A veces, cuando los chalanes se iban a comer y nos quedábamos solos diez minutos, el silencio en el local pesaba toneladas. Él se sentaba en el mostrador, cerca de mí, y me contaba cosas de su vida, de cómo levantó el negocio. Yo lo escuchaba embobada, no solo por lo que decía, sino por cómo se movía su mandíbula al hablar. Ya no era solo atracción física; me gustaba el tipo, me gustaba su seguridad de hombre maduro. Me gusta todo de él.
Llegó un punto en que ya no podíamos estar en la misma habitación sin coquetear. Lili venía a veces y yo me sentía la peor persona del mundo porque, mientras ella me hablaba de su novio, yo estaba pensando en qué tan suave sería el vello del pecho de su papá y como sería estar con él.
Después de esos tres meses, Sergio dejó de andarse con rodeos. Ya no eran solo miradas; empezó a buscar el contacto físico de una forma que me dejaba loca.
Todo empezó un martes, cerca de la hora del cierre. Yo estaba anotando unos pedidos y él se acercó por detrás. En lugar de quedarse a una distancia profesional, apoyó sus manos en el mostrador, rodeándome con sus brazos sin llegar a tocarme del todo. Sentí el calor de su pecho, ese que ya me sabía de memoria pegado a mi espalda.
—Estás trabajando mucho, Caro —me susurró casi en el oído. Su barba de un par de días me rozó la mejilla y sentí un escalofrío—. Deberías relajarte un poco.
Antes de que pudiera contestar, sentí sus labios dándome un beso lento y firme en el cuello, justo donde empieza el hombro. No fue un accidente. Me quedé helada, con el corazón martilleándome las costillas. Él no dijo más, solo me apretó un segundo los hombros con sus manos grandes y se retiró a su oficina con esa calma desesperante.
Los días siguientes fueron una guerra de nervios. Sergio aprovechaba cualquier descuido de los chalanes para recordarme que me tenía en la mira.
Un día entré a dejarle un reporte y, cuando intenté salir, me cerró el paso. Me abrazó por la cintura, pegando mi cuerpo contra el. Mis curvas, mis pompis, todo quedó aplastado contra su firmeza. Fue un abrazo largo, de esos que te dejan sin aire, donde sentí su respiración profunda en mi pelo. —Sergio, Lili... —alcancé a balbucear. —Lili no está aquí, Caro. Solo estamos nosotros —me contestó, dándome otro beso, esta vez en la sien, antes de soltarme.
Yo ya no podía más. Pasaba caliente todos los días, distraída, imaginando cosas cada vez que lo veía cargar un bote de pintura o ajustarse el cinturón.
El viernes fue el movimiento definitivo, el calor era una bestia. Los chalanes se largaron apenas dieron las seis. Sergio cerró la cortina del local y el estruendo del metal cayendo sonó como el inicio de algo prohibido. Me quedé parada junto al mostrador, con la boca seca.
Él se quitó la camisa de arriba, quedándose en esa camiseta blanca de tirantes que dejaba ver sus hombros anchos y el vello oscuro que tanto me obsesionaba. Se acercó a mí sin prisa, con esa seguridad de hombre maduro que sabe que ya ganó.
—Llevas días evitándome la mirada, flaca —me dijo, acorralándome contra el mostrador.
Me puso las manos en la cintura, apretando mis curvas con una fuerza que me hizo soltar un gemido bajito. Me sentía diminuta frente a él, pero nunca me había sentido tan deseada. Sergio se inclinó, rozando su nariz con la mía, y yo ya no pude más. La culpa por Lili, el miedo al trabajo, todo se fue al carajo por el deseo acumulado de tres meses.
Cuando sus labios rozaron los míos, fui yo la que cortó la distancia y lo besó de verdad. Sabía a café, a hombre y a peligro. El beso fue hambriento, desesperado, y sentir su lengua encontrarse con la mía mientras sus manos bajaban de mi cintura a mi culo fue el punto de no retorno.

Pero yo entré en pánico y sali corriendo del local a mi casa. Pasé todo el fin de semana evitando los mensajes de Lili y dándole vueltas a lo que paso. Me sentía mal, pero a la vez, el cuerpo me hormigueaba cada vez que me acordaba de la fuerza de Sergio.
El lunes regresé al local decidida a poner límites. Pero Sergio, con sus 48 años y toda esa experiencia, no me lo puso fácil. Durante las siguientes semanas, él se volvió un experto en acorralarme suavemente.
Si yo entraba a la oficina por un sello, él me jalaba de la mano y me plantaba un beso rápido pero profundo antes de dejarme ir. Yo le decía "Sergio, no, por favor", pero mis manos se quedaban pegadas a su pecho velludo un segundo más de lo necesario.
Tambien mientras yo atendía clientes, él pasaba por detrás y me ponía una mano en la espalda baja, justo donde terminan mis jeans y empiezan mis pompis. Era una caricia firme, que me dejaba con la mente en blanco frente al cliente y se veía sutil.
Incluso parecía que él sabía que yo estaba cediendo. Me buscaba en los pasillos de los solventes, me abrazaba por la cintura y me hundía la cara en el cuello, respirando hondo. "Hueles delicioso, Caro... ya no me pelees tanto", me decía con esa voz que me hacía vibrar hasta los pies.
Pasamos asi hasta justo un mes después de aquel primer beso. Los chalanes se habían ido a entregar un pedido de 50 cubetas y nos dejaron solos. El calor era sofocante, de esos que te hacen querer quitarte la ropa. Yo estaba tratando de acomodar unas brochas, ese día iba en shorts corto pero sentía la mirada de Sergio clavada en mi nuca desde el mostrador.

Me di la vuelta para decirle que dejara de verme así, pero ya lo tenía encima.
—Ya no puedes decir que no me quieres, flaca. Te tiemblan las manos cada vez que me acerco —dijo él, acorralándome contra los estantes de metal.
Esta vez no hubo advertencia. Me agarró la cara con esas manos grandes y me besó con una rabia y un hambre que me hicieron perder el piso. Yo, que me había prometido ser fuerte, caí por completo. Le rodeé el cuello con los brazos, pegando mi cuerpo al suyo con una desesperación que no sabía que tenía.
Ahí mismo, en medio del pasillo de las pinturas, la cosa se puso pesada. Sus manos, calientes y expertas, bajaron de mi espalda para agarrar con fuerza mis pompis, levantándome un poco para que sintiera lo duro que estaba por mí. Yo no me quedé atrás; mis dedos se enterraron en el vello de su pecho, jalándole un poco la playera de tirantes, queriendo sentir su piel.
Nos estábamos devorando. Él me empujaba contra los estantes, haciendo que los botes de pintura tintinearan, mientras sus labios bajaban a mi pecho, mordiéndome por encima de la tela. Era puro toqueteo, manos por todos lados, respiraciones agitadas y el sabor del otro quemándonos. Estábamos en pleno almacén, a la vista de cualquiera si alguien se asomaba por la rendija de la cortina, pero en ese momento, con la adrenalina a mil, lo único que importaba era que por fin había dejado de pelear contra lo que sentía por él. Pero como siempre los chalanes nos interrumpieron, casi nos cachan, nos acomodamos la ropa y todo pero yo creo que se dieron cuenta porque Sergio estaba lleno de mi labial y mi boca estaba toda batida de tanto beso jajaja.
Despues de ese tremendo beso esa semana, Sergio andaba distinto. Ya no era solo el jefe rudo; cuando me veía, sus ojos brillaban de una forma que me desarmaba. Un día, mientras los chalanes estaban afuera cargando un camión, me jaló un momento a la esquina del mostrador.
—Caro, neta, me traes loco —me soltó, como si fuera un chavo de mi edad, pero con esa voz de hombre que te hace calentar—. No puedo dormir pensando en ti, en cómo me miras, en cómo te quedan esos jeans o shorts. Ya no sé ni qué hacer conmigo mismo. Me gustas.
Ver a ese hombre de 1.80, tan imponente y seguro, diciéndome eso con la voz entrecortada, terminó de romper mis defensas. Ya no era solo calentura, era saber que yo, con mis 1.50 y mis curvas, tenía a este señor a mis pies o bueno eso creía en ese entonces.
El lunes siguiente, la oficina se volvió nuestro mundo.
Hacía un calor como los de todos los días. Sergio en la tarde cerró la oficina con llave y, sin decir palabra, me acorraló contra la puerta. Empezamos a besarnos como si se fuera a acabar el mundo. Entre el hambre del beso y la adrenalina, la ropa estorbaba.
Él se quitó la playera y por fin pude ver en vivo lo que tanto había imaginado. Era impresionante. El vello oscuro le cubría el pecho con una densidad que me daba ganas de pasarle las manos por todos lados; tenía los hombros anchos y una firmeza que no parecía de alguien de 48 años. Yo me quedé ahí, solo en brasier y con los jeans a medio bajar, apreciando cada músculo de ese torso maduro que se sentía tan sólido frente a mi cuerpo más suave.
—Estás hermosa, Caro... —gruñó él, mientras me ayudaba a deshacerme de lo último de ropa.
Me sentó en su escritorio, entre los papeles y las facturas, y ahí fue cuando se volvió loco. No hubo penetración, pero no hizo falta para que yo sintiera que me iba a desmayar. Sergio se arrodilló entre mis piernas y empezó a devorarme.
Sus labios y su lengua recorrieron cada centímetro de mi piel. Empezó por mis muslos, apretando mis curvas con esas manos grandes que tanto me gustaban, y fue subiendo. Me besó el abdomen, me recorrió la cintura con la lengua y se detuvo en mis pechos con una desesperación que me hacía arquear la espalda.
—Sergio... —apenas pude decir, enterrando mis dedos en su cabello oscuro y sintiendo el roce de su barba contra mi piel.
Él no paraba. Usaba su boca como si fuera a beberse todo mi cuerpo, explorando cada rincón de mis curvas con una paciencia de experto. Yo me sentía inmensa y a la vez diminuta bajo su dominio. El contraste de su cara ruda y velluda contra la suavidad de mi piel era demasiado. Estábamos ahí, en medio de la oficina de la pinturería, rodeados de olor a solvente y con el ruido de los chalanes afuera, mientras él se encargaba de que yo no olvidara nunca cómo se sentía ser deseada por un hombre de verdad.
El ambiente en la oficina estaba tan cargado que casi se podía sentir la calentura. Sergio estaba totalmente perdido entre mis curvas, dándome besos en lugares que ni yo sabía que eran tan sensibles, cuando de repente, un golpe seco en la puerta de madera nos hizo saltar del escritorio.
—¡Don Sergio! ¡Patrón! —era la voz del Javi, uno de los chalanes, gritando desde el otro lado—. Ya terminamos de acomodar las cubetas de esmalte, ¿quiere que cerremos la cortina de afuera o esperamos el flete de las siete?
El pánico me recorrió el cuerpo. Me quedé congelada, a medio vestir, sólo con mi tanguita puesta y el brasier a medio cuerpo sentada en el escritorio con las piernas abiertas, con el corazón queriendo salirse del pecho y la piel todavía ardiendo por la boca de Sergio. Lo miré a él, esperando verlo asustado, pero Sergio tenía una calma impresionante. Se pasó la mano por el vello del pecho, respiró hondo para controlar la agitación y se puso la playera de tirantes en un movimiento rápido.
—¡Vayan cerrando la de afuera, Javi! —contestó Sergio con su voz de mando, sin que le temblara ni un poquito—. Yo termino de checar unas facturas con Caro y ahorita salgo para darles su raya.
—¡Sale, patrón! —se escuchó el grito del Javi mientras sus pasos se alejaban hacia la entrada.
Yo solté el aire que tenía contenido y empecé a ponerme los jeans como loca, temblando. Sergio se acercó a mí, me tomó de la cintura con esa fuerza que me volvía loca y me plantó un beso corto pero posesivo en los labios. Me encantas me dijo.
—Ya no podemos seguir así, flaca —me susurró, pegando su frente a la mía mientras me ayudaba a subir el cierre del pantalón—. Aquí nos van a terminar cachando y no quiero que sea así.
—Sergio, es que si Lili se entera... —empecé a decir, pero él me puso un dedo en los labios.
—Lili no tiene por qué enterarse. Pero yo necesito estar contigo sin tener que escuchar a los chalanes gritar cada cinco minutos.
Me terminé de abotonar la blusa con las manos todavía temblorosas. Sergio estaba ahí parado, recargado en su escritorio, viéndome con una mezcla de triunfo y hambre que me hacía querer volver a quitarme todo.
—Sergio, esto es demasiado riesgo —le dije en voz baja, asomándome por la ventana de la oficina para ver si los chalanes ya se habían alejado—. El Javi casi entra. Si nos ve, mañana lo sabe todo el mundo, hasta Lili.
Él soltó un suspiro pesado y se acercó a mí y me tomó de los hombros con firmeza, obligándome a mirarlo.
—Ya sé, flaca. Tienes razón. Aquí no se puede —dijo con esa voz ronca que me ponía a vibrar—. Pero ya no puedo dejar las cosas así. Me traes mal, Caro. Neta, no dejo de pensar en ti desde que llegas hasta que te vas.
—Yo también, pero... ¿qué vamos a hacer? —le pregunté, sintiendo el calor de sus manos en mi piel.
—El sábado —soltó él sin dudarlo—. Lili se va a Cuernavaca con su mamá, sale temprano. Tú y yo nos vamos a ver en un hotel que conozco a la salida de la ciudad. Ahí nadie nos conoce, nadie nos va a molestar.
—¿Un hotel, Sergio? —me mordí el labio, pensando en lo que eso significaba—. Va a parecer que solo... ya sabes.
Él sonrió de lado, esa sonrisa de hombre maduro que sabe perfectamente cómo manejar a una mujer. Me jaló hacia él y me dio un beso corto pero que me supo a promesa.
—No seas malpensada. Vamos a ir a conversar, Carl. Tenemos mucho de qué hablar sin que nadie nos interrumpa con botes de pintura o facturas. ¿Me vas a decir que no quieres "platicar" conmigo a solas?
Me reí bajito porque sabía que era el cliché más grande del mundo, pero viniendo de él, me sonaba a gloria y la verdad si quería ir a platicar con el y hasta quería estar encima de el sintiendo su verga jajaja pero me hacía la difícil.
—Está bien, Sergio. Vamos a "platicar" —le contesté, remarcando las comillas—. Pero si alguien nos ve...
—Nadie nos va a ver. Yo te mando la ubicación por mensaje. Sábado a las ocho, ¿va?
Asentí, sintiendo una mezcla de miedo y una excitación que no me iba a dejar dormir en toda la semana. Salí de la oficina tratando de que mi cara no me delatara, mientras escuchaba a Sergio ponerse la playera y empezar a gritarle a los chalanes para que terminaran de cerrar el local.
El plan estaba hecho. Solo faltaba que llegara el sábado para que esa "plática" se convirtiera en lo que los dos estábamos muriendo por hacer.
Los días que antecedieron a la cita en la oficina fueron una tortura. Yo sentía que caminaba sobre brasas y Sergio no ayudaba para nada; al contrario, parecía que le divertía verme sufrir.
El martes y el miércoles fueron días de pura tensión psicológica. En el local, frente a los chalanes, Sergio se portaba como el jefe más serio del mundo, pero cuando pasaba junto a mí en el mostrador para ir por un café, me rozaba la mano "sin querer" o me susurraba un "Ya falta menos" que me dejaba con la mente en blanco mientras intentaba cobrarle a un cliente. Yo no podía dejar de pensar en que ese hombre de 1.80, con ese pecho velludo que ya había sentido contra mi cara, me estaba citando en un hotel.
El jueves la cosa se puso más pesada. Lili pasó por la pinturería a dejarle unos papeles a su papá y me invitó a salir ese fin de semana.
—¡Ay, Caro! Vámonos a Cuernavaca el sábado, —me dijo ella, recargada en el mostrador.
Casi me da un infarto. Tuve que inventarle que tenía una cena familiar, mientras sentía la mirada de Sergio desde la oficina, observándonos a las dos. Verlo ahí, tan tranquilo, sabiendo que en 48 horas me iba a tener a solas en una habitación, me hacía sentir la mujer más cínica del mundo, pero también me encendía como nada en la vida.
El viernes fue el día de los preparativos. Me puse a pensar en qué me iba a poner. Quería algo que le gustara, pero que no fuera tan obvio por si me encontraba a alguien en el camino. Me compré un conjunto de lencería negro, de esos que resaltan mis curvas y hacen que mi culazo se vea todavía mejor. Pasé toda la tarde en el local distraída, equivocándome con los códigos de los colores, hasta que Sergio se acercó a mi lugar cuando los chalanes andaban atrás.
—Mañana a las ocho, Caro. No te vayas a arrepentir —me dijo, con esa seguridad que me desarmaba.
—No me voy a arrepentir, Sergio —le contesté, sosteniéndole la mirada.
Esa noche casi no dormí. Me imaginaba la "plática" mil veces en mi cabeza. Me imaginaba su cuerpo de 48 años, tan firme y velludo, sobre el mío de 1.50. Estaba nerviosa, sí, pero sobre todo estaba urgida de que llegara el momento de estar a solas con él, lejos de la pintura, de los chalanes y de la sombra de Lili.
El sábado finalmente llegó y yo era un manojo de nervios. Me bañé con calma, me puse ese conjunto negro que me hacía sentir poderosa y me eché el perfume que a él le gustaba. Manejar hasta el hotel fue lo más largo de mi vida; cada semáforo rojo se sentía como una hora.
Parte 3
Llegó un punto en que ya no podíamos estar en la misma habitación sin coquetear. Lili venía a veces y yo me sentía la peor persona del mundo porque, mientras ella me hablaba de su novio, yo estaba pensando en qué tan suave sería el vello del pecho de su papá y como sería estar con él.
Después de esos tres meses, Sergio dejó de andarse con rodeos. Ya no eran solo miradas; empezó a buscar el contacto físico de una forma que me dejaba loca.
Todo empezó un martes, cerca de la hora del cierre. Yo estaba anotando unos pedidos y él se acercó por detrás. En lugar de quedarse a una distancia profesional, apoyó sus manos en el mostrador, rodeándome con sus brazos sin llegar a tocarme del todo. Sentí el calor de su pecho, ese que ya me sabía de memoria pegado a mi espalda.
—Estás trabajando mucho, Caro —me susurró casi en el oído. Su barba de un par de días me rozó la mejilla y sentí un escalofrío—. Deberías relajarte un poco.
Antes de que pudiera contestar, sentí sus labios dándome un beso lento y firme en el cuello, justo donde empieza el hombro. No fue un accidente. Me quedé helada, con el corazón martilleándome las costillas. Él no dijo más, solo me apretó un segundo los hombros con sus manos grandes y se retiró a su oficina con esa calma desesperante.
Los días siguientes fueron una guerra de nervios. Sergio aprovechaba cualquier descuido de los chalanes para recordarme que me tenía en la mira.
Un día entré a dejarle un reporte y, cuando intenté salir, me cerró el paso. Me abrazó por la cintura, pegando mi cuerpo contra el. Mis curvas, mis pompis, todo quedó aplastado contra su firmeza. Fue un abrazo largo, de esos que te dejan sin aire, donde sentí su respiración profunda en mi pelo. —Sergio, Lili... —alcancé a balbucear. —Lili no está aquí, Caro. Solo estamos nosotros —me contestó, dándome otro beso, esta vez en la sien, antes de soltarme.
Yo ya no podía más. Pasaba caliente todos los días, distraída, imaginando cosas cada vez que lo veía cargar un bote de pintura o ajustarse el cinturón.
El viernes fue el movimiento definitivo, el calor era una bestia. Los chalanes se largaron apenas dieron las seis. Sergio cerró la cortina del local y el estruendo del metal cayendo sonó como el inicio de algo prohibido. Me quedé parada junto al mostrador, con la boca seca.
Él se quitó la camisa de arriba, quedándose en esa camiseta blanca de tirantes que dejaba ver sus hombros anchos y el vello oscuro que tanto me obsesionaba. Se acercó a mí sin prisa, con esa seguridad de hombre maduro que sabe que ya ganó.
—Llevas días evitándome la mirada, flaca —me dijo, acorralándome contra el mostrador.
Me puso las manos en la cintura, apretando mis curvas con una fuerza que me hizo soltar un gemido bajito. Me sentía diminuta frente a él, pero nunca me había sentido tan deseada. Sergio se inclinó, rozando su nariz con la mía, y yo ya no pude más. La culpa por Lili, el miedo al trabajo, todo se fue al carajo por el deseo acumulado de tres meses.
Cuando sus labios rozaron los míos, fui yo la que cortó la distancia y lo besó de verdad. Sabía a café, a hombre y a peligro. El beso fue hambriento, desesperado, y sentir su lengua encontrarse con la mía mientras sus manos bajaban de mi cintura a mi culo fue el punto de no retorno.

Pero yo entré en pánico y sali corriendo del local a mi casa. Pasé todo el fin de semana evitando los mensajes de Lili y dándole vueltas a lo que paso. Me sentía mal, pero a la vez, el cuerpo me hormigueaba cada vez que me acordaba de la fuerza de Sergio.
El lunes regresé al local decidida a poner límites. Pero Sergio, con sus 48 años y toda esa experiencia, no me lo puso fácil. Durante las siguientes semanas, él se volvió un experto en acorralarme suavemente.
Si yo entraba a la oficina por un sello, él me jalaba de la mano y me plantaba un beso rápido pero profundo antes de dejarme ir. Yo le decía "Sergio, no, por favor", pero mis manos se quedaban pegadas a su pecho velludo un segundo más de lo necesario.
Tambien mientras yo atendía clientes, él pasaba por detrás y me ponía una mano en la espalda baja, justo donde terminan mis jeans y empiezan mis pompis. Era una caricia firme, que me dejaba con la mente en blanco frente al cliente y se veía sutil.
Incluso parecía que él sabía que yo estaba cediendo. Me buscaba en los pasillos de los solventes, me abrazaba por la cintura y me hundía la cara en el cuello, respirando hondo. "Hueles delicioso, Caro... ya no me pelees tanto", me decía con esa voz que me hacía vibrar hasta los pies.
Pasamos asi hasta justo un mes después de aquel primer beso. Los chalanes se habían ido a entregar un pedido de 50 cubetas y nos dejaron solos. El calor era sofocante, de esos que te hacen querer quitarte la ropa. Yo estaba tratando de acomodar unas brochas, ese día iba en shorts corto pero sentía la mirada de Sergio clavada en mi nuca desde el mostrador.

Me di la vuelta para decirle que dejara de verme así, pero ya lo tenía encima.
—Ya no puedes decir que no me quieres, flaca. Te tiemblan las manos cada vez que me acerco —dijo él, acorralándome contra los estantes de metal.
Esta vez no hubo advertencia. Me agarró la cara con esas manos grandes y me besó con una rabia y un hambre que me hicieron perder el piso. Yo, que me había prometido ser fuerte, caí por completo. Le rodeé el cuello con los brazos, pegando mi cuerpo al suyo con una desesperación que no sabía que tenía.
Ahí mismo, en medio del pasillo de las pinturas, la cosa se puso pesada. Sus manos, calientes y expertas, bajaron de mi espalda para agarrar con fuerza mis pompis, levantándome un poco para que sintiera lo duro que estaba por mí. Yo no me quedé atrás; mis dedos se enterraron en el vello de su pecho, jalándole un poco la playera de tirantes, queriendo sentir su piel.
Nos estábamos devorando. Él me empujaba contra los estantes, haciendo que los botes de pintura tintinearan, mientras sus labios bajaban a mi pecho, mordiéndome por encima de la tela. Era puro toqueteo, manos por todos lados, respiraciones agitadas y el sabor del otro quemándonos. Estábamos en pleno almacén, a la vista de cualquiera si alguien se asomaba por la rendija de la cortina, pero en ese momento, con la adrenalina a mil, lo único que importaba era que por fin había dejado de pelear contra lo que sentía por él. Pero como siempre los chalanes nos interrumpieron, casi nos cachan, nos acomodamos la ropa y todo pero yo creo que se dieron cuenta porque Sergio estaba lleno de mi labial y mi boca estaba toda batida de tanto beso jajaja.
Despues de ese tremendo beso esa semana, Sergio andaba distinto. Ya no era solo el jefe rudo; cuando me veía, sus ojos brillaban de una forma que me desarmaba. Un día, mientras los chalanes estaban afuera cargando un camión, me jaló un momento a la esquina del mostrador.
—Caro, neta, me traes loco —me soltó, como si fuera un chavo de mi edad, pero con esa voz de hombre que te hace calentar—. No puedo dormir pensando en ti, en cómo me miras, en cómo te quedan esos jeans o shorts. Ya no sé ni qué hacer conmigo mismo. Me gustas.
Ver a ese hombre de 1.80, tan imponente y seguro, diciéndome eso con la voz entrecortada, terminó de romper mis defensas. Ya no era solo calentura, era saber que yo, con mis 1.50 y mis curvas, tenía a este señor a mis pies o bueno eso creía en ese entonces.
El lunes siguiente, la oficina se volvió nuestro mundo.
Hacía un calor como los de todos los días. Sergio en la tarde cerró la oficina con llave y, sin decir palabra, me acorraló contra la puerta. Empezamos a besarnos como si se fuera a acabar el mundo. Entre el hambre del beso y la adrenalina, la ropa estorbaba.
Él se quitó la playera y por fin pude ver en vivo lo que tanto había imaginado. Era impresionante. El vello oscuro le cubría el pecho con una densidad que me daba ganas de pasarle las manos por todos lados; tenía los hombros anchos y una firmeza que no parecía de alguien de 48 años. Yo me quedé ahí, solo en brasier y con los jeans a medio bajar, apreciando cada músculo de ese torso maduro que se sentía tan sólido frente a mi cuerpo más suave.
—Estás hermosa, Caro... —gruñó él, mientras me ayudaba a deshacerme de lo último de ropa.
Me sentó en su escritorio, entre los papeles y las facturas, y ahí fue cuando se volvió loco. No hubo penetración, pero no hizo falta para que yo sintiera que me iba a desmayar. Sergio se arrodilló entre mis piernas y empezó a devorarme.
Sus labios y su lengua recorrieron cada centímetro de mi piel. Empezó por mis muslos, apretando mis curvas con esas manos grandes que tanto me gustaban, y fue subiendo. Me besó el abdomen, me recorrió la cintura con la lengua y se detuvo en mis pechos con una desesperación que me hacía arquear la espalda.
—Sergio... —apenas pude decir, enterrando mis dedos en su cabello oscuro y sintiendo el roce de su barba contra mi piel.
Él no paraba. Usaba su boca como si fuera a beberse todo mi cuerpo, explorando cada rincón de mis curvas con una paciencia de experto. Yo me sentía inmensa y a la vez diminuta bajo su dominio. El contraste de su cara ruda y velluda contra la suavidad de mi piel era demasiado. Estábamos ahí, en medio de la oficina de la pinturería, rodeados de olor a solvente y con el ruido de los chalanes afuera, mientras él se encargaba de que yo no olvidara nunca cómo se sentía ser deseada por un hombre de verdad.
El ambiente en la oficina estaba tan cargado que casi se podía sentir la calentura. Sergio estaba totalmente perdido entre mis curvas, dándome besos en lugares que ni yo sabía que eran tan sensibles, cuando de repente, un golpe seco en la puerta de madera nos hizo saltar del escritorio.
—¡Don Sergio! ¡Patrón! —era la voz del Javi, uno de los chalanes, gritando desde el otro lado—. Ya terminamos de acomodar las cubetas de esmalte, ¿quiere que cerremos la cortina de afuera o esperamos el flete de las siete?
El pánico me recorrió el cuerpo. Me quedé congelada, a medio vestir, sólo con mi tanguita puesta y el brasier a medio cuerpo sentada en el escritorio con las piernas abiertas, con el corazón queriendo salirse del pecho y la piel todavía ardiendo por la boca de Sergio. Lo miré a él, esperando verlo asustado, pero Sergio tenía una calma impresionante. Se pasó la mano por el vello del pecho, respiró hondo para controlar la agitación y se puso la playera de tirantes en un movimiento rápido.
—¡Vayan cerrando la de afuera, Javi! —contestó Sergio con su voz de mando, sin que le temblara ni un poquito—. Yo termino de checar unas facturas con Caro y ahorita salgo para darles su raya.
—¡Sale, patrón! —se escuchó el grito del Javi mientras sus pasos se alejaban hacia la entrada.
Yo solté el aire que tenía contenido y empecé a ponerme los jeans como loca, temblando. Sergio se acercó a mí, me tomó de la cintura con esa fuerza que me volvía loca y me plantó un beso corto pero posesivo en los labios. Me encantas me dijo.
—Ya no podemos seguir así, flaca —me susurró, pegando su frente a la mía mientras me ayudaba a subir el cierre del pantalón—. Aquí nos van a terminar cachando y no quiero que sea así.
—Sergio, es que si Lili se entera... —empecé a decir, pero él me puso un dedo en los labios.
—Lili no tiene por qué enterarse. Pero yo necesito estar contigo sin tener que escuchar a los chalanes gritar cada cinco minutos.
Me terminé de abotonar la blusa con las manos todavía temblorosas. Sergio estaba ahí parado, recargado en su escritorio, viéndome con una mezcla de triunfo y hambre que me hacía querer volver a quitarme todo.
—Sergio, esto es demasiado riesgo —le dije en voz baja, asomándome por la ventana de la oficina para ver si los chalanes ya se habían alejado—. El Javi casi entra. Si nos ve, mañana lo sabe todo el mundo, hasta Lili.
Él soltó un suspiro pesado y se acercó a mí y me tomó de los hombros con firmeza, obligándome a mirarlo.
—Ya sé, flaca. Tienes razón. Aquí no se puede —dijo con esa voz ronca que me ponía a vibrar—. Pero ya no puedo dejar las cosas así. Me traes mal, Caro. Neta, no dejo de pensar en ti desde que llegas hasta que te vas.
—Yo también, pero... ¿qué vamos a hacer? —le pregunté, sintiendo el calor de sus manos en mi piel.
—El sábado —soltó él sin dudarlo—. Lili se va a Cuernavaca con su mamá, sale temprano. Tú y yo nos vamos a ver en un hotel que conozco a la salida de la ciudad. Ahí nadie nos conoce, nadie nos va a molestar.
—¿Un hotel, Sergio? —me mordí el labio, pensando en lo que eso significaba—. Va a parecer que solo... ya sabes.
Él sonrió de lado, esa sonrisa de hombre maduro que sabe perfectamente cómo manejar a una mujer. Me jaló hacia él y me dio un beso corto pero que me supo a promesa.
—No seas malpensada. Vamos a ir a conversar, Carl. Tenemos mucho de qué hablar sin que nadie nos interrumpa con botes de pintura o facturas. ¿Me vas a decir que no quieres "platicar" conmigo a solas?
Me reí bajito porque sabía que era el cliché más grande del mundo, pero viniendo de él, me sonaba a gloria y la verdad si quería ir a platicar con el y hasta quería estar encima de el sintiendo su verga jajaja pero me hacía la difícil.
—Está bien, Sergio. Vamos a "platicar" —le contesté, remarcando las comillas—. Pero si alguien nos ve...
—Nadie nos va a ver. Yo te mando la ubicación por mensaje. Sábado a las ocho, ¿va?
Asentí, sintiendo una mezcla de miedo y una excitación que no me iba a dejar dormir en toda la semana. Salí de la oficina tratando de que mi cara no me delatara, mientras escuchaba a Sergio ponerse la playera y empezar a gritarle a los chalanes para que terminaran de cerrar el local.
El plan estaba hecho. Solo faltaba que llegara el sábado para que esa "plática" se convirtiera en lo que los dos estábamos muriendo por hacer.
Los días que antecedieron a la cita en la oficina fueron una tortura. Yo sentía que caminaba sobre brasas y Sergio no ayudaba para nada; al contrario, parecía que le divertía verme sufrir.
El martes y el miércoles fueron días de pura tensión psicológica. En el local, frente a los chalanes, Sergio se portaba como el jefe más serio del mundo, pero cuando pasaba junto a mí en el mostrador para ir por un café, me rozaba la mano "sin querer" o me susurraba un "Ya falta menos" que me dejaba con la mente en blanco mientras intentaba cobrarle a un cliente. Yo no podía dejar de pensar en que ese hombre de 1.80, con ese pecho velludo que ya había sentido contra mi cara, me estaba citando en un hotel.
El jueves la cosa se puso más pesada. Lili pasó por la pinturería a dejarle unos papeles a su papá y me invitó a salir ese fin de semana.
—¡Ay, Caro! Vámonos a Cuernavaca el sábado, —me dijo ella, recargada en el mostrador.
Casi me da un infarto. Tuve que inventarle que tenía una cena familiar, mientras sentía la mirada de Sergio desde la oficina, observándonos a las dos. Verlo ahí, tan tranquilo, sabiendo que en 48 horas me iba a tener a solas en una habitación, me hacía sentir la mujer más cínica del mundo, pero también me encendía como nada en la vida.
El viernes fue el día de los preparativos. Me puse a pensar en qué me iba a poner. Quería algo que le gustara, pero que no fuera tan obvio por si me encontraba a alguien en el camino. Me compré un conjunto de lencería negro, de esos que resaltan mis curvas y hacen que mi culazo se vea todavía mejor. Pasé toda la tarde en el local distraída, equivocándome con los códigos de los colores, hasta que Sergio se acercó a mi lugar cuando los chalanes andaban atrás.
—Mañana a las ocho, Caro. No te vayas a arrepentir —me dijo, con esa seguridad que me desarmaba.
—No me voy a arrepentir, Sergio —le contesté, sosteniéndole la mirada.
Esa noche casi no dormí. Me imaginaba la "plática" mil veces en mi cabeza. Me imaginaba su cuerpo de 48 años, tan firme y velludo, sobre el mío de 1.50. Estaba nerviosa, sí, pero sobre todo estaba urgida de que llegara el momento de estar a solas con él, lejos de la pintura, de los chalanes y de la sombra de Lili.
El sábado finalmente llegó y yo era un manojo de nervios. Me bañé con calma, me puse ese conjunto negro que me hacía sentir poderosa y me eché el perfume que a él le gustaba. Manejar hasta el hotel fue lo más largo de mi vida; cada semáforo rojo se sentía como una hora.
Parte 3
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