Al final, obedecí. Volví.
Esta vez no le conté nada. Ni una palabra sobre los saltos, los tumores que aparecían como sombras en sus resonancias, los infartos que la dejaban sin aliento en medio de la cocina, las embolias que la robaban en segundos, los accidentes absurdos que parecían burlarse de mí. Nada. Me limité a abrazarla más fuerte de lo normal cuando entré por la puerta, a besarle la frente como si fuera la primera vez que la veía después de mucho tiempo, aunque para ella solo habían pasado unas horas desde la última vez que nos despedimos.
Viví con ella como si no supiera nada. Y fue devastadoramente hermoso.
Desayunábamos tarde los domingos, con el sol colándose por la ventana de la cocina y ella riéndose porque yo quemaba las tortillas otra vez. Me regañaba por dejar la ropa tirada, pero luego se quedaba dormida en el sofá con la cabeza en mi regazo mientras veíamos alguna novela vieja que ella adoraba. Yo le acariciaba el pelo y fingía que no estaba contando los latidos de su corazón, que no estaba midiendo cada respiración como si fuera a ser la última.
Dejé de contar los días que le quedaban. Dejé de buscar síntomas en Google a escondidas. Dejé de planear rutas de escape al hospital más cercano. Simplemente… estuve.
________________________________________
Una noche, mientras veíamos la lluvia golpear los vidrios, me tomó la mano y me dijo casi en susurro:
—Sabes, hijo… a veces siento que ya viví todo esto antes. Como si estuviera repitiendo un sueño muy bonito.
Se me cerró la garganta. No pude responder. Solo apreté su mano y dejé que las lágrimas cayeran en silencio. Ella no preguntó por qué lloraba. Solo me abrazó… y esa misma noche me folló como si supiera que necesitábamos sellar ese momento.
Me empujó contra el sofá, se arrodilló entre mis piernas y me sacó la polla ya dura. Me la chupó con hambre: lengua gruesa recorriendo toda la vena de abajo, labios apretados deslizándose hasta el fondo de su garganta, saliva espesa chorreando por mis huevos. Me miró a los ojos mientras se la metía hasta que le lloraban, gorgoteando, tragando alrededor de mi glande. Cuando estuve a punto de correrme, se subió encima, se apartó las bragas y se empaló de un solo golpe.
Su coño estaba empapado, caliente y apretado. Empezó a cabalgarme con fuerza, sus tetas enormes golpeándome la cara. Se las chupé con brutalidad, mordiendo los pezones mientras ella gemía alto. Le metí un dedo en el culo y lo follé al mismo ritmo que su coño tragaba mi verga. Se corrió gritando, su coño contrayéndose violentamente, soltando chorros calientes que me empaparon el abdomen. Yo exploté dentro de ella, llenándola de semen espeso hasta que le salía por los lados.
Pasaron semanas. Meses. El tiempo empezó a sentirse elástico, irreal. No hubo tumor. No hubo infarto. No hubo embolia ni accidente. Solo días normales, cotidianos, llenos de pequeñas cosas que antes me parecían insignificantes: el ruido de su risa, el olor a café quemado, la forma en que tarareaba las canciones de Juan Gabriel mientras lavaba los platos.
Y entonces, una mañana cualquiera, se levantó antes que yo. Preparó el desayuno. Cuando entré a la cocina la encontré de pie frente a la estufa, con la espalda recta, tarareando bajito. Se giró hacia mí y sonrió de esa forma suya, esa sonrisa que siempre me hacía sentir que todo iba a estar bien aunque el mundo se estuviera cayendo. —Hoy me siento muy bien —dijo—. Muy viva.
Yo solo asentí, porque si abría la boca iba a romperme.
Esa tarde salimos a caminar por el parque. Ella se detuvo frente a un puesto de elotes y pidió dos, bien cargados de mayonesa y chile, como le gustaban desde niña. Nos sentamos en una banca y comimos en silencio, viendo a los niños correr y a los señores jugar dominó. En un momento me miró de reojo y dijo: —Gracias por no rendirte conmigo.
No supe qué responder. Solo la abracé por los hombros y apoyé la barbilla en su cabeza. Olía a hogar.
Esa noche se durmió temprano. Yo me quedé velándola un rato, sentado al borde de la cama, escuchando su respiración tranquila. Por primera vez en… no sé cuántos saltos, cuántas vidas, no sentí miedo. Solo una paz extraña, casi dolorosa.
Cuando desperté, la cama a mi lado estaba vacía. El corazón se me subió a la garganta por instinto. Me senté de golpe… hasta que escuché el agua correr en el baño. La puerta se abrió despacio.
Salió con el pelo revuelto, la bata medio abierta, y en la mano una prueba de embarazo. La sostenía como si fuera de cristal. Se acercó a la cama, se sentó a mi lado y extendió la mano hacia mí sin decir nada. Solo me mostró las dos líneas. Claras. Inconfundibles. Positiva.
Me quedé congelado un segundo eterno. Luego la miré a los ojos y vi que ella también estaba llorando, pero no de tristeza. Era esa mezcla de miedo y alegría que solo aparece cuando algo imposible se vuelve real. —Va a ser niña —dijo de pronto, con voz temblorosa pero segura—. Lo siento aquí —se tocó el pecho—. Y no me preguntes cómo lo sé, solo… lo sé.
La abracé tan fuerte que creo que le hice daño, pero no se quejó. Solo se aferró a mí.
________________________________________
A partir de ahí, todo cambió… y el deseo se volvió aún más intenso.
Durante el embarazo la follaba casi a diario. Su cuerpo se volvió más voluptuoso: tetas hinchadas y llenas de leche, vientre redondo, culo más grande y suave. Le encantaba que la tomara por detrás, arrodillada en la cama, con su barriga colgando mientras yo le agarraba las caderas y la penetraba profundo. Su coño estaba más caliente, más jugoso, más sensible. Cada embestida hacía que sus tetas pesadas se balancearan y gotearan un poco de calostro.
Le comía el coño durante horas. La ponía sentada en mi cara y ella se restregaba contra mi lengua, mojándome toda la cara mientras gemía y me tiraba del pelo. Cuando se corría, me inundaba con sus jugos dulces y espesos. Luego yo la penetraba lento, saboreando cada contracción de su coño embarazado alrededor de mi polla, hasta llenarla de semen caliente una y otra vez.
Los últimos meses, cuando ya estaba muy grande, la follaba de lado, con ternura y fuerza al mismo tiempo. Le metía la polla despacio mientras le acariciaba el vientre y le chupaba los pezones hinchados, sacándole leche que tragaba con devoción. Ella se corría temblando, llorando de placer, repitiendo mi nombre como una oración.
Cuando nació la niña —sí, fue niña, como ella había dicho—, la pusieron en sus brazos y mi madre lloró como nunca la había visto llorar. No de dolor, no de despedida. De pura, abrumadora gratitud.
La llamamos Elena, como la abuela que nunca conoció.
Y cada vez que la miro —ahora ya camina, corre, dice “mamá” cada vez que ve a mi madre—, entiendo que el tiempo no se rompió porque lo arreglé yo. Se rompió porque ella decidió, en ese último regreso, no solo vivir… sino crear.
Ya no salto más. No hace falta. El ciclo se cerró con dos líneas en una prueba barata de farmacia. Y con una risa nueva que llena la casa cada mañana.
Esta vez no le conté nada. Ni una palabra sobre los saltos, los tumores que aparecían como sombras en sus resonancias, los infartos que la dejaban sin aliento en medio de la cocina, las embolias que la robaban en segundos, los accidentes absurdos que parecían burlarse de mí. Nada. Me limité a abrazarla más fuerte de lo normal cuando entré por la puerta, a besarle la frente como si fuera la primera vez que la veía después de mucho tiempo, aunque para ella solo habían pasado unas horas desde la última vez que nos despedimos.
Viví con ella como si no supiera nada. Y fue devastadoramente hermoso.
Desayunábamos tarde los domingos, con el sol colándose por la ventana de la cocina y ella riéndose porque yo quemaba las tortillas otra vez. Me regañaba por dejar la ropa tirada, pero luego se quedaba dormida en el sofá con la cabeza en mi regazo mientras veíamos alguna novela vieja que ella adoraba. Yo le acariciaba el pelo y fingía que no estaba contando los latidos de su corazón, que no estaba midiendo cada respiración como si fuera a ser la última.
Dejé de contar los días que le quedaban. Dejé de buscar síntomas en Google a escondidas. Dejé de planear rutas de escape al hospital más cercano. Simplemente… estuve.
________________________________________
Una noche, mientras veíamos la lluvia golpear los vidrios, me tomó la mano y me dijo casi en susurro:
—Sabes, hijo… a veces siento que ya viví todo esto antes. Como si estuviera repitiendo un sueño muy bonito.
Se me cerró la garganta. No pude responder. Solo apreté su mano y dejé que las lágrimas cayeran en silencio. Ella no preguntó por qué lloraba. Solo me abrazó… y esa misma noche me folló como si supiera que necesitábamos sellar ese momento.
Me empujó contra el sofá, se arrodilló entre mis piernas y me sacó la polla ya dura. Me la chupó con hambre: lengua gruesa recorriendo toda la vena de abajo, labios apretados deslizándose hasta el fondo de su garganta, saliva espesa chorreando por mis huevos. Me miró a los ojos mientras se la metía hasta que le lloraban, gorgoteando, tragando alrededor de mi glande. Cuando estuve a punto de correrme, se subió encima, se apartó las bragas y se empaló de un solo golpe.
Su coño estaba empapado, caliente y apretado. Empezó a cabalgarme con fuerza, sus tetas enormes golpeándome la cara. Se las chupé con brutalidad, mordiendo los pezones mientras ella gemía alto. Le metí un dedo en el culo y lo follé al mismo ritmo que su coño tragaba mi verga. Se corrió gritando, su coño contrayéndose violentamente, soltando chorros calientes que me empaparon el abdomen. Yo exploté dentro de ella, llenándola de semen espeso hasta que le salía por los lados.
Pasaron semanas. Meses. El tiempo empezó a sentirse elástico, irreal. No hubo tumor. No hubo infarto. No hubo embolia ni accidente. Solo días normales, cotidianos, llenos de pequeñas cosas que antes me parecían insignificantes: el ruido de su risa, el olor a café quemado, la forma en que tarareaba las canciones de Juan Gabriel mientras lavaba los platos.
Y entonces, una mañana cualquiera, se levantó antes que yo. Preparó el desayuno. Cuando entré a la cocina la encontré de pie frente a la estufa, con la espalda recta, tarareando bajito. Se giró hacia mí y sonrió de esa forma suya, esa sonrisa que siempre me hacía sentir que todo iba a estar bien aunque el mundo se estuviera cayendo. —Hoy me siento muy bien —dijo—. Muy viva.
Yo solo asentí, porque si abría la boca iba a romperme.
Esa tarde salimos a caminar por el parque. Ella se detuvo frente a un puesto de elotes y pidió dos, bien cargados de mayonesa y chile, como le gustaban desde niña. Nos sentamos en una banca y comimos en silencio, viendo a los niños correr y a los señores jugar dominó. En un momento me miró de reojo y dijo: —Gracias por no rendirte conmigo.
No supe qué responder. Solo la abracé por los hombros y apoyé la barbilla en su cabeza. Olía a hogar.
Esa noche se durmió temprano. Yo me quedé velándola un rato, sentado al borde de la cama, escuchando su respiración tranquila. Por primera vez en… no sé cuántos saltos, cuántas vidas, no sentí miedo. Solo una paz extraña, casi dolorosa.
Cuando desperté, la cama a mi lado estaba vacía. El corazón se me subió a la garganta por instinto. Me senté de golpe… hasta que escuché el agua correr en el baño. La puerta se abrió despacio.
Salió con el pelo revuelto, la bata medio abierta, y en la mano una prueba de embarazo. La sostenía como si fuera de cristal. Se acercó a la cama, se sentó a mi lado y extendió la mano hacia mí sin decir nada. Solo me mostró las dos líneas. Claras. Inconfundibles. Positiva.
Me quedé congelado un segundo eterno. Luego la miré a los ojos y vi que ella también estaba llorando, pero no de tristeza. Era esa mezcla de miedo y alegría que solo aparece cuando algo imposible se vuelve real. —Va a ser niña —dijo de pronto, con voz temblorosa pero segura—. Lo siento aquí —se tocó el pecho—. Y no me preguntes cómo lo sé, solo… lo sé.
La abracé tan fuerte que creo que le hice daño, pero no se quejó. Solo se aferró a mí.
________________________________________
A partir de ahí, todo cambió… y el deseo se volvió aún más intenso.
Durante el embarazo la follaba casi a diario. Su cuerpo se volvió más voluptuoso: tetas hinchadas y llenas de leche, vientre redondo, culo más grande y suave. Le encantaba que la tomara por detrás, arrodillada en la cama, con su barriga colgando mientras yo le agarraba las caderas y la penetraba profundo. Su coño estaba más caliente, más jugoso, más sensible. Cada embestida hacía que sus tetas pesadas se balancearan y gotearan un poco de calostro.
Le comía el coño durante horas. La ponía sentada en mi cara y ella se restregaba contra mi lengua, mojándome toda la cara mientras gemía y me tiraba del pelo. Cuando se corría, me inundaba con sus jugos dulces y espesos. Luego yo la penetraba lento, saboreando cada contracción de su coño embarazado alrededor de mi polla, hasta llenarla de semen caliente una y otra vez.
Los últimos meses, cuando ya estaba muy grande, la follaba de lado, con ternura y fuerza al mismo tiempo. Le metía la polla despacio mientras le acariciaba el vientre y le chupaba los pezones hinchados, sacándole leche que tragaba con devoción. Ella se corría temblando, llorando de placer, repitiendo mi nombre como una oración.
Cuando nació la niña —sí, fue niña, como ella había dicho—, la pusieron en sus brazos y mi madre lloró como nunca la había visto llorar. No de dolor, no de despedida. De pura, abrumadora gratitud.
La llamamos Elena, como la abuela que nunca conoció.
Y cada vez que la miro —ahora ya camina, corre, dice “mamá” cada vez que ve a mi madre—, entiendo que el tiempo no se rompió porque lo arreglé yo. Se rompió porque ella decidió, en ese último regreso, no solo vivir… sino crear.
Ya no salto más. No hace falta. El ciclo se cerró con dos líneas en una prueba barata de farmacia. Y con una risa nueva que llena la casa cada mañana.
0 comentarios - El Deseo que ni el tiempo puede romper V