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Esposa traga leche de amigotes (cuck)

Esta es una de mis fantasías. Espero alguna vez cumplirla.

Era sábado por la tarde y Juan había invitado a sus tres mejores amigos —Pablo, Nico y Matías— a ver el partido en la casa. Cervezas frías, pizzas y la tele a todo volumen. Estaban gritando goles cuando la puerta del living se abrió.
Ahí apareció Sofía, su esposa: una morocha fit de 28 años, pelo negro largo y lacio que le caía por la espalda, tetas grandes y firmes que apenas contenían una remera deportiva ajustada, cintura estrecha y un culo perfecto, redondo y duro de tanto squat. Vestía unos leggings negros que se le marcaban tanto la rajita como el hilo del culo que parecía que se le iba a romper.
—Hola chicos… —saludó con una sonrisita pícara, moviendo la cadera sin querer (o queriendo)—. No hagan tanto quilombo que después se quejan los vecinos.
Se inclinó un poco para agarrar una botella de agua de la mesa ratona y todos vieron cómo esas nalgas se separaban apenas, marcando el camel toe perfecto. Los tres amigos se quedaron mudos, con las pijas ya empezando a engordar dentro de los pantalones.
—Después vengo a saludar mejor —dijo guiñándoles un ojo, y se fue contoneando el culo hacia el gimnasio de la casa.
En cuanto cerró la puerta, Pablo soltó:
—Boludo… ¿esa es tu mujer? Tiene un culo que te caga la vida.
Nico se acomodó la verga ya dura:
—Qué tetas, Dios santo. ¿Cómo hacés para no estar todo el día adentro de ella?
Matías, más directo:
—Te juro que me la cogería hasta dejarla caminando raro, Juan. Perdón, pero es una trola de campeonato.
Juan se rio, pero tenía la pija tiesa como una piedra. Le encantaba ver cómo sus amigos se ponían locos por su mujer. Esa calentura ajena lo prendía fuego.
—Miren… —dijo bajando la voz y con una sonrisa pervertida—… Sofía viene del gym siempre muerta de sed y se toma una bebida post-entrenamiento. ¿Quieren hacer algo divertido?
Los tres lo miraron sin entender.
—¿Qué cosa? —preguntó Pablo.
Juan se sacó la pija ya dura afuera y empezó a pajearse lento.
—Vamos a pajearnos todos y le vamos a llenar el shaker con semen. Que se tome todo nuestro leche mezclado con su proteína. ¿Se animan?
Hubo dos segundos de silencio y después los tres se bajaron los pantalones casi al mismo tiempo. Cuatro vergas duras y palpitantes rodeando la mesita.
Se pajeaban mirando hacia el pasillo del gimnasio, escuchando el ruido de las pesas y los gemidos de esfuerzo de Sofía mientras entrenaba. Pablo tenía una verga gruesa y venosa, Nico una más larga y curva, Matías una monstruo cabezona. Juan estaba más caliente que nunca.
—Imagínensela tragando todo esto… —jadeaba Juan—. Que mi mujer se tome cuatro cargas de leche de mis amigos sin saber.
Empezaron a gemir bajito. Primero se corrió Matías, soltando un chorro grueso y blanco que cayó adentro del shaker con un “plop” audible. Después Nico, que eyaculó tanto que casi rebalsó. Pablo tiró tres chorros potentes y espesos. Juan, el último, se corrió pensando en la cara de su mujer cuando se lo tomara todo, agregando su leche al cóctel.
Cerraron el shaker y lo sacudieron un poco. El líquido blanco-grisáceo se mezcló con la proteína de chocolate, pero seguía oliendo claramente a semen fresco.
Cinco minutos después, Sofía volvió sudada, con la remera pegada a las tetas marcando los pezones duros y el culo brillando de transpiración.
—Uff, qué calor… —dijo agarrando el shaker de la mesa sin sospechar nada—. Necesito esto ya.
Los cuatro se quedaron callados, con las pijas todavía medio duras guardadas, mirando cómo desenroscaba la tapa.
Sofía se llevó el shaker a los labios y empezó a tomar grandes tragos. Se le escapó un hilo espeso por la comisura de la boca que se limpió con el dedo y chupó sin pensar.
—Mmm… hoy está más espesa la proteína… pero rica —dijo con una sonrisita, tomando otro sorbo largo.
Los cuatro amigos la miraban hipnotizados mientras ella se tomaba hasta la última gota, tragando semen de cuatro vergas diferentes sin saberlo. Cuando terminó, se pasó la lengua por los labios y soltó un suspiro satisfecho.
—Qué rica… me dejó la boca con un gusto medio salado, pero me encanta.
Juan tenía la pija de nuevo dura como piedra.
Sofía los miró a todos con una ceja levantada y una sonrisa traviesa.
—¿Qué? ¿Por qué me miran así, pervertidos?

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