Unos días después llegó la fiesta de cumpleaños de Sofía, la compañera de tu hijo. El salón bullía de niños, globos, música y risas. Tú llegaste junto a Alejandra, quien lucía un vestido negro ceñido y te susurró al oído “diviértete” antes de alejarse a charlar. Desde diferentes puntos del salón, Leticia te observaba con mirada hambrienta, Miss Danny se mordía el labio cada vez que pasabas cerca, y Karla cruzaba las piernas con fuerza, pero ninguna se atrevió a acercarse. Sabían que era mejor no interrumpir.
Valentina, la mamá de la cumpleañera, era una mujer de 34 años, soltera y totalmente ajena a los rumores del colegio. Su melena larga y abundante teñida de un rojo intenso le llegaba hasta media espalda, contrastando con su piel morena clara. Usaba gafas de montura fina que le daban un aire intelectual y sexy. Tenía tetas grandes y naturales, cintura estrecha y un culo redondo, carnoso y prominente. Llevaba un vestido fucsia extremadamente entallado, como una segunda piel, con escote en V profundo.
Todo empezó de forma “inocente” nada más llegar.
Valentina se acercó a recibirlos con una sonrisa amable, su cabello rojo cayendo sobre un hombro. Extendió la mano.
—Hola, soy Valentina. Gracias por venir.
Tú le estrechaste la mano varios segundos, acariciando el dorso con el pulgar mientras la mirabas a los ojos a través de sus gafas.
—Soy el papá de Mateo. Ese vestido te queda peligrosamente bien, Valentina… marca cada curva de una forma que es difícil ignorar —dijiste sin apartar la mirada de su escote.
Ella se sonrojó pero sonrió, sosteniendo el contacto un poco más.
Minutos después, mientras caminaban juntos hacia la mesa de bebidas, Valentina se inclinó profundamente para alcanzar unas botellas bajas. Tú te colocaste justo detrás, pegando tu cuerpo al suyo y poniendo ambas manos en su cintura.
—Deja que te ayude —susurraste, deslizando las manos lentamente por sus caderas y presionando con los dedos la curva superior de su culo.
Al incorporarse, su culo carnoso rozó repetidamente contra tu entrepierna. Su largo cabello rojo te acarició el pecho. Ninguno de los dos se apartó.
—Gracias… tienes unas manos muy firmes —murmuró, respirando más rápido y ajustándose las gafas.
Desde ahí, caminaron juntos hacia el jardín para supervisar a los niños. Valentina se agachó para recoger un juguete. Tú te agachaste a su lado y colocaste una mano en su espalda baja, bajándola con lentitud hasta apretar una de sus nalgas con descaro.
—Cuidado, no vayas a manchar ese vestido tan ajustado —le dijiste al oído, oliendo su cabello mientras tu mano masajeaba suavemente su nalga.
Valentina se incorporó muy despacio, empujando el culo contra tu palma. Te miró a través de sus gafas con las mejillas sonrojadas.
Regresaron juntos al interior del salón. En un pasillo más tranquilo, te detuviste y la hiciste girar suavemente hacia ti.
—Estás acalorada… ¿todo bien? —preguntaste, acercándote mucho.
Le acomodaste un mechón de su melena roja detrás de la oreja, bajando los dedos por su cuello y clavícula hasta meterlos ligeramente dentro del escote. Acariciaste la piel suave de sus tetas y rozaste sus pezones endurecidos con el pulgar. Valentina soltó un suspiro tembloroso y presionó su pecho contra tu mano.
—Nadie me había tocado así en mucho tiempo… —confesó con voz ronca.
Siguieron caminando y te ofreciste a ayudarla a mover una mesa pesada. Valentina se puso delante, tú detrás. Presionaste todo tu cuerpo contra el suyo, encajando tu verga dura entre sus nalgas carnosa durante largos segundos mientras tus manos agarraban sus caderas con fuerza y te frotabas descaradamente contra ella.
—Empuja más fuerte… —jadeó Valentina, moviendo el culo en círculos contra tu verga. Su cabello rojo se balanceaba con cada movimiento.
La tensión ya era insoportable. La tomaste de la mano y la llevaste a un rincón más apartado. La acorralaste contra la pared y la besaste con intensidad, metiendo la lengua en su boca mientras una mano le apretaba el culo con ganas y la otra le sobaba las tetas por encima del vestido.
—Llevo chorreando toda la fiesta por tu culpa —gimió ella contra tus labios, gafas empañadas y cabello rojo revuelto.
La llevaste discretamente a la habitación de servicio en la parte trasera del salón. Apenas cerraste la puerta, le subiste el vestido hasta la cintura, le bajaste el tanga empapado y la sentaste en el borde de una mesa, abriéndole las piernas.
Te arrodillaste frente a ella. Su coño estaba hinchado, brillante y chorreando. Empezaste lamiendo lentamente sus labios externos, saboreando sus jugos espesos, subiendo hasta su clítoris y chupándolo con fuerza mientras metías dos dedos gruesos en su interior.
—¡Ay dios! ¡Qué bien me lo comes! —gemía Valentina, agarrando tu cabeza y empujándote contra su coño.
Después la hiciste girarse. La inclinaste sobre la mesa, le separaste las nalgas con ambas manos y hundiste tu lengua directamente en su ano. Lamiendo, besando y penetrando su culito apretado con la punta de la lengua mientras seguías follándola con los dedos en el coño. Valentina temblaba y gemía más alto, empujando el culo contra tu cara.
—Nunca me habían lamido ahí… ¡joder, no pares! —suplicaba.
Alternaste entre su coño y su culo, chupando su clítoris con hambre y metiendo la lengua lo más profundo posible en su ano. Valentina se corrió violentamente, temblando entera, chorreado en tu boca y apretando tu cabeza entre sus muslos mientras gemía ahogado.
Después del intenso encuentro en la habitación de servicio, Valentina salió completamente deshecha. Su rostro estaba sonrojado, las gafas empañadas, el cabello largo rojo revuelto y el vestido fucsia arrugado y con manchas húmedas evidentes en los muslos. Caminaba con las piernas temblorosas y abiertas, sintiendo cómo su coño seguía chorreando sin control, empapando el tanga y corriendo por sus piernas morenas.
Estaba desesperada, adicta y con la mente nublada de lujuria.
Durante la siguiente hora y media, Valentina te persiguió por toda la fiesta, cada vez más atrevida y suplicante.
Te encontró junto a la mesa de postres. Se pegó por detrás, presionando sus tetas contra tu espalda y susurrándote al oído con voz entrecortada:
—Todavía estoy chorreando… mi coño y mi culito no dejan de palpitar. Por favor… la próxima vez no solo me comas. Prométeme que me vas a follar. Quiero que me llenes el coño de semen, que me revientes el culo y me lo llenes también… que me acabes en la boca y en las tetas. Quiero estar cubierta y chorreando de tu leche por todos lados.
Tu mano bajó discretamente y le apretó el culo con fuerza.
—Te prometo que la próxima vez te voy a usar como mi puta personal. Te voy a follar el coño, te voy a reventar el culo y te voy a llenar los tres agujeros de semen… y después te voy a pintar las tetas —gruñiste.
Valentina soltó un gemido ahogado y apretó los muslos, pero una tía de Sofía se acercó de repente, obligándolos a separarse.
En el jardín, se colocó a tu lado y susurró casi desesperada:
—Siento mis jugos bajando por las piernas… Estoy empapada como una perra. Por favor, prométeme que me vas a llenar. Quiero tu semen caliente dentro de mi coño, quiero que me corras profundo en el culo, que me llenes la boca y me acabes en las tetas hasta que estén cubiertas… Necesito que me uses entero.
Tú deslizaste la mano por su espalda y le presionaste un dedo contra el ano por encima de la tela mojada.
—Te prometo que la próxima vez te voy a dejar bien follada y llena. Te voy a correr en el coño, en el culo, en la garganta y en esas tetas grandes que tienes —le respondiste.
Valentina tembló visiblemente y tuvo que agarrarse de tu brazo. Justo entonces Leticia y Miss Danny se acercaron, mirándolos con pura envidia, y tuvieron que separarse de nuevo.
Desde el primer orgasmo que le habías provocado con la boca y la lengua en el ano, su cuerpo había entrado en un estado de excitación febril del que no podía salir. Su coño estaba hinchado, rojo y completamente empapado. Sentía cómo sus jugos espesos seguían fluyendo sin control, empapando el tanga hasta el punto de que la tela ya no absorbía nada y la humedad caliente le corría por la cara interna de los muslos. Cada paso que daba producía un sonido húmedo y pegajoso entre sus piernas.
Su clítoris latía con fuerza, hinchado y sensible, rozándose dolorosamente contra la tela mojada del tanga con cada movimiento. Su ano, todavía húmedo de tu saliva, se contraía involuntariamente, recordándole una y otra vez cómo le habías metido la lengua. Sentía un vacío insoportable tanto en el coño como en el culo. Un hambre profunda que solo tu verga gruesa podría calmar.
Estaba frustrada hasta el punto de la rabia.
Mientras sonreía y fingía ser la mamá perfecta organizando la fiesta de su hija, por dentro estaba gritando. Tenía que apretar los muslos constantemente para intentar calmar el palpitar de su clítoris. En varios momentos tuvo que disimular apoyándose en una mesa porque las piernas le temblaban. Sus pezones estaban tan duros que se marcaban obscenamente bajo el vestido fucsia, y cada roce de la tela le enviaba descargas de placer frustrado.
Su mente era un desastre:
«No puedo más… necesito que me folle. Quiero que me abra el coño y me lo llene de verga. Quiero sentir cómo me revienta el culo y me corre adentro…»
Se imaginaba una y otra vez las promesas que le habías hecho: tu semen caliente inundando su coño, llenándole las tripas por el culo, pintándole las tetas y obligándola a tragar. Esas imágenes la ponían aún más cachonda, creando un círculo vicioso del que no podía escapar.
En uno de sus intentos por acercarse a ti, tuvo que parar en seco porque sintió que estaba a punto de correrse solo con caminar. Tuvo que apretar los dientes y respirar profundamente para no tener un orgasmo allí, en medio de la fiesta infantil. En otro momento, mientras hablaba con otras mamás, se le escapó un pequeño gemido disimulado como tos cuando contrajo involuntariamente el coño.
Valentina estaba sufriendo.
Era una frustración sexual profunda, dolorosa y humillante. Ella, una mamá soltera respetable, estaba en la fiesta de cumpleaños de su hija completamente empapada, con el culo y el coño palpitando, rogándole en susurros a un hombre casado que la follara y la llenara de semen… y no podía tenerlo. Cada vez que casi lo conseguía, alguien aparecía y la dejaba con las ganas, con más humedad y más desesperación.
Valentina tenía los ojos vidriosos, las mejillas permanentemente sonrojadas y una expresión de pura necesidad sexual. Cuando te miraba desde lejos, su mirada decía todo:
“Por favor… fóllame ya. Úsame. Lléname. Destrózame.”
Pero seguía sin poder tenerte..
Al terminar la fiesta, Alejandra se acercó a ti. Te olió la cara y los labios, notó lo brillantes que seguían y sonrió con morbo. Te agarró de la nuca y te besó profundamente, metiendo su lengua para saborear los restos del coño y culo de Valentina.
—Mmm… sigues sabiendo a coño desesperado y culito lamido —susurró lamiendo la comisura de tu boca—. Esa pelirroja está rogando que la llenes de semen por todos lados. Me encanta verla así de desesperada.
Desde lejos, Valentina los observaba con frustración y deseo insatisfecho, todavía chorreando y con tus promesas resonando en su cabeza.
Valentina, la mamá de la cumpleañera, era una mujer de 34 años, soltera y totalmente ajena a los rumores del colegio. Su melena larga y abundante teñida de un rojo intenso le llegaba hasta media espalda, contrastando con su piel morena clara. Usaba gafas de montura fina que le daban un aire intelectual y sexy. Tenía tetas grandes y naturales, cintura estrecha y un culo redondo, carnoso y prominente. Llevaba un vestido fucsia extremadamente entallado, como una segunda piel, con escote en V profundo.
Todo empezó de forma “inocente” nada más llegar.
Valentina se acercó a recibirlos con una sonrisa amable, su cabello rojo cayendo sobre un hombro. Extendió la mano.
—Hola, soy Valentina. Gracias por venir.
Tú le estrechaste la mano varios segundos, acariciando el dorso con el pulgar mientras la mirabas a los ojos a través de sus gafas.
—Soy el papá de Mateo. Ese vestido te queda peligrosamente bien, Valentina… marca cada curva de una forma que es difícil ignorar —dijiste sin apartar la mirada de su escote.
Ella se sonrojó pero sonrió, sosteniendo el contacto un poco más.
Minutos después, mientras caminaban juntos hacia la mesa de bebidas, Valentina se inclinó profundamente para alcanzar unas botellas bajas. Tú te colocaste justo detrás, pegando tu cuerpo al suyo y poniendo ambas manos en su cintura.
—Deja que te ayude —susurraste, deslizando las manos lentamente por sus caderas y presionando con los dedos la curva superior de su culo.
Al incorporarse, su culo carnoso rozó repetidamente contra tu entrepierna. Su largo cabello rojo te acarició el pecho. Ninguno de los dos se apartó.
—Gracias… tienes unas manos muy firmes —murmuró, respirando más rápido y ajustándose las gafas.
Desde ahí, caminaron juntos hacia el jardín para supervisar a los niños. Valentina se agachó para recoger un juguete. Tú te agachaste a su lado y colocaste una mano en su espalda baja, bajándola con lentitud hasta apretar una de sus nalgas con descaro.
—Cuidado, no vayas a manchar ese vestido tan ajustado —le dijiste al oído, oliendo su cabello mientras tu mano masajeaba suavemente su nalga.
Valentina se incorporó muy despacio, empujando el culo contra tu palma. Te miró a través de sus gafas con las mejillas sonrojadas.
Regresaron juntos al interior del salón. En un pasillo más tranquilo, te detuviste y la hiciste girar suavemente hacia ti.
—Estás acalorada… ¿todo bien? —preguntaste, acercándote mucho.
Le acomodaste un mechón de su melena roja detrás de la oreja, bajando los dedos por su cuello y clavícula hasta meterlos ligeramente dentro del escote. Acariciaste la piel suave de sus tetas y rozaste sus pezones endurecidos con el pulgar. Valentina soltó un suspiro tembloroso y presionó su pecho contra tu mano.
—Nadie me había tocado así en mucho tiempo… —confesó con voz ronca.
Siguieron caminando y te ofreciste a ayudarla a mover una mesa pesada. Valentina se puso delante, tú detrás. Presionaste todo tu cuerpo contra el suyo, encajando tu verga dura entre sus nalgas carnosa durante largos segundos mientras tus manos agarraban sus caderas con fuerza y te frotabas descaradamente contra ella.
—Empuja más fuerte… —jadeó Valentina, moviendo el culo en círculos contra tu verga. Su cabello rojo se balanceaba con cada movimiento.
La tensión ya era insoportable. La tomaste de la mano y la llevaste a un rincón más apartado. La acorralaste contra la pared y la besaste con intensidad, metiendo la lengua en su boca mientras una mano le apretaba el culo con ganas y la otra le sobaba las tetas por encima del vestido.
—Llevo chorreando toda la fiesta por tu culpa —gimió ella contra tus labios, gafas empañadas y cabello rojo revuelto.
La llevaste discretamente a la habitación de servicio en la parte trasera del salón. Apenas cerraste la puerta, le subiste el vestido hasta la cintura, le bajaste el tanga empapado y la sentaste en el borde de una mesa, abriéndole las piernas.
Te arrodillaste frente a ella. Su coño estaba hinchado, brillante y chorreando. Empezaste lamiendo lentamente sus labios externos, saboreando sus jugos espesos, subiendo hasta su clítoris y chupándolo con fuerza mientras metías dos dedos gruesos en su interior.
—¡Ay dios! ¡Qué bien me lo comes! —gemía Valentina, agarrando tu cabeza y empujándote contra su coño.
Después la hiciste girarse. La inclinaste sobre la mesa, le separaste las nalgas con ambas manos y hundiste tu lengua directamente en su ano. Lamiendo, besando y penetrando su culito apretado con la punta de la lengua mientras seguías follándola con los dedos en el coño. Valentina temblaba y gemía más alto, empujando el culo contra tu cara.
—Nunca me habían lamido ahí… ¡joder, no pares! —suplicaba.
Alternaste entre su coño y su culo, chupando su clítoris con hambre y metiendo la lengua lo más profundo posible en su ano. Valentina se corrió violentamente, temblando entera, chorreado en tu boca y apretando tu cabeza entre sus muslos mientras gemía ahogado.
Después del intenso encuentro en la habitación de servicio, Valentina salió completamente deshecha. Su rostro estaba sonrojado, las gafas empañadas, el cabello largo rojo revuelto y el vestido fucsia arrugado y con manchas húmedas evidentes en los muslos. Caminaba con las piernas temblorosas y abiertas, sintiendo cómo su coño seguía chorreando sin control, empapando el tanga y corriendo por sus piernas morenas.
Estaba desesperada, adicta y con la mente nublada de lujuria.
Durante la siguiente hora y media, Valentina te persiguió por toda la fiesta, cada vez más atrevida y suplicante.
Te encontró junto a la mesa de postres. Se pegó por detrás, presionando sus tetas contra tu espalda y susurrándote al oído con voz entrecortada:
—Todavía estoy chorreando… mi coño y mi culito no dejan de palpitar. Por favor… la próxima vez no solo me comas. Prométeme que me vas a follar. Quiero que me llenes el coño de semen, que me revientes el culo y me lo llenes también… que me acabes en la boca y en las tetas. Quiero estar cubierta y chorreando de tu leche por todos lados.
Tu mano bajó discretamente y le apretó el culo con fuerza.
—Te prometo que la próxima vez te voy a usar como mi puta personal. Te voy a follar el coño, te voy a reventar el culo y te voy a llenar los tres agujeros de semen… y después te voy a pintar las tetas —gruñiste.
Valentina soltó un gemido ahogado y apretó los muslos, pero una tía de Sofía se acercó de repente, obligándolos a separarse.
En el jardín, se colocó a tu lado y susurró casi desesperada:
—Siento mis jugos bajando por las piernas… Estoy empapada como una perra. Por favor, prométeme que me vas a llenar. Quiero tu semen caliente dentro de mi coño, quiero que me corras profundo en el culo, que me llenes la boca y me acabes en las tetas hasta que estén cubiertas… Necesito que me uses entero.
Tú deslizaste la mano por su espalda y le presionaste un dedo contra el ano por encima de la tela mojada.
—Te prometo que la próxima vez te voy a dejar bien follada y llena. Te voy a correr en el coño, en el culo, en la garganta y en esas tetas grandes que tienes —le respondiste.
Valentina tembló visiblemente y tuvo que agarrarse de tu brazo. Justo entonces Leticia y Miss Danny se acercaron, mirándolos con pura envidia, y tuvieron que separarse de nuevo.
Desde el primer orgasmo que le habías provocado con la boca y la lengua en el ano, su cuerpo había entrado en un estado de excitación febril del que no podía salir. Su coño estaba hinchado, rojo y completamente empapado. Sentía cómo sus jugos espesos seguían fluyendo sin control, empapando el tanga hasta el punto de que la tela ya no absorbía nada y la humedad caliente le corría por la cara interna de los muslos. Cada paso que daba producía un sonido húmedo y pegajoso entre sus piernas.
Su clítoris latía con fuerza, hinchado y sensible, rozándose dolorosamente contra la tela mojada del tanga con cada movimiento. Su ano, todavía húmedo de tu saliva, se contraía involuntariamente, recordándole una y otra vez cómo le habías metido la lengua. Sentía un vacío insoportable tanto en el coño como en el culo. Un hambre profunda que solo tu verga gruesa podría calmar.
Estaba frustrada hasta el punto de la rabia.
Mientras sonreía y fingía ser la mamá perfecta organizando la fiesta de su hija, por dentro estaba gritando. Tenía que apretar los muslos constantemente para intentar calmar el palpitar de su clítoris. En varios momentos tuvo que disimular apoyándose en una mesa porque las piernas le temblaban. Sus pezones estaban tan duros que se marcaban obscenamente bajo el vestido fucsia, y cada roce de la tela le enviaba descargas de placer frustrado.
Su mente era un desastre:
«No puedo más… necesito que me folle. Quiero que me abra el coño y me lo llene de verga. Quiero sentir cómo me revienta el culo y me corre adentro…»
Se imaginaba una y otra vez las promesas que le habías hecho: tu semen caliente inundando su coño, llenándole las tripas por el culo, pintándole las tetas y obligándola a tragar. Esas imágenes la ponían aún más cachonda, creando un círculo vicioso del que no podía escapar.
En uno de sus intentos por acercarse a ti, tuvo que parar en seco porque sintió que estaba a punto de correrse solo con caminar. Tuvo que apretar los dientes y respirar profundamente para no tener un orgasmo allí, en medio de la fiesta infantil. En otro momento, mientras hablaba con otras mamás, se le escapó un pequeño gemido disimulado como tos cuando contrajo involuntariamente el coño.
Valentina estaba sufriendo.
Era una frustración sexual profunda, dolorosa y humillante. Ella, una mamá soltera respetable, estaba en la fiesta de cumpleaños de su hija completamente empapada, con el culo y el coño palpitando, rogándole en susurros a un hombre casado que la follara y la llenara de semen… y no podía tenerlo. Cada vez que casi lo conseguía, alguien aparecía y la dejaba con las ganas, con más humedad y más desesperación.
Valentina tenía los ojos vidriosos, las mejillas permanentemente sonrojadas y una expresión de pura necesidad sexual. Cuando te miraba desde lejos, su mirada decía todo:
“Por favor… fóllame ya. Úsame. Lléname. Destrózame.”
Pero seguía sin poder tenerte..
Al terminar la fiesta, Alejandra se acercó a ti. Te olió la cara y los labios, notó lo brillantes que seguían y sonrió con morbo. Te agarró de la nuca y te besó profundamente, metiendo su lengua para saborear los restos del coño y culo de Valentina.
—Mmm… sigues sabiendo a coño desesperado y culito lamido —susurró lamiendo la comisura de tu boca—. Esa pelirroja está rogando que la llenes de semen por todos lados. Me encanta verla así de desesperada.
Desde lejos, Valentina los observaba con frustración y deseo insatisfecho, todavía chorreando y con tus promesas resonando en su cabeza.
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