Me presento me llamo Vela, a veces Sofía, a vecess Nix.
Díganme como quieran me da igual. Los nombres son para que te encuentren y yo prefiero perderme.
Dormí con este vestido negro tres noches seguidas.

Huele a incienso, a cigarro y a sudor. Lo sé. También sé que tengo las raíces del pelo grasosas y que bajo mis uñas hay media luna de tierra y esmalte descascarado.
Ayer sábado me duche por primera vez en la semana. No fue olvido, fue flojera.



Me pinto los ojos con el mismo lápiz desde hace meses, aunque ya raspe. Me gusta el ardor.
Me gusta que mi sombra de ojos esté corrida a las 3 pm porque significa que viví algo antes.
Me gusta que mis medias tengan carreras porque así respira la piel.
Mi madre (otra santurrona) dice que huelo mal, que apesto a marihuana.
Probablemente. Tampoco apesto a vagabundo, pero mucha gente odia el olor a tabaco, a hierba, y a veces sí un poquito a vagabundo. 😳😳

El jabón me aburre. La sociedad entera es un comercial de jabón: "lávate para que te quieran".
Yo no me estoy vendiendo. No estoy en oferta.
Las señoras arrugan la nariz cuando ven los pelos de mi axila, susurran cosas a mi espalda.
Los hombres me miran raro, pero no quitan la mirada ellas, aparte de mis tetas o mi culo.
Todos tienen una opinión de mí, como si fuera proyecto comunitario.
No me importa.
No es depresión, doctor. No es "esa fase".
Es que me cansé de pedir permiso para existir.
Me cansé de que mi valor dependa de si mis axilas huelen a flores o si están depiladas o no.

El mundo es una fosa y me exigen oler a lavanda; qué absurdo.
Me siento con las botas llenas de lodo y me fumo un cigarro.
El viento me pega en el pelo apelmazado y por un segundo me siento real. No bonita. No aceptable. Real.
No busco que me entiendan. No quiero su tolerancia con pinzas.
Si mi vestimenta, mi olor o mi forma de ser les ofende, retrocedan.
El espacio público también es mío, mi cuerpo no es servicio al cliente.

*Yo: Vela, día cualquiera*
Subo al camión.
El chofer no me dice buenos días. A la señora de adelante sí.
Cuando le pago, arranca antes de que termine de sentarme.
Entro a la tienda por agua. El guardia me sigue entre pasillos. No disimula.
"¿Va a comprar algo, señorita?".
Le sostengo la mirada hasta que se le quema la frase en la boca.
Sí, voy a comprar. No, no voy a robar tus Sabritas.
Pago y le dejo el cambio en el mostrador. Que lo cuente él. Mis manos no son para darles tranquilidad.
Le caigo mal a las doñas, me dicen puta. Me da igual. Las leyes que rompo no están en el código penal.
Están en el código de "mujeres decentes" que se inventaron para tenernos con correa.

No toco timbres. Entro por la ventana si me dejan.
Casados, con novia, "es complicado", "mi vieja no me pela". Me lo dicen como contraseña.
Yo no pregunto nombres de esposas. No me interesa el estado civil, sólo me interesa si tienen una buena verga y si la saben usar.


Me gusta el anillo en el buró. Me gusta que tiemblen cuando les quito la camisa y les recuerdo que tienen pulso.
No los obligo. No seduzco. Yo existo, ellos deciden caer. Y caen. Todos.


El martes fue Rodrigo.
Hoy fue el nuevo gerente de mi trabajo que tiene dos hijos.
Ayer fue ese chico del gym con novia de 5 años que por fin le dio la confianza de ir sólo.










No llevo cuenta. No colecciono hombres.
Colecciono momentos donde las reglas de ustedes se rompen en mi cuarto.
No es venganza. No es "mala".
Es que me cansé de que me digan cómo usar mi cuerpo.
¿Que destruí tu hogar? Tu hogar ya estaba destruido reina, yo sólo soy la cerilla, no la gasolina.

No me arreglo para ellos. Que me cojan así o que no me cojan. Y me cogen.
Porque soy lo prohibido. Lo que no tienen que presentarle a su mamá y si lo hicieran ésta inmediatamente rechazaría.
Después se van. Se ponen el anillo. Inventan junta.
Yo me forjo un cigarro de marihuana y abro la ventana. Que se ventile la hipocresía.
No busco amor. El amor tiene reglas y yo escupí el manual.
No busco respeto. El respeto de esta sociedad me lo paso por el arco.
Busco piel, jadeos de hombre, que me nombren en la oscuridad y me nieguen en la luz. Eso es honesto, al menos.

A veces una esposa me encuentra en Instagram y me mienta la madre.
Le contesto: "Cóbrale a él, no a mí. Yo no te juré nada." Luego las bloqueo. Me vale madres.
No soy ejemplo. No soy víctima. Soy Vela. Y ardo. Si te quemas, es porque te acercaste con cerillos en la bolsa.

*Cómo lidio con el mundo:*
No lidio. Lo uso. Mientras ustedes juegan a la familia perfecta, yo me acuesto con el papá, con el novio, con el prometido.
No porque los quiera. Porque puedo. Porque mi cuerpo no es templo, es antro: se entra, se suda, se sale.

Pasan tres cosas cuando se enamoran de mí:
*1. El nuevo gerente.*
Un día llegó sin anillo. Temblando. "Me voy a separar, Vela. Por ti." Me dio risa. No de él. De la situación.
Se lo dije masticando hielo: "Yo no soy plan B de tu divorcio, wey. Soy tu martes." Se puso a llorar en mi cama. Le di un cigarro y lo dejé terminar.
Luego le dije que se fuera antes de que sus hijos preguntaran por él. Al día siguiente volvió con el anillo puesto y la boca cerrada. Entendió. Yo no soy salvación. Soy recaída

*2. El de la novia de 5 años.*
Me mandó un audio de 9 minutos.
Que yo era "diferente", que con ella se sentía "muerto". Que quería algo real. Real es esto: yo en tu coche sudando con los asientos abajo, los dos sabiendo que el domingo vas a comer con tus suegros.
Le contesté con una foto de mis uñas negras y un "no mames". Me bloqueó.
A la semana me buscó desde otro número. Así es el amor para ellos: reciclable. Para mí es estorbo.

*3. Rodrigo.*
Una noche me besó el cuello y me susurró "no quiero compartirte". Le puse la mano en el pecho y lo empujé. "Entonces no me toques, porque yo sí me comparto. Con quien me da la gana."
Se le rompió algo en la cara. No lloró. Peor: me creyó. Sigue viniendo los martes. Pero ya no me habla. Solo lava su ropa y se va. Duele más que si me gritara.

*¿Qué siento cuando se queda el cuarto solo?*
No te mientas vela. No es empoderamiento todo el tiempo.
Cuando se van, el cuarto huele a sexo ajeno y a sudor.
Me siento en la orilla de la cama y cuento: una, dos, tres botellas vacías. Cuatro condones en el bote. Cinco mensajes sin abrir.

Hay un silencio que no es paz. Es como cuando apagas la música en la fiesta y escuchas tu propia respiración, toda rota.
A veces me toco las costillas y pienso: "Cabrona, estás hueca". No por falta de hombres. Hombres sobran.
Es porque ninguno se queda a ver cómo me quito el lápiz negro de los ojos. Todos quieren la Vela que es una puta en la cama.
Nadie quiere a la que se lava la cara y se ve de 23 años y con ojeras.
Me gusta ser promiscua. Me gusta no deberle fidelidad a nadie. Me gusta que mi cuerpo no tenga dueño.






Yo ya venía rota de fábrica. Que por eso no me apego: porque sé que todo lo que entra a este cuarto sale, tarde o temprano.
Me duermo sin pijama, sin bañarme, sin culpa. Pero sí con un nudo aquí, en la garganta, que no se quita ni con sexo ni con agua.
Al otro día me levanto, me pinto la boca de negro y le vuelvo a abrir la puerta al mundo. Al que sea. Al que llegue.
Porque si me quedo quieta, el silencio me come. Y prefiero que me coman ellos.
Díganme como quieran me da igual. Los nombres son para que te encuentren y yo prefiero perderme.
Dormí con este vestido negro tres noches seguidas.

Huele a incienso, a cigarro y a sudor. Lo sé. También sé que tengo las raíces del pelo grasosas y que bajo mis uñas hay media luna de tierra y esmalte descascarado.
Ayer sábado me duche por primera vez en la semana. No fue olvido, fue flojera.



Me pinto los ojos con el mismo lápiz desde hace meses, aunque ya raspe. Me gusta el ardor.
Me gusta que mi sombra de ojos esté corrida a las 3 pm porque significa que viví algo antes.
Me gusta que mis medias tengan carreras porque así respira la piel.
Mi madre (otra santurrona) dice que huelo mal, que apesto a marihuana.
Probablemente. Tampoco apesto a vagabundo, pero mucha gente odia el olor a tabaco, a hierba, y a veces sí un poquito a vagabundo. 😳😳

El jabón me aburre. La sociedad entera es un comercial de jabón: "lávate para que te quieran".
Yo no me estoy vendiendo. No estoy en oferta.
Las señoras arrugan la nariz cuando ven los pelos de mi axila, susurran cosas a mi espalda.
Los hombres me miran raro, pero no quitan la mirada ellas, aparte de mis tetas o mi culo.
Todos tienen una opinión de mí, como si fuera proyecto comunitario.
No me importa.
No es depresión, doctor. No es "esa fase".
Es que me cansé de pedir permiso para existir.
Me cansé de que mi valor dependa de si mis axilas huelen a flores o si están depiladas o no.

El mundo es una fosa y me exigen oler a lavanda; qué absurdo.
Me siento con las botas llenas de lodo y me fumo un cigarro.
El viento me pega en el pelo apelmazado y por un segundo me siento real. No bonita. No aceptable. Real.
No busco que me entiendan. No quiero su tolerancia con pinzas.
Si mi vestimenta, mi olor o mi forma de ser les ofende, retrocedan.
El espacio público también es mío, mi cuerpo no es servicio al cliente.

*Yo: Vela, día cualquiera*
Subo al camión.
El chofer no me dice buenos días. A la señora de adelante sí.
Cuando le pago, arranca antes de que termine de sentarme.
Entro a la tienda por agua. El guardia me sigue entre pasillos. No disimula.
"¿Va a comprar algo, señorita?".
Le sostengo la mirada hasta que se le quema la frase en la boca.
Sí, voy a comprar. No, no voy a robar tus Sabritas.
Pago y le dejo el cambio en el mostrador. Que lo cuente él. Mis manos no son para darles tranquilidad.
Le caigo mal a las doñas, me dicen puta. Me da igual. Las leyes que rompo no están en el código penal.
Están en el código de "mujeres decentes" que se inventaron para tenernos con correa.

No toco timbres. Entro por la ventana si me dejan.
Casados, con novia, "es complicado", "mi vieja no me pela". Me lo dicen como contraseña.
Yo no pregunto nombres de esposas. No me interesa el estado civil, sólo me interesa si tienen una buena verga y si la saben usar.


Me gusta el anillo en el buró. Me gusta que tiemblen cuando les quito la camisa y les recuerdo que tienen pulso.
No los obligo. No seduzco. Yo existo, ellos deciden caer. Y caen. Todos.


El martes fue Rodrigo.
Hoy fue el nuevo gerente de mi trabajo que tiene dos hijos.
Ayer fue ese chico del gym con novia de 5 años que por fin le dio la confianza de ir sólo.










No llevo cuenta. No colecciono hombres.
Colecciono momentos donde las reglas de ustedes se rompen en mi cuarto.
No es venganza. No es "mala".
Es que me cansé de que me digan cómo usar mi cuerpo.
¿Que destruí tu hogar? Tu hogar ya estaba destruido reina, yo sólo soy la cerilla, no la gasolina.

No me arreglo para ellos. Que me cojan así o que no me cojan. Y me cogen.
Porque soy lo prohibido. Lo que no tienen que presentarle a su mamá y si lo hicieran ésta inmediatamente rechazaría.
Después se van. Se ponen el anillo. Inventan junta.
Yo me forjo un cigarro de marihuana y abro la ventana. Que se ventile la hipocresía.
No busco amor. El amor tiene reglas y yo escupí el manual.
No busco respeto. El respeto de esta sociedad me lo paso por el arco.
Busco piel, jadeos de hombre, que me nombren en la oscuridad y me nieguen en la luz. Eso es honesto, al menos.

A veces una esposa me encuentra en Instagram y me mienta la madre.
Le contesto: "Cóbrale a él, no a mí. Yo no te juré nada." Luego las bloqueo. Me vale madres.
No soy ejemplo. No soy víctima. Soy Vela. Y ardo. Si te quemas, es porque te acercaste con cerillos en la bolsa.

*Cómo lidio con el mundo:*
No lidio. Lo uso. Mientras ustedes juegan a la familia perfecta, yo me acuesto con el papá, con el novio, con el prometido.
No porque los quiera. Porque puedo. Porque mi cuerpo no es templo, es antro: se entra, se suda, se sale.

Pasan tres cosas cuando se enamoran de mí:
*1. El nuevo gerente.*
Un día llegó sin anillo. Temblando. "Me voy a separar, Vela. Por ti." Me dio risa. No de él. De la situación.
Se lo dije masticando hielo: "Yo no soy plan B de tu divorcio, wey. Soy tu martes." Se puso a llorar en mi cama. Le di un cigarro y lo dejé terminar.
Luego le dije que se fuera antes de que sus hijos preguntaran por él. Al día siguiente volvió con el anillo puesto y la boca cerrada. Entendió. Yo no soy salvación. Soy recaída

*2. El de la novia de 5 años.*
Me mandó un audio de 9 minutos.
Que yo era "diferente", que con ella se sentía "muerto". Que quería algo real. Real es esto: yo en tu coche sudando con los asientos abajo, los dos sabiendo que el domingo vas a comer con tus suegros.
Le contesté con una foto de mis uñas negras y un "no mames". Me bloqueó.
A la semana me buscó desde otro número. Así es el amor para ellos: reciclable. Para mí es estorbo.

*3. Rodrigo.*
Una noche me besó el cuello y me susurró "no quiero compartirte". Le puse la mano en el pecho y lo empujé. "Entonces no me toques, porque yo sí me comparto. Con quien me da la gana."
Se le rompió algo en la cara. No lloró. Peor: me creyó. Sigue viniendo los martes. Pero ya no me habla. Solo lava su ropa y se va. Duele más que si me gritara.

*¿Qué siento cuando se queda el cuarto solo?*
No te mientas vela. No es empoderamiento todo el tiempo.
Cuando se van, el cuarto huele a sexo ajeno y a sudor.
Me siento en la orilla de la cama y cuento: una, dos, tres botellas vacías. Cuatro condones en el bote. Cinco mensajes sin abrir.

Hay un silencio que no es paz. Es como cuando apagas la música en la fiesta y escuchas tu propia respiración, toda rota.
A veces me toco las costillas y pienso: "Cabrona, estás hueca". No por falta de hombres. Hombres sobran.
Es porque ninguno se queda a ver cómo me quito el lápiz negro de los ojos. Todos quieren la Vela que es una puta en la cama.
Nadie quiere a la que se lava la cara y se ve de 23 años y con ojeras.
Me gusta ser promiscua. Me gusta no deberle fidelidad a nadie. Me gusta que mi cuerpo no tenga dueño.






Yo ya venía rota de fábrica. Que por eso no me apego: porque sé que todo lo que entra a este cuarto sale, tarde o temprano.
Me duermo sin pijama, sin bañarme, sin culpa. Pero sí con un nudo aquí, en la garganta, que no se quita ni con sexo ni con agua.
Al otro día me levanto, me pinto la boca de negro y le vuelvo a abrir la puerta al mundo. Al que sea. Al que llegue.
Porque si me quedo quieta, el silencio me come. Y prefiero que me coman ellos.
4 comentarios - Diario de una gótica #2