Patricia, insatisfecha debido a la enfermedad de Gabriel, le propone estar con otros hombres. Él, temiendo perderla, acepta. Rápidamente, Patricia conoce a Luis en Tinder y acuerdan verse. Tras una comida cargada de tensión, van a un motel. Ahí, Patricia decide llamar a Gabriel para que escuche todo
Patricia no llegó a esa situación por casualidad. Todo empezó con el desgaste, con la frustración acumulada que se volvió imposible de ignorar.
Gabriel estaba enfermo. No era algo momentáneo ni leve. Había días en los que simplemente no podía responder, en los que el cuerpo no le daba, en los que el deseo se quedaba en intención. Patricia lo intentó entender, lo intentó aguantar… pero su forma de ser no era compatible con esa espera constante.
Ella necesitaba más.
Lo hablaron directo, sin rodeos. No fue una conversación cómoda.
Patricia le dijo lo que le pasaba, sin suavizarlo: que tenía ganas, que no se le quitaban, que la estaban rebasando. Gabriel escuchó todo con esa mezcla de presión y culpa, sabiendo que no podía darle lo que ella le pedía.
Entonces vino la pregunta.
Si ella estaba con alguien más… ¿habría problema?
El silencio fue pesado. Pero Gabriel, más por miedo a perderla que por otra cosa, terminó aceptando. No porque le gustara la idea, sino porque sentía que era eso o verla irse.
Se pusieron de acuerdo.
Y lo que Gabriel no esperaba era que pasara tan rápido.
Al día siguiente, Patricia ya tenía con quién.
Luis.
Lo encontró en Tinder. Un hombre más maduro, justo el tipo que le llamaba la atención. Desde el inicio todo fue claro, sin juegos largos. Quedaron de verse, comer algo y después irse a un motel.
Cuando se encontraron, la intención ya estaba ahí. No había nervios de cita normal. Luis la miraba con insistencia, sin disimular, recorriéndola con la vista como si ya estuviera imaginando cada movimiento.
Durante la comida casi no importó lo que dijeron. Era más lo que pasaba en las miradas, en las pausas, en cómo Patricia sostenía ese juego sin hacerse la difícil.
Cuando terminaron, no hubo duda.
Luis la llevó a un motel cercano.
El cuarto fue solo el escenario.
Apenas entraron, cerró la puerta y la tomó de la cintura con firmeza, jalándola hacia él. Patricia no se resistió. Se dejó acercar, sintiendo esa energía directa, sin filtros. La intensidad empezó desde ahí, sin escalas.
En medio de todo, recordó el acuerdo con Gabriel.
Y decidió llevarlo más lejos.
Sacó el celular y lo llamó. No para hablar, sino para que escuchara. Dejó la llamada abierta, a un lado, mientras todo seguía.
Luis no preguntó nada. Estaba concentrado en ella, en cómo respondía, en cómo cada vez se soltaba más.
Las manos, la cercanía, el ritmo… todo empezó a subir. Patricia dejó de pensar en cualquier límite. Se movía con urgencia, con esa necesidad que llevaba tiempo acumulando.
No era pasiva.
Marcaba el ritmo, lo presionaba, lo buscaba. Luis tuvo que controlarse varias veces. Se notaba en cómo respiraba, en cómo ajustaba la intensidad para no perder el control demasiado rápido.
El cuarto se llenó de sonido, de movimiento constante, de esa sensación de que nada estaba siendo contenido.
Y al otro lado del teléfono, Gabriel escuchaba todo.
Sin poder intervenir.
Sin poder colgar.
Sintiendo cómo los celos le apretaban… pero al mismo tiempo algo dentro de él reaccionaba de otra forma, más confusa, más incómoda.
Dentro del cuarto, Patricia ya no estaba pensando en eso. Estaba completamente metida en el momento. En la presión, en el ritmo, en la forma en que todo se sentía más intenso de lo que había esperado.
El tiempo se volvió irrelevante.
Solo importaba seguir.
Cuando todo terminó, fue de golpe. Sin suavidad. Con el cuerpo cansado, la respiración pesada y esa sensación de haber soltado todo.
Patricia se quedó recostada unos segundos, sin cubrirse, sintiendo todavía el calor en la piel. Luego buscó el celular.
Se miró.
Sabía exactamente lo que reflejaba: el desorden, la intensidad, lo que acababa de pasar.
Tomó la foto.
La mandó.
Sin texto.
Luis estaba en la regadera, como si nada más hubiera sido un encuentro físico claro desde el inicio.
Pero para Gabriel no.
Él recibió la imagen y se quedó viéndola más tiempo del que quería admitir. Con los celos todavía presentes… pero también con algo más creciendo debajo de eso.
Cuando volvieron a verse, no pudo contenerse.
La buscó con más intensidad, con más urgencia.
Y en medio de eso, entendió algo que antes le parecía imposible:
la idea de compartirla ya no le resultaba tan ajena.
Patricia no llegó a esa situación por casualidad. Todo empezó con el desgaste, con la frustración acumulada que se volvió imposible de ignorar.
Gabriel estaba enfermo. No era algo momentáneo ni leve. Había días en los que simplemente no podía responder, en los que el cuerpo no le daba, en los que el deseo se quedaba en intención. Patricia lo intentó entender, lo intentó aguantar… pero su forma de ser no era compatible con esa espera constante.
Ella necesitaba más.
Lo hablaron directo, sin rodeos. No fue una conversación cómoda.
Patricia le dijo lo que le pasaba, sin suavizarlo: que tenía ganas, que no se le quitaban, que la estaban rebasando. Gabriel escuchó todo con esa mezcla de presión y culpa, sabiendo que no podía darle lo que ella le pedía.
Entonces vino la pregunta.
Si ella estaba con alguien más… ¿habría problema?
El silencio fue pesado. Pero Gabriel, más por miedo a perderla que por otra cosa, terminó aceptando. No porque le gustara la idea, sino porque sentía que era eso o verla irse.
Se pusieron de acuerdo.
Y lo que Gabriel no esperaba era que pasara tan rápido.
Al día siguiente, Patricia ya tenía con quién.
Luis.
Lo encontró en Tinder. Un hombre más maduro, justo el tipo que le llamaba la atención. Desde el inicio todo fue claro, sin juegos largos. Quedaron de verse, comer algo y después irse a un motel.
Cuando se encontraron, la intención ya estaba ahí. No había nervios de cita normal. Luis la miraba con insistencia, sin disimular, recorriéndola con la vista como si ya estuviera imaginando cada movimiento.
Durante la comida casi no importó lo que dijeron. Era más lo que pasaba en las miradas, en las pausas, en cómo Patricia sostenía ese juego sin hacerse la difícil.
Cuando terminaron, no hubo duda.
Luis la llevó a un motel cercano.
El cuarto fue solo el escenario.
Apenas entraron, cerró la puerta y la tomó de la cintura con firmeza, jalándola hacia él. Patricia no se resistió. Se dejó acercar, sintiendo esa energía directa, sin filtros. La intensidad empezó desde ahí, sin escalas.
En medio de todo, recordó el acuerdo con Gabriel.
Y decidió llevarlo más lejos.
Sacó el celular y lo llamó. No para hablar, sino para que escuchara. Dejó la llamada abierta, a un lado, mientras todo seguía.
Luis no preguntó nada. Estaba concentrado en ella, en cómo respondía, en cómo cada vez se soltaba más.
Las manos, la cercanía, el ritmo… todo empezó a subir. Patricia dejó de pensar en cualquier límite. Se movía con urgencia, con esa necesidad que llevaba tiempo acumulando.
No era pasiva.
Marcaba el ritmo, lo presionaba, lo buscaba. Luis tuvo que controlarse varias veces. Se notaba en cómo respiraba, en cómo ajustaba la intensidad para no perder el control demasiado rápido.
El cuarto se llenó de sonido, de movimiento constante, de esa sensación de que nada estaba siendo contenido.
Y al otro lado del teléfono, Gabriel escuchaba todo.
Sin poder intervenir.
Sin poder colgar.
Sintiendo cómo los celos le apretaban… pero al mismo tiempo algo dentro de él reaccionaba de otra forma, más confusa, más incómoda.
Dentro del cuarto, Patricia ya no estaba pensando en eso. Estaba completamente metida en el momento. En la presión, en el ritmo, en la forma en que todo se sentía más intenso de lo que había esperado.
El tiempo se volvió irrelevante.
Solo importaba seguir.
Cuando todo terminó, fue de golpe. Sin suavidad. Con el cuerpo cansado, la respiración pesada y esa sensación de haber soltado todo.
Patricia se quedó recostada unos segundos, sin cubrirse, sintiendo todavía el calor en la piel. Luego buscó el celular.
Se miró.
Sabía exactamente lo que reflejaba: el desorden, la intensidad, lo que acababa de pasar.
Tomó la foto.
La mandó.
Sin texto.
Luis estaba en la regadera, como si nada más hubiera sido un encuentro físico claro desde el inicio.
Pero para Gabriel no.
Él recibió la imagen y se quedó viéndola más tiempo del que quería admitir. Con los celos todavía presentes… pero también con algo más creciendo debajo de eso.
Cuando volvieron a verse, no pudo contenerse.
La buscó con más intensidad, con más urgencia.
Y en medio de eso, entendió algo que antes le parecía imposible:
la idea de compartirla ya no le resultaba tan ajena.
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