira... ya lo tienes adentro.
Armando se quedó quieto unos segundos, disfrutando de esa apretada funda caliente y palpitante alrededor de su verga. Luego empezó a moverse con estocadas lentas pero profundas. Poco a poco, los gemidos de dolor de Edipa se fueron convirtiendo en gemidos de placer.
—Qué rica estás... —gruñó el hombre, acelerando el ritmo—. Esta panochita me aprieta como si no quisiera soltarme.
Lupita seguía sosteniéndole la mano, mientras Armando la follaba.
—¿Ves? Ya te gusta... mírate, gimiendo bien rico. Eso, disfrútalo que es tu cuerpo, tu placer. Vas a querer verga todos los días después de esto.
Edipa apretaba la mano de Lupita con fuerza, pero sus caderas ya subían al encuentro de las embestidas de Armando por cuenta propia.
—¡Más... por favor! ¡Se siente... ay, se siente tan lleno!
Armando la culeaba con más fuerza. Lupita le susurraba palabras calientes al oído:
—Así, mi reina... déjalo que te coja rico. Mira cómo disfruta de tu panochita virgen. Lo estás haciendo gozar.
El ingeniero no aguantó mucho más. Con un gruñido animal se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándola de semen caliente. Edipa tembló con su primer orgasmo con verga adentro, gimiendo contra el cuello de Lupita.
—Qué bonita te ves así... recién cogida... feliz. Hecha mujer. —le dijo con cariño, acariciándole el cabello—. Lo hiciste muy bien, mi reina.
Edipa, todavía jadeando, sonrió débilmente y apretó la mano de su amiga.
—Gracias por estar aquí, Lupita... no habría podido sin ti.
Lupita le dio un beso suave en la frente como amorosa madre. Los tres se relajaron.
No mucho después Edipa notó que Armando ya empezaba a endurecerse de nuevo, aún dentro suyo.
—Se está poniendo duro otra vez —exclamó sorprendida.
—¿Qué dice, ingeniero? ¿Quiere seguir culeando? ¿Cómo se la acomodo? —dijo Lupita.
Armando se retiró lentamente. Un hilo de semen mezclado con un poco de sangre corrió por el muslo de Edipa.
—Dale la vuelta, mi reina. Quiero darle en cuatro —ordenó él.
—Como no, Ingeniero. A ver, gírate corazón.
Lupita le indicó a Edipa cómo colocarse. La joven se puso de rodillas, con las nalgas altas y la cara apoyada en la almohada. Lupita se quedó a su lado, sosteniéndole la mano y acariciándole la espalda con ternura.
—Así, mi vida. Arquea un poquito más la espalda... eso. Vas a sentirlo más profundo... pero es delicioso.
Armando se colocó detrás, admirando esas nalgas grandes y firmes. Frotó su verga, ya completamente dura otra vez, contra la panochita hinchada y mojada de Edipa.
—Ahora sí te voy a coger como se debe —dijo y empujó.
De una sola estocada entró hasta el fondo. Edipa soltó un gemido largo y gutural.
—¡Ay, Dios! ¡Está muy adentro...!
Lupita le apretó la mano y le besó la sien.
—Respira... déjalo entrar todo. Qué bonita te ves recibiendo verga, mi amor.
Armando empezó a embestir con ritmo fuerte y constante. El sonido de sus caderas chocando contra las nalgas de Edipa llenaba el cuarto. Lupita, sin soltarle la mano, bajó la otra mano y le frotaba el clítoris con movimientos circulares, aumentando el placer.
—Así, mi reina... gime para él. Para que sepa que te está gustando. Siente cómo te llena. Ya no eres virgen... ahora eres una mujer que está cogiendo rico.
Edipa gemía sin control, empujando hacia atrás para recibir cada embestida.
—¡Más fuerte! ¡Por favor... me gusta mucho!
Armando la agarró de las caderas y aceleró, follándola con fuerza. Sus nalgas rebotaban con cada golpe. Lupita seguía estimulándola y susurrándole al oído:
—Vas a correrte otra vez... déjate ir. Disfruta esa venida.
El ingeniero estaba a punto de la eyaculación cuando, de pronto, la puerta se abrió de golpe con un estruendo.
—¡Hija de la chingada!
Isabel, “La Morena”, irrumpió furiosa. Sus ojos se abrieron con rabia al ver la escena: su hija en cuatro, siendo follada por Armando, y Lupita a su lado sosteniéndole la mano.
Sin decir una palabra más, La Morena cruzó el cuarto en dos zancadas y le soltó un par de fuertes bofetadas a Lupita.
—¡Desgraciada alcahueta! ¡Traicionera! —gritó, agarrándola del cabello y jalándola hacia la puerta—. ¡Lárgate de aquí, puta! ¡No quiero volverte a ver en la vida!
Lupita intentó decir algo, pero recibió otro empujón violento. La Morena la sacó a empellones del cuarto y cerró la puerta de un portazo, dejando a Armando y Edipa en shock, todavía en plena unión sexual.
Edipa, con la verga de Armando aún dentro, empezó a temblar.
—¡Maldito desgraciado! ¡Qué has hecho!
Armando reconocía a la mujer, era Isabel, una de esas novias que desvirgó con falsas promesas y abandonó posteriormente sin despedirse.
En ese momento entendió: ¡Edipa era hija de Isabel! Había desquintado a madre e hija. Por un segundo, un placer enfermizo y lujurioso lo invadió. Dentro de la muchacha su pene se puso bien tieso. Pero pronto se le bajaría...
—¡¿Sabes cuántos años tiene?!
—Ay mamá, yo ya tengo edad de...
Pero como si no la escuchara, sin hacer caso a las palabras de su hija, continuó:
¡¿Sabes cuántos años tiene...?! ¡Los mismos que cuando te fuiste y me dejaste embarazada! ¡Te cogiste a tu propia hija... desgraciado maldito! —gritó en un llanto furioso.
El rostro de Armando se descompuso en puro horror. Reconoció entonces sus propias facciones en el rostro de la muchacha. Edipa era su hija, y tenía el pene bien metido en ella.
El asco lo inundó. Tomó lo que pudo de su ropa y huyó.
Edipa explotó en llanto. Su madre, como nunca antes, la abrazó tiernamente.
—Ahora ya sabes, mija —le dijo con voz suave pero firme—. Todos los hombres son iguales. Solo quieren una cosa. Y tú acabas de entregársela al peor de todos.
—Bienvenido, ingeniero. Soy Jesús Morales. Deme su equipaje. Lo llevaré a su nueva residencia.
Pese a su evidente arrogancia, Don Chuy no se dejó impresionar por la altivez del Ingeniero y le hizo la plática como era habitual, pues el don era hombre sencillo y dicharachero.
—¿Es su primera vez en Villa Paraíso, jefe?
Armando sonrió, mirando por la ventana.
—No. De chamaco trabajé aquí como jornalero. Barría pisos, cargaba costales... me llevé mis buenas friegas.
Don Chuy soltó una carcajada.
—Ah, pero ahora regresa a mandar, ¿verdad? A dirigir a toda la perrada. De peón a supervisor de la refinería. Eso es progresar, mi inge.
Alentado en su orgullo, la plática fluyó amenamente. En un momento, Don Chuy se puso más personal.
—¿Es casado, ingeniero?
—No, ni ganas. Atarme a una mujer, jamás. Quedarse con una sola es para pendejos —respondió Armando con orgullo.
El otro se sintió ofendido, pero lo disimuló.
—Dice bien, mi jefe. La mayoría la cagamos por andar de calientes. Yo me junté con mi vieja a los catorce, fíjese... porque la embaracé. Ahora tengo ocho hijos y dieciocho nietos y un par de bisnietos. Usted, en cambio, se ve que aprovechó su juventud. Estudió, se preparó... y mire dónde está.
Armando se hinchó como pavo real.
—Qué bien que no dejó que le ganara la calentura.
—No se crea. De joven me gustaba remojarla como a cualquiera. Por acá tuve varias novias. Los compañeros me llamaban “El Cogelón” —exclamó muy orondo.
Don Chuy lo miró de reojo con picardía.
—Para haberse ganado ese apodo debió de ser todo un conquistador, ¿o no mi inge? ¿Y cómo eran esas novias?
Armando, confiado por el tono adulador del viejo, se soltó:
—Bien sabrosas. Morenas, carnosas, bien cachondas. Es que las de por acá son... Me gustaba desvirgarlas. Sentir cómo temblaban cuando les metía la verga por primera vez, cómo aprietan, cómo lloriquean de dolor y placer al mismo tiempo. Les abres las piernitas despacito, les chupas las tetitas hasta que se mojan, y luego... zas. Romperles el himen y hacerlas mujer. Es lo más rico del mundo.
El chofer sonrió.
—Ah que mi inge.
—Las mujeres de por aquí son otra cosa. Bien calientes desde chamacas, bien precoces, bien entronas. Bien putas. Sabía que venir a este lugar me garantizaba ver buenos culos —pensó en voz alta.
Como eso de “Las mujeres de por aquí...” abarcaba a hijas, madre y hermanas, el Don se sintió ofendido. Pero asintió para llevarle la corriente al hombre.
—Pues sí, las mujeres de Villa Paraíso son otra cosa.
El ingeniero, ya encendido por la temática de la plática, no pudo dejar de expresar sus más sucios prejuicios sobre las féminas locales.
—Además de calentonas y sexosas, son muy ricas. Desde bien chamacas se desarrollan en curvas que prometen los más lascivos placeres. Son bien provocativas desde chavillas, como si la naturaleza las pusiera a punto para que uno esté predispuesto a inseminarlas. Pinches escuinclas, maduran rápido de cuerpo, que no de su mente, por eso es bien fácil engatusarlas. Les hablas bonito, les prometes que las vas a sacar de este pinche rancho, que las vas a llevar a la capital y se abren solitas. Como la mayoría quieren salir y conocer mundo.
Su oyente se quedó callado. Por pura cortesía no le contestó como debía. Ya no quería seguir con la conversación.
Por su parte, tras expresar sus pensamientos más ocultos, Armando sintió que su verga se movía dentro del pantalón solo con recordar a aquellas chamacas de su juventud. Y es que en su fuero interno sopesaba el revivir esos viejos hábitos. Cazar a alguna virgen local, una doncellita de pueblo, y darse el gusto de desvirgarla, desflorarla con la misma facilidad de antaño, o quizás más, pues ahora contaba con el estatus y el poder que le daba su buena situación económica.
Esa misma tarde, después de ducharse en la casa que la petrolera le había asignado, Armando salió a recorrer el centro. El calor era infernal, bochornoso. Las muchachas caminaban con shorts que apenas cubrían sus nalgas y blusas ligeras que dejaban ver los contornos de sus senos. Su verga respondía sola, endureciéndose y babeando líquido preseminal solo de imaginarlas bien abiertas de piernas debajo de él.

Si bien presumía de no ser como otros que desperdiciaban su vida y en especial su juventud solo por encularse con una sola mujer, él, a su edad “madura”, estaba dominado por esas ansias de coger con cualquiera, más propias de un adolescente. Su verga lo dominaba.
Así anduvo malviendo a las chamacas engolosinado como niño en heladería, no sabiendo cual escoger.
Más tarde, bajo los portales de la plaza principal, el Ingeniero disfrutaba de un plato de mariscos, cuando oyó:
—¡Ay cabrón...! ¡Mira na' más qué pinche culo! —dijo un hombre a otro.
—No pues sí, está al puro modo. Para encajárselo sin pedirle permiso.
Entonces la vio.
Edipa tenía cabello negro, largo, muy largo y lacio que le llegaba a la cintura estrecha. Ésta contrastaba con sus anchas caderas y sus nalgas voluminosas y redondas. Vestida con camiseta y shorts de mezclilla, caminaba con una inocencia provocadora que hacía voltear a todos. Destacaba entre la mayoría de las lugareñas debido a que su tez era más clara que las chicas morenas.
—Esa ya anda buscando novio —comentó otro de los mirones.
—Qué va. Su mamá no la deja ni tener amigos —respondió otro de los oriundos.
—Lástima... está rebuena.
El ingeniero no reprimió su curiosidad e invitándoles unas cervezas, se les acercó a aquellos hombres y les sacó información. La muchacha era hija de “La Morena”, dueña de un putero local. Y paradójicamente, la madre la mantenía bien alejada del sexo.
—Así que es quintita... — manifestó el ingeniero.
—Virgen confirmada —afirmó uno, respondiéndole.
—Su mamá no la deja salir ni a bailes, ni a carnavales, ni a la fiesta del Santo Patrono —comentó otro.
Al ingeniero se le hizo agua la boca de la verga que se le endureció, y pensó: «De aquí soy, esa puchita me va a alojar».
Esa noche no pudo dormir. Los hombres le habían dicho donde quedaba el putero de “La Morena”, la madre de la chica que le había capturado su interés. Y estaba decidido a visitarlo. En su mente calenturienta sopesaba la idea de ofrecerle buena cantidad a la susodicha madrota con tal de que le “prestara” a su hija. Conociendo su oficio, creyó que no sería del todo imposible que aceptara; tal vez hasta ese era el objetivo de tenerla tan enfaldada. Para que llegara virgen no al altar, sino a la subasta oportuna.
Se pajeó con furia imaginando la escena: abrirle esas piernas gruesas; lamer esa panochita virgen hasta que chorreara; escucharla gritar cuando le rompiera el himen, metiéndole la verga centímetro a centímetro mientras ella lloraba; sentir cómo su himen se rompía, se rasgaba alrededor de su grosor masculino.
Se extasiaba pensando en cómo se sentiría su panocha apretada, caliente alrededor de su verga; en las lágrimas de dolor que le sacaría, en el placer de él, en los gemidos de ella. Estaba a punto de la venida.
Pero, por otro lado, la musa de su febril chaqueta vivía otra de sus discusiones cotidianas con su madre.
—¡Cuídate de los hombres, ya te lo he dicho! —decía la madre.
—Ay, ma’... es que ya quiero tener novio, no soy ninguna escuintla —reclamaba Edipa.
—No insistas, tú nomás quieres un capricho. Te lo he dicho mil veces, todos los hombres son unos desgraciados.
La mujer le soltó el sermón habitual que evidenciaba su odio enfermizo hacia los hombres.
—Los machos son como perros, sólo andan tras de ti para tener sexo. Te van a prometer de todo con tal de conseguirlo. Es en lo único que piensan. Ellos sólo buscan una y sólo una cosa. Y dirán de todo, te bajarán la luna y las estrellas; te prometerán cualquier cosa con tal de obtener de ti lo que necesitan y luego ya... te botan como pañuelo usado. Tal cual, les sirves para limpiarse los mocos y te desechan. Y allá tú si te dejas, ¡serías muy pendeja! De una vez te lo digo, si eso pasa te me largas de aquí. Ya te lo he advertido.
—Ay mamá, ya lo sé, me lo has dicho miles de veces —respondía Edipa, cansada de los frecuentes sermones de su madre.
—Los hombres son una mierda, pura mierda te digo... —Edipa arremedaba las palabras de su madre, a su única confidente.
Como la mamá la tenía tan enclaustrada, la amiga más cerca de Edipa era una de las prostitutas más jóvenes que trabajaban en el lupanar de su madre: Lupita, conocida en el antro como “La Chiquis”, por su tamaño pequeño. Era una de las chicas más solicitadas. Era inteligente, poseía un cuerpo delgado y tetas pequeñas. Pero lo que no ostentaba en físico sí presumía en habilidad para hacer venir a su cliente. Era la más entregada en la cama. Madre soltera que se esforzaba en ganar el sustento para su hijo.
Era la única persona con quien podía desahogarse. Cada vez que la madre salía, Edipa conversaba con Lupita. Con ella se quejaba y soñaba con una vida distinta.
—...otro sermón de que todos los hombres son como perros, que solo quieren coger y que si me abro de patas soy pendeja. ¡Ya me tiene harta, Lupita! ¡Harta! Ya estoy cansada de sus amenazas de botarme a la calle. A mi edad y ni siquiera he besado a un chico. Me siento como monja encerrada en un putero.
Lupita rió y se sentó a su lado. Le acarició el cabello negro y largo con cariño.
—Ay mi vida... yo te entiendo, más de lo que crees. Pero déjame ser sincera contigo. Si sigues obedeciéndole ciegamente a tu mamá, nunca vas a tener vida propia. Vas a seguir siendo la hijita virgen que le sirve para hacerse un lavado de cara para sus propias fallas. Quiere sentirse una “buena madre”. ¿Eso quieres ser? Solo una justificación para que tu mamá pueda sentirse mejor consigo misma.
Edipa negó con la cabeza.
—No... claro que no. Pero ¿qué hago? Ella controla todo: el dinero, la casa, hasta con quién puedo hablar.
Lupita bajó la voz y se acercó más, casi susurrando:
—Hay una forma... una que te puede dar la libertad que tanto quieres. Mira... hoy vino un hombre. Bien vestido, guapo, con lana. Ingeniero de la refinería. De esos que no vienen a regatear. Luego de darle servicio me ofreció buena plata solo por presentarle a una chica virgen. A la chica le pagaría más de lo que tu mamá te da al año. Y no creas que yo quiero sacar partido de esto; bueno no te negaré que me interesa la comisión, pero, si tú aceptas, el pago por el servicio es completamente tuyo, solo para ti. Para que empieces a independizarte, y para que te conviertas en una mujer. Para que dejes de ser la “niña” atenida a los caprichos de mami. No digo que te hagas puta como yo... pero sí que aproveches, es una buena lana. Y con eso, si empiezas a ahorrar, igual hasta abres tu propio negocio. Así ya no te estaría espantando con correrte de su casa. Te independizas, te rentas un cuarto, te compras tu ropa, sales cuando quieras... y nadie te va a decir qué hacer con tu vida, nadie.
Edipa se mordió el labio inferior, nerviosa pero claramente afectada por lo escuchado. Lupita continuó.
—Además, ese hombre está guapo, y coge bien para su edad, de verdad. Alto, olor rico, manos grandes... No es como los chamacos pendejos de aquí que acaban en dos minutos. Te va a tratar bien, te va a hacer sentir cosas que ni te imaginas. Imagínate: por fin sentirte mujer, abrir las piernas con un hombre de verdad, que te toque, que te chupe, que te meta verga como debe ser... y encima te paga bien por darte ese gusto.
—¿Y si mi mamá se entera? —preguntó Edipa, aunque su respiración ya era más agitada.
—Primero, no se tiene por qué enterar. Yo te cubro. Segundo... ¿y qué si se entera? Ya tienes edad. ¿Hasta cuándo vas a dejar que te trate como niña? Tú misma me has dicho que te mojas cuando piensas en hacerlo. Que te tocas pensando en que un hombre te haga mujer. Pues aquí está la oportunidad, mija, y bien pagada.
Lupita se inclinó y la acarició como una hermana mayor o una madre amorosa.
—Además... yo te puedo ayudar la primera vez. Estar cerca por si necesitas apoyo. Pero te juro que ese ingeniero te va a dejar temblando de gusto. Te va a abrir esa panochita virgen despacio, sin prisas. Te va a hacer gemir como nunca, y cuando te corras por primera vez con verga adentro, uy... vas a entender por qué las mujeres nos volvemos locas por esto.
Edipa respiraba más rápido. Tenía las mejillas rojas y las piernas ligeramente apretadas.
—¿Cuándo? —preguntó casi en un susurro.
Lupita sonrió con picardía.
—Viene en la noche, a las ocho.
Ante el silencio de la otra Lupita siguió hablando:
—Prueba. Si no te gusta, pus nunca más. Pero algo me dice que te va a encantar... y que vas a querer repetir.
Edipa seguía sin hablar. Miró al suelo un segundo, luego levantó la vista con decisión y un brillo nuevo en los ojos.
—Está bien. Lo haré con él.
Lupita sonrió ampliamente, le dio un abrazo apretado y un beso cariñoso.
—¡Eso, qué valiente! Vas a ver qué rico se siente ser dueña de tu cuerpo y de tu dinero. Vamos, hay que buscarte ropa sexy para que el cliente se le haga agua la boca.
El antro estaba en penumbra, con luces rojas y azules como principal iluminación. El aroma de perfume barato y sexo inundaba el lugar. La canción “Arremángala, arrempújala” sonaba como mantra.
Buscando a “La Chiquis” en tales condiciones le fue difícil dar con ella. Todas las suripantas le parecían iguales. Pese a habérsela cogido ese mismo día no podía reconocerla del todo. Pero, para su sorpresa, sí reconoció a una de las mujeres presentes. Era Isabel, una de sus antiguas novias de juventud. Pese a lo madura se le veía bien por culona.
Era otra de tantas que le había jurado casarse con ella con tal de que ella aflojara. Le juró que la haría su esposa, que la llevaría a la capital; todo con tal de que se le entregara en la cama. Con ella había disfrutado excelentes “palos”, no había duda. Al ser ambos jóvenes, en aquella inocente etapa de sus vidas, lo habían hecho sin condón ni ningún otro método anticonceptivo, y así se le había venido nutridamente a chorros inundándole las entrañas en varias ocasiones. Nomás de recordar aquellas deliciosas venidas se le paró el miembro. Se la cogió múltiples veces hasta por el ano. Y por lo visto, tan deseosa había quedado que ahora era suripanta.
Lejos de reflexionar sobre el daño que le había hecho, y que, quizás, por ello había llegado a eso (pues se fue de Villa Paraíso sin siquiera avisarle, ni cumplirle sus promesas de casorio) el hombre vio con morbo su enorme culo y pensó en cogérsela de nuevo para revivir viejas glorias. Sin embargo, apunto de abordarla para pedirle un servicio, se contuvo y lo pensó mejor. Él iba a lo que iba; quería chingarse a una quintita y sólo en ella gastaría todo su dinero. Ya en otra ocasión podría cogérsela. «...pinche culona».
Fue la propia “Chiquis” quien lo ubicó y le hizo señas con discreción, Armando fue tras ella hasta uno de los cuartos. Ahí le entregó varios billetes, dejando el estipendio de la principal pendiente hasta verla.
—Ahorita regreso, amor —le prometió la meretriz.
Cuando la vio, sus ojos brillaron. Era más sexy que bonita. Esas nalgas resaltaban en su atuendo cotidiano. Unos shorts jeans y una simple camiseta ella vestía.
Armando ya estaba sin camisa, con el pantalón abierto y la verga gruesa semierecta palpitando de anticipación. Cuando Lupita entró, sosteniendo de la mano a Edipa, el ingeniero sonrió con hambre. La joven temblaba, pero se notaba que venía decidida.
Una vez recibieron el dinero, la prostituta hizo la solicitud:
—Es su primera vez, ingeniero. Quiero estar aquí para que se sienta segura, si le parece bien.
Armando asintió, con la verga ya bien dura, estaba excitado con la idea.
—Mientras pueda desvirgarla... eres bienvenida como espectadora o como participante.
Lupita ayudó a Edipa a quitarse la camiseta y el short. Al caer la ropa exterior, Armando soltó un gruñido de aprobación. Debajo, Edipa llevaba un conjunto de lencería negra muy sexy: un brasier de encaje semitransparente que apenas contenía sus senos firmes y juveniles, y una tanguita diminuta que se perdía entre sus nalgas anchas y redondas. El encaje contrastaba deliciosamente con su piel clara.
—¡Puta madre...! —murmuró Armando, reconociendo el estilo caro y provocador—. Esa lencería te queda de maravilla, mija. Te ves puta y virgen al mismo tiempo, tu madre debe estar orgullosa. Me encanta.
Lupita rio bajito y acarició la espalda de Edipa.
—Te dije que si iba a gustarle —le dijo a su entenada.
—Te ves sexy y poderosa —subrayó el ingeniero.
Edipa se sonrojó hasta las orejas.
—Eres la cosa más rica que he visto en años. ¿Quieres que te haga sentir mujer de verdad?
Armando se acercó y besó a Edipa con deseo. Le bajó el brasier y devoró sus tetas, chupando los pezones claros mientras Lupita le susurraba al oído palabras suaves y calientes. Entre los dos le quitaron la tanguita. Edipa quedó completamente desnuda, la lencería hecha un ovillo a un lado.
La joven temblaba visiblemente, con las mejillas encendidas y la respiración agitada. Lupita le acariciaba el cabello con ternura y le besó la sien.
—Tranquila. Yo estoy aquí. Todo va a estar bien. Respira... y disfruta —le dijo la experimentada a la escuincla.
Edipa asintió, mordiéndose el labio. Lupita miró a Armando.
—Despacio al principio, por favor, que es virgen de verdad.
Armando le tocó el sexo. Como Edipa reaccionó haciéndose para atrás, el ingeniero creyó que lo dicho por Lupita era verdad. Así pues, actuó con deseo controlado. Sus manos grandes recorrieron su cintura estrecha y bajaron hasta sus caderas anchas. Sobó sus senos firmes y juveniles de pezones ya endurecidos. Lupita, desde un lado, le sostenía la mano izquierda a Edipa, entrelazando sus dedos.
—Míralo, Edipa, qué guapo está. Deja que te toque —susurró Lupita con voz suave y cachonda.
Armando bajó la boca hasta sus tetas, chupando y lamiendo los pezones con hambre. Edipa soltó un gemidito ahogado y apretó la mano de Lupita.
—Ay... se siente raro... pero rico —murmuró.
Lupita sonrió y le acarició el muslo con la mano libre.
—Vas a sentir mucho más rico, mi vida. Relájate.
La estrechez de su cintura, sus nalgas redondas y firmes, contrastaban con su inocencia. Armando se quitó el resto de la ropa, mostrando su verga gruesa, venosa y completamente dura.
—Qué cuerpo tan rico tienes, Edipa —gruñó él, abriéndole las piernas con suavidad—. Mira nada más esa panochita... virgen y rosadita.
Lupita se recostó junto a Edipa, sin soltarle la mano, y le susurró al oído mientras Armando bajaba la cabeza entre sus muslos:
—Respira profundo... va a chuparte. Vas a ver qué delicioso se siente.
El primer lametazo de Armando hizo que Edipa arqueara la espalda y apretara fuerte la mano de su amiga.
—¡Ahh...!
Lupita besó su mejilla y le acarició el cabello.
—Así, mi reina. Déjate lamer. Siente cómo te moja... ya estás chorreando.
Armando devoró su clítoris con experiencia, metiendo la lengua y chupando mientras sus dedos gruesos acariciaban los labios hinchados. Edipa gemía cada vez más alto, moviendo las caderas sin control. Lupita le apretaba la mano y le hablaba con ternura y morbo:
—Qué bonita te ves así, abierta y mojada... vas a disfrutar mucho, te lo prometo.
Cuando Edipa ya estaba temblando de placer, Armando se colocó encima. Su verga gruesa descansaba sobre la entrada virgen, frotándose contra ella.
—Ahora viene lo bueno, chamaca —dijo con voz ronca—. Te voy a hacer mujer.
Lupita sostuvo la mano de Edipa con más fuerza y le puso la otra en el pecho, acariciándole un pezón.
—Mírame a mí, Edi. Mírame a los ojos. Respira conmigo... va a doler un poquito al principio, pero luego se siente increíble. Apriétame la mano todo lo que quieras.
Armando empujó despacio. La cabeza de su verga gruesa abrió los labios apretados de Edipa. Ella soltó un gemido agudo cuando sintió la presión.
—Ay... ay, Dios... está muy grande...
—Shhh, tranquila —susurró Lupita, besándole la frente—. Ya casi entra. Eres bien valiente, mi reina.
Armando gruñó de placer al sentir la estrechez extrema.
—¡Qué apretada... chingá! ¡De verdad eres virgen cabrona! Bien vales lo que pagué por ti.
Empujó un poco más fuerte. Edipa gritó cuando su himen se rompió. Unas lágrimas escaparon de sus ojos. Lupita le limpió la cara con ternura y le besó los labios suavemente.
—Ya pasó, ya pasó. Lo peor quedó atrás, mi vida... ya te abrió. Ahora viene lo rico. Respira... ya lo tienes adentro.
Armando se quedó quieto unos segundos, disfrutando de esa apretada funda caliente y palpitante alrededor de su verga. Luego empezó a moverse con estocadas lentas pero profundas. Poco a poco, los gemidos de dolor de Edipa se fueron convirtiendo en gemidos de placer.
—Qué rica estás... —gruñó el hombre, acelerando el ritmo—. Esta panochita me aprieta como si no quisiera soltarme.
Lupita seguía sosteniéndole la mano, mientras Armando la follaba.
—¿Ves? Ya te gusta... mírate, gimiendo bien rico. Eso, disfrútalo que es tu cuerpo, tu placer. Vas a querer verga todos los días después de esto.
Edipa apretaba la mano de Lupita con fuerza, pero sus caderas ya subían al encuentro de las embestidas de Armando por cuenta propia.
—¡Más... por favor! ¡Se siente... ay, se siente tan lleno!
Armando la culeaba con más fuerza. Lupita le susurraba palabras calientes al oído:
—Así, mi reina... déjalo que te coja rico. Mira cómo disfruta de tu panochita virgen. Lo estás haciendo gozar.
El ingeniero no aguantó mucho más. Con un gruñido animal se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándola de semen caliente. Edipa tembló con su primer orgasmo con verga adentro, gimiendo contra el cuello de Lupita.
—Qué bonita te ves así... recién cogida... feliz. Hecha mujer. —le dijo con cariño, acariciándole el cabello—. Lo hiciste muy bien, mi reina.
Edipa, todavía jadeando, sonrió débilmente y apretó la mano de su amiga.
—Gracias por estar aquí, Lupita... no habría podido sin ti.
Lupita le dio un beso suave en la frente como amorosa madre. Los tres se relajaron.
No mucho después Edipa notó que Armando ya empezaba a endurecerse de nuevo, aún dentro suyo.
—Se está poniendo duro otra vez —exclamó sorprendida.
—¿Qué dice, ingeniero? ¿Quiere seguir culeando? ¿Cómo se la acomodo? —dijo Lupita.
Armando se retiró lentamente. Un hilo de semen mezclado con un poco de sangre corrió por el muslo de Edipa.
—Dale la vuelta, mi reina. Quiero darle en cuatro —ordenó él.
—Como no, Ingeniero. A ver, gírate corazón.
Lupita le indicó a Edipa cómo colocarse. La joven se puso de rodillas, con las nalgas altas y la cara apoyada en la almohada. Lupita se quedó a su lado, sosteniéndole la mano y acariciándole la espalda con ternura.
—Así, mi vida. Arquea un poquito más la espalda... eso. Vas a sentirlo más profundo... pero es delicioso.
Armando se colocó detrás, admirando esas nalgas grandes y firmes. Frotó su verga, ya completamente dura otra vez, contra la panochita hinchada y mojada de Edipa.
—Ahora sí te voy a coger como se debe —dijo y empujó.
De una sola estocada entró hasta el fondo. Edipa soltó un gemido largo y gutural.
—¡Ay, Dios! ¡Está muy adentro...!
Lupita le apretó la mano y le besó la sien.
—Respira... déjalo entrar todo. Qué bonita te ves recibiendo verga, mi amor.
Armando empezó a embestir con ritmo fuerte y constante. El sonido de sus caderas chocando contra las nalgas de Edipa llenaba el cuarto. Lupita, sin soltarle la mano, bajó la otra mano y le frotaba el clítoris con movimientos circulares, aumentando el placer.
—Así, mi reina... gime para él. Para que sepa que te está gustando. Siente cómo te llena. Ya no eres virgen... ahora eres una mujer que está cogiendo rico.
Edipa gemía sin control, empujando hacia atrás para recibir cada embestida.
—¡Más fuerte! ¡Por favor... me gusta mucho!
Armando la agarró de las caderas y aceleró, follándola con fuerza. Sus nalgas rebotaban con cada golpe. Lupita seguía estimulándola y susurrándole al oído:
—Vas a correrte otra vez... déjate ir. Disfruta esa venida.
El ingeniero estaba a punto de la eyaculación cuando, de pronto, la puerta se abrió de golpe con un estruendo.
—¡Hija de la chingada!
Isabel, “La Morena”, irrumpió furiosa. Sus ojos se abrieron con rabia al ver la escena: su hija en cuatro, siendo follada por Armando, y Lupita a su lado sosteniéndole la mano.
Sin decir una palabra más, La Morena cruzó el cuarto en dos zancadas y le soltó un par de fuertes bofetadas a Lupita.
—¡Desgraciada alcahueta! ¡Traicionera! —gritó, agarrándola del cabello y jalándola hacia la puerta—. ¡Lárgate de aquí, puta! ¡No quiero volverte a ver en la vida!
Lupita intentó decir algo, pero recibió otro empujón violento. La Morena la sacó a empellones del cuarto y cerró la puerta de un portazo, dejando a Armando y Edipa en shock, todavía en plena unión sexual.
Edipa, con la verga de Armando aún dentro, empezó a temblar.
—¡Maldito desgraciado! ¡Qué has hecho!
Armando reconocía a la mujer, era Isabel, una de esas novias que desvirgó con falsas promesas y abandonó posteriormente sin despedirse.
En ese momento entendió: ¡Edipa era hija de Isabel! Había desquintado a madre e hija. Por un segundo, un placer enfermizo y lujurioso lo invadió. Dentro de la muchacha su pene se puso bien tieso. Pero pronto se le bajaría...
—¡¿Sabes cuántos años tiene?!
—Ay mamá, yo ya tengo edad de...
Pero como si no la escuchara, sin hacer caso a las palabras de su hija, continuó:
¡¿Sabes cuántos años tiene...?! ¡Los mismos que cuando te fuiste y me dejaste embarazada! ¡Te cogiste a tu propia hija... desgraciado maldito! —gritó en un llanto furioso.
El rostro de Armando se descompuso en puro horror. Reconoció entonces sus propias facciones en el rostro de la muchacha. Edipa era su hija, y tenía el pene bien metido en ella.
El asco lo inundó. Tomó lo que pudo de su ropa y huyó.
Edipa explotó en llanto. Su madre, como nunca antes, la abrazó tiernamente.
—Ahora ya sabes, mija —le dijo con voz suave pero firme—. Todos los hombres son iguales. Solo quieren una cosa. Y tú acabas de entregársela al peor de todos.
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