

Horacio, un ejecutivo ocupado, contrató a Alejandra, una morena latina, para que lo ayudara con las tareas administrativas de su oficina. Al principio, todo parecía normal: Alejandra realizaba sus labores cotidianas con eficiencia y profesionalismo.
Sin embargo, con el pasar de los días, comenzó a notar pequeños gestos que le hacían perder la concentración.

Alejandra, con una sonrisa pícara, se agachaba frente a él para alzar papeles, asegurándose de que su pollera se levante y su trasero quedara a la vista. Sus movimientos eran sutiles pero efectivos, y Horacio no podía evitar sentir cómo su cuerpo respondía a sus insinuaciones. La tensión sexual en la oficina era palpable, y Horacio sabía que debía hacer algo al respecto.
Un día ya no pudo aguantar más la calentura. "Alejandra," dijo con voz firme, "necesito que te quedes unas horas más. Hay que terminar el informe del mes."
Alejandra asintió, con una mirada que delataba su aprobación. "Claro, jefe. Lo que necesite."
Mientras ella hacía unas fotocopias, Horacio se acercó por detrás, su voz apenas un susurro. "No aguanto más la tensión, Alejandra."
Ella se dio la vuelta, sus ojos brillando de deseo. "Si quieres sexo, solo tenías que decirlo."
Sin perder tiempo, Horacio la besó apasionadamente. Alejandra, con manos hábiles, le desabrochó el cinturón, sacando su pene erecto. " Qué rica poronga," murmuró, mientras comenzaba a lamerlo y chuparlo, sus labios y lengua trabajando con destreza, haciéndolo gemir.

Horacio, ya sin poder contenerse, la tomó por las caderas y le levantó la falda, apoyándola sobre su escritorio. Le metio la pija en la concha con fuerza, sus embestidas rítmicas y profundas. Alejandra gemía, pidiendo más, su voz llena de deseo. "Más duro, Horacio. Así, así. Ni mi novio me coge así."
Esas palabras encendieron aún más a Horacio, quien, con una sonrisa pícara, le nalgueó el trasero. " Qué puta," susurró, mientras continuaba cogiendola con fuerza.
Cuando sintió que estaba a punto de acabar, la puso de rodillas y, con un gemido profundo, le terminó salpicando la cara y los pechos. Alejandra, con una sonrisa satisfecha, se limpió lentamente, saboreando cada gota.
"Gracias, jefe," dijo, con un brillo travieso en ojos. "Siempre es un placer trabajar horas extra contigo."
Horacio, aún recuperando el aliento, solo pudo sonreír, sabiendo había valido cada minuto de tensión acumulada.

Al día siguiente, Alejandra entró en la oficina de Horacio con una sonrisa tentadora. "Hoy tendremos más horas extra, jefe?. Estoy sin bombacha" preguntó, su voz llena de promesas.
Horacio, aún recordando lo anterior, asintió. "Sí, Alejandra. La jornada se me hará eterna, pero valdrá la pena."
Y así fue. Los minutos parecían horas, y Horacio solo podía pensar en el momento en que todos se fueran, dejando la oficina para ellos. Finalmente, cuando el reloj marcó la salida, Horacio se acercó a Alejandra con una mirada hambrienta.
"Es verdad que estás sin ropa interior?" preguntó, su voz ronca de deseo.

Alejandra, con una sonrisa pícara, se levantó la pollera, mostrando su concha mojada y tentadora. "Mira para que me creas," dijo, su voz un susurro provocativo.
Horacio no pudo resistir. Se arrodilló frente a ella, y comenzó a lamerle la concha, su lengua explorando cada rincón, haciéndola retorcerse y gemir de placer. Alejandra, con las manos en su cabeza, lo guiaba, sus gemidos llenando la oficina vacía.
Después, Horacio se levantó y se bajó el pantalón, mostrando su pija dura y palpitante. Alejandra, golosa, se lo metió en la boca, comenzando a chupar y lamer desde la base a la punta, mientras que con las manos, acariciaba sus testículos, sus movimientos rítmicos y profundos.
Tu mujer no te la chupa así, verdad? " murmuró, con una sonrisa traviesa.
Horacio, ya sin poder contenerse, negó con la cabeza. "No, Alejandra. Nadie me la chupa así."

Entonces, se sentó en la silla, Alejandra se subió encima, metiéndose su pija en la concha, comenzando a cabalgar con movimientos intensos. Se sacó la parte de arriba, dejando sus tetas al descubierto, y Horacio, sin perder tiempo, comenzó lamer y chupar sus pezones, aumentado aún más su placer.
Después de un rato, Horacio la puso sobre el escritorio, penetrándola con fuerza, sus piernas a sus hombros. La cogió duro, sus bolas golpeando su concha con cada embestida. Los gemidos de Alejandra llenaban la oficina, su cuerpo temblando de placer.
Cuando Horacio sintió que estaba a punto de acabar, se la sacó y le terminó sobre las tetas y el vientre, mojandola con su semen caliente. Alejandra, con una sonrisa satisfecha, se lamió los labios, saboreando cada gota.
"Qué buena puta," susurró Horacio, aún recuperando el aliento.
"Una puta responsable," respondió Alejandra, lamiendo el semen sus tetas, su lengua moviéndose lentamente, provocativamente.
Y así, otra jornada de horas extra llegó a su fin, dejando a Horacio con una sonrisa en el rostro y la promesa de más placer en el futuro.

Alejandra entró en la oficina de Horacio con una sonrisa enigmática. "Jefe, le puedo consultar sobre el pago de horas extra? Creo que se me acreditó de más."
Horacio la miró con deseo, sus ojos recorriendo su cuerpo. "Es que tu desempeño es eficiente y cumplidor. Por eso te lo has ganado."
Alejandra sonrió, sus labios curvándose en una promesa. "Gracias, jefe. Las horas extra de hoy corren por mi cuenta."
Horacio, sin poder esperar más, se acercó y la besó apasionadamente. Sus manos subieron por sus piernas, levantando su falda y manoseando su concha, ya húmeda y lista para él.
Alejandra, con un gemido , se agachó y comenzó a lamer y chupar su pija, su lengua trabajando con destreza.
Después, se acostó sobre el escritorio, invitándolo a penetrarla. Horacio, le clavó la pija en la concha con un gruñido, y la cogió con fuerza sus embestidas profundas y firmes, haciendo gemir a Alejandra de placer.
De repente, Horacio se subió al escritorio, echando todos sus papeles al suelo. "Móntame," ordenó, su voz llena de deseo.
Alejandra, sin dudar, se subió encima, rebotando sobre su pija, con movimientos intensos y rítmicos, sintiendo como su concha se mojaba más. Horacio, sosteniéndola de la cintura, la guiaba, embistiéndola desde abajo, sus cuerpos moviéndose en perfecta sincronía.

Luego, pidió que se pusiera en cuatro. Se subió encima y la cogió de perrito, su pija entrando y saliendo de su concha, el escritorio temblando bajó ellos con cada embestida. Alejandra lo alentaba, sus gemidos llenando la oficina "Dale, no pares," suplicaba, su voz llena de deseo.
Confiado, Horacio retiró su pija y se lo metió en el culo, Alejandra recibiéndolo con un grito. "¡Hay, mi culo!" expreso, su voz mezclada con placer y dolor.
"Lo tienes delicioso," murmuró Horacio, embistiéndola más fuerte y nalgueándola, sus manos dejando marcas rojas en su piel.
Finalmente, cuando sintió que estaba a punto de acabar, la sacó y le terminó sobre la boca. Alejandra, con una sonrisa satisfecha, tragó cada gota, su lengua moviéndose lentamente, provocativamente.
"Las mejores horas extra," susurró, aún jadeando.
Horacio, recuperando el aliento, sonrió. "Opino lo mismo."
Y así, con una promesa de más encuentros intensos, Alejandra y Horacio sellaron su acuerdo, sabiendo que su relación laboral nunca sería la misma.


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