
Capítulo 2: Tarde al Trabajo
Elena seguía arrodillada entre las piernas de Diego, con los labios hinchados, rojos y brillantes de saliva. Una gruesa gota de semen blanco aún colgaba obscenamente de la comisura de su boca. Levantó la mirada hacia su marido y, de pronto, sus ojos se llenaron de lágrimas de vergüenza.
—Diego… —su voz temblaba, rota—. ¿Qué me está pasando? Me desperté empapada, con el corazón latiéndome en la garganta y lo único que podía pensar era en… en tener tu pene en mi boca. En saborearte. En metérmelo hasta el fondo y tragártelo todo como una puta desesperada. Yo no soy así… Yo soy decente. Voy a misa contigo todos los domingos. Rezo el rosario. ¿Cómo pude hacer eso? Me siento tan sucia… tan pecadora…
Diego le acarició el cabello negro con ternura fingida, mientras por dentro una oleada oscura de excitación y triunfo lo invadía. “Funcionó… joder, realmente funcionó. Mi dulce Elena se está convirtiendo en lo que pedí.”
—Amor, tranquila —mintió con voz calmada y amorosa, limpiándole suavemente la comisura de los labios con el pulgar—. A veces el cuerpo acumula estrés durante años y de pronto explota de esta forma. Llevamos trece años juntos, tal vez estamos entrando en una nueva etapa. A mí me encantó. Me sentí deseado como nunca antes en mi vida. No te sientas mal, por favor. Te amo exactamente como eres… aunque hoy hayas chupado como una auténtica zorra.
Elena se mordió el labio inferior con fuerza, todavía confundida y avergonzada, pero las palabras de su marido la tranquilizaron un poco. Se incorporó y lo besó profundamente, empujando su lengua dentro de su boca para que él probara el sabor fuerte y salado de su propio semen. El crucifijo de plata se balanceaba entre sus tetas desnudas, manchado de saliva.
Se arreglaron rápidamente para ir al trabajo. Elena volvió a transformarse en la imagen perfecta de la profesional recatada: falda lápiz gris oscura que se ajustaba como una segunda piel a sus caderas suaves y redondas, blusa blanca abotonada hasta el cuello, cabello negro recogido en un moño perfecto y elegante, y el crucifijo de plata descansando inocentemente sobre su pecho.
Pero debajo de esa apariencia impecable y decente, su coño seguía ardiendo. Sus bragas ya estaban completamente empapadas otra vez, pegadas a sus labios hinchados.
Justo cuando Diego agarraba las llaves del departamento, Elena lo detuvo. Sus ojos volvían a tener ese brillo peligroso, vidrioso y lleno de necesidad.
—Diego… espera —su voz era casi una súplica vergonzosa—. Lo necesito otra vez. Solo un poco. No puedo ir al trabajo así… estoy empapada, amor. Mi coño no deja de palpitar.
—Amor, vamos muy tarde —intentó protestar él, aunque su verga ya empezaba a endurecerse de nuevo.
Pero Elena ya había perdido el control. Se bajó las bragas con manos temblorosas y las dejó caer al suelo. Se inclinó sobre el respaldo del sofá, subió la falda lápiz hasta la cintura y separó las piernas como una puta en celo. Su culo redondo, firme y perfectamente moldeado quedó totalmente expuesto, junto con su coño hinchado, brillante y chorreando jugos transparentes que le corrían por los muslos.
—Por favor… métemela —suplicó con voz rota—. Rápido. Solo necesito sentirte dentro. Mi vagina está ardiendo…
Diego no pudo resistirse. Su pene ya estaba completamente duro. Se colocó detrás de ella y, de un solo empujón brutal, la penetró hasta el fondo.
—Dios mío, Elena… estás absolutamente empapada —gruñó con placer.
Su vagina se sentía completamente distinta a la de siempre. Más caliente, más apretada, más resbaladiza y viva. Los músculos internos succionaban su verga con fuerza, como si intentaran ordeñarlo. Elena empezó a mover las caderas hacia atrás con desesperación, follándolo ella misma como una posesa.
—Más fuerte… por favor —gemía como una auténtica puta—. ¡Ahh! ¡Sí! ¡Así, amor! ¡Fóllame más duro!
Su mente era un torbellino de lujuria y culpa:
“Perdóname Dios… perdóname Diego… pero necesito verga… necesito que me llenen… quiero corridas calientes dentro de mí… soy una esposa horrible… pero se siente tan rico…”
Diego la agarró fuerte de las caderas y la embistió con todo. Sus tetas medianas y perfectas se balanceaban violentamente dentro de la blusa ajustada, haciendo que el crucifijo de plata golpeara repetidamente contra su pecho con cada embestida profunda. Elena gemía sin control, bajito pero obscenamente:
—Fóllame… méteme esa verga… soy tu puta hoy… ¡ahh! ¡Más adentro!
A pesar de sus ganas, Diego no aguantó mucho. El coño de Elena estaba demasiado caliente, demasiado apretado y succionador. Después de solo cinco minutos se corrió dentro de ella con un gruñido animal, llenándola con chorros gruesos y calientes de semen. Elena soltó un gemido frustrado y necesitado al sentir cómo la inundaba, pero no alcanzó el orgasmo.
Diego se retiró jadeando, con la verga brillante de sus jugos y semen. Elena se quedó un momento inclinada sobre el sofá, con gruesos hilos blancos escurriéndole por los muslos y goteando al suelo.
—Tenemos que irnos ya —dijo él, casi sin aliento.
Se limpiaron a toda prisa, aunque Elena apenas logró secar el desastre entre sus piernas. Salieron corriendo del departamento.
Trabajo de Elena - 08:47
Elena llegó casi cincuenta minutos tarde. Había olvidado por completo la reunión importante con el equipo directivo.
Ricardo Vargas, su jefe, la esperaba en su oficina con la puerta entreabierta y una expresión de pocos amigos.
—Elena Ruiz, entre y cierre la puerta —ordenó con tono seco y autoritario.
Elena obedeció, sintiendo cómo le temblaban las piernas. Apenas cerró la puerta, Ricardo empezó:—¿Se puede saber qué mierda le pasa hoy, señorita Ruiz? Olvidó la reunión más importante de la semana. ¿Ahora resulta que la empleada modelo de Recursos Humanos es una irresponsable?
Elena bajó la mirada, sonrojada. Pero en ese preciso instante sintió una fuerte palpitación en su vagina. Un calor líquido y urgente se extendió entre sus piernas, mojándola todavía más. Su mente, que intentaba buscar una excusa profesional, se llenó de repente de una sola palabra:
Pene…
—Siempre tan correcta, tan educada, con su crucifijo y su moñito perfecto… —continuó Ricardo, acercándose lentamente—. ¿Y ahora no puede ni llegar a tiempo? ¿Qué diría su marido si supiera que la “señorita esposa perfecta” es tan inútil en su trabajo?
Elena apretó los muslos. Su coño palpitaba con fuerza. El tono autoritario y despectivo de su jefe solo empeoraba todo. Respiró agitada y, con voz baja y temblorosa, respondió:
—Señor Vargas… tiene razón. He sido muy descuidada. —Levantó lentamente la mirada, con las mejillas ardiendo—. Merezco un castigo… un castigo de verdad.
Ricardo levantó una ceja, sorprendido por el giro.
—¿Disculpe?
Ricardo se detuvo frente a ella, mirándola con sorpresa y una creciente sonrisa oscura.
—¿Castigo? —repitió lentamente, saboreando la palabra—. Qué interesante… La señorita Elena Ruiz, siempre tan correcta, tan profesional, tan “voy a misa todos los domingos”, ahora me está pidiendo que la castigue.
Elena sintió otra fuerte palpitación en su coño. Apretó los muslos, pero no pudo evitar que se le escapara un pequeño gemido ahogado.
El jefe inclinó la cabeza, disfrutando claramente del poder.
—Dígame, señorita Recursos Humanos… ¿exactamente qué clase de castigo cree usted que merece una esposa fiel pero negligente como usted?
Elena temblaba. Su mente era un caos:
“¿Qué estoy haciendo? Esto está mal… Dios, perdóname… Diego… ¿por qué no puedo callarme? ¿Por qué lo deseo tanto?”
—Señor… yo… —su voz era casi un susurro.
Ricardo dio un paso más cerca, su voz baja y dominante:
—No, no. No balbucee. Quiero escucharla claramente. Una mujer decente como usted debe saber exactamente qué se merece. Dígame… ¿cómo quiere que la castigue, señorita esposa perfecta?
Elena cerró los ojos un segundo, humillada, excitada y aterrorizada por sus propias palabras. Respiró agitada y habló con voz temblorosa pero sumisa:
—Quiero… quiero que me castigue con su pene, señor Vargas.
Ricardo soltó una risa baja y cruel.
—Vaya… Qué directa. Pero no es suficiente. Quiero detalles, perrita. ¿Dónde quiere ese castigo? ¿En su boca de esposa fiel? ¿En esa coñito que seguro su marido no sabe usar bien?
Elena sintió que le ardían las mejillas. El crucifijo subía y bajaba rápidamente con su respiración agitada.
—Sí, señor… —murmuró, casi sin voz—. Quiero que me castigue en mi boca. Quiero arrodillarme frente a usted… como una puta… y chuparle la verga hasta que me perdone.
Ricardo agarró su barbilla con firmeza y la obligó a mirarlo a los ojos.
—Más claro. Quiero oírlo completo de esa boquita educada que tiene. Dígalo completo, señorita católica.
Elena, con los ojos vidriosos y la voz quebrada por la vergüenza y el deseo, obedeció:
—Quiero arrodillarme frente a usted, señor… bajarme la blusa, dejarme solo el crucifijo… y chuparle su verga gruesa como la puta barata que soy hoy. Por favor… castígueme con su pene en mi boca. Úselo para corregirme. Por favor…
El jefe sonrió satisfecho, con una erección evidente bajo el pantalón.
—Buena chica. Mira nada más… La señorita perfecta de Recursos Humanos rogando por verga en la oficina. Arrodíllese entonces.
Las rodillas de Elena cedieron inmediatamente. Se arrodilló frente a él, con la falda subiéndose por sus muslos y el corazón latiéndole con fuerza
Fin del Capitulo.
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