

Aquella tarde las nubes se iban rompiendo a jirones dejando entrar las luces de las cinco, cuando más arde la tierra y más vulnerables somos los hombres a las perversiones femeninas. Y en estás, en un tercero de una zona este de Madrid, una mujer de cuarenta años paseaba desnuda con su excitante belleza, con un toque arabesco y su larga melena rizada que se movía al ritmo de sus firmes erectos senos. Parecía cantar con inocencia mientras tenía la ropa. Su desnudez era perversa, excitante, provocadora. Si pelvis cubierto con algo de bello público le otorgaba un aire salvaje, sobre todo cuando se retorcía excitada acariciando sus labios arrugados que sobresalían como una lengua maligna que te condenaba a desear penetrarla una y otra vez sin descanso, escuchando sus ahogados y agudos gemidos. Se recostó en el sofá, una extraña sonrisa que estaba atada a otro lugar donde su imaginación tenía guardado con secreto, se dibujaba en su rostro. Los párpados agotados se dejaron caer mientras Dos dedos ansiosos atravesaban su deseada cuava de perversiones alcanzable para muy pocos. Se movió en el asiento, si cintura se adelantó, la piel de gallina, las piernas temblando en busca de ese soñado orgasmo recordando como aquel tipo la embestía como un animal poseída por la mayor adiccion, el sexo. Cada vez respiraba más y más agitada, su pelvis avanzaba y se contraia a la vez que su frágil cuerpo se entregaba a su yo animal.... El la poseía, la rabia le hacía balbucear observando el rostro de aquel salvaje hombre que la penetraba sin piedad y con más torpeza de la que ella esperaba... Pero era tan brutal el placer, tan infernal el deseo... Que solo anhelaba alcanza ese punto donde el vacío nos acoge mientras nos corremos...
Cuando por fin su coño quedó impregnando por la enorme corrida levantó la vista y volvió a verle, ambos sudaban pero él fiel al acuerdo dejaba dos billetes de quinientos euros en la mesita. ¿Puedo correrme en tu cara Eva?
Ella simplemte acarició el dinero ajena a la agresividad con la que el otro la deseaba
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