
El asunto había escalado tanto que ya no me bastaba con que Javier me cogiera dentro de la casa, escondidos como ladrones. Cada vez que me follaba en la sala, en la cocina o en la cama matrimonial, sentía que algo me faltaba. Un fuego más oscuro, más peligroso, ardía dentro de mí. Quería riesgo de verdad. Quería que el peligro me rozara la piel, que alguien pudiera vernos, oírnos, descubrirnos. La idea de que un vecino, un repartidor o incluso Alberto regresara de improviso y nos encontrara me mojaba el coño de una forma que ningún juguete ni ninguna follada “segura” podía igualar.
Esa tarde, cuando Javier llegó “a trabajar” en la cocina, yo ya tenía todo planeado. Alberto estaba en la oficina hasta tarde y mi hijo en una fiesta de cumpleaños que duraría hasta la noche. La casa estaba sola… pero yo no quería quedarme dentro.
Apenas cerró la puerta, lo empujé contra la pared y le mordí el labio inferior.
—Hoy no quiero que me cojas adentro, Javier. Quiero que me folles afuera. En el jardín de atrás. Donde cualquiera pueda vernos si se asoma por la cerca.
Él levantó una ceja, esa sonrisa sucia que tanto me gustaba se dibujó en su cara morena.
—Eres una puta cada vez más peligrosa, Mariela. Me encanta.
Me puse un leggins blanco, ajustadísimo, sin bragas debajo. La tela se me clavaba entre los labios del coño, marcando perfectamente el camel toe. Encima solo una camiseta holgada sin sostén, para que mis tetas grandes se movieran libres con cada paso. Salimos al jardín trasero. El sol de la tarde calentaba el pasto, la cerca de madera no era muy alta y los vecinos de ambos lados tenían ventanas que daban directo hacia allí. Cualquiera que mirara por casualidad podría vernos.
Extendí una manta vieja sobre el césped, me puse en cuatro patas como una perra en celo y arqueé la espalda, ofreciéndole mi culo redondo y firme. El leggins blanco se tensaba obscenamente sobre mis nalgas.
Javier no se quitó casi nada. Solo se bajó los pantalones y los boxers hasta las rodillas. Su verga negra, gruesa y ya completamente dura saltó libre, esa cabeza enorme como un champiñón morado brillando con precum. Se arrodilló detrás de mí, me bajó el leggins hasta las rodillas de un tirón y, sin preámbulos, colocó esa monstruosidad contra mi entrada.
—Prepárate, mamita… hoy te voy a partir en el jardín de tu marido.
Empujó.
Glop.
La sensación fue deliciosa. Mi coño ya estaba completamente adaptado a su grosor después de tantas tardes de folladas salvajes. Lo sentí entrar centímetro a centímetro, abriéndome al máximo, llenando cada rincón de mi interior. La cabeza gruesa rozaba mi punto G con cada movimiento y llegaba hasta el fondo, presionando contra mi cervix como si quisiera entrar en mi útero. Gemí fuerte, sin poder contenerme.
—¡Aaaahhh… Javier… qué rica la tienes…!
Él empezó a moverse. Lentamente, pero con embestidas duras y profundas. Cada vez que hundía toda la verga, sus caderas chocaban contra mis nalgas con un sonido húmedo y carnoso. Me nalgueaba con fuerza, sus manos grandes dejando marcas rojas en mi piel clara. El dolor mezclado con el placer me volvía loca.
Mis gemidos eran cada vez más altos. No podía callarme. El coño me chorreaba, los jugos me corrían por los muslos internos y mojaban el leggins bajado.
—Shhh… calladita, puta —gruñó Javier—. Alguien podría escucharte.
Pero yo no podía. Gemía más fuerte con cada embestida. Entonces él sacó un pañuelo del bolsillo, me lo metió en la boca como una mordaza improvisada y lo ató detrás de mi cabeza. Ahora mis gemidos quedaban ahogados, convertidos en quejidos lastimeros y excitantes.
—Así… buena zorra. Muévete contra mi verga.
Empecé a empujar hacia atrás, follándolo yo también, sintiendo cómo esa polla gruesa me abría el coño al límite. El sol me daba en la espalda, el aire fresco me rozaba las tetas que se balanceaban pesadamente debajo de la camiseta. Sabía que si alguien se asomaba por la ventana del vecino de la derecha o subía al segundo piso de la casa de enfrente, nos vería claramente: yo en cuatro, con el leggins blanco bajado hasta las rodillas, el culo grande al aire, siendo empalada por un señor mayor, calvo y moreno que me estaba destrozando el coño en pleno jardín.
La idea me hizo correrme la primera vez. Mi cuerpo se tensó, el coño se contrajo alrededor de su verga y solté un grito ahogado por el pañuelo mientras me inundaba de placer.
Javier no paró. Siguió follándome con esos movimientos lentos pero brutales, sacando casi toda la verga y volviéndola a meter hasta el fondo. Mis tetas se balanceaban, el sudor me corría por la espalda. Después de varios minutos gruñó contra mi oído:
—Voy a llenarte, puta… ¿quieres mi leche?

Asentí desesperada, empujando mi culo contra él.
Me corrió dentro con fuerza. Chorros calientes y espesos me inundaron el coño mientras yo me corría por segunda vez, temblando entera, las piernas flojas, el pañuelo empapado de mi saliva. Sentí cómo el semen me rebosaba, saliendo alrededor de su verga y chorreando por mis muslos.
Cuando por fin sacó esa verga todavía goteando, un río blanco y espeso salió de mi coño abierto y cayó sobre la manta. Me quedé allí, en cuatro, jadeando, con el leggins bajado y el culo marcado de nalgadas.
Nos limpiamos como pudimos con toallas que traje de la casa. Almorzamos algo rápido en la cocina: tacos que yo había preparado antes, cervezas frías. Javier comía con calma, mirándome con esa sonrisa satisfecha.
—Nena, esto ha sido muy placentero —dijo mientras se limpiaba la boca—. Me encanta follarte el coño. Eres la mejor puta que he tenido en años. Pero hoy entrego el trabajo a tu marido y tengo una mala noticia…
Me quedé helada, con el tenedor a medio camino.
—¿Qué pasa?
Él suspiró, pero sus ojos seguían brillando con malicia.
—Verás, Mariela… estaré fuera de la ciudad un tiempo largo. Un trabajo grande en el norte, seis meses mínimo. Tal vez más. No voy a poder venir a cogerte como hasta ahora.
El mundo se me cayó encima. Sentí un vacío horrible en el estómago y, al mismo tiempo, un calor traicionero entre las piernas. Seis meses sin esa verga… sin esa sensación de estar completamente llena, abierta, usada.
—¿Seis meses? —susurré, la voz quebrada.
Javier se acercó, me levantó la barbilla con dos dedos y me miró directo a los ojos.
—Pero no creas que te voy a dejar así, mamita. Tengo planes para ti mientras estoy fuera. Quiero que sigas siendo mi puta… aunque no esté aquí. Quiero que te tomes fotos y videos de tu coño hinchado después de masturbarte pensando en mí. Quiero que me mandes audios gimiendo mi nombre mientras te follas con tus juguetes. Y cuando regrese… —sonrió con esa sonrisa sucia— voy a cogerte más duro que nunca. Tal vez hasta te folle el culo de verdad, ahora que ya estás más abierta.
Me mordí el labio. El morbo regresó con fuerza. La idea de esperarlo, de obedecerlo a distancia, de convertirme en su puta virtual mientras Alberto seguía sin sospechar nada… me excitaba tanto como me entristecía.
—Está bien… —susurré—. Seré tu puta aunque estés lejos. Pero prométeme que cuando regreses me vas a follar en este mismo jardín otra vez… y que esta vez no te detendrás aunque alguien nos vea.
Javier soltó una risa grave y me apretó una teta con fuerza.
—Te lo prometo, zorra. Y tal vez la próxima vez te haga gritar tan fuerte que todo el vecindario sepa qué clase de puta casada eres.
Esa noche, cuando Alberto llegó y Javier le entregó el “trabajo terminado” en la cocina (que en realidad estaba igual que antes), mi marido le pagó el último monto con una sonrisa agradecida. Yo estaba parada junto a ellos, con el coño todavía lleno de semen de la follada en el jardín, las nalgas ardiendo por las nalgadas y una sonrisa inocente en la cara.
Alberto estrechó la mano de Javier sin imaginar que ese mismo hombre acababa de llenarme el coño en el pasto de atrás.
Cuando Javier se fue, me quedé mirando por la ventana cómo se alejaba su camioneta. Mi cuerpo todavía temblaba de placer y de anticipación.
Seis meses.
Seis meses de esperarlo, de masturbarme pensando en su verga gruesa, de enviarle pruebas de lo puta que seguía siendo para él.
Pero cuando regresara… iba a dejar que me cogiera donde quisiera, como quisiera, y con todo el peligro que yo pudiera soportar.
Porque ahora sabía exactamente qué era lo que me volvía loca: no solo su verga enorme… sino el riesgo de ser descubierta mientras me convertía en la zorra infiel que siempre había soñado ser.
Y esta vez, el juego apenas estaba comenzando de nuevo.
Fin… por ahora.
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