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Corrupción Divina - capitulo 1

Capítulo 1 – La primera mirada

El domingo por la mañana la casa de los Cáceres López, estaba en el habitual caos controlado de una familia católica de clase media.

Suly López se encontraba frente al espejo de su habitación, terminando de arreglarse para la misa de 11:00 a.m. Se había puesto un vestido gris oscuro de oficina que le quedaba más ajustado de lo que recordaba: la tela se ceñía a sus grandes pechos, marcando claramente el contorno de sus pezones a través del sujetador fino. La falda le llegaba justo por encima de la rodilla, pero al sentarse se subiría peligrosamente. Se miró de lado, girando un poco el cuerpo. Sus caderas y su culo redondo se veían exageradamente pronunciados.
Corrupción Divina - capitulo 1



—Paulo, ¿ya estás listo? —preguntó mientras se ponía los tacones negros de aguja.

Su esposo, aún en la cama con el celular, gruñó algo sobre que llegaría más tarde porque tenía que terminar un reporte. Como siempre.

Suly suspiró y bajó a la sala. Allí estaba Andrés, su hijo de 12 años, ya vestido con la sotana blanca de monaguillo, pero con cara de fastidio.

—Apúrate, mamá. Ramón nos está esperando en la iglesia y si llegamos tarde nos va a echar la bronca otra vez.

—¿Ramón? —preguntó Suly mientras revisaba su bolso.

—Es el nuevo líder de los monaguillos. Tiene 16 años pero se cree el jefe de todos. Es bien cabrón, la verdad… siempre nos está molestando.

En ese preciso momento, el celular de Andrés vibró. Era un mensaje de voz de Ramón:

“Órale pinche Andrés, ¿dónde chingados estás? Si no llegas en 10 minutos te voy a hacer limpiar todo el piso de la sacristía con la lengua, wey.”

Suly levantó una ceja al escuchar la voz grave y arrogante del chico. Andrés se puso rojo.

—Ese wey siempre está así… —murmuró.

Suly sintió una extraña punzada de curiosidad. Nunca había prestado atención a los monaguillos más allá de ver que sus hijos participaban. Pero esa voz… tenía algo insolente, algo que no encajaba con el ambiente de la iglesia.

—Vamos —dijo ella, agarrando las llaves del auto—. Yo te llevo.

Llegaron a la iglesia de la colonia unos minutos antes de las 11. El sol ya calentaba fuerte y el patio lateral estaba lleno de monaguillos vestidos de blanco. Andrés bajó del auto casi corriendo, pero Suly decidió acompañarlo un momento para saludar al padre y dejar claro que su hijo sí había llegado a tiempo.
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Apenas entraron al área de la sacristía, escucharon la voz de Ramón antes de verlo:

—Órale, pinche Andrés, ¿ya te despertaste o qué? Te dije que si volvías a llegar tarde te iba a poner a limpiar los baños con tu propia camisa, cabrón.

Ramón estaba de pie junto a la puerta, con la sotana blanca abierta por delante, dejando ver una camiseta negra ajustada que marcaba su pecho y brazos jóvenes pero ya definidos. Era alto, piel morena clara, cabello negro corto y desordenado, y una sonrisa arrogante que no tenía nada de inocente. En la mano tenía el celular, grabando un video corto mientras se burlaba de Andrés.

Andrés se puso rojo y bajó la mirada.

—Perdón, Ramón… mi mamá me trajo, pero tardamos un poco.

Ramón soltó una risa baja y se acercó a Andrés, poniéndole una mano en el hombro con fuerza, casi empujándolo contra la pared de manera “juguetona”.

—Tu mamá, ¿eh? Seguro estabas mamando leche todavía… —dijo en voz baja, solo para que Andrés lo escuchara, pero lo suficientemente fuerte para que Suly alcanzara a captar el tono despectivo.

En ese momento Ramón levantó la vista… y se encontró con Suly.

El cambio fue instantáneo.

Sus ojos oscuros se abrieron ligeramente y recorrieron el cuerpo de Suly de arriba abajo sin ninguna vergüenza. Se detuvieron primero en sus grandes pechos, que se movían suavemente con cada respiración bajo el vestido gris ajustado. Luego bajaron por su cintura, sus caderas anchas y las piernas que terminaban en esos tacones negros que la hacían verse aún más alta y provocativa. Ramón no disimuló en absoluto. Su mirada era pura hambre: descarada, sexual, como si ya estuviera imaginando cómo se vería Suly sin ese vestido.

Suly sintió un calor repentino subirle por el cuello. Sabía que la estaba mirando. No era la mirada respetuosa que solían darle los hombres de la iglesia. Esta era la mirada de un chico de 16 años que quería follársela ahí mismo.

Ramón soltó a Andrés de golpe y dio un paso hacia Suly, sonriendo con esa mezcla de picardía y arrogancia que lo caracterizaba.
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—Buenas, señora… —dijo con voz más grave y suave, casi ronroneando—. Usted debe ser la mamá de Andrés. Mucho gusto, soy Ramón, el coordinador de los monaguillos.

Extendió la mano. Cuando Suly se la estrechó, él no la soltó inmediatamente. Sus dedos se demoraron, acariciando ligeramente el dorso de su mano con el pulgar mientras sus ojos volvían a bajar un segundo hacia su escote.

—Qué bueno que vino hoy —continuó, sin apartar la mirada de su rostro, aunque claramente quería mirar más abajo—. Casi nunca la veo en misa… pero ahora entiendo por qué Andrés siempre anda distraído. Con una mamá tan… guapa, es difícil concentrarse en las cosas de Dios, ¿verdad?

La sonrisa de Ramón era peligrosa. No había respeto en sus palabras. Había deseo crudo. Y lo peor (o lo mejor) era que ni siquiera intentaba esconderlo. Delante de su propio hijo, delante de los otros chicos que empezaban a mirar la escena con curiosidad, Ramón estaba comiéndose con los ojos a Suly López como si fuera un pedazo de carne jugosa.

Suly sintió que sus pezones se endurecían contra la tela del vestido. Una mezcla de vergüenza, sorpresa y una excitación traicionera le recorrió el cuerpo. Quiso decir algo cortante, pero solo logró sonreír nerviosamente.

—Gracias… Ramón. Cuida bien de mi hijo, por favor.

—Oh, yo cuido muy bien de lo que es mío, señora Suly —respondió él, guiñándole un ojo sin que Andrés lo viera—. De todo lo que es mío.

Sus ojos bajaron una vez más, deteniéndose descaradamente en sus pechos y en la curva de sus caderas, antes de volver a su rostro.

—Nos vemos después de misa… tengo muchas ganas de conocerte mejor.
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Durante toda la misa, Ramón no dejó de mirarla.

Desde su lugar en el altar, junto al padre, sus ojos oscuros volvían una y otra vez hacia el banco donde Suly estaba sentada. Cada vez que ella cruzaba las piernas, el vestido se le subía un poco más por los muslos. Cada vez que respiraba profundo, sus grandes pechos se tensaban contra la tela gris. Ramón sonreía para sí mismo, mordiéndose ligeramente el labio inferior cuando nadie lo veía. Andrés, a su lado, se daba cuenta de que algo pasaba, pero no se atrevía a decir nada.

Suly lo sentía. Sentía esa mirada quemándole la piel. Intentaba concentrarse en las lecturas, en las oraciones, pero cada pocos minutos sus ojos se encontraban con los de Ramón. Él no apartaba la vista. Al contrario: la mantenía, desafiante, como si le estuviera diciendo en silencio todo lo que quería hacerle.

Al terminar la misa, mientras la gente salía, Suly se quedó un momento más en el banco, fingiendo que recogía su bolso. Andrés ya había ido a la sacristía con los demás monaguillos. Ella decidió pasar por el pasillo lateral para despedirse de su hijo… o eso se dijo a sí misma.

El pasillo de la sacristía estaba semi-oscuro y fresco, con olor a incienso viejo y madera. Suly caminaba con sus tacones resonando suavemente contra el piso de losetas. De pronto, una figura salió de una de las puertas laterales y se plantó frente a ella.

Era Ramón.

Se había quitado la sotana blanca y solo llevaba la camiseta negra ajustada y los pantalones oscuros. Sudaba un poco por el calor de la ceremonia. Se acercó despacio, bloqueando el paso con su cuerpo joven y atlético.
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—Señora Suly… —dijo en voz baja, casi un susurro—. Por fin sola.

Suly retrocedió un paso hasta que su espalda tocó la pared fría del pasillo. Ramón dio otro paso adelante, quedando a menos de medio metro de ella. El espacio era estrecho. Podía oler su colonia barata mezclada con el sudor masculino. Sus ojos bajaron sin disimulo hacia sus pechos, que subían y bajaban con la respiración agitada.

—Te estuve mirando toda la misa —confesó sin rodeos—. Tienes unas tetas increíbles… se te marcan los pezones cuando respiras así. ¿Sabes lo duro que me pusiste allá arriba?

Suly sintió un golpe de calor entre las piernas. Quiso protestar, decir que era una mujer casada, madre de familia, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Solo logró susurrar:

—Ramón… esto no está bien. Mi hijo está aquí cerca…

Él sonrió, esa sonrisa arrogante y peligrosa, y se inclinó un poco más hacia ella. Su mano derecha se apoyó en la pared, junto a la cabeza de Suly, encerrándola.

—No estoy haciendo nada… todavía —murmuró, su aliento caliente contra la oreja de ella—. Solo te estoy diciendo la verdad. Desde que te vi esta mañana, solo pienso en cogerte. En agarrar esas tetas grandes, en subirte ese vestido y meterte la verga hasta el fondo mientras gimes mi nombre.

Suly apretó los muslos instintivamente. Sentía cómo se le mojaban las bragas. Ramón estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba su cuerpo. Por un segundo, sus ojos se clavaron en los labios de ella, como si estuviera a punto de besarla.

Pero no lo hizo.

En cambio, se apartó un poco, aunque su mirada seguía devorándola.

—Hoy no… aquí no —dijo con voz ronca, controlándose a duras penas—. Pero voy a cogerte, Suly. Muy pronto. Cuando tenga la oportunidad, no te voy a pedir permiso. Te voy a poner contra la pared, te voy a romper las bragas y te voy a follar como la puta reprimida que eres. Y vas a disfrutar cada segundo.

Dio un paso atrás, ajustándose discretamente el bulto evidente en sus pantalones.

—Dile a Andrés que se porte bien… y tú empieza a pensar en mí cuando te acuestes con tu marido esta noche.

Le guiñó un ojo, se dio la vuelta y regresó a la sacristía como si nada hubiera pasado, dejando a Suly temblando contra la pared, con el corazón latiéndole a mil y la entrepierna empapada.

Ella se quedó allí unos segundos más, respirando agitada, intentando recuperar la compostura. Sabía que acababa de cruzar una línea invisible… y que Ramón ya había decidido que la iba a cruzar del todo.

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