Mis hijos se movían al ritmo de la música, yo estaba grabando video con mi celular delante. Sin embargo, no los estaba grabando a ellos, sino a la instructora que guiaba sus pasos:

La maestra; a quien guardé para la posteridad, para que otros pudieran gozar de sus aptitudes; se movía como para deleitarnos con el meneo de sus sabrosas carnes de hembra incitadora a los padres presentes. Sus frondosas nalgas estaban empacadas deliciosamente en esa falda roja. Cada vez que se agachaba o giraba, la tela se tensaba sobre ese culo grande y redondo, y yo sentía cómo se me endurecía la verga solo de mirarla.
Era, ciertamente, una mujer atractiva. La naturaleza la había bendecido otorgándole las características para atraer al sexo opuesto; era una mujer con un cuerpo que pedía a gritos ser preñado. Por ello la estaba grabando, aunque con cuidado, pues, para los tiempos que corren, ya no puedes admirar la belleza femenina sin ser tachado de pervertido.
Ahora ya ni puedes ver a una mujer por más de dos segundos porque te arriesgas a que te acusen de acosador, que no mamen. Si es algo natural, ni que no sintiéramos al ver a una mujer así. Y siendo natural es bueno, ¿o qué no? El mismo cuerpo lo pide; nada más ve uno esos ricos culos (yo les digo “atrapamocos”, pues están hechos pa’eso) como que le hierve a uno el semen dentro de los huevos; los espermas se agolpan y reborbotean deseando escapar con el único propósito de inyectarse en esa mujer, la causante de tales ímpetus. Pobres de nosotros, ellas no saben lo que sufrimos cuando nos excitan con sus cuerpos de tal manera y no podemos desahogarnos siquiera; como yo en ese momento; me fue necesario apretarme la reata discretamente con tal de consolármela.

Se me abría el apetito sexual de sólo verla moviéndose así. Pinche señora, poseía uno de esos culos bien formados, propios de esas hembras con quien nace un deseo natural de aparearse. Ya hasta me estaba babeando la punta de la verga por la boquita; hasta se me manchó el pantalón. Mi pieza de carne masculina ansiaba introducirse por en medio de ese par de cachetes embolsados en esa tela bien tensada a unos centímetros de mí.

Bamboleantes glóbulos pulposos que con sus juguetones movimientos invitaban a alimentarles con carne tiesa.
Viendo aquel espectá... culo, pensé encabronado: "Pinche vieja, con tanto tilingo-lingo ya me despertó al chamaco".
Fue entonces que me di cuenta de la plática de aquellos dos. La verdad su conversación me puso más cachondo, si ya de por sí estaba. Por eso decidí aquí compartir las anécdotas relatadas, para que no se pierdan en el olvido. Nada más que tuve que dividirlas en dos, he aquí la segunda parte:
—Te juro que hay maestras que parecen más putas que educadoras —dijo Carlos riendo, tras contar lo sucedido con la maestra de catecismo—. ¿Y qué hay de ti...? ¿Nunca te has chingado a una?
Jorge asintió con picardía y dio un trago a su bebida.
—Pues sí. Tal vez no me vas a creer pero... con la maestra de secundaria de mi hijo mayor...
—¿De veras?
—Te lo juro pero eso no es lo más cabrón, la muy puta se estaba cogiendo a mi muchacho.
—¡No jodas...! ¡...estando él en la secundaria!
—No, él ya tenía rato de haberla terminado. Por lo menos, para cuando vi el video y me enteré con toda certeza de que cogían, él ya tenía diecinueve años. Ella había sido su maestra ya hacía años.
—¡¿...hay video?!
El otro asintió y se lo mostró. Por lo visto cargaba con él a todas partes.
—Se lo descubrí en su celular. Resulta que un día me encontré este video mientras trataba de indagar en qué pasos andaba el cabrón. Ya sabes cómo son estos pinches escuintles de ahora. Total que me encontré con esto.

—¡No manches, qué bien por tu hijo! Ya hubiese querido yo tener de esas maestras.
—¡Exacto! Dónde estaban esas putas maestras cuando nosotros estudiábamos, ¿verdad? (y los dos rieron) Nombre, mira nada más esa cola. ¡Pinche cabrón de mi hijo!, cogiéndose a su antigua maestra de secundaria como a cualquier puta.
—¿En serio? ¿Es tu hijo? —exclamó Carlos, aun dudando.
—Tal cual. Mira cómo la tiene, a cuatro patas sobre la cama, completamente desnuda, dándole esas nalgas mientras que el cabrón la embiste con fuerza. Hasta se oyen los gemidos de ella.
Paré el oído y me pareció escuchar: “¡Así, papi! Más duro…”
—Mira, mira; mi hijo la tiene bien agarrada de las caderas y le da con todo. Se la metió profundo y hasta le dijo que le mandara besitos.

—¿Se corrió adentro de ella?
—No sé, el video se corta ahí.
—¡Puta madre…! —exclamó Carlos, claramente excitado con lo escuchado.
Viéndolo disimuladamente, pude notar que temblaba y ponía los ojos en blanco. Parecía a punto de la venida.
Jorge continuó:
—Al principio me dio coraje.
—¿Por qué? Porque la maestra había abusado de tu muchacho.
—No, la mera verdad me dio envidia de que el chamaco se pudiera dar a esa nalgona. Pensé “este cabrón se tiró a su maestra... qué bien por él, pero... yo también quiero”.
Ambos soltaron una carcajada.
—Pero por otro lado me vinieron otros pensamientos... ¿Acaso ya mantenían una relación desde la secu? O apenas se estaban conociendo en intimidad. ¿Fue algo consentido...?, o a cambio de una calificación. Y la verdad, me empezó a obsesionar la mentada profesora. Esa mujer se veía deliciosa, no tanto por su belleza sino más por su sensualidad natural y cachondería en el video. Mira, mira... ¡Esa cara de puta que pone cuando se orgasmea...!
—¡Uy, qué rico!
—Inmediatamente busqué su número en el celular de mi hijo. Luego le escribí, fingiendo ser un padre preocupado por lo sucedido. Después de algunos mensajes me contestó. Trató de disculparse, pero yo quería otra cosa.
—Que te las diera —completó el otro.
Jorge asintió.
—Le mandé un fragmento del video y le dije que teníamos que hablar personalmente. Después de varias horas, en las que me dejó solo en visto, llegó la respuesta: “¿Dónde y cuándo?” No perdí el tiempo, la cité esa misma noche. “Te voy a culear mamacita”, pensé tras salir de mi casa.
A cambio de mi silencio, y no hacer público el video, acordamos ir a un motel discreto en las afueras de Monterrey. Antes de que Yolanda se desvistiera, yo ya estaba duro solo de verla en persona. Llevaba una lencería negra que enmarcaba sus curvas generosas. Apenas me le acerqué, la empujé contra la pared y la besé con hambre. Le metí mano entre sus piernas y ya estaba empapada. “¿Te gusta cogerte a los papás también, o sólo a tus alumnos…?”, le susurré al oído mientras le bajaba las pantaletas. Yolanda se mordió el labio.
Hice que se arrodillara ahí mismo, le metí mi verga hasta la garganta. La chupaba con ganas, su saliva le corría por su barbilla. Le exigí que me mirara a los ojos mientras comía mi verga. Luego la agarré del cabello y me la cogí por la boca con fuerza.
Después la levanté, la tiré sobre la cama y le abrí de piernas. Su panocha estaba hinchada y brillante. Se la metí de un solo empujón, gruñendo de placer al sentirla tan caliente y jugosa. Yolanda arqueó la espalda y gritó: “¡Sí! Así papi. ¡Más duro! ¡Házmelo como tu hijo!”. Eso me encendió aún más, le dije, “te lo voy a hacer mejor”. La penetré con furia, cambiando de posición: de misionero, luego a cuatro patas, después la senté sobre mí, para que me cabalgara. Sus tetas rebotaban mientras la hacía saltar de forma frenética, y ella gemía sin control. “Quiero venirme dentro”, le dije. Ella respondió: “Te advierto, estoy ovulando”. No chingues, sabiendo eso la embestí más fuerte y entonces exploté dentro de ella, soltando chorros calientes mientras Yolanda se corría también, temblando y apretándome con su vulva. Nos quedamos un rato en silencio, sudados, exhaustos y respirando agitados. Antes de irse, Yolanda me pidió que borrara el video. Cosa que hice delante de sus ojos, “Cuenta con eso, maestra”, le dije, pero para el momento yo ya tenía otra copia en casa.
Yo ya no aguantaba más. Tras escuchar sus historias, tenía la verga palpitando dentro del pantalón, dura como piedra. Me sentía ansioso; tenía que hacer algo, desahogarme.
Vi hacia donde estaba la profesora de rojo. Fui tras ella, una vez escuché que iría a la cocina por unos vasos. Me la tenía que chingar. Entré tras ella al lugar. Afortunadamente no había nadie más ahí. Ella seguía parando el culo.
Vino a mi mente lo que acababa de escuchar, luego, imágenes de mujeres necesitadas de atención sexual. Ella lo necesitaba, tenía que ser así, si no para qué vestir como vestía, y menearse de tal manera. Mientras me le acercaba por detrás ya me estaba bajando el cierre del pantalón. No hubo palabras. La besé en la nuca mientras mis manos le agarraban ese culo que tanto había admirado. Le subí rápidamente la falda roja hasta la cintura, e inmediatamente después le bajé el negro y calado calzón de un tirón. Las femeninas carnes tiritaron. Le metí dos dedos en esa panocha. Estaba receptiva, húmeda y caliente. Se la metí de un solo empujón. Empecé el mete y saca, estrujando sus tetas sobre la blusa.
Viendo cómo me restregaba en ese culo grande y macizo, le di nalgadas fuertes mientras la embestía. Cuando sentí que ella se venía apretándome la verga con esos espasmos propios de la mujer, no aguanté más y se lo llené de semen caliente, chorro tras chorro quedó bien encharcada.
“Gracias”, le dije y salí primero. “A la salud de esas maestras”, pensé, mientras salía de la cocina. Más tarde la vi salir también, e ir al sanitario. Supuse que para limpiarse mi venida.
Aquella señora de soberbios volúmenes era tan ofrecida como podía esperarse.

La maestra; a quien guardé para la posteridad, para que otros pudieran gozar de sus aptitudes; se movía como para deleitarnos con el meneo de sus sabrosas carnes de hembra incitadora a los padres presentes. Sus frondosas nalgas estaban empacadas deliciosamente en esa falda roja. Cada vez que se agachaba o giraba, la tela se tensaba sobre ese culo grande y redondo, y yo sentía cómo se me endurecía la verga solo de mirarla.
Era, ciertamente, una mujer atractiva. La naturaleza la había bendecido otorgándole las características para atraer al sexo opuesto; era una mujer con un cuerpo que pedía a gritos ser preñado. Por ello la estaba grabando, aunque con cuidado, pues, para los tiempos que corren, ya no puedes admirar la belleza femenina sin ser tachado de pervertido.
Ahora ya ni puedes ver a una mujer por más de dos segundos porque te arriesgas a que te acusen de acosador, que no mamen. Si es algo natural, ni que no sintiéramos al ver a una mujer así. Y siendo natural es bueno, ¿o qué no? El mismo cuerpo lo pide; nada más ve uno esos ricos culos (yo les digo “atrapamocos”, pues están hechos pa’eso) como que le hierve a uno el semen dentro de los huevos; los espermas se agolpan y reborbotean deseando escapar con el único propósito de inyectarse en esa mujer, la causante de tales ímpetus. Pobres de nosotros, ellas no saben lo que sufrimos cuando nos excitan con sus cuerpos de tal manera y no podemos desahogarnos siquiera; como yo en ese momento; me fue necesario apretarme la reata discretamente con tal de consolármela.

Se me abría el apetito sexual de sólo verla moviéndose así. Pinche señora, poseía uno de esos culos bien formados, propios de esas hembras con quien nace un deseo natural de aparearse. Ya hasta me estaba babeando la punta de la verga por la boquita; hasta se me manchó el pantalón. Mi pieza de carne masculina ansiaba introducirse por en medio de ese par de cachetes embolsados en esa tela bien tensada a unos centímetros de mí.

Bamboleantes glóbulos pulposos que con sus juguetones movimientos invitaban a alimentarles con carne tiesa.
Viendo aquel espectá... culo, pensé encabronado: "Pinche vieja, con tanto tilingo-lingo ya me despertó al chamaco".
Fue entonces que me di cuenta de la plática de aquellos dos. La verdad su conversación me puso más cachondo, si ya de por sí estaba. Por eso decidí aquí compartir las anécdotas relatadas, para que no se pierdan en el olvido. Nada más que tuve que dividirlas en dos, he aquí la segunda parte:
—Te juro que hay maestras que parecen más putas que educadoras —dijo Carlos riendo, tras contar lo sucedido con la maestra de catecismo—. ¿Y qué hay de ti...? ¿Nunca te has chingado a una?
Jorge asintió con picardía y dio un trago a su bebida.
—Pues sí. Tal vez no me vas a creer pero... con la maestra de secundaria de mi hijo mayor...
—¿De veras?
—Te lo juro pero eso no es lo más cabrón, la muy puta se estaba cogiendo a mi muchacho.
—¡No jodas...! ¡...estando él en la secundaria!
—No, él ya tenía rato de haberla terminado. Por lo menos, para cuando vi el video y me enteré con toda certeza de que cogían, él ya tenía diecinueve años. Ella había sido su maestra ya hacía años.
—¡¿...hay video?!
El otro asintió y se lo mostró. Por lo visto cargaba con él a todas partes.
—Se lo descubrí en su celular. Resulta que un día me encontré este video mientras trataba de indagar en qué pasos andaba el cabrón. Ya sabes cómo son estos pinches escuintles de ahora. Total que me encontré con esto.

—¡No manches, qué bien por tu hijo! Ya hubiese querido yo tener de esas maestras.
—¡Exacto! Dónde estaban esas putas maestras cuando nosotros estudiábamos, ¿verdad? (y los dos rieron) Nombre, mira nada más esa cola. ¡Pinche cabrón de mi hijo!, cogiéndose a su antigua maestra de secundaria como a cualquier puta.
—¿En serio? ¿Es tu hijo? —exclamó Carlos, aun dudando.
—Tal cual. Mira cómo la tiene, a cuatro patas sobre la cama, completamente desnuda, dándole esas nalgas mientras que el cabrón la embiste con fuerza. Hasta se oyen los gemidos de ella.
Paré el oído y me pareció escuchar: “¡Así, papi! Más duro…”
—Mira, mira; mi hijo la tiene bien agarrada de las caderas y le da con todo. Se la metió profundo y hasta le dijo que le mandara besitos.

—¿Se corrió adentro de ella?
—No sé, el video se corta ahí.
—¡Puta madre…! —exclamó Carlos, claramente excitado con lo escuchado.
Viéndolo disimuladamente, pude notar que temblaba y ponía los ojos en blanco. Parecía a punto de la venida.
Jorge continuó:
—Al principio me dio coraje.
—¿Por qué? Porque la maestra había abusado de tu muchacho.
—No, la mera verdad me dio envidia de que el chamaco se pudiera dar a esa nalgona. Pensé “este cabrón se tiró a su maestra... qué bien por él, pero... yo también quiero”.
Ambos soltaron una carcajada.
—Pero por otro lado me vinieron otros pensamientos... ¿Acaso ya mantenían una relación desde la secu? O apenas se estaban conociendo en intimidad. ¿Fue algo consentido...?, o a cambio de una calificación. Y la verdad, me empezó a obsesionar la mentada profesora. Esa mujer se veía deliciosa, no tanto por su belleza sino más por su sensualidad natural y cachondería en el video. Mira, mira... ¡Esa cara de puta que pone cuando se orgasmea...!
—¡Uy, qué rico!
—Inmediatamente busqué su número en el celular de mi hijo. Luego le escribí, fingiendo ser un padre preocupado por lo sucedido. Después de algunos mensajes me contestó. Trató de disculparse, pero yo quería otra cosa.
—Que te las diera —completó el otro.
Jorge asintió.
—Le mandé un fragmento del video y le dije que teníamos que hablar personalmente. Después de varias horas, en las que me dejó solo en visto, llegó la respuesta: “¿Dónde y cuándo?” No perdí el tiempo, la cité esa misma noche. “Te voy a culear mamacita”, pensé tras salir de mi casa.
A cambio de mi silencio, y no hacer público el video, acordamos ir a un motel discreto en las afueras de Monterrey. Antes de que Yolanda se desvistiera, yo ya estaba duro solo de verla en persona. Llevaba una lencería negra que enmarcaba sus curvas generosas. Apenas me le acerqué, la empujé contra la pared y la besé con hambre. Le metí mano entre sus piernas y ya estaba empapada. “¿Te gusta cogerte a los papás también, o sólo a tus alumnos…?”, le susurré al oído mientras le bajaba las pantaletas. Yolanda se mordió el labio.
Hice que se arrodillara ahí mismo, le metí mi verga hasta la garganta. La chupaba con ganas, su saliva le corría por su barbilla. Le exigí que me mirara a los ojos mientras comía mi verga. Luego la agarré del cabello y me la cogí por la boca con fuerza.
Después la levanté, la tiré sobre la cama y le abrí de piernas. Su panocha estaba hinchada y brillante. Se la metí de un solo empujón, gruñendo de placer al sentirla tan caliente y jugosa. Yolanda arqueó la espalda y gritó: “¡Sí! Así papi. ¡Más duro! ¡Házmelo como tu hijo!”. Eso me encendió aún más, le dije, “te lo voy a hacer mejor”. La penetré con furia, cambiando de posición: de misionero, luego a cuatro patas, después la senté sobre mí, para que me cabalgara. Sus tetas rebotaban mientras la hacía saltar de forma frenética, y ella gemía sin control. “Quiero venirme dentro”, le dije. Ella respondió: “Te advierto, estoy ovulando”. No chingues, sabiendo eso la embestí más fuerte y entonces exploté dentro de ella, soltando chorros calientes mientras Yolanda se corría también, temblando y apretándome con su vulva. Nos quedamos un rato en silencio, sudados, exhaustos y respirando agitados. Antes de irse, Yolanda me pidió que borrara el video. Cosa que hice delante de sus ojos, “Cuenta con eso, maestra”, le dije, pero para el momento yo ya tenía otra copia en casa.
Yo ya no aguantaba más. Tras escuchar sus historias, tenía la verga palpitando dentro del pantalón, dura como piedra. Me sentía ansioso; tenía que hacer algo, desahogarme.
Vi hacia donde estaba la profesora de rojo. Fui tras ella, una vez escuché que iría a la cocina por unos vasos. Me la tenía que chingar. Entré tras ella al lugar. Afortunadamente no había nadie más ahí. Ella seguía parando el culo.
Vino a mi mente lo que acababa de escuchar, luego, imágenes de mujeres necesitadas de atención sexual. Ella lo necesitaba, tenía que ser así, si no para qué vestir como vestía, y menearse de tal manera. Mientras me le acercaba por detrás ya me estaba bajando el cierre del pantalón. No hubo palabras. La besé en la nuca mientras mis manos le agarraban ese culo que tanto había admirado. Le subí rápidamente la falda roja hasta la cintura, e inmediatamente después le bajé el negro y calado calzón de un tirón. Las femeninas carnes tiritaron. Le metí dos dedos en esa panocha. Estaba receptiva, húmeda y caliente. Se la metí de un solo empujón. Empecé el mete y saca, estrujando sus tetas sobre la blusa.
Viendo cómo me restregaba en ese culo grande y macizo, le di nalgadas fuertes mientras la embestía. Cuando sentí que ella se venía apretándome la verga con esos espasmos propios de la mujer, no aguanté más y se lo llené de semen caliente, chorro tras chorro quedó bien encharcada.
“Gracias”, le dije y salí primero. “A la salud de esas maestras”, pensé, mientras salía de la cocina. Más tarde la vi salir también, e ir al sanitario. Supuse que para limpiarse mi venida.
Aquella señora de soberbios volúmenes era tan ofrecida como podía esperarse.
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