Llegué rayando. El tráficosobre Mariano Escobedo estaba a vuelta de rueda, típico de viernes endiciembre, y el Uber tardó media vida en cruzar Masaryk. Para cuando por finsubí a la terraza, el frío ya calaba sabroso, pero el ambiente estaba a tope.La barra libre de Gin y Mezcal ya estaba haciendo efecto y el ruido de lasrisas rebotaba por todos lados.
Fui directo a la barra por un trago para ponerme al corriente ydesde ahí escaneé el lugar buscando a mi "bolita" de siempre. Yasabes, con los que me voy a las micheladas los viernes o con los que nos lapasamos mandando stickers en el grupo de WhatsApp de "Los deConfianza".
No tardé en ubicarlos cerca de una de las estufas de exterior.Pero mi vista se frenó en seco antes de llegar a ellos. Se frenó en Victoria.
Ver a Victoria en la oficina es pura rutina: pantalón de vestirnegro, camisas que le quedan un poco justas pero siempre abotonadas hasta lagarganta, y su suéter de "señora" porque siempre tiene frío con elaire acondicionado. Pero hoy... hoy era otra historia.
Estaba parada de perfil, con una copa en la mano. Llevaba unvestido color vino, pegadito. Y ahí fue donde mi cerebro hizo cortocircuito.Sabía que Victoria era "tetoncita" —es imposible no notarlo cuando seestira para alcanzar algo en el archivero y uno se echa un taco de ojo discretoentre cuates—, pero el vestido de hoy no dejaba nada a la imaginación.
Al ser tan chiquita —mide 1.53, literalmente me llega al pecho—,sus curvas resaltan el doble. El escote del vestido luchaba una batalla heroicapor contenerlas, marcando ese "valle" profundo y suave que nunca nosdeja ver de lunes a viernes. Además, el corte del vestido le marcaba perfectoesas nalguitas que también tengo bien ubicadas, pero que hoy se veían decampeonato con los tacones altos.
Me acerqué, sintiendo esa mezcla de confianza de amigo ycuriosidad de hombre que acaba de descubrir algo nuevo.
—¿Qué tal, chicos? —saludé al grupo en general, chocando puñoscon el de Diseño, pero me planté junto a ella.
Victoria se giró. Traía sus lentes de siempre, esos de pastanegra, pero el labial rojo y el cabello suelto le daban un aire que me aceleróel pulso.
—¡Hasta que llegas, Gabo! —me dijo, sonriendo y alzando su copapara chocarla con la mía—. Ya te íbamos a poner falta.
—Cállate, el tráfico estaba infernal, casi me bajo a caminar —meexcusé, y luego bajé la voz un poquito, inclinándome hacia ella con esaconfianza que nos tenemos—. Oye... pero valió la pena la espera. Te ves muybien, Vic. Neta. Creo que te habías estado guardando lo mejor para el cierre deaño, ¿eh?
No pude evitarlo. Mis ojos bajaron un segundo descarado a suescote y volvieron a subir a sus lentes. Ella se dio cuenta. En la oficina mehubiera puesto una jeta o me hubiera dicho "baboso", pero aquí, conuna copa de vino encima y en confianza, solo soltó una risita nerviosa y me dioun golpe leve en el brazo.
—Ya vas a empezar, tonto —me dijo, pero no dejó de sonreír, ynoté cómo se acomodaba el vestido, no para taparse, sino para asegurarse de quetodo estuviera en su lugar—. Tú no te ves mal, eh. Por fin te quitaste lacamisa de godín aburrido.
—Hago lo que se puede para no desentonar contigo —le guiñé elojo.
Nos quedamos ahí parados, hombro con hombro. El grupo seguíahablando de pendejadas, planeando el after, pero yo sentía una vibradistinta con ella. Ya no éramos solo los que se mandan memes; hoy la estabaviendo como mujer, y por cómo se le escapaba la risa y me miraba de reojo, creoque a ella no le molestaba para nada mi atención.
Para las diez y media, la barra libre ya estaba cobrandofactura. El de Diseño ya se había ido a vomitar o a ligar (no nos quedó claro)y las de Nómina se habían ido en bola al baño. De repente, sin planearlo, elgrupo se disolvió y nos quedamos solo Victoria y yo, parados junto a una mesaalta que ya estaba llena de vasos vacíos.
El aire estaba cada vez más frío, pero el mezcal nos teníacalientitos. Victoria ya llevaba algunas copas encima; lo sabía porque susmejillas estaban rojas y se reía de cualquier estupidez que yo decía. Lo mejorera que, con la confianza del alcohol, ya no se preocupaba tanto por su postura"de oficina". Estaba más relajada, recargando un codo en la mesa, loque hacía que su postura sacara el pecho de una forma que me tenía hipnotizado.
—Güey, ¿viste lo que mandaron al grupo de "Sin Jefes"?—me preguntó, sacando su celular de la bolsita de mano.
—No tengo pila, a ver —mentí. Tenía pila, pero quería acercarme.
Ella desbloqueó la pantalla y buscó la imagen. Para que yopudiera ver, tuve que inclinarme. Ella es tan bajita que prácticamente tuve quepegar mi cabeza a la suya.
Ahí me golpeó su olor. No olía al café de la oficina ni a papel;olía a cítricos y a algo floral, dulce y rico.
—Mira esta joya —dijo, mostrándome un meme estúpido sobre losaguinaldos.
Nos reímos. Una risa cómplice, de esas que solo tienes contu work bestie. Pero al reírse, ella giró la cara hacia mí. Estábamos acentímetros. Pude ver el detalle de sus pestañas detrás de los lentes y cómo sele marcaba una venita azul en el escote pálido por la fuerza de la risa.
En ese momento, un mesero pasó hecho la madre con una charolallena de tragos, casi empujándonos.
—Cuidado —le dije.
Por instinto, pasé mi brazo por detrás de ella para protegerla ypegarla a mí. Mi mano aterrizó en su espalda baja.
La tela del vestido era delgada. Sentí el calor de su piel y lacurva perfecta donde su espalda terminaba y empezaban esas nalguitas que tantasveces había visto de reojo cuando caminaba delante de mí hacia la sala dejuntas. Mi mano se quedó ahí, firme. No la quité.
Ella tampoco se quitó.
Al contrario, se dejó llevar por el empujoncito y quedó pegada ami costado. Sentí la suavidad de su brazo contra mis costillas y cómo su caderaencajaba justo con mi muslo.
—Casi me bañan de tequila —dijo ella, alzando la vista hacia mí.
—Yo te cubro, Vic. Aquí no te pasa nada —le contesté, bajando lavoz.
Mi mano, que seguía en su cintura, bajó un centímetro. Solo unpoquito, rozando el inicio de la curva de su trasero. Fue un movimiento sutil,probando terreno. Ella sintió el cambio de posición de mis dedos y el calor demi palma a través de la tela delgada del vestido.
Se quedó quieta un segundo, procesando el contacto. Luego giróun poco la cara para verme a los ojos. No se quitó, ni hizo ningún chiste pararomper el momento.
—Gracias —me dijo, suave, pero sosteniéndome la mirada detrás desus lentes.
—Para eso estamos —contesté, apretando ligeramente su cintura,confirmando que mi mano no se iba a mover de ahí.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña y relajada, de alguien que sesiente a gusto. Alzó su copa, que ya casi no tenía nada, y la acercó a la mía.
—Salud por el rescate, entonces —murmuró.
—Salud —respondí.
Chocamos los vasos y bebimos lo que quedaba, pero lo importanteno fue el trago. Lo importante fue que, mientras bebía, ella se recargócompletamente en mi mano, dejando que su cuerpo descansara contra mi costado.Ya no había distancia de "amigos". La línea se había borrado ensilencio. Estábamos pegados, y la electricidad entre los dos era evidente.
Justo en ese momento, el DJ supo leer el cuarto y soltó unabomba de nostalgia. Empezaron los acordes de Detector de Metal de Moderatto. Laterraza explotó. Los de Contabilidad aventaron los sacos y corrieron a lapista.
—¡No mames, el detector de metaaaaallllll gueeeee! —gritóVictoria, riéndose y dándome un jalón en el brazo. El alcohol ya le habíaquitado la pena.
—Vamos, pues —le dije, dejando mi vaso vacío en la primera mesaque vi.
La seguí a la pista. Al principio era puro brinco y cantar agrito pelado con el resto del grupo. Estábamos rodeados de gente sudando yriendo. Victoria se veía increíble, con el pelo ya medio despeinado y los ojosbrillantes detrás de los lentes, cantando el coro a todo pulmón mientrasbrincaba.
Pero luego, el DJ hizo la transición. Dejó atrás el popdosmilero y metió un beat pesado, actual. Algo de Bad Bunny que retumbó en lasbocinas. El ritmo cambió de brincar a moverse lento, pegado al piso.
La pista estaba atascada. Un grupo de Becarios nos empujó yquedamos prensados el uno contra el otro.
Ahí fue donde la diferencia de estaturas jugó a mi favor. Al serella tan chiquita, su cara quedaba justo a la altura de mi pecho. Para noperder el equilibrio con el empujón, se agarró de mis hombros y luego susbrazos subieron a rodear mi cuello, poniéndose de puntitas.
Yo bajé mis manos a su cintura por puro reflejo para sostenerla.Ya no era el toque sutil de hace rato en la mesa; ahora mis manos abarcabantoda la curva de su cadera bajo la tela del vestido. Se sentía sólida, suave ypeligrosamente real.
—Está llenísimo —me dijo al oído, gritando para que la escucharasobre el bajo de la música.
—Pégate más para que no te pisen —le contesté, usando la excusaperfecta.
Ella me hizo caso. Se pegó completamente a mí. Sentí la presiónde sus pechos contra mi abdomen. Era una sensación eléctrica. Esas curvas quetantas veces había imaginado detrás de sus camisas holgadas de oficina, ahoraestaban ahí, aplastándose deliciosamente contra mi camisa con cada movimientolento de la música.
El beat estaba pesado, invitaba a moverse de lado a lado. En unmomento, para ver algo que pasaba atrás de nosotros, Victoria se dio la mediavuelta, quedando de espaldas a mí, pero sin soltarse de mis brazos que seguíanen su cintura.
Eso fue mi perdición.
Victoria empezó a moverse al ritmo lento de la canción,recargando todo su peso contra mí. Sentí sus nalguitas —esas que siempre mirabade reojo cuando caminaba delante de mí hacia la copiadora— rozando contra mientrepierna. No era un "perreo" vulgar, era un roce constanteprovocado por lo apretado de la pista y el ritmo de la música.
La "calentura" me pegó de golpe. Sentí cómo meempezaba a poner duro contra su vestido. La fricción era demasiada. Intentéechar la cadera un centímetro para atrás para disimular, pero ella, tal vez porel alcohol o porque le estaba gustando el soporte, se echó hacia atrás,pegándose aún más, anulando cualquier espacio.
Bajé la cabeza y mi boca quedó a la altura de su cuello, justodebajo de su oreja. Olía a su perfume dulce mezclado con el calor de la fiesta.
—Vic... —le dije, con la voz ya ronca, y sin querer, mis dedosapretaron un poco más su cintura.
Ella giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. Sus ojosdetrás de los lentes estaban oscuros, dilatados por el mezcal y la adrenalina.Se mordió el labio inferior y, en lugar de asustarse o quitarse al sentirme, serecargó más fuerte contra mí.
El DJ volvío a cambiar la pista y soltó los primeros acordes de"Callaíta". Fue como si le hubieran puesto el soundtrack perfecto ala noche. Victoria, que en la oficina apenas y habla en las juntas si no esestrictamente necesario, soltó una carcajada y se giró para quedar frente afrente conmigo.
Me rodeó el cuello con los brazos otra vez, colgándose un pocode mí para no perder el equilibrio. Sus ojos brillaban detrás de los lentes,con esa picardía que solo sale después del quinto trago.
—Ella es callaíta... —empezó a cantar, mirándome directo alos ojos, señalándose a sí misma con un dedo en el pecho, justo en el escote,burlándose de su propia fama de niña buena.
Yo me reí, pero el aire se me atoró en la garganta. Verla así,cantando Bad Bunny a todo pulmón, despeinada y sudando un poco, me pareció lomás sexy del mundo.
—Pero pal sexo es atrevida... —siguió cantando ella,acercando su cara a la mía, retándome. No sé si fue el alcohol o si realmentequería mandarme el mensaje, pero la frase quedó flotando entre los dos.
—¿Ah, sí? —le pregunté, sujetándola más fuerte de la cintura,pegando su cadera a la mía para que sintiera que yo no estaba jugando.
Ella no contestó con palabras. Siguió moviéndose, un vaivénlento de caderas que chocaba contra mis muslos. Bajó la mirada a mi boca yluego volvió a subirla a mis ojos. La distancia entre los dos era ridícula.Podía sentir su respiración agitada mezclada con el olor dulce del Gin Tonic.
—Gabo... —murmuró, dejando de cantar.
La tensión era insoportable. Tenía que pasar.
Victoria se puso de puntitas, estirándose todo lo que daba su1.53 de estatura. Yo bajé la cabeza por instinto.
Fue un "piquito". Nada salvaje todavía. Solo nuestroslabios encontrándose en medio del caos de la pista. Un beso seco, rápido, deapenas dos segundos. Fue un beso de prueba, de esos que sirven parapreguntar "¿Sí estamos haciendo esto?".
Nos separamos apenas unos centímetros. Ella abrió los ojos y memiró, un poco asustada por lo que acababa de hacer, pero luego sonrió. Unasonrisa nerviosa, mordiéndose el labio inferior, como si acabara de hacer latravesura más grande de su vida.
—Ups —dijo, pero no se alejó. Sus brazos seguían en mi cuello ysus dedos empezaron a jugar con el cabello de mi nuca.
—¿Ups? —repetí, sonriendo como idiota—. A mí no me pareció unerror.
Ella soltó una risita y volvió a pegar su frente contra mibarbilla, escondiéndose un poco.
—A mí tampoco —me confesó contra mi camisa—. Pero creo quequiero otro.
El corazón se me aceleró a mil. —Concedido —le susurré.
Me incliné y le di otro piquito. Este duró un segundo más que elanterior. Sus labios sabían a frutos rojos del gin y estaban calientes. Cuandome separé, ella no abrió los ojos de inmediato; se quedó con la cara alzada,esperando más, con una expresión de entrega que me revolvió el estómago depuras ganas.
La canción seguía retumbando, ese bajo grave que te vibra en elpecho. Seguimos bailando, pero ya no había ni un milímetro de aire entrenosotros.
Mis manos bajaron de su cintura a la parte baja de su espalda,justo donde sus caderas se ensanchan. Ella, por su parte, tenía las manosmetidas debajo de mi saco, acariciando mi camisa, sintiendo mi calor.
El baile se volvió instintivo. Yo movía una pierna entre lassuyas y ella se montaba en mi muslo al ritmo de la música, frotándosedescaradamente. Sentía la suavidad de sus pechos aplastándose contra mi tóraxcon cada respiración, y abajo... bueno, abajo era evidente que yo estaba másque listo. Ella tenía que estar sintiéndolo duro contra su vientre, pero lejosde incomodarse, se pegaba más, buscando esa fricción.
De repente, el técnico de iluminación decidió ponerse creativo.Las luces de la terraza bajaron de intensidad y empezaron a parpadear flashesazules y morados, dejando la pista en una penumbra intermitente.
Era el camuflaje perfecto.
—Ya no aguanto —me dijo Victoria, o creo que lo dijo, porque másbien le leí los labios en la oscuridad.
No esperé más.
Aprovechando que las luces nos dejaban a oscuras por segundos,bajé la mano a su nuca, enredando mis dedos en su cabello suelto, y jalé sucara hacia la mía. Ya no hubo piquitos tímidos.
La besé de verdad.
Abrí la boca y ella hizo lo mismo, recibiéndome con ansias.Nuestras lenguas se encontraron con una torpeza desesperada, chocando,lamiendo, saboreando. Fue un beso sucio, húmedo, cargado de meses de miradas enla oficina y memes de doble sentido.
Sentí cómo ella gemía contra mi boca, un sonido que se perdió enla música pero que yo sentí vibrar en mis labios. Se colgó de mi cuello confuerza, casi trepándose en mí porque sus tacones ya no le daban abasto. Yo lacargué un poquito, lo suficiente para pegarla aún más a mi erección.
Nadie nos veía, o al menos eso queríamos creer. Entre el humo dela máquina, las luces que parpadeaban y el alcohol que traían todos encima,éramos invisibles. Solo éramos Victoria y yo, comiéndonos la boca en medio dela pista, mientras mis manos empezaban a viajar peligrosamente cerca de susnalgas y ella me jalaba el pelo como si quisiera arrancármelo.
Cuando nos separamos un milímetro para tomar aire, mis manos yano estaban en su cintura, sino descaradamente sobre su trasero, apretando latela del vestido. Ella no se quedó atrás; sentí sus uñas clavándose en mi nuca,jalándome el pelo con desesperación.
—Vámonos de aquí... hay mucha gente —me dijo al oído, jadeando.
No tuvimos que decir más. La tomé de la mano y salimos de la pista,esquivando a un par de compañeros que bailaban "Payaso de Rodeo" enla orilla. Caminamos rápido hacia la zona de los baños, alejándonos de lasluces de neón y del ruido ensordecedor.
Encontré justo lo que buscaba: un rincón en el pasillo que llevaa los sanitarios, justo antes de la entrada. Una de las lámparas decorativasestaba fundida o apagada a propósito, dejando esa esquina en una penumbra casitotal.
En cuanto estuvimos en la sombra, la pegué contra la pared.
El choque de su espalda contra el muro fue suave, amortiguadopor mi cuerpo que se prensó contra el suyo de inmediato. Volvimos a besarnos,pero esta vez fue mucho más intenso.
—Ay Victoria... —le gruñí contra la boca.
—Tú me provocaste... —respondió ella, mordiéndome el labioinferior.
Mi mano derecha bajó con decisión. Ya no me conformé con tocarpor encima de la ropa. Deslicé la mano por su muslo, subiendo la falda de suvestido. Sentí su piel caliente, suave, en contraste con el aire frío delpasillo. Ella soltó un suspiro entrecortado cuando mis dedos pasaron la barreradel dobladillo y tocaron carne desnuda.
Subí más. Llegué a donde termina el muslo y empieza la curva desu nalga. Acaricié la piel suave justo debajo del elástico de su ropa interior.Era encaje, pude sentir la textura.
—Gabo... —gimió ella bajito, abriendo las piernas un poco paradarme acceso, recargando la cabeza en la pared y cerrando los ojos.
Metí la mano un poco más, agarrando con firmeza su nalgaderecha, amasando la carne suave. Ella se arqueó contra mi mano, buscando máspresión, frotándose contra mi pierna al mismo tiempo. Estaba húmeda, o al menoseso me imaginé por cómo reaccionaba a mi tacto, y eso me puso aún más duro, sies que eso era posible.
Estábamos al límite. Un movimiento más, un centímetro más de mimano hacia el centro, y estaría sintiendo como estaba mojandose.
De repente, se escuchó la puerta del baño de hombres abrirse ypasos saliendo. Nos congelamos. Me pegué a ella para taparla con mi cuerpo ybajé la mano rápido, alisando su vestido, fingiendo que solo estábamosplaticando muy cerca.
El tipo pasó de largo, demasiado borracho para notar quéestábamos haciendo en la oscuridad.
Cuando el peligro pasó, Victoria soltó el aire que estabaconteniendo. Se acomodó los lentes, que estaban chuecos, y me miró. Tenía ellabial corrido, el pelo revuelto y una expresión de deseo absoluto que me hizotemblar las rodillas.
Me tomó de la corbata (o lo que quedaba del nudo) y me jalóhacia ella, mirándome con esa mezcla de miedo y excitación.
—¿Y ahora? —me preguntó, con la voz rota, dejándome claro que nopensaba regresar a la fiesta a fingir que no había pasado nada.
—Si regresamos a la pista así... —le dije, pasándole el pulgarpor el labio inferior para limpiarle un poco el labial corrido
Ella soltó una risita nerviosa, acomodándose el tirante delvestido.
—Tú tienes cara de que quieres terminar lo que empezaste —mecontestó, y esa timidez de oficina había desaparecido por completo. Me tomó dela solapa del saco—. No quiero irme a mi casa todavía. Y definitivamente noquiero que tú te vayas a la tuya.
Entonces soltó la bomba.
—Pide un cuarto, Gabo. Aquí. Ahorita.
Sentí un golpe de adrenalina en el estómago. Una cosa es el fajede borrachera en un pasillo y otra muy distinta es formalizar el asunto conuna Amex. Pero verla ahí, despeinada y retándome con la mirada, hizo quemi cerebro dejara de pensar en consecuencias.
—Vamos —dije.
—Espera —me detuvo, poniéndome una mano en el pecho—. No podemossubir "a secas". Necesitamos suministros.
Me señaló la barra que se veía a lo lejos al final del pasillo,donde el barman estaba distraído sirviendo shots a los de Ventas.
—Vamos a llevarnos una botella y seguir la fiesta
Me guiñó un ojo. Esa complicidad de "amigos haciendotravesuras" me prendió más que cualquier otra cosa.
Regresamos a la zona de la fiesta, actuando lo más normalposible. Victoria se quedó vigilando cerca de una columna, fingiendo revisar sucelular. Yo me acerqué a la barra. Aproveché que el mesero estaba discutiendocon alguien sobre hielos y, con una destreza que no sabía que tenía, tomé unabotella de Ginebra que estaba medio llena sobre la barra de servicio. Tambiénagarré dos vasos vacíos.
Caminé hacia ella con el botín.
—Corre —le susurré.
Salimos de la terraza hacia el lobby del hotel, riéndonos comoadolescentes que se acaban de volar la clase. La mezcla de alcohol, deseo y elpequeño hurto nos tenía eufóricos.
Llegamos a la recepción. El lugar era un contraste total con lafiesta: silencio, mármol frío, música ambiental bajita y recepcionistasperfectamente peinados.
—Buenas noches —dije, tratando de sonar sobrio y ejecutivo,aunque traía el nudo de la corbata deshecho y una botella en la mano—. Necesitouna habitación.
El recepcionista nos escaneó. Vio a Victoria abrazada a mibrazo, vio la botella, vio nuestros ojos brillantes. No hizo preguntasestúpidas.
—¿Sencilla o Doble? —preguntó, tecleando rápido.
—Sencilla. Con cama King —respondió Victoria antes de que yopudiera hablar. Me apretó el brazo al decirlo.
—Tenemos una disponible en el piso 5. Son cuatro mil quinientosmás impuestos.
Ni siquiera lo pensé. Saqué la tarjeta y la deslicé por elmostrador. Mientras procesaban el pago, Victoria se acercó a mi oído,poniéndose de puntitas.
—Espero que valga la pena la inversión, licenciado —susurró,rozando su nariz con mi cuello.
—Vas a ver que sí —le contesté, firmando el voucher con ungarabato ilegible.
Nos dieron la llave electrónica. Caminamos hacia los elevadorestratando de mantener la compostura, pero en cuanto las puertas metálicas secerraron y quedamos solos en la caja de acero, la botella y los vasosterminaron en el suelo (con cuidado) y nosotros terminamos pegados contra elespejo.
El elevador empezó a subir.
—Piso 5 —jadeó ella entre besos, mientras mis manos volvían abuscar desesperadamente su cintura—. Tenemos cinco pisos para calmarnos o vamosa romper la puerta.
El elevador hizo ding en el piso 5 demasiado rápido.Nos separamos, jadeando, con los labios hinchados y la ropa hecha un desastre.Me agaché a recoger la botella y los vasos del suelo antes de que las puertasse abrieran.
—Compórtate, por favor —me dijo Victoria, tratando de alisarseel vestido y acomodarse el cabello, aunque se le escapaba una risita nerviosa.
Salimos al pasillo. El silencio del hotel era absoluto, uncontraste brutal con el caos de la terraza. Caminamos buscando el número de lahabitación, riéndonos por lo bajo, chocando hombros al caminar porque elalcohol nos tenía caminando un poco chueco.
—502... 504... Aquí está —dijo ella, señalando la puerta.
Batallé un poco con la tarjeta electrónica (manos temblorosas yvista nublada), pero cuando la luz verde parpadeó, entramos.
La habitación olía a limpio, a aire acondicionado y a "lujogenérico". Había un ventanal enorme con vista a las luces de la ciudad y,al centro, una cama King Size que se veía inmensa, perfecta.
—Lo primero es lo primero —dijo Victoria, quitándose los taconesde una patada en cuanto entró y caminando descalza sobre la alfombra. Se sentóen la orilla de la cama. Al ser tan bajita, sus pies apenas rozaban el suelo,lo que la hacía ver aún más pequeña en medio de esa habitación enorme.
—Lo primero —confirmé.
Fui a la mesita, dejé la botella de Ginebra "robada" yserví dos tragos generosos en los vasos. Sin hielos, sin agua tónica, sinlimón. Gin tibio y directo. Una cochinada, pero en ese momento nos pareció elmejor cóctel del mundo.
Le llevé el suyo.
Ella lo tomó con las dos manos, como si fuera una taza de té, yme miró desde abajo. Sus lentes reflejaban la luz tenue de la lámpara de buró.
—Salud por el robo hormiga —brindó, alzando el vaso.
—Salud por la mejor decisión del año —contesté.
Bebimos. El líquido bajó quemando la garganta, pero avivó elfuego que ya traíamos. Victoria hizo una mueca graciosa por el sabor fuerte,sacando la lengua un poquito, y luego se rió. Ese trago fue el combustiblenecesario para mantenernos en ese punto exacto: lo suficientemente borrachospara no pensar en consecuencias, pero lo suficientemente despiertos parasentirlo todo.
Dejé mi vaso en la mesita de noche y me paré frente a ella,quedando entre sus piernas abiertas.
Ella dejó su vaso también, pero no se movió. Se quedó ahísentada, mirándome hacia arriba, con las manos apoyadas en el colchón, echandoel cuerpo un poco hacia atrás. Esa postura hizo que el escote de su vestido setensara al límite. Sus pechos se veían increíbles, subiendo y bajando con surespiración agitada.
—Entonces... —murmuró ella, mordiéndose el labio, con los ojosbrillosos por el alcohol—. Ya estamos aquí. Ya tenemos chupe. ¿Qué sigue,Gabriel?
Me agaché despacio, poniendo mis manos sobre sus rodillasdesnudas. Subí las manos lentamente por sus muslos, sintiendo la piel suave ycaliente. Ella tembló, pero abrió un poco más las piernas, invitándome.
Llegué a su cara. Con mucha calma, volví a repetir el gesto queya se había vuelto nuestro ritual de la noche: tomé sus lentes de pasta negra yse los quité suavemente, dejándolos junto a los vasos.
—Seguimos la fiesta, ¿no?—le susurré.
Ella no esperó. Ni siquiera contestó.
Se lanzó hacia mí, rodeándome el cuello con los brazos yestampando su boca contra la mía con una urgencia que casi me hace perder elequilibrio. Era de esos besos que tanto deseas en ese punto de la fiesta,sumado a las ganas acumuladas desde hacía meses.
Ya no había frenos. Mis manos, que estaban en sus rodillas,subieron disparadas por sus muslos, arrugando la tela del vestido sin cuidado,buscando carne. Ella se arqueó hacia mí, frotando sus pechos contra mi pechocon fuerza, dejándome sentir lo dura que estaba a través de la ropa.
Nos empezamos a recorrer con desesperación. Yo le apretaba lasnalgas con una mano y con la otra bajaba por el escote de su vestido,intentando liberar esas curvas que me tenían loco. Ella, por su parte, jalabami camisa frenéticamente para sacarla del pantalón, metiendo sus manos fríasbajo la tela para tocar mi espalda y arañarme un poco.
Entre jadeos, risitas borrachas y el sonido de la respiraciónagitada, nos dejamos caer hacia atrás en la cama. El colchón rebotó bajonuestro peso, pero no nos separamos ni un milímetro. Victoria se montó sobre mía horcajadas, besándome el cuello, la mandíbula, mientras sus caderas se movíancontra las mías, buscando fricción, buscando todo. Ya no era la oficinistatímida; era puro fuego.
Victoria, montada sobre mí, empezó a mover las caderas encírculos, frotando su entrepierna con descaro contra la mía. A pesar de la telade su vestido y de mi pantalón, la fricción era eléctrica.
—Mmm... —gimió ella contra mi boca al sentir lo duro que estaba.
No había forma de esconderlo, y ella no quería que loescondiera. Al contrario, recargó todo su peso hacia adelante, presionando su zonamás sensible contra mi erección, marcando el ritmo, dejándome claro que leurgía sentirme.
Yo perdí el control. Mis manos bajaron hasta sus nalgas,agarrándolas con fuerza, amasando la carne suave a través del vestido. Eranperfectas, redondas y llenaban mis manos por completo. Le di un apretón firmeque la hizo jadear y arquear la espalda, separándose un poco de mi cara peropegándose más a mi cadera.
Ese movimiento dejó su escote justo frente a mis ojos. Ya nopude esperar más.
Solté una de sus nalgas y subí la mano con urgencia hacia supecho. Mis dedos se engancharon en el borde de su vestido y, de un jalóndecidido, bajé la tela y la copa del sostén de un solo movimiento.
Su pecho izquierdo saltó, liberado de la presión.
Me quedé sin aliento un segundo. Era magnífica. exquisita, conun pezón rosado que ya estaba duro por el frío del aire acondicionado y laexcitación. Era mucho más grande y perfecta de lo que había imaginado en misfantasías de horario laboral.
—Dios... Victoria —jadeé.
No pedí permiso. Llevé mi mano a su pecho desnudo, sopesándolo,sintiendo su calidez y su suavidad desbordándose entre mis dedos. Ella echó lacabeza hacia atrás, cerrando los ojos y mordiéndose el labio, ofreciéndoselopor completo a mi tacto.
Alcé la cabeza y atrapé su pezón con la boca. Lo succioné conganas, pasando la lengua alrededor, saboreando su piel mientras mi manoapretaba la suavidad de su pecho. Victoria soltó un gemido largo y sonoro,echando la cabeza hacia atrás y enterrando los dedos en mi pelo, empujándomemás contra ella, como si quisiera que me la tragara entera.
Estuvimos así unos segundos, yo perdido en sus senos y ellajadeando, hasta que se separó de golpe, jalando aire.
—Espérate... espérate —dijo, con la voz pastosa—. Me estorba elvestido. Me aprieta mucho.
Se levantó de mis piernas y se puso de rodillas sobre elcolchón. Con movimientos rápidos y algo torpes por el alcohol, terminó de bajarel cierre y se sacó el vestido por la cabeza, aventándolo a algún lugar de lahabitación oscura. Se quedó solo en ropa interior: unas bragas de encaje quehacían juego con el sostén que yo ya había desacomodado. Verla así, chiquitapero con esas curvas impresionantes libres al fin, fue la mejor vista de lanoche.
Pero no me dio tiempo de admirarla mucho. Victoria volvió alataque.
—Ahora tú —ordenó.
Se acercó a la orilla de la cama donde yo seguía recostado y susmanos fueron directo a mi cinturón. Batalló un poco con la hebilla (lacoordinación no era nuestra fuerte en ese momento), pero en cuanto escuché elsonido del metal abriéndose, supe que iba en serio. Bajó el cierre de mipantalón con urgencia. Yo alcé la cadera para ayudarla y ella jaló la telahacia abajo, llevándose también mis calcetines en el proceso. Me quedé solo enbóxers y camisa.
Entonces, gateó sobre mí otra vez.
Sus manos subieron a mi pecho. Empezó a desabotonar mi camisa,uno por uno, pero no me la quitó. Solo la abrió por completo, dejando mi torsoexpuesto al aire frío del hotel.
—Me gusta así... —murmuró, con una sonrisita traviesa, pasandosus palmas por mi pecho.
Bajó la cara y empezó a dejar un camino de besitos húmedos sobremi piel. Me besó el esternón, los pectorales, bajando despacio hacia el ombligoy subiendo otra vez. Sentía su aliento caliente y sus labios suavesrecorriéndome, mientras su cabello suelto me hacía cosquillas en la panza. Yo teníalas manos en su espalda desnuda, acariciándola de arriba a abajo, sintiendocómo su cuerpo pequeño vibraba contra el mío con cada beso que me daba.
Sus labios siguieron bajando, rozando mi abdomen, pero su manoderecha tenía otra misión. Se deslizó por mi estómago y llegó al elástico demis bóxers.
Sin titubear, metió la mano.
Sus dedos, que estaban un poco fríos, se cerraron alrededor demi verga. Solté un jadeo ronco e involuntario cuando me agarró por completo. Metenía en su puño. Empezó a acariciarme, subiendo y bajando la piel con un ritmolento, midiendo el grosor, disfrutando del poder que tenía en ese momento.
Entonces, dejó de besarme el pecho y alzó la vista. Se apoyó conla otra mano en mi torso para incorporarse un poco y me miró directo a losojos. Tenía el pelo alborotado, los labios hinchados y esa mirada vidriosa quegritaba sexo.
Apretó un poquito más su agarre, sintiendo cómo palpitaba en sumano, y sonrió de lado, con esa picardía borracha que me estaba volviendo loco.
—Tan serio y portadito que te ves en las juntas de los lunes,Gabriel... —me susurró, arrastrando las palabras y arqueando una ceja—. Y miranada más cómo te pones por tu "amiguita" de la oficina.
No le respondí con palabras, no podía. La jalé del cuello yestrellé mi boca contra la suya para callarla, besándola intensamente. Ellasoltó un gemido ahogado en mi boca y se acomodó mejor sobre mis caderas,abriendo las piernas para montarme a horcajadas otra vez.
Empezó a moverse, frotando su sexo contra mi erección con un ritmodesesperado. A pesar de la tela delgada de sus bragas de encaje y mis bóxers,sentí el calor inmediato. Estaba empapada. Literalmente sentía la humedadtraspasando la ropa, caliente y resbalosa, lubricando la fricción entre losdos. Saber que estaba así de mojada por mí me hizo perder la cabeza.
—Siii —gruñí, separándome de su boca.
—Todo... quítate todo —jadeó ella.
Fue un caos de extremidades y tela. Ella se saco el sostén y lasbragas. Yo me deshice de los bóxers y terminé de sacarme la camisa de un jalón.
Quedamos piel contra piel. El choque de su cuerpo desnudo,suave, pequeño y curvilíneo contra el mío fue eléctrico. Pero Victoria no sequedó arriba para besarme. Tenía otra idea.
Se deslizó hacia abajo por mi pecho, su piel rozando la mía,dejando un rastro de besos húmedos y calientes que pasaron por mi ombligo,haciéndome temblar. Llegó a mi entrepierna y se detuvo un segundo. Me miródesde abajo, con el pelo alborotado cayéndole por la cara y los ojos brillantesde lujuria.
Sin dudarlo, abrió la boca y bajó la cabeza.
Sentí la humedad caliente de su boca chupandome la punta. Soltéun suspiro ronco, arqueando la espalda y enterrando los dedos en las sábanasdel hotel. Ella empezó a chupármela con ganas, sin timidez. Sentía su lenguajugando, su saliva lubricando todo, y la succión rítmica de sus mejillas. Semovía con hambre, bajando hasta la base y subiendo, haciendo ruidos húmedos queresonaban en la habitación, demostrándome que la Victoria callada de la oficinaera una bestia en la cama.
Se separó apenas un centímetro, dejándome con la piel erizada yla respiración cortada. Sin decir nada, estiró el brazo hacia la mesita denoche y agarró el vaso de ginebra que habíamos dejado a medias.
Me miró un segundo, con el vaso en los labios, y le dio un trago.Pero no se lo pasó. Mantuvo el líquido en la boca, inflando un poquito loscachetes como una niña traviesa, y dejó el vaso de nuevo en la mesa.
Volvió a bajar.
Cuando su boca me envolvió otra vez, casi grito. La sensaciónfue una locura: el contraste de su interior caliente con el gin, que se sentíafrío y al mismo tiempo picaba un poco por el alcohol, me mandó una descargaeléctrica directa a la columna. Sentía el cosquilleo del licor mezclado con susaliva recorriéndome, sensibilizando cada terminación nerviosa.
Y entonces, lo hizo.
Sin dejar de moverse, sin soltarme, alzó la vista.
Me miró directo a los ojos desde abajo. Sus mejillas se hundíanrítmicamente con la succión, y en su mirada no había ni rastro de timidez. Mesostenía la mirada con una intensidad descarada, viendo exactamente cómo meestaba haciendo perder el control, disfrutando de tenerme así, vulnerable ypalpitando en su boca empapada de ginebra.
Se detuvo, limpiándose una gotita de la comisura de los labioscon el pulgar. Pasó saliva, tragándose la mezcla de mi sabor y el alcohol sinhacer ningún gesto de disgusto, al contrario. Se relamió, como si estuvieraterminando un postre.
—Sabe rico... —susurró con la voz ronca, y luego soltó unarisita suave—. Sabe a ti y a ginebra.
Con un suspiro de satisfacción, se paro y se dejó caer deespaldas sobre las almohadas blancas. Abrió los brazos y las piernas relajada,totalmente desinhibida, ofreciéndose a mi vista como si la cama King Size fuerasu escenario personal.
Me incorporé sobre mis rodillas, quedando entre sus piernasabiertas, pero no hice nada. Solo me dediqué a verla.
La imagen era brutal. Ahí estaba la Victoria de la oficina, laque siempre trae suéter porque tiene frío, la que se esconde detrás delmonitor. Verla así, completamente desnuda, fue un shock.
Era una muñequita erótica. Al ser tan chaparrita, su cuerpo seveía concentrado, pura curva peligrosa. Su piel pálida resaltaba contra las sábanasblancas, ahora manchada de rojo en el pecho y el cuello por mis besos y laborrachera. Sus pechos, grandes, caían suavemente hacia los lados; su cinturase marcaba muchísimo al estar acostada, y sus caderas se veían anchas,invitantes.
Me quedé hipnotizado viendo cómo su vientre subía y bajabarápido. Era increíble pensar que debajo de esos trajes sastres aburridos seescondía este mujerón.
—¿Qué tanto me ves? —preguntó ella, alzando un poco la cabeza,sonrojada pero orgullosa de saber que me tenía babeando.
—Que eres perfecta, Vic —le dije, y no era choro de borracho. Leacaricié un muslo, subiendo la mano despacio—. Siempre me imaginé cómo teverías así... pero la realidad está mil veces mejor.
No dije más. Me incliné de nuevo, pero esta vez no fui a suboca.
Bajé despacio, dejando besos húmedos en su ombligo y bajando porel caminito de piel suave hacia su vientre bajo. Ella se estremeció, abriendolas piernas un poco más, invitándome a llegar al destino.
Cuando llegué a su monte de Venus, me encontré con una sorpresaque me encantó: tenía un triangulito de pelo negro, recortado y cuidado. Mepareció lo más sexy del mundo.
Hundí la nariz ahí primero, respirando su aroma natural yexcitante. Le di besos suaves sobre el vello, sintiendo la textura cosquilleandoen mis labios, preparándola.
—Ah... Gabriel... —suspiró ella, moviendo las caderas,impaciente.
Con mis pulgares, separé sus labios mayores revelando el rosaintenso y húmedo de su interior. Brillaba de lo mojada que estaba. No esperémás y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, en una lamida larga y plana,probando todo su sabor.
Ella pegó un brinco en la cama.
Me pegué a ella, enterrando la cara en su entrepierna. Empecé acomerla con ritmo, usando la punta de la lengua para jugar con su clítoris yluego succionando con fuerza. Sabía deliciosa, a mujer excitada y caliente.
—¡Ahhh! —gritó.
Fue su primer gemido fuerte, real. Se le olvidó que estábamos enun hotel, se le olvidó la discreción de la oficina. Fue un grito de placer puroque rebotó en las paredes de la habitación. Sus manos bajaron a mi cabeza,jalándome el pelo, empujándome más contra ella, como si quisiera asfixiarme consu sexo.
Escucharla gritar así, sabiendo que yo era el que le provocabaeso, me puso como piedra.
Sin dejar de lamerla, sin sacar la cara de entre sus piernas,llevé mi mano derecha a mi propia verga. Estaba palpitando, dolorosamente dura.Empecé a acariciármela, siguiendo el ritmo de mi lengua.
La imagen en mi cabeza era obscena y perfecta: yo devorando a micompañera de trabajo, saboreando sus jugos, mientras me masturbaba pensando enlo rico que se sentía tenerla así, abierta y entregada solo para mí. Cada vezque ella gemía fuerte, yo apretaba más mi agarre, sintiendo que me iba a venirahí mismo solo de escucharla y probarla.
No pude aguantar ni un segundo más. La visión de ellaretorciéndose, el sonido de sus gemidos y el sabor de sus jugos en mi boca mellevaron al límite. Me separé de su entrepierna, dejándola con un gemido deprotesta, y subí rápido, arrastrándome sobre su cuerpo sudado hasta quedarfrente a frente.
Me acomodé entre sus muslos abiertos. Victoria sabía exactamentelo que venía. Sin que yo le dijera nada, alzó las piernas y las enganchóalrededor de mi cintura, abriéndose por completo para mí, dejándose vulnerabley expuesta.
Me sostuve sobre mis brazos para no aplastarla con todo mi pesoy guié la cabeza de mi verga hacia su entrada, que brillaba de humedad.
La miré a los ojos. Ella me devolvió la mirada, mordiéndose ellabio, con las pupilas dilatadas y el pecho subiendo y bajando con violencia.
—Métela... ya —suplicó en un susurro desesperado.
No tuve piedad.
Empujé las caderas y me hundí en ella.
—¡Aghhh! —gritó Victoria, echando la cabeza hacia atrás contrala almohada, cerrando los ojos con fuerza y clavándome las uñas en los hombros.
Entré profundo, hasta el fondo, de una sola estocada. Dios,estaba apretadísima. Sentí cómo sus paredes internas me abrazaban con unafuerza increíble, calientes, resbalosas y estrechas. Al ser tan chiquita, lasentía en todos lados, me envolvía como un guante de terciopelo hirviendo. Lasensación fue tan intensa que tuve que detenerme un segundo, apretando losdientes y cerrando los ojos para no venirme ahí mismo.
—Victoria... estás... —gruñí, sin poder terminar la frase.
Ella abrió los ojos y me buscó. Me jaló del cuello para besarme,un beso sucio y desesperado, mientras levantaba las caderas para recibirmemejor.
Empecé a moverme.
Salí casi por completo y volví a entrar con fuerza. El sonido denuestra piel chocando llenó la habitación: un clap húmedo y obscenocada vez que mis caderas golpeaban contra sus piernas y su pubis.
El ritmo cambió rápido. Empecé a embestirla con fuerza,perdiendo la caballerosidad. Ella lo pedía a gritos, gimiendo mi nombre entredientes, sacudiéndose bajo mi cuerpo.
—¡Sí, Gabo, así! —gemía ella, y sentir sus piernas apretando micintura cada vez que yo entraba me volvía loco.
Me incliné sobre ella, apoyando mi peso en los antebrazos a loslados de su cabeza para verla bien. Ver cómo sus pechos rebotaban con cada empuje,ver su cara descompuesta de placer, roja y sudada. Era la mejor vista de mivida. Estaba cogiendo con mi amiga, con la de los lentes y el suéter, yresultaba que cogía mejor que nadie.
Cada embestida me sacaba un gruñido. La fricción era deliciosa.Sentía cada centímetro de mi verga rozando contra su interior apretado. Ella merecibía todo, arqueando la espalda para buscar más profundidad, frotando suclítoris contra mi hueso pélvico en cada choque.
Estábamos conectados, sudando alcohol y deseo, en una carrerafrenética donde lo único que importaba era meterla más duro y más profundo.
—Voltéame... —me ordenó con la voz rota, casi un gemido—. Ponmeen cuatro, Gabo.
No tuvo que decírmelo dos veces. Me hice hacia atrás y ella girósobre el colchón.
Victoria se puso de rodillas y apoyó los codos en la cama,arqueando la espalda al máximo. La vista fue brutal. Al ser tan chaparrita seveía minúscula en esa cama King Size, una figurita compacta y erótica. Pero susproporciones eran una locura: cintura pequeña y esas nalgas... Dios mío, esasnalgas.
Redondas, blancas, perfectas. Se veían mucho más grandes yapetecibles ahora que no estaban escondidas en sus pantalones de vestir negros.Se abrían deliciosamente ante mis ojos, invitándome.
Me acomodé detrás de ella. La diferencia de estatura eraevidente: yo me sentía enorme a su lado. Tuve que abrir bastante mis rodillas ybajar el torso para quedar a su nivel, cubriéndola con mi sombra, como undepredador sobre su presa.
—Qué rica te ves así, Vic... —le dije, y no pude evitarlo:levanté la mano y ¡Plaff!
Le solté una nalgada seca y sonora en el glúteo derecho. Su pielblanca se puso roja al instante.
—¡Ahhh! —gritó ella, pero no se quejó; al contrario, echó lasnalgas más hacia atrás.
Sujeté su cadera con ambas manos. Mis dedos se hundieron en sucarne suave. Apunté y, aprovechando la posición, empujé hacia adentro.
Esta vez entré distinto. En esta posición, todo se alineadiferente. Entré muchísimo más profundo, tocando lugares que no había alcanzadoantes.
—¡Oh, mierda! —gimió ella, enterrando la cara en las almohadas,sintiendo cómo la llenaba por completo.
Empecé a embestirla.
La dinámica era increíblemente visual. Yo veía cómo mi pelvischocaba contra sus glúteos redondos, deformándolos con cada impacto. Ella,siendo tan pequeña, se sacudía entera con cada empuje mío. Se veía frágil y almismo tiempo increíblemente resistente, aguantando mi ritmo, recibiendo cadacentímetro de mí.
Desde mi altura, tenía la vista perfecta de su espalda curva yde cómo sus pechos colgaban libres, balanceándose adelante y atrás con lafuerza de mis estocadas.
—Estás deliciosa, Victoria... —gruñí, perdiendo el control,aumentando la velocidad—. Me encanta cómo te ves así.
—Más... más duro... —pedía ella, con la voz ahogada en laalmohada, moviendo el trasero en círculos para recibirme mejor, disfrutando desentirse dominada por mi tamaño.
Ver sus nalgas rojas por el impacto anterior me encendió lasangre. No lo pensé. Alcé la mano de nuevo y descargué otro golpe, más fuerte,más seco, justo en el centro de su glúteo izquierdo.
¡Plaff!
—¡Ahhh! ¡Sí! —gritó Victoria, pero no era dolor, era puro placersucio. Se giró apenas un poco, mirándome por encima del hombro con los ojosdesorbitados y la boca abierta—. ¡Dame más, Gabo! ¡No pares!
Le di otra nalgada, dejando mi mano marcada en su piel blanca.Ella gimió largo, temblando, y de repente, rompió la posición.
Se giró con una agilidad sorprendente y me empujó el pecho paraque me acostara boca arriba. No opuse resistencia. Victoria se montó sobre míde inmediato, clavándome la mirada.
Se dejó caer.
Me tragó entero de un sentón.
—Dios... —susurré, viendo la imagen gloriosa desde abajo.
Victoria empezó a cabalgarme con un ritmo frenético. Al ser tanligera y pequeña, se movía con una energía inagotable. Subía y bajaba rápido,rebotando sobre mis muslos, haciendo que sus pechos saltaran libremente frentea mi cara.
Yo alcé las manos y agarré sus nalguitas con posesión. Mis manosabarcaban prácticamente todo su trasero. Apreté su carne, ayudándola a bajarcon más fuerza, marcando el ritmo, golpeando mi pelvis contra la suya conviolencia.
La fricción era insoportable, deliciosa. Ella se inclinaba haciaadelante, apoyando las manos en mi pecho, y luego se echaba hacia atrás,moliendo su clítoris contra mí.
Sentí cómo la presión subía. Mis testículos se apretaron. Estabaa segundos de explotar.
—Vic... Vic, ya voy... —le advertí, apretando los dientes,preparándome para sacarla.
Ella se detuvo un segundo, clavándome las uñas en el pecho,mirándome con una intensidad salvaje, sudada y hermosa. Negó con la cabeza.
—No te salgas... —me dijo, jadeando fuerte—. ¡Vente adentro,Gabriel! ¡Hazlo adentro!
—¿Qué? —pregunté, al borde del abismo.
—¡Que te vengas adentro! —gritó ella, apretando sus músculosinternos alrededor de mi verga—. ¡No pasa nada, lléname!
Esa frase fue el detonante final. Saber que tenía permiso, quepodía dejarme ir sin barreras dentro de ella, rompió cualquier control que mequedaba.
La agarré de la cintura con todas mis fuerzas, inmovilizándolacontra mí, y empecé a embestirla desde abajo con furia, una, dos, tres veces,tocando lo más profundo de su matriz.
—¡Ahhhh! ¡Gabo! —gritó ella al sentir mis espasmos.
Me vine.
Solté todo dentro de ella, bombeando chorro tras chorro de semencaliente, inundándola por completo. Sentí cómo ella también llegaba al orgasmoal mismo tiempo, contrayéndose rítmicamente alrededor de mí, ordeñándome hastala última gota mientras gritaba mi nombre en la habitación del hotel.
Nos quedamos así, ella colapsada sobre mi pecho, temblando, y yoabrazándola, sintiendo cómo nuestros corazones intentaban salirse del pecho.
El silencio del cuarto solo lo rompían nuestros jadeos y elzumbido del aire acondicionado. Le acaricié la espalda, que estaba empapada desudor, y bajé la mano hasta esas nalguitas que ahora tenían la marca roja de mimano. Ella soltó una risita cansada contra mi piel y murmuró: "¿Cómo voy aver a los de Contabilidad el lunes después de esto?". Yo me reí, besándolela frente sudada y apretándola más contra mí. "Con la misma cara desiempre, Vic. Pero tu y yo ya no".
Nos acomodamos en la cama King Size, jalando la sábana parataparnos un poco del frío. Ella se acurrucó contra mi pecho, encajando perfectocomo la pieza de rompecabezas que es, y en cuestión de minutos su respiraciónse volvió pesada, vencida por el alcohol y el orgasmo. Me quedé mirando eltecho, sintiendo su cuerpo desnudo y suave contra el mío, sabiendo que laoficina nunca volvería a ser igual. Ya no éramos solo los amigos de los memes;ahora, cada vez que la viera en el pasillo con su traje sastre y sus lentes, meiba a acordar de cómo se ve gimiendo mi nombre.
Fui directo a la barra por un trago para ponerme al corriente ydesde ahí escaneé el lugar buscando a mi "bolita" de siempre. Yasabes, con los que me voy a las micheladas los viernes o con los que nos lapasamos mandando stickers en el grupo de WhatsApp de "Los deConfianza".
No tardé en ubicarlos cerca de una de las estufas de exterior.Pero mi vista se frenó en seco antes de llegar a ellos. Se frenó en Victoria.
Ver a Victoria en la oficina es pura rutina: pantalón de vestirnegro, camisas que le quedan un poco justas pero siempre abotonadas hasta lagarganta, y su suéter de "señora" porque siempre tiene frío con elaire acondicionado. Pero hoy... hoy era otra historia.
Estaba parada de perfil, con una copa en la mano. Llevaba unvestido color vino, pegadito. Y ahí fue donde mi cerebro hizo cortocircuito.Sabía que Victoria era "tetoncita" —es imposible no notarlo cuando seestira para alcanzar algo en el archivero y uno se echa un taco de ojo discretoentre cuates—, pero el vestido de hoy no dejaba nada a la imaginación.
Al ser tan chiquita —mide 1.53, literalmente me llega al pecho—,sus curvas resaltan el doble. El escote del vestido luchaba una batalla heroicapor contenerlas, marcando ese "valle" profundo y suave que nunca nosdeja ver de lunes a viernes. Además, el corte del vestido le marcaba perfectoesas nalguitas que también tengo bien ubicadas, pero que hoy se veían decampeonato con los tacones altos.
Me acerqué, sintiendo esa mezcla de confianza de amigo ycuriosidad de hombre que acaba de descubrir algo nuevo.
—¿Qué tal, chicos? —saludé al grupo en general, chocando puñoscon el de Diseño, pero me planté junto a ella.
Victoria se giró. Traía sus lentes de siempre, esos de pastanegra, pero el labial rojo y el cabello suelto le daban un aire que me aceleróel pulso.
—¡Hasta que llegas, Gabo! —me dijo, sonriendo y alzando su copapara chocarla con la mía—. Ya te íbamos a poner falta.
—Cállate, el tráfico estaba infernal, casi me bajo a caminar —meexcusé, y luego bajé la voz un poquito, inclinándome hacia ella con esaconfianza que nos tenemos—. Oye... pero valió la pena la espera. Te ves muybien, Vic. Neta. Creo que te habías estado guardando lo mejor para el cierre deaño, ¿eh?
No pude evitarlo. Mis ojos bajaron un segundo descarado a suescote y volvieron a subir a sus lentes. Ella se dio cuenta. En la oficina mehubiera puesto una jeta o me hubiera dicho "baboso", pero aquí, conuna copa de vino encima y en confianza, solo soltó una risita nerviosa y me dioun golpe leve en el brazo.
—Ya vas a empezar, tonto —me dijo, pero no dejó de sonreír, ynoté cómo se acomodaba el vestido, no para taparse, sino para asegurarse de quetodo estuviera en su lugar—. Tú no te ves mal, eh. Por fin te quitaste lacamisa de godín aburrido.
—Hago lo que se puede para no desentonar contigo —le guiñé elojo.
Nos quedamos ahí parados, hombro con hombro. El grupo seguíahablando de pendejadas, planeando el after, pero yo sentía una vibradistinta con ella. Ya no éramos solo los que se mandan memes; hoy la estabaviendo como mujer, y por cómo se le escapaba la risa y me miraba de reojo, creoque a ella no le molestaba para nada mi atención.
Para las diez y media, la barra libre ya estaba cobrandofactura. El de Diseño ya se había ido a vomitar o a ligar (no nos quedó claro)y las de Nómina se habían ido en bola al baño. De repente, sin planearlo, elgrupo se disolvió y nos quedamos solo Victoria y yo, parados junto a una mesaalta que ya estaba llena de vasos vacíos.
El aire estaba cada vez más frío, pero el mezcal nos teníacalientitos. Victoria ya llevaba algunas copas encima; lo sabía porque susmejillas estaban rojas y se reía de cualquier estupidez que yo decía. Lo mejorera que, con la confianza del alcohol, ya no se preocupaba tanto por su postura"de oficina". Estaba más relajada, recargando un codo en la mesa, loque hacía que su postura sacara el pecho de una forma que me tenía hipnotizado.
—Güey, ¿viste lo que mandaron al grupo de "Sin Jefes"?—me preguntó, sacando su celular de la bolsita de mano.
—No tengo pila, a ver —mentí. Tenía pila, pero quería acercarme.
Ella desbloqueó la pantalla y buscó la imagen. Para que yopudiera ver, tuve que inclinarme. Ella es tan bajita que prácticamente tuve quepegar mi cabeza a la suya.
Ahí me golpeó su olor. No olía al café de la oficina ni a papel;olía a cítricos y a algo floral, dulce y rico.
—Mira esta joya —dijo, mostrándome un meme estúpido sobre losaguinaldos.
Nos reímos. Una risa cómplice, de esas que solo tienes contu work bestie. Pero al reírse, ella giró la cara hacia mí. Estábamos acentímetros. Pude ver el detalle de sus pestañas detrás de los lentes y cómo sele marcaba una venita azul en el escote pálido por la fuerza de la risa.
En ese momento, un mesero pasó hecho la madre con una charolallena de tragos, casi empujándonos.
—Cuidado —le dije.
Por instinto, pasé mi brazo por detrás de ella para protegerla ypegarla a mí. Mi mano aterrizó en su espalda baja.
La tela del vestido era delgada. Sentí el calor de su piel y lacurva perfecta donde su espalda terminaba y empezaban esas nalguitas que tantasveces había visto de reojo cuando caminaba delante de mí hacia la sala dejuntas. Mi mano se quedó ahí, firme. No la quité.
Ella tampoco se quitó.
Al contrario, se dejó llevar por el empujoncito y quedó pegada ami costado. Sentí la suavidad de su brazo contra mis costillas y cómo su caderaencajaba justo con mi muslo.
—Casi me bañan de tequila —dijo ella, alzando la vista hacia mí.
—Yo te cubro, Vic. Aquí no te pasa nada —le contesté, bajando lavoz.
Mi mano, que seguía en su cintura, bajó un centímetro. Solo unpoquito, rozando el inicio de la curva de su trasero. Fue un movimiento sutil,probando terreno. Ella sintió el cambio de posición de mis dedos y el calor demi palma a través de la tela delgada del vestido.
Se quedó quieta un segundo, procesando el contacto. Luego giróun poco la cara para verme a los ojos. No se quitó, ni hizo ningún chiste pararomper el momento.
—Gracias —me dijo, suave, pero sosteniéndome la mirada detrás desus lentes.
—Para eso estamos —contesté, apretando ligeramente su cintura,confirmando que mi mano no se iba a mover de ahí.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña y relajada, de alguien que sesiente a gusto. Alzó su copa, que ya casi no tenía nada, y la acercó a la mía.
—Salud por el rescate, entonces —murmuró.
—Salud —respondí.
Chocamos los vasos y bebimos lo que quedaba, pero lo importanteno fue el trago. Lo importante fue que, mientras bebía, ella se recargócompletamente en mi mano, dejando que su cuerpo descansara contra mi costado.Ya no había distancia de "amigos". La línea se había borrado ensilencio. Estábamos pegados, y la electricidad entre los dos era evidente.
Justo en ese momento, el DJ supo leer el cuarto y soltó unabomba de nostalgia. Empezaron los acordes de Detector de Metal de Moderatto. Laterraza explotó. Los de Contabilidad aventaron los sacos y corrieron a lapista.
—¡No mames, el detector de metaaaaallllll gueeeee! —gritóVictoria, riéndose y dándome un jalón en el brazo. El alcohol ya le habíaquitado la pena.
—Vamos, pues —le dije, dejando mi vaso vacío en la primera mesaque vi.
La seguí a la pista. Al principio era puro brinco y cantar agrito pelado con el resto del grupo. Estábamos rodeados de gente sudando yriendo. Victoria se veía increíble, con el pelo ya medio despeinado y los ojosbrillantes detrás de los lentes, cantando el coro a todo pulmón mientrasbrincaba.
Pero luego, el DJ hizo la transición. Dejó atrás el popdosmilero y metió un beat pesado, actual. Algo de Bad Bunny que retumbó en lasbocinas. El ritmo cambió de brincar a moverse lento, pegado al piso.
La pista estaba atascada. Un grupo de Becarios nos empujó yquedamos prensados el uno contra el otro.
Ahí fue donde la diferencia de estaturas jugó a mi favor. Al serella tan chiquita, su cara quedaba justo a la altura de mi pecho. Para noperder el equilibrio con el empujón, se agarró de mis hombros y luego susbrazos subieron a rodear mi cuello, poniéndose de puntitas.
Yo bajé mis manos a su cintura por puro reflejo para sostenerla.Ya no era el toque sutil de hace rato en la mesa; ahora mis manos abarcabantoda la curva de su cadera bajo la tela del vestido. Se sentía sólida, suave ypeligrosamente real.
—Está llenísimo —me dijo al oído, gritando para que la escucharasobre el bajo de la música.
—Pégate más para que no te pisen —le contesté, usando la excusaperfecta.
Ella me hizo caso. Se pegó completamente a mí. Sentí la presiónde sus pechos contra mi abdomen. Era una sensación eléctrica. Esas curvas quetantas veces había imaginado detrás de sus camisas holgadas de oficina, ahoraestaban ahí, aplastándose deliciosamente contra mi camisa con cada movimientolento de la música.
El beat estaba pesado, invitaba a moverse de lado a lado. En unmomento, para ver algo que pasaba atrás de nosotros, Victoria se dio la mediavuelta, quedando de espaldas a mí, pero sin soltarse de mis brazos que seguíanen su cintura.
Eso fue mi perdición.
Victoria empezó a moverse al ritmo lento de la canción,recargando todo su peso contra mí. Sentí sus nalguitas —esas que siempre mirabade reojo cuando caminaba delante de mí hacia la copiadora— rozando contra mientrepierna. No era un "perreo" vulgar, era un roce constanteprovocado por lo apretado de la pista y el ritmo de la música.
La "calentura" me pegó de golpe. Sentí cómo meempezaba a poner duro contra su vestido. La fricción era demasiada. Intentéechar la cadera un centímetro para atrás para disimular, pero ella, tal vez porel alcohol o porque le estaba gustando el soporte, se echó hacia atrás,pegándose aún más, anulando cualquier espacio.
Bajé la cabeza y mi boca quedó a la altura de su cuello, justodebajo de su oreja. Olía a su perfume dulce mezclado con el calor de la fiesta.
—Vic... —le dije, con la voz ya ronca, y sin querer, mis dedosapretaron un poco más su cintura.
Ella giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. Sus ojosdetrás de los lentes estaban oscuros, dilatados por el mezcal y la adrenalina.Se mordió el labio inferior y, en lugar de asustarse o quitarse al sentirme, serecargó más fuerte contra mí.
El DJ volvío a cambiar la pista y soltó los primeros acordes de"Callaíta". Fue como si le hubieran puesto el soundtrack perfecto ala noche. Victoria, que en la oficina apenas y habla en las juntas si no esestrictamente necesario, soltó una carcajada y se giró para quedar frente afrente conmigo.
Me rodeó el cuello con los brazos otra vez, colgándose un pocode mí para no perder el equilibrio. Sus ojos brillaban detrás de los lentes,con esa picardía que solo sale después del quinto trago.
—Ella es callaíta... —empezó a cantar, mirándome directo alos ojos, señalándose a sí misma con un dedo en el pecho, justo en el escote,burlándose de su propia fama de niña buena.
Yo me reí, pero el aire se me atoró en la garganta. Verla así,cantando Bad Bunny a todo pulmón, despeinada y sudando un poco, me pareció lomás sexy del mundo.
—Pero pal sexo es atrevida... —siguió cantando ella,acercando su cara a la mía, retándome. No sé si fue el alcohol o si realmentequería mandarme el mensaje, pero la frase quedó flotando entre los dos.
—¿Ah, sí? —le pregunté, sujetándola más fuerte de la cintura,pegando su cadera a la mía para que sintiera que yo no estaba jugando.
Ella no contestó con palabras. Siguió moviéndose, un vaivénlento de caderas que chocaba contra mis muslos. Bajó la mirada a mi boca yluego volvió a subirla a mis ojos. La distancia entre los dos era ridícula.Podía sentir su respiración agitada mezclada con el olor dulce del Gin Tonic.
—Gabo... —murmuró, dejando de cantar.
La tensión era insoportable. Tenía que pasar.
Victoria se puso de puntitas, estirándose todo lo que daba su1.53 de estatura. Yo bajé la cabeza por instinto.
Fue un "piquito". Nada salvaje todavía. Solo nuestroslabios encontrándose en medio del caos de la pista. Un beso seco, rápido, deapenas dos segundos. Fue un beso de prueba, de esos que sirven parapreguntar "¿Sí estamos haciendo esto?".
Nos separamos apenas unos centímetros. Ella abrió los ojos y memiró, un poco asustada por lo que acababa de hacer, pero luego sonrió. Unasonrisa nerviosa, mordiéndose el labio inferior, como si acabara de hacer latravesura más grande de su vida.
—Ups —dijo, pero no se alejó. Sus brazos seguían en mi cuello ysus dedos empezaron a jugar con el cabello de mi nuca.
—¿Ups? —repetí, sonriendo como idiota—. A mí no me pareció unerror.
Ella soltó una risita y volvió a pegar su frente contra mibarbilla, escondiéndose un poco.
—A mí tampoco —me confesó contra mi camisa—. Pero creo quequiero otro.
El corazón se me aceleró a mil. —Concedido —le susurré.
Me incliné y le di otro piquito. Este duró un segundo más que elanterior. Sus labios sabían a frutos rojos del gin y estaban calientes. Cuandome separé, ella no abrió los ojos de inmediato; se quedó con la cara alzada,esperando más, con una expresión de entrega que me revolvió el estómago depuras ganas.
La canción seguía retumbando, ese bajo grave que te vibra en elpecho. Seguimos bailando, pero ya no había ni un milímetro de aire entrenosotros.
Mis manos bajaron de su cintura a la parte baja de su espalda,justo donde sus caderas se ensanchan. Ella, por su parte, tenía las manosmetidas debajo de mi saco, acariciando mi camisa, sintiendo mi calor.
El baile se volvió instintivo. Yo movía una pierna entre lassuyas y ella se montaba en mi muslo al ritmo de la música, frotándosedescaradamente. Sentía la suavidad de sus pechos aplastándose contra mi tóraxcon cada respiración, y abajo... bueno, abajo era evidente que yo estaba másque listo. Ella tenía que estar sintiéndolo duro contra su vientre, pero lejosde incomodarse, se pegaba más, buscando esa fricción.
De repente, el técnico de iluminación decidió ponerse creativo.Las luces de la terraza bajaron de intensidad y empezaron a parpadear flashesazules y morados, dejando la pista en una penumbra intermitente.
Era el camuflaje perfecto.
—Ya no aguanto —me dijo Victoria, o creo que lo dijo, porque másbien le leí los labios en la oscuridad.
No esperé más.
Aprovechando que las luces nos dejaban a oscuras por segundos,bajé la mano a su nuca, enredando mis dedos en su cabello suelto, y jalé sucara hacia la mía. Ya no hubo piquitos tímidos.
La besé de verdad.
Abrí la boca y ella hizo lo mismo, recibiéndome con ansias.Nuestras lenguas se encontraron con una torpeza desesperada, chocando,lamiendo, saboreando. Fue un beso sucio, húmedo, cargado de meses de miradas enla oficina y memes de doble sentido.
Sentí cómo ella gemía contra mi boca, un sonido que se perdió enla música pero que yo sentí vibrar en mis labios. Se colgó de mi cuello confuerza, casi trepándose en mí porque sus tacones ya no le daban abasto. Yo lacargué un poquito, lo suficiente para pegarla aún más a mi erección.
Nadie nos veía, o al menos eso queríamos creer. Entre el humo dela máquina, las luces que parpadeaban y el alcohol que traían todos encima,éramos invisibles. Solo éramos Victoria y yo, comiéndonos la boca en medio dela pista, mientras mis manos empezaban a viajar peligrosamente cerca de susnalgas y ella me jalaba el pelo como si quisiera arrancármelo.
Cuando nos separamos un milímetro para tomar aire, mis manos yano estaban en su cintura, sino descaradamente sobre su trasero, apretando latela del vestido. Ella no se quedó atrás; sentí sus uñas clavándose en mi nuca,jalándome el pelo con desesperación.
—Vámonos de aquí... hay mucha gente —me dijo al oído, jadeando.
No tuvimos que decir más. La tomé de la mano y salimos de la pista,esquivando a un par de compañeros que bailaban "Payaso de Rodeo" enla orilla. Caminamos rápido hacia la zona de los baños, alejándonos de lasluces de neón y del ruido ensordecedor.
Encontré justo lo que buscaba: un rincón en el pasillo que llevaa los sanitarios, justo antes de la entrada. Una de las lámparas decorativasestaba fundida o apagada a propósito, dejando esa esquina en una penumbra casitotal.
En cuanto estuvimos en la sombra, la pegué contra la pared.
El choque de su espalda contra el muro fue suave, amortiguadopor mi cuerpo que se prensó contra el suyo de inmediato. Volvimos a besarnos,pero esta vez fue mucho más intenso.
—Ay Victoria... —le gruñí contra la boca.
—Tú me provocaste... —respondió ella, mordiéndome el labioinferior.
Mi mano derecha bajó con decisión. Ya no me conformé con tocarpor encima de la ropa. Deslicé la mano por su muslo, subiendo la falda de suvestido. Sentí su piel caliente, suave, en contraste con el aire frío delpasillo. Ella soltó un suspiro entrecortado cuando mis dedos pasaron la barreradel dobladillo y tocaron carne desnuda.
Subí más. Llegué a donde termina el muslo y empieza la curva desu nalga. Acaricié la piel suave justo debajo del elástico de su ropa interior.Era encaje, pude sentir la textura.
—Gabo... —gimió ella bajito, abriendo las piernas un poco paradarme acceso, recargando la cabeza en la pared y cerrando los ojos.
Metí la mano un poco más, agarrando con firmeza su nalgaderecha, amasando la carne suave. Ella se arqueó contra mi mano, buscando máspresión, frotándose contra mi pierna al mismo tiempo. Estaba húmeda, o al menoseso me imaginé por cómo reaccionaba a mi tacto, y eso me puso aún más duro, sies que eso era posible.
Estábamos al límite. Un movimiento más, un centímetro más de mimano hacia el centro, y estaría sintiendo como estaba mojandose.
De repente, se escuchó la puerta del baño de hombres abrirse ypasos saliendo. Nos congelamos. Me pegué a ella para taparla con mi cuerpo ybajé la mano rápido, alisando su vestido, fingiendo que solo estábamosplaticando muy cerca.
El tipo pasó de largo, demasiado borracho para notar quéestábamos haciendo en la oscuridad.
Cuando el peligro pasó, Victoria soltó el aire que estabaconteniendo. Se acomodó los lentes, que estaban chuecos, y me miró. Tenía ellabial corrido, el pelo revuelto y una expresión de deseo absoluto que me hizotemblar las rodillas.
Me tomó de la corbata (o lo que quedaba del nudo) y me jalóhacia ella, mirándome con esa mezcla de miedo y excitación.
—¿Y ahora? —me preguntó, con la voz rota, dejándome claro que nopensaba regresar a la fiesta a fingir que no había pasado nada.
—Si regresamos a la pista así... —le dije, pasándole el pulgarpor el labio inferior para limpiarle un poco el labial corrido
Ella soltó una risita nerviosa, acomodándose el tirante delvestido.
—Tú tienes cara de que quieres terminar lo que empezaste —mecontestó, y esa timidez de oficina había desaparecido por completo. Me tomó dela solapa del saco—. No quiero irme a mi casa todavía. Y definitivamente noquiero que tú te vayas a la tuya.
Entonces soltó la bomba.
—Pide un cuarto, Gabo. Aquí. Ahorita.
Sentí un golpe de adrenalina en el estómago. Una cosa es el fajede borrachera en un pasillo y otra muy distinta es formalizar el asunto conuna Amex. Pero verla ahí, despeinada y retándome con la mirada, hizo quemi cerebro dejara de pensar en consecuencias.
—Vamos —dije.
—Espera —me detuvo, poniéndome una mano en el pecho—. No podemossubir "a secas". Necesitamos suministros.
Me señaló la barra que se veía a lo lejos al final del pasillo,donde el barman estaba distraído sirviendo shots a los de Ventas.
—Vamos a llevarnos una botella y seguir la fiesta
Me guiñó un ojo. Esa complicidad de "amigos haciendotravesuras" me prendió más que cualquier otra cosa.
Regresamos a la zona de la fiesta, actuando lo más normalposible. Victoria se quedó vigilando cerca de una columna, fingiendo revisar sucelular. Yo me acerqué a la barra. Aproveché que el mesero estaba discutiendocon alguien sobre hielos y, con una destreza que no sabía que tenía, tomé unabotella de Ginebra que estaba medio llena sobre la barra de servicio. Tambiénagarré dos vasos vacíos.
Caminé hacia ella con el botín.
—Corre —le susurré.
Salimos de la terraza hacia el lobby del hotel, riéndonos comoadolescentes que se acaban de volar la clase. La mezcla de alcohol, deseo y elpequeño hurto nos tenía eufóricos.
Llegamos a la recepción. El lugar era un contraste total con lafiesta: silencio, mármol frío, música ambiental bajita y recepcionistasperfectamente peinados.
—Buenas noches —dije, tratando de sonar sobrio y ejecutivo,aunque traía el nudo de la corbata deshecho y una botella en la mano—. Necesitouna habitación.
El recepcionista nos escaneó. Vio a Victoria abrazada a mibrazo, vio la botella, vio nuestros ojos brillantes. No hizo preguntasestúpidas.
—¿Sencilla o Doble? —preguntó, tecleando rápido.
—Sencilla. Con cama King —respondió Victoria antes de que yopudiera hablar. Me apretó el brazo al decirlo.
—Tenemos una disponible en el piso 5. Son cuatro mil quinientosmás impuestos.
Ni siquiera lo pensé. Saqué la tarjeta y la deslicé por elmostrador. Mientras procesaban el pago, Victoria se acercó a mi oído,poniéndose de puntitas.
—Espero que valga la pena la inversión, licenciado —susurró,rozando su nariz con mi cuello.
—Vas a ver que sí —le contesté, firmando el voucher con ungarabato ilegible.
Nos dieron la llave electrónica. Caminamos hacia los elevadorestratando de mantener la compostura, pero en cuanto las puertas metálicas secerraron y quedamos solos en la caja de acero, la botella y los vasosterminaron en el suelo (con cuidado) y nosotros terminamos pegados contra elespejo.
El elevador empezó a subir.
—Piso 5 —jadeó ella entre besos, mientras mis manos volvían abuscar desesperadamente su cintura—. Tenemos cinco pisos para calmarnos o vamosa romper la puerta.
El elevador hizo ding en el piso 5 demasiado rápido.Nos separamos, jadeando, con los labios hinchados y la ropa hecha un desastre.Me agaché a recoger la botella y los vasos del suelo antes de que las puertasse abrieran.
—Compórtate, por favor —me dijo Victoria, tratando de alisarseel vestido y acomodarse el cabello, aunque se le escapaba una risita nerviosa.
Salimos al pasillo. El silencio del hotel era absoluto, uncontraste brutal con el caos de la terraza. Caminamos buscando el número de lahabitación, riéndonos por lo bajo, chocando hombros al caminar porque elalcohol nos tenía caminando un poco chueco.
—502... 504... Aquí está —dijo ella, señalando la puerta.
Batallé un poco con la tarjeta electrónica (manos temblorosas yvista nublada), pero cuando la luz verde parpadeó, entramos.
La habitación olía a limpio, a aire acondicionado y a "lujogenérico". Había un ventanal enorme con vista a las luces de la ciudad y,al centro, una cama King Size que se veía inmensa, perfecta.
—Lo primero es lo primero —dijo Victoria, quitándose los taconesde una patada en cuanto entró y caminando descalza sobre la alfombra. Se sentóen la orilla de la cama. Al ser tan bajita, sus pies apenas rozaban el suelo,lo que la hacía ver aún más pequeña en medio de esa habitación enorme.
—Lo primero —confirmé.
Fui a la mesita, dejé la botella de Ginebra "robada" yserví dos tragos generosos en los vasos. Sin hielos, sin agua tónica, sinlimón. Gin tibio y directo. Una cochinada, pero en ese momento nos pareció elmejor cóctel del mundo.
Le llevé el suyo.
Ella lo tomó con las dos manos, como si fuera una taza de té, yme miró desde abajo. Sus lentes reflejaban la luz tenue de la lámpara de buró.
—Salud por el robo hormiga —brindó, alzando el vaso.
—Salud por la mejor decisión del año —contesté.
Bebimos. El líquido bajó quemando la garganta, pero avivó elfuego que ya traíamos. Victoria hizo una mueca graciosa por el sabor fuerte,sacando la lengua un poquito, y luego se rió. Ese trago fue el combustiblenecesario para mantenernos en ese punto exacto: lo suficientemente borrachospara no pensar en consecuencias, pero lo suficientemente despiertos parasentirlo todo.
Dejé mi vaso en la mesita de noche y me paré frente a ella,quedando entre sus piernas abiertas.
Ella dejó su vaso también, pero no se movió. Se quedó ahísentada, mirándome hacia arriba, con las manos apoyadas en el colchón, echandoel cuerpo un poco hacia atrás. Esa postura hizo que el escote de su vestido setensara al límite. Sus pechos se veían increíbles, subiendo y bajando con surespiración agitada.
—Entonces... —murmuró ella, mordiéndose el labio, con los ojosbrillosos por el alcohol—. Ya estamos aquí. Ya tenemos chupe. ¿Qué sigue,Gabriel?
Me agaché despacio, poniendo mis manos sobre sus rodillasdesnudas. Subí las manos lentamente por sus muslos, sintiendo la piel suave ycaliente. Ella tembló, pero abrió un poco más las piernas, invitándome.
Llegué a su cara. Con mucha calma, volví a repetir el gesto queya se había vuelto nuestro ritual de la noche: tomé sus lentes de pasta negra yse los quité suavemente, dejándolos junto a los vasos.
—Seguimos la fiesta, ¿no?—le susurré.
Ella no esperó. Ni siquiera contestó.
Se lanzó hacia mí, rodeándome el cuello con los brazos yestampando su boca contra la mía con una urgencia que casi me hace perder elequilibrio. Era de esos besos que tanto deseas en ese punto de la fiesta,sumado a las ganas acumuladas desde hacía meses.
Ya no había frenos. Mis manos, que estaban en sus rodillas,subieron disparadas por sus muslos, arrugando la tela del vestido sin cuidado,buscando carne. Ella se arqueó hacia mí, frotando sus pechos contra mi pechocon fuerza, dejándome sentir lo dura que estaba a través de la ropa.
Nos empezamos a recorrer con desesperación. Yo le apretaba lasnalgas con una mano y con la otra bajaba por el escote de su vestido,intentando liberar esas curvas que me tenían loco. Ella, por su parte, jalabami camisa frenéticamente para sacarla del pantalón, metiendo sus manos fríasbajo la tela para tocar mi espalda y arañarme un poco.
Entre jadeos, risitas borrachas y el sonido de la respiraciónagitada, nos dejamos caer hacia atrás en la cama. El colchón rebotó bajonuestro peso, pero no nos separamos ni un milímetro. Victoria se montó sobre mía horcajadas, besándome el cuello, la mandíbula, mientras sus caderas se movíancontra las mías, buscando fricción, buscando todo. Ya no era la oficinistatímida; era puro fuego.
Victoria, montada sobre mí, empezó a mover las caderas encírculos, frotando su entrepierna con descaro contra la mía. A pesar de la telade su vestido y de mi pantalón, la fricción era eléctrica.
—Mmm... —gimió ella contra mi boca al sentir lo duro que estaba.
No había forma de esconderlo, y ella no quería que loescondiera. Al contrario, recargó todo su peso hacia adelante, presionando su zonamás sensible contra mi erección, marcando el ritmo, dejándome claro que leurgía sentirme.
Yo perdí el control. Mis manos bajaron hasta sus nalgas,agarrándolas con fuerza, amasando la carne suave a través del vestido. Eranperfectas, redondas y llenaban mis manos por completo. Le di un apretón firmeque la hizo jadear y arquear la espalda, separándose un poco de mi cara peropegándose más a mi cadera.
Ese movimiento dejó su escote justo frente a mis ojos. Ya nopude esperar más.
Solté una de sus nalgas y subí la mano con urgencia hacia supecho. Mis dedos se engancharon en el borde de su vestido y, de un jalóndecidido, bajé la tela y la copa del sostén de un solo movimiento.
Su pecho izquierdo saltó, liberado de la presión.
Me quedé sin aliento un segundo. Era magnífica. exquisita, conun pezón rosado que ya estaba duro por el frío del aire acondicionado y laexcitación. Era mucho más grande y perfecta de lo que había imaginado en misfantasías de horario laboral.
—Dios... Victoria —jadeé.
No pedí permiso. Llevé mi mano a su pecho desnudo, sopesándolo,sintiendo su calidez y su suavidad desbordándose entre mis dedos. Ella echó lacabeza hacia atrás, cerrando los ojos y mordiéndose el labio, ofreciéndoselopor completo a mi tacto.
Alcé la cabeza y atrapé su pezón con la boca. Lo succioné conganas, pasando la lengua alrededor, saboreando su piel mientras mi manoapretaba la suavidad de su pecho. Victoria soltó un gemido largo y sonoro,echando la cabeza hacia atrás y enterrando los dedos en mi pelo, empujándomemás contra ella, como si quisiera que me la tragara entera.
Estuvimos así unos segundos, yo perdido en sus senos y ellajadeando, hasta que se separó de golpe, jalando aire.
—Espérate... espérate —dijo, con la voz pastosa—. Me estorba elvestido. Me aprieta mucho.
Se levantó de mis piernas y se puso de rodillas sobre elcolchón. Con movimientos rápidos y algo torpes por el alcohol, terminó de bajarel cierre y se sacó el vestido por la cabeza, aventándolo a algún lugar de lahabitación oscura. Se quedó solo en ropa interior: unas bragas de encaje quehacían juego con el sostén que yo ya había desacomodado. Verla así, chiquitapero con esas curvas impresionantes libres al fin, fue la mejor vista de lanoche.
Pero no me dio tiempo de admirarla mucho. Victoria volvió alataque.
—Ahora tú —ordenó.
Se acercó a la orilla de la cama donde yo seguía recostado y susmanos fueron directo a mi cinturón. Batalló un poco con la hebilla (lacoordinación no era nuestra fuerte en ese momento), pero en cuanto escuché elsonido del metal abriéndose, supe que iba en serio. Bajó el cierre de mipantalón con urgencia. Yo alcé la cadera para ayudarla y ella jaló la telahacia abajo, llevándose también mis calcetines en el proceso. Me quedé solo enbóxers y camisa.
Entonces, gateó sobre mí otra vez.
Sus manos subieron a mi pecho. Empezó a desabotonar mi camisa,uno por uno, pero no me la quitó. Solo la abrió por completo, dejando mi torsoexpuesto al aire frío del hotel.
—Me gusta así... —murmuró, con una sonrisita traviesa, pasandosus palmas por mi pecho.
Bajó la cara y empezó a dejar un camino de besitos húmedos sobremi piel. Me besó el esternón, los pectorales, bajando despacio hacia el ombligoy subiendo otra vez. Sentía su aliento caliente y sus labios suavesrecorriéndome, mientras su cabello suelto me hacía cosquillas en la panza. Yo teníalas manos en su espalda desnuda, acariciándola de arriba a abajo, sintiendocómo su cuerpo pequeño vibraba contra el mío con cada beso que me daba.
Sus labios siguieron bajando, rozando mi abdomen, pero su manoderecha tenía otra misión. Se deslizó por mi estómago y llegó al elástico demis bóxers.
Sin titubear, metió la mano.
Sus dedos, que estaban un poco fríos, se cerraron alrededor demi verga. Solté un jadeo ronco e involuntario cuando me agarró por completo. Metenía en su puño. Empezó a acariciarme, subiendo y bajando la piel con un ritmolento, midiendo el grosor, disfrutando del poder que tenía en ese momento.
Entonces, dejó de besarme el pecho y alzó la vista. Se apoyó conla otra mano en mi torso para incorporarse un poco y me miró directo a losojos. Tenía el pelo alborotado, los labios hinchados y esa mirada vidriosa quegritaba sexo.
Apretó un poquito más su agarre, sintiendo cómo palpitaba en sumano, y sonrió de lado, con esa picardía borracha que me estaba volviendo loco.
—Tan serio y portadito que te ves en las juntas de los lunes,Gabriel... —me susurró, arrastrando las palabras y arqueando una ceja—. Y miranada más cómo te pones por tu "amiguita" de la oficina.
No le respondí con palabras, no podía. La jalé del cuello yestrellé mi boca contra la suya para callarla, besándola intensamente. Ellasoltó un gemido ahogado en mi boca y se acomodó mejor sobre mis caderas,abriendo las piernas para montarme a horcajadas otra vez.
Empezó a moverse, frotando su sexo contra mi erección con un ritmodesesperado. A pesar de la tela delgada de sus bragas de encaje y mis bóxers,sentí el calor inmediato. Estaba empapada. Literalmente sentía la humedadtraspasando la ropa, caliente y resbalosa, lubricando la fricción entre losdos. Saber que estaba así de mojada por mí me hizo perder la cabeza.
—Siii —gruñí, separándome de su boca.
—Todo... quítate todo —jadeó ella.
Fue un caos de extremidades y tela. Ella se saco el sostén y lasbragas. Yo me deshice de los bóxers y terminé de sacarme la camisa de un jalón.
Quedamos piel contra piel. El choque de su cuerpo desnudo,suave, pequeño y curvilíneo contra el mío fue eléctrico. Pero Victoria no sequedó arriba para besarme. Tenía otra idea.
Se deslizó hacia abajo por mi pecho, su piel rozando la mía,dejando un rastro de besos húmedos y calientes que pasaron por mi ombligo,haciéndome temblar. Llegó a mi entrepierna y se detuvo un segundo. Me miródesde abajo, con el pelo alborotado cayéndole por la cara y los ojos brillantesde lujuria.
Sin dudarlo, abrió la boca y bajó la cabeza.
Sentí la humedad caliente de su boca chupandome la punta. Soltéun suspiro ronco, arqueando la espalda y enterrando los dedos en las sábanasdel hotel. Ella empezó a chupármela con ganas, sin timidez. Sentía su lenguajugando, su saliva lubricando todo, y la succión rítmica de sus mejillas. Semovía con hambre, bajando hasta la base y subiendo, haciendo ruidos húmedos queresonaban en la habitación, demostrándome que la Victoria callada de la oficinaera una bestia en la cama.
Se separó apenas un centímetro, dejándome con la piel erizada yla respiración cortada. Sin decir nada, estiró el brazo hacia la mesita denoche y agarró el vaso de ginebra que habíamos dejado a medias.
Me miró un segundo, con el vaso en los labios, y le dio un trago.Pero no se lo pasó. Mantuvo el líquido en la boca, inflando un poquito loscachetes como una niña traviesa, y dejó el vaso de nuevo en la mesa.
Volvió a bajar.
Cuando su boca me envolvió otra vez, casi grito. La sensaciónfue una locura: el contraste de su interior caliente con el gin, que se sentíafrío y al mismo tiempo picaba un poco por el alcohol, me mandó una descargaeléctrica directa a la columna. Sentía el cosquilleo del licor mezclado con susaliva recorriéndome, sensibilizando cada terminación nerviosa.
Y entonces, lo hizo.
Sin dejar de moverse, sin soltarme, alzó la vista.
Me miró directo a los ojos desde abajo. Sus mejillas se hundíanrítmicamente con la succión, y en su mirada no había ni rastro de timidez. Mesostenía la mirada con una intensidad descarada, viendo exactamente cómo meestaba haciendo perder el control, disfrutando de tenerme así, vulnerable ypalpitando en su boca empapada de ginebra.
Se detuvo, limpiándose una gotita de la comisura de los labioscon el pulgar. Pasó saliva, tragándose la mezcla de mi sabor y el alcohol sinhacer ningún gesto de disgusto, al contrario. Se relamió, como si estuvieraterminando un postre.
—Sabe rico... —susurró con la voz ronca, y luego soltó unarisita suave—. Sabe a ti y a ginebra.
Con un suspiro de satisfacción, se paro y se dejó caer deespaldas sobre las almohadas blancas. Abrió los brazos y las piernas relajada,totalmente desinhibida, ofreciéndose a mi vista como si la cama King Size fuerasu escenario personal.
Me incorporé sobre mis rodillas, quedando entre sus piernasabiertas, pero no hice nada. Solo me dediqué a verla.
La imagen era brutal. Ahí estaba la Victoria de la oficina, laque siempre trae suéter porque tiene frío, la que se esconde detrás delmonitor. Verla así, completamente desnuda, fue un shock.
Era una muñequita erótica. Al ser tan chaparrita, su cuerpo seveía concentrado, pura curva peligrosa. Su piel pálida resaltaba contra las sábanasblancas, ahora manchada de rojo en el pecho y el cuello por mis besos y laborrachera. Sus pechos, grandes, caían suavemente hacia los lados; su cinturase marcaba muchísimo al estar acostada, y sus caderas se veían anchas,invitantes.
Me quedé hipnotizado viendo cómo su vientre subía y bajabarápido. Era increíble pensar que debajo de esos trajes sastres aburridos seescondía este mujerón.
—¿Qué tanto me ves? —preguntó ella, alzando un poco la cabeza,sonrojada pero orgullosa de saber que me tenía babeando.
—Que eres perfecta, Vic —le dije, y no era choro de borracho. Leacaricié un muslo, subiendo la mano despacio—. Siempre me imaginé cómo teverías así... pero la realidad está mil veces mejor.
No dije más. Me incliné de nuevo, pero esta vez no fui a suboca.
Bajé despacio, dejando besos húmedos en su ombligo y bajando porel caminito de piel suave hacia su vientre bajo. Ella se estremeció, abriendolas piernas un poco más, invitándome a llegar al destino.
Cuando llegué a su monte de Venus, me encontré con una sorpresaque me encantó: tenía un triangulito de pelo negro, recortado y cuidado. Mepareció lo más sexy del mundo.
Hundí la nariz ahí primero, respirando su aroma natural yexcitante. Le di besos suaves sobre el vello, sintiendo la textura cosquilleandoen mis labios, preparándola.
—Ah... Gabriel... —suspiró ella, moviendo las caderas,impaciente.
Con mis pulgares, separé sus labios mayores revelando el rosaintenso y húmedo de su interior. Brillaba de lo mojada que estaba. No esperémás y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, en una lamida larga y plana,probando todo su sabor.
Ella pegó un brinco en la cama.
Me pegué a ella, enterrando la cara en su entrepierna. Empecé acomerla con ritmo, usando la punta de la lengua para jugar con su clítoris yluego succionando con fuerza. Sabía deliciosa, a mujer excitada y caliente.
—¡Ahhh! —gritó.
Fue su primer gemido fuerte, real. Se le olvidó que estábamos enun hotel, se le olvidó la discreción de la oficina. Fue un grito de placer puroque rebotó en las paredes de la habitación. Sus manos bajaron a mi cabeza,jalándome el pelo, empujándome más contra ella, como si quisiera asfixiarme consu sexo.
Escucharla gritar así, sabiendo que yo era el que le provocabaeso, me puso como piedra.
Sin dejar de lamerla, sin sacar la cara de entre sus piernas,llevé mi mano derecha a mi propia verga. Estaba palpitando, dolorosamente dura.Empecé a acariciármela, siguiendo el ritmo de mi lengua.
La imagen en mi cabeza era obscena y perfecta: yo devorando a micompañera de trabajo, saboreando sus jugos, mientras me masturbaba pensando enlo rico que se sentía tenerla así, abierta y entregada solo para mí. Cada vezque ella gemía fuerte, yo apretaba más mi agarre, sintiendo que me iba a venirahí mismo solo de escucharla y probarla.
No pude aguantar ni un segundo más. La visión de ellaretorciéndose, el sonido de sus gemidos y el sabor de sus jugos en mi boca mellevaron al límite. Me separé de su entrepierna, dejándola con un gemido deprotesta, y subí rápido, arrastrándome sobre su cuerpo sudado hasta quedarfrente a frente.
Me acomodé entre sus muslos abiertos. Victoria sabía exactamentelo que venía. Sin que yo le dijera nada, alzó las piernas y las enganchóalrededor de mi cintura, abriéndose por completo para mí, dejándose vulnerabley expuesta.
Me sostuve sobre mis brazos para no aplastarla con todo mi pesoy guié la cabeza de mi verga hacia su entrada, que brillaba de humedad.
La miré a los ojos. Ella me devolvió la mirada, mordiéndose ellabio, con las pupilas dilatadas y el pecho subiendo y bajando con violencia.
—Métela... ya —suplicó en un susurro desesperado.
No tuve piedad.
Empujé las caderas y me hundí en ella.
—¡Aghhh! —gritó Victoria, echando la cabeza hacia atrás contrala almohada, cerrando los ojos con fuerza y clavándome las uñas en los hombros.
Entré profundo, hasta el fondo, de una sola estocada. Dios,estaba apretadísima. Sentí cómo sus paredes internas me abrazaban con unafuerza increíble, calientes, resbalosas y estrechas. Al ser tan chiquita, lasentía en todos lados, me envolvía como un guante de terciopelo hirviendo. Lasensación fue tan intensa que tuve que detenerme un segundo, apretando losdientes y cerrando los ojos para no venirme ahí mismo.
—Victoria... estás... —gruñí, sin poder terminar la frase.
Ella abrió los ojos y me buscó. Me jaló del cuello para besarme,un beso sucio y desesperado, mientras levantaba las caderas para recibirmemejor.
Empecé a moverme.
Salí casi por completo y volví a entrar con fuerza. El sonido denuestra piel chocando llenó la habitación: un clap húmedo y obscenocada vez que mis caderas golpeaban contra sus piernas y su pubis.
El ritmo cambió rápido. Empecé a embestirla con fuerza,perdiendo la caballerosidad. Ella lo pedía a gritos, gimiendo mi nombre entredientes, sacudiéndose bajo mi cuerpo.
—¡Sí, Gabo, así! —gemía ella, y sentir sus piernas apretando micintura cada vez que yo entraba me volvía loco.
Me incliné sobre ella, apoyando mi peso en los antebrazos a loslados de su cabeza para verla bien. Ver cómo sus pechos rebotaban con cada empuje,ver su cara descompuesta de placer, roja y sudada. Era la mejor vista de mivida. Estaba cogiendo con mi amiga, con la de los lentes y el suéter, yresultaba que cogía mejor que nadie.
Cada embestida me sacaba un gruñido. La fricción era deliciosa.Sentía cada centímetro de mi verga rozando contra su interior apretado. Ella merecibía todo, arqueando la espalda para buscar más profundidad, frotando suclítoris contra mi hueso pélvico en cada choque.
Estábamos conectados, sudando alcohol y deseo, en una carrerafrenética donde lo único que importaba era meterla más duro y más profundo.
—Voltéame... —me ordenó con la voz rota, casi un gemido—. Ponmeen cuatro, Gabo.
No tuvo que decírmelo dos veces. Me hice hacia atrás y ella girósobre el colchón.
Victoria se puso de rodillas y apoyó los codos en la cama,arqueando la espalda al máximo. La vista fue brutal. Al ser tan chaparrita seveía minúscula en esa cama King Size, una figurita compacta y erótica. Pero susproporciones eran una locura: cintura pequeña y esas nalgas... Dios mío, esasnalgas.
Redondas, blancas, perfectas. Se veían mucho más grandes yapetecibles ahora que no estaban escondidas en sus pantalones de vestir negros.Se abrían deliciosamente ante mis ojos, invitándome.
Me acomodé detrás de ella. La diferencia de estatura eraevidente: yo me sentía enorme a su lado. Tuve que abrir bastante mis rodillas ybajar el torso para quedar a su nivel, cubriéndola con mi sombra, como undepredador sobre su presa.
—Qué rica te ves así, Vic... —le dije, y no pude evitarlo:levanté la mano y ¡Plaff!
Le solté una nalgada seca y sonora en el glúteo derecho. Su pielblanca se puso roja al instante.
—¡Ahhh! —gritó ella, pero no se quejó; al contrario, echó lasnalgas más hacia atrás.
Sujeté su cadera con ambas manos. Mis dedos se hundieron en sucarne suave. Apunté y, aprovechando la posición, empujé hacia adentro.
Esta vez entré distinto. En esta posición, todo se alineadiferente. Entré muchísimo más profundo, tocando lugares que no había alcanzadoantes.
—¡Oh, mierda! —gimió ella, enterrando la cara en las almohadas,sintiendo cómo la llenaba por completo.
Empecé a embestirla.
La dinámica era increíblemente visual. Yo veía cómo mi pelvischocaba contra sus glúteos redondos, deformándolos con cada impacto. Ella,siendo tan pequeña, se sacudía entera con cada empuje mío. Se veía frágil y almismo tiempo increíblemente resistente, aguantando mi ritmo, recibiendo cadacentímetro de mí.
Desde mi altura, tenía la vista perfecta de su espalda curva yde cómo sus pechos colgaban libres, balanceándose adelante y atrás con lafuerza de mis estocadas.
—Estás deliciosa, Victoria... —gruñí, perdiendo el control,aumentando la velocidad—. Me encanta cómo te ves así.
—Más... más duro... —pedía ella, con la voz ahogada en laalmohada, moviendo el trasero en círculos para recibirme mejor, disfrutando desentirse dominada por mi tamaño.
Ver sus nalgas rojas por el impacto anterior me encendió lasangre. No lo pensé. Alcé la mano de nuevo y descargué otro golpe, más fuerte,más seco, justo en el centro de su glúteo izquierdo.
¡Plaff!
—¡Ahhh! ¡Sí! —gritó Victoria, pero no era dolor, era puro placersucio. Se giró apenas un poco, mirándome por encima del hombro con los ojosdesorbitados y la boca abierta—. ¡Dame más, Gabo! ¡No pares!
Le di otra nalgada, dejando mi mano marcada en su piel blanca.Ella gimió largo, temblando, y de repente, rompió la posición.
Se giró con una agilidad sorprendente y me empujó el pecho paraque me acostara boca arriba. No opuse resistencia. Victoria se montó sobre míde inmediato, clavándome la mirada.
Se dejó caer.
Me tragó entero de un sentón.
—Dios... —susurré, viendo la imagen gloriosa desde abajo.
Victoria empezó a cabalgarme con un ritmo frenético. Al ser tanligera y pequeña, se movía con una energía inagotable. Subía y bajaba rápido,rebotando sobre mis muslos, haciendo que sus pechos saltaran libremente frentea mi cara.
Yo alcé las manos y agarré sus nalguitas con posesión. Mis manosabarcaban prácticamente todo su trasero. Apreté su carne, ayudándola a bajarcon más fuerza, marcando el ritmo, golpeando mi pelvis contra la suya conviolencia.
La fricción era insoportable, deliciosa. Ella se inclinaba haciaadelante, apoyando las manos en mi pecho, y luego se echaba hacia atrás,moliendo su clítoris contra mí.
Sentí cómo la presión subía. Mis testículos se apretaron. Estabaa segundos de explotar.
—Vic... Vic, ya voy... —le advertí, apretando los dientes,preparándome para sacarla.
Ella se detuvo un segundo, clavándome las uñas en el pecho,mirándome con una intensidad salvaje, sudada y hermosa. Negó con la cabeza.
—No te salgas... —me dijo, jadeando fuerte—. ¡Vente adentro,Gabriel! ¡Hazlo adentro!
—¿Qué? —pregunté, al borde del abismo.
—¡Que te vengas adentro! —gritó ella, apretando sus músculosinternos alrededor de mi verga—. ¡No pasa nada, lléname!
Esa frase fue el detonante final. Saber que tenía permiso, quepodía dejarme ir sin barreras dentro de ella, rompió cualquier control que mequedaba.
La agarré de la cintura con todas mis fuerzas, inmovilizándolacontra mí, y empecé a embestirla desde abajo con furia, una, dos, tres veces,tocando lo más profundo de su matriz.
—¡Ahhhh! ¡Gabo! —gritó ella al sentir mis espasmos.
Me vine.
Solté todo dentro de ella, bombeando chorro tras chorro de semencaliente, inundándola por completo. Sentí cómo ella también llegaba al orgasmoal mismo tiempo, contrayéndose rítmicamente alrededor de mí, ordeñándome hastala última gota mientras gritaba mi nombre en la habitación del hotel.
Nos quedamos así, ella colapsada sobre mi pecho, temblando, y yoabrazándola, sintiendo cómo nuestros corazones intentaban salirse del pecho.
El silencio del cuarto solo lo rompían nuestros jadeos y elzumbido del aire acondicionado. Le acaricié la espalda, que estaba empapada desudor, y bajé la mano hasta esas nalguitas que ahora tenían la marca roja de mimano. Ella soltó una risita cansada contra mi piel y murmuró: "¿Cómo voy aver a los de Contabilidad el lunes después de esto?". Yo me reí, besándolela frente sudada y apretándola más contra mí. "Con la misma cara desiempre, Vic. Pero tu y yo ya no".
Nos acomodamos en la cama King Size, jalando la sábana parataparnos un poco del frío. Ella se acurrucó contra mi pecho, encajando perfectocomo la pieza de rompecabezas que es, y en cuestión de minutos su respiraciónse volvió pesada, vencida por el alcohol y el orgasmo. Me quedé mirando eltecho, sintiendo su cuerpo desnudo y suave contra el mío, sabiendo que laoficina nunca volvería a ser igual. Ya no éramos solo los amigos de los memes;ahora, cada vez que la viera en el pasillo con su traje sastre y sus lentes, meiba a acordar de cómo se ve gimiendo mi nombre.
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