La noche había tragado la ruta como una boca interminable de asfalto mojado. El colectivo de larga distancia avanzaba rumbo a Buenos Aires con ese rugido grave de motor que hacía vibrar el piso y adormecía a los pasajeros, casi todos dormidos bajo las luces tenues del interior.
Ramiro manejaba firme, acostumbrado a atravesar kilómetros infinitos desde Corrientes. Había hecho ese recorrido cientos de veces. Conocía cada estación, cada curva, cada tramo oscuro de la ruta.
Pero jamás había tenido una compañera como Valentina.
Ella apareció en el viaje apenas antes de salir. Y desde que subió al micro, Ramiro supo que la noche iba a ser larga.
Valentina tenía esa clase de belleza que parecía alterar el aire alrededor. Rubia intensa, de pelo largo cayéndole sobre los hombros en ondas suaves, piel apenas dorada y unos ojos azules clarísimos que brillaban incluso bajo las luces apagadas del coche.
Pero no era sólo hermosa.
Era una provocación caminando.
El uniforme ajustado marcaba unas curvas voluptuosas imposibles de ignorar. Sus pechos grandes y perfectamente moldeados resaltaban bajo la camisa entallada, mientras la cintura fina hacía todavía más hipnótico el movimiento lento de sus caderas. Y esa cola enorme, firme, perfectamente dibujada bajo la tela oscura… parecía diseñada para destruirle la concentración a cualquiera.
Y con Ramiro funcionaba demasiado bien.
Cada vez que ella caminaba por el pasillo acomodando mantas o hablando en voz baja con algún pasajero, él terminaba mirándola por el espejo retrovisor más de lo necesario.
Valentina lo notaba.
Y parecía disfrutarlo.
Cerca de la medianoche apareció en la cabina con dos cafés calientes.
—Te traje uno —dijo apoyándose sobre el respaldo de su asiento.
El escote quedó peligrosamente cerca de su brazo.
Ramiro apretó apenas la mandíbula.
—Así no me ayudás mucho a manejar.
Ella sonrió lento. Seguro.
—No parece que te moleste tanto.
El perfume dulce mezclado con café recién hecho le llenó la cabeza. Valentina se quedó ahí unos segundos más de los necesarios, apenas inclinada hacia él. La cercanía era insoportable.
La lluvia comenzó a golpear suave los vidrios del micro mientras la ruta se volvía todavía más oscura.
Y la tensión entre ellos seguía creciendo.
Cada roce parecía accidental aunque claramente no lo era. La mano de ella rozándole los dedos al pasarle un mate. Su pierna tocándole apenas la rodilla en la cabina angosta. La manera en que lo miraba fijo cuando él desviaba la vista del camino por un segundo.
Ramiro sentía el deseo acumulándose despacio, pesado, caliente.
Como una tormenta.
Horas después, cerca de Entre Ríos, hicieron una parada en una estación casi vacía. Apenas unas luces blancas reflejadas sobre el pavimento mojado y el sonido lejano de la lluvia cayendo constante.
Valentina bajó primero.
Ramiro esperó apenas unos minutos antes de seguirla.
La encontró detrás del colectivo, lejos de los pasajeros y de las cámaras. Ella estaba apoyada contra la carrocería húmeda, con el pelo apenas mojado y los ojos azules clavados directamente en él.
Ese silencio lo volvió loco.
Ramiro se acercó despacio hasta quedar a centímetros. Podía sentir el calor del cuerpo de ella incluso con la lluvia fría alrededor.
—Pensé todo el viaje en vos —murmuró Valentina.
Él le sostuvo la cintura fuerte, atrayéndola lentamente hacia sí. El cuerpo voluptuoso de ella encajó contra el suyo de inmediato, suave y ardiente bajo el uniforme ajustado.
Y entonces ella lo besó.
Lento al principio.
Provocador.
Como si disfrutara hacerlo perder el control de a poco.
Las manos de Ramiro recorrieron su espalda mientras la lluvia seguía cayendo alrededor del micro encendido. El motor vibraba grave detrás de ellos, mezclándose con la respiración agitada y los besos cada vez más intensos.
Valentina sonrió apenas contra su boca.
—Qué peligroso sos, chofer…
Ramiro la miró fijo, todavía sosteniéndola contra él.
—Vos sos la peor curva de toda esta ruta.
Y bajo las luces perdidas de aquella estación vacía, mientras el colectivo esperaba silencioso para seguir viaje, el deseo entre los dos parecía mucho más fuerte que el cansancio, la madrugada o los kilómetros que todavía faltaban hasta Buenos Aires.
Ramiro manejaba firme, acostumbrado a atravesar kilómetros infinitos desde Corrientes. Había hecho ese recorrido cientos de veces. Conocía cada estación, cada curva, cada tramo oscuro de la ruta.
Pero jamás había tenido una compañera como Valentina.
Ella apareció en el viaje apenas antes de salir. Y desde que subió al micro, Ramiro supo que la noche iba a ser larga.
Valentina tenía esa clase de belleza que parecía alterar el aire alrededor. Rubia intensa, de pelo largo cayéndole sobre los hombros en ondas suaves, piel apenas dorada y unos ojos azules clarísimos que brillaban incluso bajo las luces apagadas del coche.
Pero no era sólo hermosa.
Era una provocación caminando.
El uniforme ajustado marcaba unas curvas voluptuosas imposibles de ignorar. Sus pechos grandes y perfectamente moldeados resaltaban bajo la camisa entallada, mientras la cintura fina hacía todavía más hipnótico el movimiento lento de sus caderas. Y esa cola enorme, firme, perfectamente dibujada bajo la tela oscura… parecía diseñada para destruirle la concentración a cualquiera.
Y con Ramiro funcionaba demasiado bien.
Cada vez que ella caminaba por el pasillo acomodando mantas o hablando en voz baja con algún pasajero, él terminaba mirándola por el espejo retrovisor más de lo necesario.
Valentina lo notaba.
Y parecía disfrutarlo.
Cerca de la medianoche apareció en la cabina con dos cafés calientes.
—Te traje uno —dijo apoyándose sobre el respaldo de su asiento.
El escote quedó peligrosamente cerca de su brazo.
Ramiro apretó apenas la mandíbula.
—Así no me ayudás mucho a manejar.
Ella sonrió lento. Seguro.
—No parece que te moleste tanto.
El perfume dulce mezclado con café recién hecho le llenó la cabeza. Valentina se quedó ahí unos segundos más de los necesarios, apenas inclinada hacia él. La cercanía era insoportable.
La lluvia comenzó a golpear suave los vidrios del micro mientras la ruta se volvía todavía más oscura.
Y la tensión entre ellos seguía creciendo.
Cada roce parecía accidental aunque claramente no lo era. La mano de ella rozándole los dedos al pasarle un mate. Su pierna tocándole apenas la rodilla en la cabina angosta. La manera en que lo miraba fijo cuando él desviaba la vista del camino por un segundo.
Ramiro sentía el deseo acumulándose despacio, pesado, caliente.
Como una tormenta.
Horas después, cerca de Entre Ríos, hicieron una parada en una estación casi vacía. Apenas unas luces blancas reflejadas sobre el pavimento mojado y el sonido lejano de la lluvia cayendo constante.
Valentina bajó primero.
Ramiro esperó apenas unos minutos antes de seguirla.
La encontró detrás del colectivo, lejos de los pasajeros y de las cámaras. Ella estaba apoyada contra la carrocería húmeda, con el pelo apenas mojado y los ojos azules clavados directamente en él.
Ese silencio lo volvió loco.
Ramiro se acercó despacio hasta quedar a centímetros. Podía sentir el calor del cuerpo de ella incluso con la lluvia fría alrededor.
—Pensé todo el viaje en vos —murmuró Valentina.
Él le sostuvo la cintura fuerte, atrayéndola lentamente hacia sí. El cuerpo voluptuoso de ella encajó contra el suyo de inmediato, suave y ardiente bajo el uniforme ajustado.
Y entonces ella lo besó.
Lento al principio.
Provocador.
Como si disfrutara hacerlo perder el control de a poco.
Las manos de Ramiro recorrieron su espalda mientras la lluvia seguía cayendo alrededor del micro encendido. El motor vibraba grave detrás de ellos, mezclándose con la respiración agitada y los besos cada vez más intensos.
Valentina sonrió apenas contra su boca.
—Qué peligroso sos, chofer…
Ramiro la miró fijo, todavía sosteniéndola contra él.
—Vos sos la peor curva de toda esta ruta.
Y bajo las luces perdidas de aquella estación vacía, mientras el colectivo esperaba silencioso para seguir viaje, el deseo entre los dos parecía mucho más fuerte que el cansancio, la madrugada o los kilómetros que todavía faltaban hasta Buenos Aires.
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