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Miranda y su cornudito 43- el pasado de lesbianita de mama

Miranda terminó de contar la historia y se quedó mirando a las cinco chicas con una sonrisa tranquila. El silencio duró solo unos segundos antes de que las preguntas empezaran a salir, casi sin control.
Sofía fue la primera, con los ojos muy abiertos y la voz llena de curiosidad:
— ¿Y las hermanitas… Cati y Lali… de verdad se dejaron lamer? ¿No les dio miedo o asco?
Miranda asintió con calma.
—Al principio sí les dio un poco de vergüenza y miedo, sobre todo a Lali que era más chiquita. Pero su mamá las calmaba, les decía que era un juego rico entre chicas de la familia y que mamá estaba ahí para cuidarlas. Poco a poco se fueron relajando. Cati fue la que más rápido se animó.
Lucía, con la cara roja, preguntó bajito:
— ¿Y… qué les hacían exactamente a las dos hermanitas? ¿Les metían la lengua en el culito también?
Miranda sonrió con ternura.
—Claro que sí. Primero solo besitos suaves en la boca y en las tetitas planas. Después les lamíamos el coñito y el ano muy despacito, con mucha suavidad. Verónica nos decía que teníamos que ser cuidadosas porque eran muy chiquitas. Recuerdo que yo misma le metí la lengua en el culito a Lali mientras su mamá le daba de mamar. Lali gemía bajito y se agarraba de las tetas de su mamá. No entendía del todo lo que sentía, pero le gustaba.
Valentina se removió en su lugar, nerviosa, y preguntó:
— ¿Y ellas… también lamían a las chicas grandes? ¿O solo recibían?
—Las dos terminaron lamiendo —contestó Miranda—. Al principio solo besaban y chupaban las tetas de las grandes. Después Verónica les enseñó a lamer coños. Cati era más atrevida y le lamía el coño a su hermana mayor Matilda mientras yo le lamía el culito a Cati. Lali era más tímida, pero al final también lamió el ano de su mamá y probó el coñito de Leti. Eran lamidas cortitas e inocentes, pero muy calientes.
Martina, con voz temblorosa, preguntó:
— ¿Y la mamá de Matilda no se ponía celosa de que sus hijitas chiquitas lamieran a otras chicas?
Miranda se rio suavemente.
—Al contrario. A Verónica le encantaba ver a sus dos bebés participando. Decía que era hermoso que toda la familia se uniera en el juego. Ella misma ponía a Cati y Lali encima de nosotras para que nos lamiéramos mutuamente. En un momento teníamos una cadena: Lali lamiendo el coño de Cati, Cati lamiendo el de Matilda, Matilda lamiendo el de Verónica, y nosotras lamiendo a todas.
Juana, que hasta ese momento había estado callada, preguntó casi en un susurro:
— ¿Y… después de esa noche… siguieron jugando con las hermanitas?
Miranda asintió con una sonrisa.
—Varias veces más. Cada vez que había pijamada en esa casa, Verónica nos dejaba bajar al sótano y traía a Cati y Lali. Con el tiempo las dos hermanitas se volvieron muy participativas. Cati terminó siendo casi tan atrevida como nosotras, y Lali aprendió a pedir que le lamieran el culito porque le gustaba mucho.
Las cinco chicas se quedaron en silencio, procesando todo. Sus respiraciones estaban agitadas, las caras rojas y se movían incómodas en el piso. La idea de dos nenas tan pequeñas uniéndose a una orgía con su propia mamá y las chicas grandes las había dejado completamente impactadas y excitadas.
Sofía tragó saliva y preguntó una última cosa:
— ¿Y nunca les dolió nada? ¿No lloraron?
Miranda negó con la cabeza.
—Al principio sentían cosas nuevas y extrañas, pero Verónica siempre estaba ahí cuidándolas, besándolas y diciéndoles lo buenas que eran. Nunca las obligó a nada. Ellas mismas pedían más cuando les gustaba.
Miranda miró a todas con cariño y añadió con voz suave:
—Como ven… a veces las cosas más prohibidas terminan siendo las más ricas y las que más unen a las chicas.
Las amiguitas se miraron entre sí, nerviosas, calientes y sin saber muy bien qué decir ahora.
Miranda sonrió con una expresión aún más traviesa y bajó un poco más la voz, como si estuviera contando el secreto más prohibido de su infancia.
—Esa no fue la única vez… A la semana siguiente, la mamá de Matilda me llamó por teléfono y me invitó a mí sola a su casa. Me dijo: “Vení esta noche, pero vení solita. Vamos a hacer una orgía solo con la familia y una amiga especial”. Yo estaba nerviosa pero muy excitada, así que fui.
Cuando llegué, ya estaban todas esperándome en el sótano: Matilda, sus dos hermanitas Cati y Lali, y Verónica, la mamá. Las tres estaban completamente desnudas. Cati y Lali ya mamaban de las tetas lecheras de su mamá mientras Matilda les lamía el coñito a las dos por turnos.
Verónica me recibió con una sonrisa caliente y me dijo:
—Esta noche es solo para nosotras, las de la familia… y vos, que ya sos como de la familia.
Me desnudaron entre todas y empezamos otra vez. Yo lamía el culito de Lali mientras Cati me chupaba el coño. Matilda se sentaba en la cara de su mamá y Verónica le metía la lengua bien profundo. Era una orgía familiar bien cerrada: mamá, hijas y yo.
Pero lo más fuerte vino después.
Verónica nos contó que les había hablado a sus dos hermanas mayores —las tías de Matilda— sobre lo que hacíamos. Se llamaban Marta y Carlota. Eran dos señoras de más de 50 años, gordas, robustas, con cuerpos grandes y pesados, pero con unas tetas ENORMES, mucho más grandes que las de Verónica. Tetazas caídas pero llenas, con pezones oscuros y gruesos.
Esa misma noche, un rato después, tocaron la puerta del sótano.
Eran Marta y Carlota.
Las dos entraron sonriendo, ya sabían perfectamente lo que iba a pasar. Se desnudaron despacio. Cuando se sacaron las blusas, sus tetas gigantes cayeron pesadas, moviéndose de un lado a otro. Eran tetas maduras, blandas, con estrías y venas marcadas, pero enormes y muy atractivas. Se sentaron en el sillón grande y Verónica les dijo a las nenas:
—Vengan, mis bebés… saluden a sus tías como se debe.
Cati y Lali se acercaron primero y se prendieron de las tetas de sus tías. Marta y Carlota gemían de placer mientras las dos nenas mamaban. Después nos invitaron a todas.
Yo terminé entre las tetas de Marta. Eran tan grandes que casi me tapaban la cara. Le chupaba los pezones mientras ella me metía dos dedos gordos en el coño y me decía:
—Qué rica sos, nenita… chupá bien las tetas de la tía Marta.
Carlota era más bruta y dominante. Agarraba a Matilda del pelo y le metía la cara entre sus tetas mientras le decía cosas sucias:
—Lameme todo, sobrina puta… meté la lengua en el culo de tu tía.
Esa noche se armó una orgía todavía más grande y prohibida: Verónica, sus dos hermanas tetonas y gordas, Matilda, Cati, Lali y yo. Las tres mujeres maduras nos usaban a las más chicas como juguetes. Nos sentaban en sus caras, nos hacían lamer sus coños y anos grandes y peludos, nos daban de mamar de sus tetazas mientras nos metían los dedos. En un momento las tres tías se pusieron en fila de cuatro y nosotras seis les lamíamos el culo una por una, como en una cadena.
Marta y Carlota se corrían muy fuerte y gritaban groserías mientras nosotras les chupábamos todo. Verónica miraba orgullosa cómo sus hermanas usaban a sus hijas y a mí.
Al final nos quedamos todas abrazadas, sudadas, con olor a leche, coños y culos, besándonos entre grandes y chicas.
Miranda terminó de contar la historia y miró a las cinco chicas con ojos brillantes.
—Así que ya ven… no solo la mamá se unía. A veces también venían las tías, señoras grandes, gordas y tetonas de más de 50 años. Y todo se volvía mucho más intenso y rico. Las familias a veces tienen estos secretitos especiales entre mujeres.
Las amiguitas de Juana estaban completamente mudas. Sus caritas rojas, las respiraciones agitadas y las piernitas apretadas. La imagen de dos señoras mayores, gordas y con tetas enormes uniéndose a una orgía con nenas tan chicas las había dejado sin palabras.
Sofía tragó saliva y preguntó con voz temblorosa:
— ¿Y las tías… también les lamían el culito a las hermanitas chiquitas?
Miranda sonrió con dulzura.
—Claro que sí, mi amor. Marta y Carlota adoraban lamerles el culito a Cati y Lali. Decían que les gustaba lo apretadito y rosadito que lo tenían.
Las chicas se miraron entre sí, nerviosas y muy excitadas.


Las chicas seguían sentadas en el círculo, cada vez más nerviosas y calientes. Después de la última historia, Sofía levantó la mano casi sin pensarlo y preguntó con voz temblorosa:
— ¿Y no te asustaste, tía Miranda? O sea… ver a dos señoras tan grandes y gordas, desnudas, con tetas tan enormes… ¿no te dio miedo?
Las demás asintieron con la cabeza, mirándola con mucha curiosidad.
Miranda soltó una risita suave y cariñosa, como si recordara ese momento con cariño.
—Al principio sí, me asusté bastante —confesó con honestidad—. Yo estaba acostumbrada a los cuerpitos de mis amiguitas: delgaditos, suavecitos, tetitas pequeñas, culitos apretados y rosados. De repente ver a Marta y Carlota desnudas fue… impactante. Eran dos mujeres grandes, gordas, robustas, de más de 50 años. Sus tetas eran enormes y colgantes, pesadas, con estrías, venas marcadas y pezones oscuros y gruesos que ya goteaban un poco. Sus panzas eran blandas, sus culos grandes y caídos, y tenían un poco de vello en el pubis. Todo era mucho más grande y maduro que nosotras.
Lucía intervino, casi en un susurro:
— ¿Y qué sentiste cuando las viste así?
—Sentí vergüenza y un poco de miedo —continuó Miranda—. Pensé “¿qué estoy haciendo aquí con estas señoras tan grandes?”. Pero ellas fueron muy listas. Eran mujeres maduras, sabían cómo tratar a nenitas curiosas. No fueron bruscas. Marta me sonrió con ternura y me dijo: “Vení, mi reina, no te asustes. Las tías sabemos cómo cuidar a las nenitas como vos”. Me tomó de la mano y me acercó despacito a sus tetas colgantes. Me las puso en la cara y me dijo que las tocara, que las besara.
Valentina preguntó, roja como un tomate:
— ¿Y te gustó… aunque fueran tan grandes y colgantes?
Miranda asintió con una sonrisa sincera.
—Al principio me costó, pero ellas me supieron llevar muy bien. Me hablaban suave, me acariciaban el pelo, me decían lo linda y rica que era. Me decían que les encantaban las nenitas como yo, que les ponía muy calientes vernos tan chiquitas y suavecitas al lado de sus cuerpos grandes y maduros. Carlota era más dominante, me agarraba la cabeza y me apretaba contra sus tetas mientras me decía: “Chupá, nenita… mamale las tetas a la tía Carlota”. Y Marta era más cariñosa, me besaba despacito y me decía que era su nenita favorita.
Miranda hizo una pausa y miró a las chicas con ojos brillantes.
—Al final me di cuenta de que me gustaba mucho el contraste. Mis amiguitas eran suavecitas y chiquitas… y ellas eran grandes, pesadas, con tetas que me tapaban la cara, culos enormes que podía agarrar con las dos manos y un olor más fuerte, más maduro. Me excitaba que les gustaran tanto las nenitas. Decían cosas como “qué rico culito apretado tenés”, “mirá qué coñito rosadito y chiquito”, y eso me ponía todavía más caliente.
Las cinco chicas se quedaron calladas, respirando agitadas. La idea de Miranda, siendo tan chica, siendo “usada” por dos señoras gordas y tetonas de más de 50 años las había dejado sin palabras.
Sofía tragó saliva y preguntó bajito:
— ¿Y ellas… te lamían mucho el culito?
Miranda sonrió con picardía.
—Muchísimo. Les encantaba. Decían que el culito de las nenitas era lo más rico del mundo.
Las chicas se miraron entre sí, nerviosas y muy excitadas.
Miranda las miró a todas con cariño y preguntó con voz suave:




Miranda sonrió con una expresión cada vez más perversa y cariñosa al mismo tiempo, viendo cómo las cinco chicas estaban completamente atrapadas en sus historias.
—Esa no fue la única vez que vinieron las tías… —continuó—. A los pocos días, Verónica me llamó otra vez y me dijo: “Vení esta noche, pero preparate porque va a estar más rico todavía”. Cuando llegué al sótano, ya estaban todas allí: Matilda, Cati, Lali, Verónica, Marta y Carlota… pero esta vez no estaban solas.
Las dos tías habían traído a sus propias hijas.
Marta trajo a su hija Camila, que tenía 9 años, más o menos la edad de Cati.
Carlota trajo a su hija Lourdes, que tenía 8 años, un poquito más chica que Lali.
Las dos nenas eran muy parecidas a Cati y Lali: delgaditas, piel blanquita, culitos redonditos y caritas inocentes. Entraron al sótano de la mano de sus mamás, todavía vestidas con sus pijamitas, mirando todo con curiosidad y un poco de miedo.
Verónica sonrió y les dijo a las recién llegadas:
—Bienvenidas, mis amorcitas. Hoy vamos a jugar todas juntas. Las tías trajeron a sus nenitas para que se unan a la familia.
Primero las mamás las desnudaron despacito. Camila y Lourdes se quedaron desnuditas, con sus cuerpitos chiquitos al lado de los cuerpos gordos y tetones de sus mamás. Verónica, Marta y Carlota se sentaron en el sillón grande, con sus tetas enormes colgando, y llamaron a todas las nenas.
La orgía que se armó fue especialmente morbosa.
Las tres mamás tetonas se pusieron en fila, sentadas con las piernas abiertas. Nosotras, las seis nenas (Matilda, Cati, Lali, yo, Camila y Lourdes), nos arrodillamos frente a ellas. Cada mamá tenía dos o tres bocas chiquitas atendiendo sus tetas. Yo mamaba de una teta de Marta mientras Camila mamaba de la otra. Lourdes y Lali estaban prendidas de las tetas de Carlota, y Cati y Matilda de las de Verónica.
Mientras mamábamos, las mamás nos acariciaban la cabeza y nos decían cosas sucias:
—Así, mis nenitas… mamen bien las tetas de mamá y de las tías…
—Miren qué ricas son estas boquitas chiquitas…
—Chupen fuerte, que las tías tenemos mucha leche para darles.
Después las mamás se pusieron en cuatro, una al lado de la otra, con sus culos grandes, gordos y peludos levantados. Nos ordenaron que les lamiéramos todo: coño y ano al mismo tiempo. Seis lengüitas de nenas lamiendo seis agujeros grandes y maduros. El sótano se llenó de ruidos húmedos y gemidos de las tres mujeres.
Lo más morboso fue cuando las mamás decidieron “cruzar” a las nenas. Marta agarró a Lali (la más chiquita) y la sentó en la cara de Carlota para que su hermana le comiera el culito, mientras ella misma le lamía el coñito a Lourdes (su propia sobrina). Verónica puso a Camila (hija de Marta) a lamerle el ano a su mamá mientras Matilda le metía los deditos.
En un momento las tres mamás tetonas se acostaron una al lado de la otra y nos hicieron formar una cadena larga: las nenas más grandes lamiendo a las mamás y las nenas más chiquitas lamiendo a las nenas grandes. Yo estaba lamiendo el coño de Verónica mientras Cati me lamía el culito y Lourdes me chupaba los pezones.
Las mamás se corrían muy fuerte, temblando y apretando nuestras cabecitas contra sus coños y anos. Decían cosas como:
— ¡Qué ricas son mis nenitas putas!
— ¡Laman bien el culo de la tía, cabroncitas!
— Todas mis hijas y sobrinas son unas putitas lamedoras…
Esa noche fue una de las orgías más sucias y familiares que viví: tres mamás gordas y tetonas + seis nenas de entre 8 y 12 años, todas mezcladas, lamiéndose, chupándose tetas, coños y culos sin parar.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa satisfecha.
—Como ven… cuando las familias se sueltan, las orgias se ponen muy, muy morbosas. Mamás grandes con tetas colgantes, nenas chiquitas, sobrinas, hijas… todo mezclado. Era puro placer y cariño prohibido.
Las amiguitas de Juana estaban mudas, con la boca entreabierta, las caras rojas y las piernas apretadas. La imagen de tres señoras tetonas y gordas dirigiendo una orgía con seis nenas tan chicas las había dejado completamente impactadas y excitadas.
Sofía tragó saliva y preguntó bajito:
— ¿Y las nenas más chiquitas… también se corrían?
Miranda sonrió con dulzura.
—Algunas sí, otras solo sentían mucho placer sin entender del todo. Pero todas pedían más.
Miranda las miró a todas con cariño y preguntó suavemente:




Miranda soltó una risita suave y miró a las cinco chicas con ojos brillantes, disfrutando de cómo estaban cada vez más atrapadas en sus historias.
—Les voy a contar algo que me gustaba mucho de esas orgías… a las mamás les encantaba hacerles comentarios morbosos a sus propias hijas mientras las usaban. Les decían cosas que contrastaban con cómo eran ellas en la vida cotidiana.
Por ejemplo, mientras Verónica tenía a Matilda sentada en su cara, lamiéndole el coño, le decía con voz ronca:
—Mirá vos, Matilda… en el colegio sos la nena buena, la que saca diez, la que ayuda a la maestra… y ahora estás sentada en la cara de mamá, restregándome tu coñito mojado. ¿Quién iba a decir que mi hijita estudiosa es una lesbianita tan puta?
Matilda gemía avergonzada pero excitada, y Verónica seguía:
—Todas piensan que sos una nenita inocente… y mirá cómo me estás mojando la cara con tu juguito. Sos mi putita secreta.
Lo mismo hacía con Cati y Lali. Mientras las dos hermanitas mamaban de sus tetas lecheras, Verónica les acariciaba el pelo y les decía bajito:
—Cati, mi amor… en casa sos mi nenita obediente que hace la tarea y ayuda a poner la mesa. Y ahora mirá cómo le estás chupando las tetas a mamá como una putita hambrienta. ¿Te gusta ser la lesbianita secreta de mamá?
A Lali, la más chiquita, le decía cosas aún más sucias:
—Lali, mi bebita… en el jardín todos te ven como la nena más tierna y buena. Nadie sabe que te encanta que te laman el culito y que le chupes las tetas a tu mamá. Sos mi nenita buena de día… y mi putita lamedora de noche.
Marta y Carlota hacían lo mismo con sus hijas.
Marta, mientras Camila le chupaba las tetas colgantes, le agarraba la cabeza y le decía:
—Camila, mi reina… en el colegio sos la nena calladita y educada. Tus maestras te quieren tanto… y mirá cómo le estás mamando las tetas a tu mamá como una putita desesperada. Nadie imaginaría que mi hijita buena es una lesbianita tan golosa.
Carlota era aún más grosera con Lourdes. Mientras la nena le lamía el ano gordo y peludo, le decía entre gemidos:
—Lourdes, mi amor… de día sos mi nenita perfecta, la que besa a la abuela y dice “por favor” y “gracias”. Y ahora mirá cómo estás con la lengua metida en el culo de tu mamá. Sos una putita secreta, mi lesbianita de familia.
A nosotras, las que no éramos sus hijas, también nos decían cosas parecidas, pero el morbo era mucho más fuerte cuando se lo decían a sus propias hijas. Les repetían una y otra vez el contraste:
—Nadie sabe lo que hacés en secreto…
—Todos te ven como una nena buena y obediente…
—Solo mamá y las tías sabemos que sos una lesbianita puta y golosa.
Verónica, Marta y Carlota se excitaban muchísimo con eso. Les encantaba degradarlas verbalmente mientras las nenas las lamían, diciéndoles lo inocentes que parecían de día y lo sucias que eran de noche.
Miranda hizo una pausa y miró a las cinco chicas con una sonrisa dulce pero cargada de intención.
—Ese contraste era lo que más las calentaba a las mamás… y también a nosotras. Saber que éramos nenas “buenas” en la vida cotidiana, pero que en secreto éramos unas putitas lésbicas que lamían coños y culos de señoras grandes.
Las amiguitas de Juana estaban completamente rojas y agitadas. La idea de que las mamás les dijeran esas cosas tan sucias a sus propias hijas mientras las usaban las había dejado sin aliento.
Sofía tragó saliva y preguntó con voz temblorosa:
— ¿Y a vos… también te decían cosas así?
Miranda sonrió.
—Claro. Me decían que yo parecía una nenita tan educada y buena… y que nadie imaginaría que me encantaba lamer culos de señoras gordas y tetonas.
Miranda miró a todas con cariño y preguntó suavemente:
—¿Quieren que ahora empecemos a practicar besos… o quieren que les cuente más de cómo nos hablaban las mamás?
Miranda y su cornudito 43- el pasado de lesbianita de mama


Miranda se acomodó mejor en el centro del círculo, con una sonrisa satisfecha al ver las caras rojas y las respiraciones agitadas de las cinco chicas.
—Les voy a contar tres orgías distintas que tuve con Matilda y su familia. Cada una fue más intensa que la anterior.
Primera orgía – La noche de las tías y las hijas (la que les conté antes, pero con más detalle)
—Fue la noche en que Marta y Carlota trajeron a Camila y Lourdes. Las tres mamás se sentaron en el sillón grande con las tetas afuera. Nos pusieron a las seis nenas de rodillas frente a ellas. Yo mamaba de la teta izquierda de Marta mientras Camila mamaba de la derecha. Lourdes y Lali estaban prendidas de las tetas de Carlota, y Cati y Matilda de las de Verónica.
Mientras mamábamos, las mamás nos hablaban sucio:
Marta le decía a su hija Camila:
—Mirá, mi nenita buena del colegio… la que siempre saca diez y ayuda a la maestra. Ahora estás mamando las tetas de mamá como una putita desesperada.
Carlota le decía a Lourdes:
—Mi bebita que besa a la abuela y dice “por favor”… mirá cómo le estás chupando las tetas a tu tía como una lesbianita golosa.
Verónica le decía a Matilda:
—Mi hija perfecta, la que todos admiran… y mirá cómo le estás mojando la cara a mamá con tu coñito.
Después nos hicieron poner en cuatro y nos lamieron los culitos una por una. Las tres mamás tetonas se turnaban para meternos la lengua bien profundo mientras nos decían lo apretaditos y rosados que teníamos los anos. Esa noche me corrí tres veces: una con la lengua de Marta en mi culo, otra con la boca de Verónica en mi coño y la última mientras Cati y Lourdes me chupaban las tetitas al mismo tiempo.
Segunda orgía – La noche de “las nenitas buenas vs las putitas”
—Otra noche, Verónica nos hizo un juego especial. Nos vistió a todas las nenas con nuestros uniformes del colegio (pollerita tableada, camisa blanca, corbatita). Nos dijo que nos portáramos como las nenas buenas que éramos de día. Después nos hizo sentar en el piso en círculo.
Empezó despacito: besos suaves, caricias por encima de la ropa. Pero poco a poco nos fue subiendo las polleritas y bajando las bombachitas. Terminamos todas con el uniforme puesto pero el culo y el coño al aire.
Verónica, Marta y Carlota se sentaron frente a nosotras con las tetas afuera y nos ordenaron que les lamiéramos todo mientras nos decían cosas horriblemente morbosas:
—Miren a estas nenitas tan educadas del colegio… ahora con la lengua metida en el culo de sus tías.
—Matilda, mi hija ejemplar… mirá cómo le estás chupando el ano a tu mamá como una perra.
—Cati y Lali, mis bebitas que todavía juegan con muñecas… y miren cómo les gusta lamer coños.
Esa noche las mamás nos hicieron corrernos sin tocarnos el coño, solo con la lengua en el ano y diciéndonos lo putas que éramos debajo del uniforme. Yo me corrí mientras tenía la lengua de Carlota metida hasta el fondo de mi culito y Marta me apretaba las tetitas por encima de la camisa.
Tercera orgía – La noche más sucia y familiar
—Esta fue la más intensa de todas. Verónica invitó a Marta y Carlota otra vez, pero esta vez trajeron también a una prima de ellas, una señora de 52 años llamada Rosa, todavía más gorda y con tetas aún más grandes y caídas.
Éramos nueve mujeres en total: tres mamás/tías tetonas y seis nenas.
Nos pusieron a todas las nenas en fila de cuatro, una al lado de la otra, con el culo levantado. Las cuatro señoras se turnaban para lamernos el coño y el ano al mismo tiempo. Después nos hicieron formar una cadena enorme: la más chiquita (Lali) lamiendo el culo de Cati, Cati lamiendo el de Camila, Camila lamiendo el de Lourdes, Lourdes lamiendo el de Matilda, Matilda lamiendo el de mí, y yo lamiendo el coño de Verónica. Mientras tanto, las otras dos tías y la prima Rosa nos metían los dedos y nos chupaban las tetitas.
Las mamás no paraban de hablarnos sucio:
—Miren a estas nenitas tan buenas que van a misa los domingos… ahora todas en cadena lamiendo culos como putitas.
—Lali, mi bebita de 7 años… mirá cómo le estás metiendo la lengua en el ano a tu hermana. Nadie en el jardín creería lo puta que sos.
—Miranda, la nenita educada que viene de visita… mirá cómo te gusta que te laman el culito las señoras grandes.
Esa noche me corrí tantas veces que perdí la cuenta. Al final las cuatro señoras se corrieron una encima de la otra mientras nosotras seis les lamíamos todo al mismo tiempo. Terminamos todas abrazadas, sudadas, con olor a leche, coños y culos, besándonos entre grandes y chicas.
Miranda terminó de contar las tres historias y miró a las chicas con una sonrisa suave pero llena de morbo.
—Como ven… cada vez que me invitaban, la cosa se ponía más sucia y más familiar. Las mamás y tías disfrutaban muchísimo el contraste entre las nenas buenas que éramos de día y las putitas lésbicas que éramos de noche.
Las cinco chicas estaban mudas, con la respiración agitada y las piernitas apretadas. La cantidad de detalles y lo prohibido de las historias las había dejado completamente calientes y sin palabras.
Miranda sonrió con una expresión entre nostálgica y muy morbosa, y bajó un poco más la voz, como si estuviera revelando algo todavía más prohibido.
—Les voy a contar otra experiencia que me dejó impresionada. Fue cuando tenía 12 años. Una tarde Verónica me llamó por teléfono y me dijo con voz dulce:
—“Mirandita, vení esta noche a casa. Va a haber una orgía especial… pero esta vez van a estar las compañeritas del jardín de Cati y Lali. Solo nenas chiquitas del jardín, mis dos hermanas y yo. Te va a gustar”.
Yo me puse muy nerviosa, pero también muy caliente. Cuando llegué al sótano, ya estaban todas allí.
Verónica, Marta y Carlota (las tres mamás/tías tetonas y gordas) estaban sentadas en el sillón grande, completamente desnudas, con sus tetas enormes colgando y sus coños y culos peludos a la vista.
Y en el piso… había ocho nenas del jardín de Cati y Lali.
Todas tenían entre 6 y 8 años. Eran compañeritas de jardín de las hermanitas de Matilda. Eran tan chiquitas… cuerpitos muy delgaditos, piel blanquita y suave, piernitas flacas, culitos redonditos y pequeños, coñitos lisitos y completamente inocentes. Algunas todavía tenían un poquito de pancita de bebé. Estaban todas desnuditas, sentadas en el piso mirando a las tres señoras grandes con una mezcla de curiosidad y timidez.
Cuando me vieron entrar, Verónica sonrió y me dijo:
—Mirá, Mirandita… hoy traje a las amiguitas del jardín de mis bebés. Son todas tan inocentes y buenas en el jardín… pero hoy van a aprender a jugar como las nenas grandes.
Yo me quedé sorprendida al ver esos cuerpitos tan chiquitos al lado de las tres mujeres maduras y tetonas. Era un contraste brutal: las nenas tan pequeñas, lisitas, sin casi nada de tetas, con sus coñitos y culitos perfectos y rosados… y las tres señoras gordas, con tetas gigantes colgantes, panzas blandas y coños grandes y peludos.
Verónica me hizo desnudar y me sentó entre las nenas. Después empezó la orgía más morbosa que había visto hasta ese momento.
Primero las tres mamás se pusieron en cuatro, una al lado de la otra, con los culos enormes levantados. Nos ordenaron a las diez nenas (yo incluida) que les lamiéramos todo. Imaginate la escena: diez lengüitas de nenas chiquitas lamiendo coños y anos de tres señoras grandes y gordas. Las nenas del jardín al principio estaban tímidas, pero Verónica y sus hermanas las guiaban:
—Así, mi amor… meté la lengua adentro del culito de la tía…
—Chupá bien, que las nenas buenas del jardín también pueden ser putitas cuando nadie las ve…
Yo estaba lamiendo el ano de Carlota mientras una nenita de 7 años llamada Sofía (compañerita de Lali) me lamía el coñito a mí. Era una cadena enorme de nenas chiquitas lamiendo a las grandes y entre nosotras.
Después las mamás nos sentaron a todas las nenas en sus caras. Verónica tenía a dos nenas del jardín sentadas en su cara al mismo tiempo, una en el coño y otra en la boca, mientras les chupaba el culito y el coñito. Marta y Carlota hacían lo mismo. Las nenas gemían con vocecitas agudas y sorprendidas, sin entender del todo lo que sentían, pero claramente les gustaba.
Lo más fuerte fue cuando las tres mamás tetonas se acostaron boca arriba y nos hicieron formar grupitos. Yo terminé chupándole las tetas a Marta mientras una nenita de 6 años le lamía el coño y otra le metía la lengua en el ano. Verónica miraba todo y decía cosas como:
—Miren a estas nenitas tan tiernas del jardín… de día pintan con crayones y cantan canciones… y ahora miren cómo les están lamiendo el culo a las tías como unas putitas expertas.
La orgía duró horas. Las mamás se corrían una tras otra mientras las nenas chiquitas las lamían por todos lados. Al final nos abrazamos todas, grandes y chicas, sudadas y pegajosas, con olor a leche, coños y culos de nenas.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave.
—Esa noche me sorprendió mucho ver esos cuerpitos tan chiquitos y perfectos al lado de las tres señoras tetonas y gordas. El contraste era… muy fuerte. Pero también fue una de las orgías más calientes que viví.
Las amiguitas de Juana estaban completamente mudas, con los ojos muy abiertos y las caras rojas como tomates. La idea de nenas de jardín de 6, 7 y 8 años uniéndose a una orgía con tres mamás tetonas las había dejado sin aliento.
Sofía tragó saliva y preguntó bajito:
— ¿Y las nenas del jardín… también se dejaban lamer entre ellas?
Miranda asintió con ternura.
—Claro que sí. Las mamás las ponían a lamerse unas a otras mientras ellas miraban y se tocaban.




Miranda sonrió con una expresión entre nostálgica y muy morbosa, y bajó un poco más la voz, como si estuviera revelando algo todavía más prohibido.
—Les voy a contar otra experiencia que me dejó impresionada. Fue cuando tenía 12 años. Una tarde Verónica me llamó por teléfono y me dijo con voz dulce:
—“Mirandita, vení esta noche a casa. Va a haber una orgía especial… pero esta vez van a estar las compañeritas del jardín de Cati y Lali. Solo nenas chiquitas del jardín, mis dos hermanas y yo. Te va a gustar”.
Yo me puse muy nerviosa, pero también muy caliente. Cuando llegué al sótano, ya estaban todas allí.
Verónica, Marta y Carlota (las tres mamás/tías tetonas y gordas) estaban sentadas en el sillón grande, completamente desnudas, con sus tetas enormes colgando y sus coños y culos peludos a la vista.
Y en el piso… había ocho nenas del jardín de Cati y Lali.
Todas tenían entre 6 y 8 años. Eran compañeritas de jardín de las hermanitas de Matilda. Eran tan chiquitas… cuerpitos muy delgaditos, piel blanquita y suave, piernitas flacas, culitos redonditos y pequeños, coñitos lisitos y completamente inocentes. Algunas todavía tenían un poquito de pancita de bebé. Estaban todas desnuditas, sentadas en el piso mirando a las tres señoras grandes con una mezcla de curiosidad y timidez.
Cuando me vieron entrar, Verónica sonrió y me dijo:
—Mirá, Mirandita… hoy traje a las amiguitas del jardín de mis bebés. Son todas tan inocentes y buenas en el jardín… pero hoy van a aprender a jugar como las nenas grandes.
Yo me quedé sorprendida al ver esos cuerpitos tan chiquitos al lado de las tres mujeres maduras y tetonas. Era un contraste brutal: las nenas tan pequeñas, lisitas, sin casi nada de tetas, con sus coñitos y culitos perfectos y rosados… y las tres señoras gordas, con tetas gigantes colgantes, panzas blandas y coños grandes y peludos.
Verónica me hizo desnudar y me sentó entre las nenas. Después empezó la orgía más morbosa que había visto hasta ese momento.
Primero las tres mamás se pusieron en cuatro, una al lado de la otra, con los culos enormes levantados. Nos ordenaron a las diez nenas (yo incluida) que les lamiéramos todo. Imaginate la escena: diez lengüitas de nenas chiquitas lamiendo coños y anos de tres señoras grandes y gordas. Las nenas del jardín al principio estaban tímidas, pero Verónica y sus hermanas las guiaban:
—Así, mi amor… meté la lengua adentro del culito de la tía…
—Chupá bien, que las nenas buenas del jardín también pueden ser putitas cuando nadie las ve…
Yo estaba lamiendo el ano de Carlota mientras una nenita de 7 años llamada Sofía (compañerita de Lali) me lamía el coñito a mí. Era una cadena enorme de nenas chiquitas lamiendo a las grandes y entre nosotras.
Después las mamás nos sentaron a todas las nenas en sus caras. Verónica tenía a dos nenas del jardín sentadas en su cara al mismo tiempo, una en el coño y otra en la boca, mientras les chupaba el culito y el coñito. Marta y Carlota hacían lo mismo. Las nenas gemían con vocecitas agudas y sorprendidas, sin entender del todo lo que sentían, pero claramente les gustaba.
Lo más fuerte fue cuando las tres mamás tetonas se acostaron boca arriba y nos hicieron formar grupitos. Yo terminé chupándole las tetas a Marta mientras una nenita de 6 años le lamía el coño y otra le metía la lengua en el ano. Verónica miraba todo y decía cosas como:
—Miren a estas nenitas tan tiernas del jardín… de día pintan con crayones y cantan canciones… y ahora miren cómo les están lamiendo el culo a las tías como unas putitas expertas.
La orgía duró horas. Las mamás se corrían una tras otra mientras las nenas chiquitas las lamían por todos lados. Al final nos abrazamos todas, grandes y chicas, sudadas y pegajosas, con olor a leche, coños y culos de nenas.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave.
—Esa noche me sorprendió mucho ver esos cuerpitos tan chiquitos y perfectos al lado de las tres señoras tetonas y gordas. El contraste era… muy fuerte. Pero también fue una de las orgías más calientes que viví.
Las amiguitas de Juana estaban completamente mudas, con los ojos muy abiertos y las caras rojas como tomates. La idea de nenas de jardín de 6, 7 y 8 años uniéndose a una orgía con tres mamás tetonas las había dejado sin aliento.
Sofía tragó saliva y preguntó bajito:
— ¿Y las nenas del jardín… también se dejaban lamer entre ellas?
Miranda asintió con ternura.
—Claro que sí. Las mamás las ponían a lamerse unas a otras mientras ellas miraban y se tocaban.
Miranda se inclinó un poco hacia adelante, con los ojos brillantes, y empezó a contar con voz baja y cargada de morbo:
—Esa noche fue una de las más intensas. Les voy a contar tres escenas que se me quedaron grabadas…
Primera escena – La cadena de las nenas del jardín
—Verónica nos puso a todas las nenas en una larga cadena en el piso. Éramos diez: yo, Matilda, Cati, Lali y las seis compañeritas del jardín. Nos hizo poner en cuatro, una detrás de la otra, con el culito levantado.
La cadena empezaba con la nena más chiquita (una de 6 años llamada Emma) lamiéndole el culito a la siguiente, y así sucesivamente hasta llegar a mí, que estaba al final lamiéndole el coño a Verónica.
Las tres mamás tetonas caminaban alrededor de nosotras, mirando y tocándose. Verónica se paró detrás de mí y me metió dos dedos gordos mientras me decía:
—Mirá cómo lamen todas estas nenitas del jardín… de día juegan con bloques y cantan la canción del abecedario… y ahora mirá cómo le están metiendo la lengua en el culito a sus amiguitas como unas putitas.
Marta y Carlota hacían lo mismo: acariciaban los culitos chiquitos, les daban palmadas suaves y les decían cosas como:
—Qué culitos tan apretaditos y rosados tienen mis nenitas del jardín… nadie en el salón de clases imaginaría que les gusta tanto lamer anos.
Yo sentía la lengua de una nenita de 7 años moviéndose dentro de mi culito mientras yo lamía el coño mojado de Verónica. Los gemiditos agudos de las nenas chiquitas se mezclaban con los gemidos graves de las tres mamás. Esa cadena duró más de media hora, hasta que varias nenas empezaron a temblar y a correrse por primera vez en su vida.
Segunda escena – Las mamás alimentando a las nenitas
—Después las tres mamás se sentaron en el sillón grande, con las tetas enormes afuera. Verónica, Marta y Carlota tenían las tetas llenas y goteando. Nos llamaron a todas las nenas y nos hicieron formar tres grupos.
Yo terminé prendida de la teta izquierda de Marta. A mi lado estaba Camila (hija de Marta) mamando de la derecha, y dos nenas del jardín de 7 y 8 años también mamaban de esa misma teta, turnándose. La leche tibia y dulce me llenaba la boca mientras Marta nos acariciaba la cabeza y nos hablaba sucio:
—Miren a estas nenitas tan buenas del jardín… de día les dan la merienda en el colegio y ahora están mamando las tetas de la tía como putitas hambrientas. Chupen fuerte, mis amorcitas… saquen toda la leche de la tía.
Carlota tenía a Lali y a dos compañeritas de ella prendidas de sus tetas. Les decía:
—Lali, mi bebita… y ustedes dos, tan inocentes en el jardín… miren cómo les gusta la leche de la tía. Son mis lesbianitas secretas.
Verónica tenía a cuatro nenas mamando de sus tetas al mismo tiempo. La leche le corría por el pecho mientras gemía y nos decía:
—Todas mis nenitas del jardín… tan lindas y educadas… y miren cómo me están dejando las tetas secas como unas putitas golosas.
Mientras mamábamos, las mamás nos metían los dedos en el coño y en el culito. Yo me corrí con la boca llena de leche de Marta, temblando mientras ella me susurraba al oído lo puta que era debajo de mi apariencia de nenita buena.
Tercera escena – La orgía final con las nenas montadas
—Para el final, las tres mamás se acostaron boca arriba en el piso, una al lado de la otra, con las tetas y los coños expuestos. Nos hicieron subir a las nenas encima de ellas como si fuéramos a montar.
Yo terminé sentada en la cara de Carlota, restregándole mi coño y mi culito en la boca mientras ella me lamía con fuerza. A mi lado, Matilda estaba montada en la cara de Verónica, y Cati y Lali estaban sobre Marta.
Las nenas más chiquitas del jardín también fueron subidas: dos de ellas se sentaron en la cara de Verónica al mismo tiempo (una en el coño y otra en la boca), mientras otras dos hacían lo mismo con Marta y Carlota.
Las mamás nos agarraban de las caderitas y nos movían arriba y abajo, metiéndonos la lengua bien profundo. El sótano se llenó de gemiditos agudos de las nenas del jardín y de los gemidos fuertes de las tres señoras.
Carlota me decía mientras me comía el culo:
—Mirandita… tan educada y calladita… y mirá cómo me estás mojando toda la cara con tu culito. Sos una putita deliciosa.
Verónica le decía a las dos nenas que tenía encima:
—Mis nenitas del jardín… tan tiernas y buenas… y ahora miren cómo me están restregando sus coñitos y culitos en la cara de la tía. Nadie en el jardín creería lo putas que son.
Esa escena duró hasta que casi todas nos corrimos. Las mamás terminaron temblando y corriéndose fuerte mientras teníamos sus caras completamente mojadas con nuestros jugos.
Al final nos abrazamos todas, grandes y chicas, sudadas, pegajosas y con olor a leche y sexo infantil.
Miranda terminó de contar las tres escenas y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero cargada de intención.
—Esa noche fue una de las más morbosas porque había muchas nenas del jardín, tan chiquitas e inocentes… y tres mamás tetonas usándolas a todas. El contraste era brutal.
Las amiguitas de Juana estaban mudas, con la respiración entrecortada y las caras completamente rojas. No sabían ni qué decir.




Miranda hizo una pausa, tomó aire y continuó con una sonrisa tierna pero pervertida:
—Les voy a contar otras tres escenas de esa misma noche, pero estas fueron especialmente centradas en la leche materna. Las mamás estaban muy llenas y usaron eso para volver todo aún más sucio y maternal.
Primera escena – La hora de la mamadera colectiva
—Verónica, Marta y Carlota se sentaron juntas en el sillón grande, completamente desnudas, con sus tetas enormes apoyadas sobre sus panzas. Tenían los pezones hinchados y goteando leche. Nos llamaron a todas las nenas y nos hicieron arrodillarnos frente a ellas formando tres grupos.
Yo terminé con Marta. Ella me agarró la cabeza con suavidad y me acercó a su teta derecha mientras me decía con voz maternal y ronca:
—Vení, mi nenita… vení a tomar la leche de la tía Marta. Aunque seas grande, mamá sabe que todavía te gusta la lechita calentita. Chupá despacito, como cuando eras bebita…
A mi lado, dos nenas del jardín de 7 y 8 años también mamaban de la misma teta. Marta les acariciaba el pelo y les hablaba con ternura:
—Mis bebitas del jardín… tan chiquitas y tan buenas… miren cómo maman de la teta de la tía. Beban toda la leche, mis amorcitas. Mamá tiene mucha para darles porque las quiere mucho.
La leche salía a chorros cuando chupábamos fuerte. Nos corría por la barbilla y nos manchaba el pecho. Marta gemía bajito y seguía hablando:
—Qué ricas son mis nenitas… de día juegan con muñecas y ahora están tomando la leche de mamá como putitas golosas. No se preocupen, mamá les da de mamar todo lo que necesiten.
Segunda escena – Las mamás alimentando mientras las penetran con los dedos
—Después las mamás se acostaron boca arriba en el piso, una al lado de la otra. Nos hicieron subir encima de ellas en parejas.
Yo terminé acostada sobre Marta, con mi boca prendida de su teta izquierda mientras ella me metía dos dedos gordos y lentos en el coño y otro en el culito. Mientras yo mamaba, ella me hablaba con voz dulce y maternal:
—Así, mi amor… tomá la lechita de mamá mientras te abro tu coñito chiquito. Sos mi nenita buena que viene a visitarme… y mirá cómo te gusta que mamá te dé de mamar y te toque al mismo tiempo.
A mi lado, Cati estaba sobre Verónica, mamando de una teta mientras Verónica le metía los dedos en el culito y le decía:
—Cati, mi bebita… aunque ya vas al jardín, todavía sos mi nenita que necesita la leche de mamá. Chupá fuerte, mi amor… mamá te da toda su leche porque te quiere mucho, mi putita secreta.
Las nenas del jardín también estaban mamando mientras las tres mamás les metían los dedos despacito. Las mamás no paraban de hablarles con palabras maternales y sucias:
—Beban, mis tesoros… mamá tiene leche rica para sus nenitas buenas.
—Miren cómo maman mis bebitas del jardín… tan inocentes de día y tan golosas de noche.
Muchas nenas se corrían mientras mamaban, temblando con la boca llena de leche.
Tercera escena – La lluvia de leche y los besos maternales
—Para el final, las tres mamás se pusieron de pie en el centro del sótano. Nos hicieron arrodillar a todas las nenas alrededor de ellas formando un círculo. Entonces empezaron a apretarse las tetas con las manos.
La leche empezó a salir a chorros, cayendo sobre nuestras caras, bocas, tetitas y coñitos. Era una lluvia tibia y blanca de leche materna.
Verónica apretaba sus tetas y dirigía los chorros hacia las nenas más chiquitas mientras decía con voz maternal y caliente:
—Abrí la boquita, mi bebita… mamá te da su leche para que crezcas sana y fuerte. Tomala toda, mi amor… aunque seas una putita lamedora, mamá te quiere igual.
Marta hacía lo mismo, rociando leche sobre mi cara y sobre dos nenas del jardín:
—Mirandita, mi nenita educada… abrí la boca y tomá la leche de la tía. Y ustedes, mis nenitas del jardín, beban también. Mamá sabe que les gusta mucho la lechita calentita.
Carlota era la más grosera pero seguía usando palabras maternales:
—Mis bebitas… miren cómo les cae la leche de mamá en sus caritas inocentes. Beban, mis tesoros… mamá les da de mamar porque las ama mucho, aunque sean unas lesbianitas sucias.
Después nos hicieron besarnos entre nosotras con la boca llena de leche, mezclando la saliva y la leche materna. Las mamás nos miraban y seguían apretándose las tetas, rociándonos mientras nos decían:
—Qué lindas se ven mis nenitas todas manchadas de leche… mis bebitas buenas que de día van al jardín y de noche maman como putitas.
Al final todas estábamos cubiertas de leche, besándonos y lamiéndonos unas a otras mientras las mamás gemían de placer al vernos.
Miranda terminó de contar las tres escenas y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave.
—Como ven… la leche materna lo hacía todo mucho más maternal y sucio al mismo tiempo. Las mamás disfrutaban tratarnos como bebitas mientras nos usaban como putitas.
Las amiguitas de Juana estaban completamente rojas, respirando agitadas y sin saber dónde mirar. La imagen de las mamás rociando leche sobre las nenas chiquitas las había dejado sin palabras.


—Después de la lluvia de leche, Verónica se levantó, todavía con las tetas goteando, y miró a todas las nenas con una sonrisa maternal pero muy caliente. Cati, Lali y sus seis compañeritas del jardín estaban sentadas en el piso, con la carita y el cuerpo manchados de leche, respirando agitadas y con los ojitos brillantes.
Verónica se acercó, les acarició la cabeza a sus hijas y dijo con voz suave y autoritaria:
—Mis bebitas… ya mamaron suficiente de las tetas de mamá y de las tías. Ahora es momento de que exploren entre ustedes. Son todas nenas del jardín, tan chiquitas e inocentes… quiero que se besen, se toquen, se laman y se diviertan como las nenitas curiosas que son. Mamá y las tías vamos a mirar y a cuidar que todo esté bien.
Cati y Lali se miraron un poco tímidas, pero las compañeritas del jardín ya estaban nerviosas y excitadas. Verónica, Marta y Carlota se apartaron un poco, se sentaron en el sillón grande con las tetas todavía afuera y empezaron a observar en silencio, tocándose suavemente mientras miraban.
Lo que pasó después fue una orgía pura entre las diez nenas chiquitas.
Al principio fue tímido: se empezaron a dar besitos cortos en la boca, riéndose nerviosamente. Pero pronto se volvieron más atrevidas. Matilda tomó la iniciativa y besó a una nenita de 7 años con lengua. En pocos minutos todas estaban besándose con lengua, mezclando la saliva con restos de leche materna.
Después empezaron a tocarse. Manitas chiquitas acariciando tetitas planas, bajando por las pancitas y metiéndose entre las piernitas. Se escuchaban gemiditos agudos y risitas cuando una nenita le metía un dedito en el coñito a otra.
Pronto se formaron grupitos:


Cati estaba acostada mientras dos compañeritas le chupaban las tetitas y otra le lamía el coñito. Lali, la más chiquita, se sentó en la cara de Cati y le restregaba su culito rosado en la boca mientras gemía con vocecita infantil.
Yo terminé en el medio de tres nenas del jardín. Una me besaba con lengua, otra me chupaba los pezones y la tercera me metía la lengua en el culito. Sentía sus lengüitas suaves y torpes moviéndose dentro de mí.
En un rincón, cuatro nenas formaron un círculo y se lamían el coño y el ano unas a otras al mismo tiempo, como una pequeña cadena. Se escuchaban ruidos húmedos y gemiditos de sorpresa y placer.


Mientras todo esto pasaba, las tres mujeres maduras paseaban lentamente entre las nenas, observando todo con ojos brillantes de excitación. Verónica se agachaba de vez en cuando, acariciaba el culito de alguna nenita y le decía con voz maternal:
—Así, mi amor… laméle el culito a tu amiguita. Muy bien, mi bebita… qué rica lengua tenés.
Marta se paraba al lado de un grupito y comentaba con tono orgulloso:
—Miren cómo se divierten mis nenitas del jardín… tan inocentes de día y tan putitas entre ellas de noche. Chupá más fuerte, mi tesoro.
Carlota era la más directa. Se agachaba, les daba palmadas suaves en el culito y les decía:
—Meté la lengua más adentro, cabroncita… así, muy bien. Mamá está mirando lo putas que son todas ustedes.
Las tres mamás tetonas caminaban desnudas entre las nenas, tocándose sus propios coños mientras observaban. A veces se detenían a besar a alguna nenita en la boca, mezclando su saliva adulta con la de las chiquitas, o les apretaban las tetitas y les decían lo lindas que se veían explorando entre ellas.
La orgía entre las nenas duró casi una hora. Se besaban, se lamían coños y culos, se metían deditos, se restregaban unas contra otras. Los gemiditos agudos de las nenas del jardín llenaban el sótano. Varias se corrieron por primera vez en su vida, temblando y soltando quejidos infantiles mientras las mamás las miraban orgullosas.
Al final, Verónica aplaudió suavemente y dijo con voz cariñosa:
—Qué bien se portaron mis bebitas… exploraron muy rico entre ustedes. Ahora vengan con mamá y las tías para que las abracemos.
Todas las nenas, sudadas y brillantes de saliva y jugos, se acercaron a las tres mujeres maduras y se acurrucaron entre sus tetas enormes y cuerpos gordos.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave.
—Esa fue una de las noches más lindas y morbosas… ver a todas esas nenitas del jardín explorando entre ellas mientras las tres mamás tetonas solo miraban y las guiaban con palabras cariñosas.
Las amiguitas de Juana estaban completamente mudas, con la respiración agitada y las caritas rojas como tomates. La imagen de las nenas chiquitas lamiéndose entre ellas mientras las mamás observaban las había dejado sin palabras.


—Mientras nosotras las nenas seguíamos explorando entre nosotras, las tres mamás —Verónica, Marta y Carlota— se sentaron juntas en el sillón grande, completamente desnudas, con sus tetas enormes todavía brillando de saliva y leche. Se servían una copita de vino y hablaban entre ellas en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que algunas de nosotras pudiéramos escuchar. Se regodeaban de lo que estaban haciendo… y lo hacían con mucho placer.
Verónica tomó un sorbo de vino, miró a las diez nenas chiquitas que se besaban, se lamían y se metían deditos unas a otras en el piso, y dijo con una sonrisa satisfecha:
—Miren nomás… estamos pervirtiendo a toda una generación del jardín. Estas nenitas que de día cantan canciones, pintan con deditos y les dan besitos a sus mamás al llegar… ahora están aquí, desnuditas, lamiéndose el culito y el coñito entre ellas como unas putitas en miniatura. Y sus papás y mamás ni se enteran.
Marta se rio bajito, acariciándose una de sus tetas colgantes, y contestó:
—Es lo mejor. Imaginate a la mamá de Emma… esa mujer tan correcta que siempre lleva a su hija vestida como princesita al jardín. Si supiera que su “princesita” tiene ahora la lengua metida en el ano de la hija de la vecina… se moriría del disgusto. Y nosotras aquí, disfrutando de ver cómo las convertimos en lesbianitas golosas a sus espaldas.
Carlota, la más grosera de las tres, soltó una carcajada ronca y añadió mientras se tocaba el coño lentamente:
—Exacto. Yo pienso en el papá de Sol, ese pobre hombre que cree que su hijita es un angelito. Mientras él está trabajando, su “angelito” está acá, de cuatro, dejando que mi hermana le lama el culito y después lamiéndole el coño a su propia prima. Es delicioso. Estamos criando a una camada de putitas secretas y nadie se da cuenta.
Verónica miró con orgullo a Cati y Lali, que en ese momento estaban besándose con lengua mientras una compañerita del jardín les metía los deditos en el culito a las dos al mismo tiempo.
—Mis dos bebitas… —dijo con voz maternal y perversa—. De día son las nenitas más educadas y cariñosas del jardín. Lali todavía usa chupete a veces… y miren cómo ahora le encanta que le chupen el ano. Estamos pervirtiendo a nuestras propias hijas y a todas sus amiguitas. Cuando crezcan, van a recordar que sus primeras corridas fueron gracias a nosotras… y sus papás nunca van a saber nada.
Marta asintió, excitada, y siguió:
—Es lo más rico del mundo. Saber que mientras los papás les compran juguetes y las mamás les hacen la merienda, nosotras les estamos enseñando a ser unas lesbianitas sucias. Mañana van a ir al jardín con su uniforme limpito, sonriendo como si nada… pero con el culito todavía sensible de tantas lengüitas que les metimos hoy.
Carlota se rio y levantó su copa:
—Brindemos por eso. Por todas las nenitas buenas que estamos convirtiendo en putitas a espaldas de sus progenitores. Que sigan creyendo que sus hijitas son angelitos… mientras nosotras les llenamos la boca de coño y culo.
Las tres mamás chocaron sus copas y se rieron con complicidad, sin dejar de mirar cómo las diez nenas seguían lamiéndose y besándose en el piso. De vez en cuando una de ellas se levantaba, caminaba entre las nenas, les daba una palmada suave en el culito y les decía algo como:
—Sigan jugando, mis bebitas… mamá y las tías están muy orgullosas de lo putas que están saliendo.
Verónica miró directamente a donde yo estaba y añadió con una sonrisa:
—Y Mirandita también… otra nenita “buena” que viene de visita y termina convertida en una más de nuestras putitas secretas.
Las tres mujeres seguían hablando, regodeándose, excitándose con el hecho de estar corrompiendo a un grupo entero de nenas del jardín sin que ningún papá ni mamá sospechara absolutamente nada.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero cargada de intención.
—Esa era la parte que más les gustaba a las mamás… saber que estaban pervirtiendo a todas esas nenitas inocentes a espaldas de sus familias. Les daba un placer enorme.
Las amiguitas de Juana estaban completamente mudas, con la respiración agitada y las caritas rojas. La idea de las mamás riéndose mientras corrompían a las nenas del jardín las había dejado sin palabras.

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