
El sol de la tarde caía oblicuo sobre la pista azul del velódromo abandonado, tiñendo de oro viejo las gradas de concreto agrietado. Adriana patinaba sola, como siempre los jueves, con ese ritmo cadencioso que hacía que su culo enorme se balanceara como un péndulo hipnótico dentro del mono morado que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. El tejido elástico se hundía entre sus nalgas redondas y firmes, marcando cada curva con descaro. Sudor le corría por el escote profundo, humedeciendo el valle entre sus tetas grandes y naturales, y el tatuaje de dragón que asomaba justo encima del pezón izquierdo. El casco blanco con visera azul reflectante le daba un aire de diosa deportiva, pero su boca entreabierta y los labios carnosos pintados de gloss rosado gritaban otra cosa: pura hembra en celo buscando algo nuevo que la hiciera vibrar.
Erick, su novio, estaba en casa, probablemente encerrado en su cuarto con el teclado y los auriculares, ese flacucho moreno tan bueno, tan calladito, tan… aburrido para estas cosas. “No me gusta patinar, Adri, me da miedo caerme y quedar como idiota”, le había dicho mil veces. Y ella, maestra de preescolar extrovertida hasta la médula, siempre respondía con una sonrisa: “Tranquilo, amor, yo voy sola, me desestresa”. Pero la verdad era que esos jueves eran su válvula de escape. Le encantaba sentir el viento entre las piernas, el roce del mono apretado contra su coño depilado, la adrenalina de girar y girar mientras imaginaba manos más fuertes que las de Erick agarrándola por las caderas.
Miguel la vio desde lejos y sonrió como lobo viejo. A sus cincuenta y cinco, el exboxeador divorciado seguía siendo un toro: hombros anchos, pecho macizo bajo la camiseta negra ajustada, barriga dura de años de gimnasio y cerveza, y esa barba blanca salpicada de negro que le daba aspecto de macho cabrío. Tío de Erick, sí. El que siempre hablaba demasiado fuerte en las reuniones familiares, el que contaba chistes subidos de tono y miraba a las mujeres como si ya las hubiera follado en su cabeza. Desde el primer día que vio a Adriana —esa culona blanca de veintisiete años con cara de ángel y cuerpo de puta de lujo— se le había quedado el cerebro frito. “Joder, sobrino, ¿dónde conseguiste semejante hembra? Esa no es para ti, “ que gran culo “ le había soltado una vez en privado, riéndose mientras Erick se ponía rojo y cambiaba de tema.
Pero Miguel no era de los que se conformaban con mirar. Había tenido ya un par de “encuentros” con ella que le habían confirmado lo que sospechaba: la maestra de preescolar era una zorrita en potencia.
La primera vez fue en la fiesta de cumpleaños del padre de Erick. Adriana había abierto la puerta del baño sin tocar —siempre tan despistada y parlanchina— y se encontró a Miguel con la lengua metida hasta la garganta de la esposa de un amigo del papa de erick , una tetona casada que gemía bajito mientras el tío le metía mano bajo la falda. En vez de cerrar la puerta escandalizada, Adriana se quedó dos segundos de más, con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas. Miguel la miró directo a los ojos, sin sacar la mano del culo de la otra, y le guiñó un ojo.
—Perdón, tío… yo… no sabía —balbuceó ella, pero su voz sonó más ronca de lo normal.
—Tranquila, princesita —contestó él con esa voz grave y autoritaria que usaba para mandar en el ring—. Aquí todos somos adultos. ¿O quieres unirte? —La otra mujer soltó una risita nerviosa. Adriana cerró la puerta de golpe, pero Miguel juró que la oyó reírse bajito mientras se alejaba por el pasillo.
La segunda vez fue peor. O mejor. En una barbacoa familiar, Erick estaba contando delante de todos cómo Adriana adoraba patinar los jueves en el velódromo viejo. “Yo no voy, me da pánico”, admitió el flacucho con esa timidez suya. Miguel, sentado al fondo con una cerveza en la mano, no dijo nada… pero tomó nota. Y empezó a trazar el plan.
Así que ahí estaba. Jueves. Pista azul. Casco negro, rodilleras, patines negros relucientes. Miguel se acercó patinando con esa elegancia de viejo lobo que aún recordaba sus años de juventud en la pista de roller derby clandestina. Se detuvo a dos metros de ella, justo cuando Adriana daba una vuelta cerrada y el mono se le subía un poco más, dejando ver el borde de las nalgas.
—Vaya, vaya… ¿qué hace una maestra de parvulario tan rica patinando sola como si fuera una puta en busca de clientes? —soltó Miguel sin preámbulos, con esa sonrisa torcida que sabía que desarmaba a las hembras.
Adriana frenó en seco, patines chirriando. Se giró y al verlo abrió la boca en una O perfecta de sorpresa… que enseguida se convirtió en una carcajada nerviosa y coqueta.
—¡Tío Miguel! ¿Qué… qué haces aquí? ¡No me digas que viniste a vigilarme por orden de Erick! —Se rio, pero sus ojos bajaron un segundo al pecho ancho del tío y luego subieron rápido. Se puso las manos en las caderas, empujando el culo hacia atrás sin darse cuenta. El mono se tensó más.
Miguel patinó lento a su alrededor, como un tiburón, mirándola de arriba abajo sin disimulo. Se detuvo detrás de ella y le habló al oído, casi rozándole la oreja con los labios.
—¿Vigilarte? Nah, mija. Vine porque oí a mi sobrino decir que venías sola los jueves y pensé… “esta blanquita necesita un hombre que le enseñe a patinar como Dios manda”. ¿O me vas a decir que ese flacucho de erick te acompaña alguna vez? —Se rio bajito, ronco—. Además, siempre me han gustado las mujeres con caderas así… grandes, anchas, de las que se mueven cuando caminas y hacen que uno haga locuras..
Adriana soltó una risita ahogada, pero no se apartó. Al contrario, giró un poco la cabeza, mirándolo de reojo por encima del hombro. El sudor le brillaba en el cuello.
—Tío, eres un descarado… siempre lo has sido. ¿Sabes que la última vez que te vi así de cerca fue en el baño de la fiesta de tu hermano? —bajó la voz, pero había un tono juguetón, casi desafiante—. Casi me da un infarto… y la señora esa gemía como si le estuvieras dando la follada de su vida.
Miguel soltó una carcajada fuerte, auténtica, y le puso una mano grande en la cintura, justo donde el mono se estrechaba antes de abrirse en ese culo monumental.

—Esa vieja casada necesitaba un macho de verdad, y tu ?? ¿Erick te da lo que necesitas? ¿O solo te acaricia la espalda y te dice “te quiero” mientras tú estás ahí, pensando en algo más fuerte? —Sus dedos apretaron un poco, sintiendo la carne caliente bajo el tejido—. Mira nada más cómo te queda ese mono… se te marca todo, mamacita. Hasta el tatuaje ese que tienes en pecho se transparenta cuando sudas. ¿Sabes que siempre estoy pensando en ti desde que te vi por primera vez?
Adriana se apeno , las mejillas rojas, pero no le quitó la mano. Patinó un paso hacia atrás, pegando su culo contra el muslo de Miguel. El contacto fue eléctrico.
—Eres un cerdo, tío Miguel… pero un cerdo gracioso. —Su voz era más baja ahora, más ronca—. Erick es… es un amor. Bueno, tierno, me trata como reina. Pero… —suspiró, mirando al suelo un segundo— a veces quiero que me traten diferente. Que me digan cosas sucias, que me agarren fuerte. Que no tengan miedo de tratarme mal un poquito. Y tú… tú eres el tío de mi novio. Esto está horrible.
Miguel giró con ella, poniéndose frente a frente. Le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo. Sus ojos negros brillaban detrás de las gafas de sol.
—Está mal y por eso está rico, Adriana. Imagínate… yo aquí, enseñándote a patinar como se debe. Agarrándote por esas caderas mientras das vueltas. Rozándome contra ese trasero que me tiene loco desde el primer día. Y mientras tanto, Erick en casa, creyendo que su novia está “desestresándose sola”. —Se acercó más, hasta que sus labios casi rozaron los de ella—. ¿Sabes lo que le haría a este cuerpo si me dejaras? ….
Adriana respiró agitada. Sus pezones se marcaban duros contra el mono morado. Levantó una mano y le tocó el pecho a Miguel, sintiendo los músculos duros bajo la tela.
—Dios… estás loco. Si Erick supiera que estás aquí… —Pero su voz temblaba de excitación, no de miedo. Se pasó la lengua por los labios—. ¿Y si te digo que… que a veces, cuando estoy con él, cierro los ojos y pienso en un hombre mayor, fuerte, que no pide permiso? ¿En alguien como tú?
Miguel sonrió lento, victorioso. Le bajó la mano por la espalda hasta posarla descaradamente en la parte alta de su culo, apretando la carne.
—Entonces, princesita… ¿por qué no seguimos patinando? Tú y yo. Solos. Y me cuentas con detalle todas las veces que has fantaseado con que tu novio te vea siendo follada . Porque esto recién empieza… y te juro por Dios que antes de que termine el mes, ese culo blanco va a ser mío. Y Erick va a enterarse… pero solo cuando ya sea demasiado tarde.
Adriana soltó una risita nerviosa, excitada, y le dio un empujoncito juguetón en el pecho.
—Eres un demonio, tío Miguel… pero me encanta. Vamos… enséñame a patinar como tú. Y si te portas bien… tal vez te deje agarrarme un poco más fuerte la próxima vuelta.
Los dos empezaron a patinar juntos, él detrás de ella, manos en sus caderas “para equilibrarla”, sus cuerpos rozándose a cada curva. El aire olía a sudor, a goma caliente y a pecado. Y en algún lugar, muy lejos, Erick seguía en su cuarto, sin imaginar que su novia ya estaba patinando directo hacia el borde del abismo… con su propio tío.


Adriana patinaba delante de él, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que iba a salírsele del pecho. El mono morado se le había pegado más al cuerpo por el sudor, marcando cada pliegue de su piel caliente. Miguel no perdía detalle: el culo enorme balanceándose, las caderas anchas moviéndose con cada impulso de las piernas, las tetas pesadas rebotando ligeramente bajo el escote profundo.
—Más bajo, mamacita —le ordenó Miguel con esa voz grave y autoritaria que no admitía réplicas—. Agáchate más cuando des la curva. Saca ese culo como si me lo estuvieras ofreciendo. Así… ¡así! Mira cómo se abre. Dios, qué culazo tienes, Adriana. Parece hecho para que un hombre de verdad .
Ella obedeció casi sin pensarlo, bajando el torso, arqueando la espalda. El mono se hundió entre sus nalgas, dejando poco a la imaginación. Sus tetas, libres bajo el tejido elástico, se bambolearon con más fuerza, los pezones duros marcándose como dos botones obscenos. El culo se proyectaba hacia atrás, redondo, firme, blanco, perfecto.
—Levanta los brazos, princesa —continuó Miguel, patinando justo detrás de ella—. Quiero verte las tetas saltando mientras patinas. Quiero que sientas cómo todo se mueve para mí.
Adriana levantó los brazos por encima de la cabeza, riendo nerviosa, pero la risa se le entrecortó cuando sintió el calor del cuerpo de Miguel acercándose peligrosamente. En la siguiente curva cerrada, él no se contuvo más. Sus manos grandes, callosas de años de boxeo, se posaron firmes en las caderas de ella, apretando la carne suave. Y entonces lo sintió: el paquete duro, grueso, caliente de Miguel se pegó contra su culo con toda su longitud. El bulto era enorme, pesado, y se frotó descaradamente entre sus nalgas mientras seguían patinando juntos, como si fueran una sola pieza.

—Uff… ¿sientes eso, Adriana? —gruñó él en su oído, su aliento caliente contra el cuello sudado—. Esa es la verga que tu noviecito flacucho nunca va a tener. Está dura solo de verte mover ese culo. Imagínate cómo se sentiría sin el mono… rozando directo contra tu coñito mojado.

Adriana soltó un gemido ahogado. Una ola de calor le subió desde el vientre. Estaba empapada. El roce constante, la voz sucia de Miguel, el peligro… todo la estaba volviendo loca. Era extrovertida, caliente, siempre buscando emociones nuevas, pero esto… esto se estaba saliendo de control. Erick era su novio. Miguel era su tío. Y sin embargo, no podía negar lo que su cuerpo pedía a gritos.
—Para… Miguel… esto está… —balbuceó, pero su culo se empujó un poquito más contra él, traicionándola.
De pronto frenó en seco y se separó, patinando hacia el borde de la pista.
—Necesito… necesito tomar agua —dijo con la voz entrecortada—. Me muero de sed. Voy un momento a la grada.

Miguel se quedó en la pista, sonriendo como un desgraciado, viéndola alejarse. Ese culo balanceándose mientras patinaba hacia las gradas era un espectáculo. “Corre, princesita… ya estas cayendo..
Adriana llegó a la grada, tomó la botella de agua y bebió con ansiedad. El líquido frío le bajó por la garganta, pero no calmó el fuego que tenía entre las piernas. Su coño estaba chorreando. Los nervios, la excitación, el roce de esa verga enorme… Todo se le acumuló en la vejiga y en el vientre. “Maldita sea… ahora me dan ganas de orinar. Justo ahora”, se maldijo en voz baja. Miró hacia la pista. Miguel seguía ahí, observándola con esa sonrisa peligrosa.
Caminó lo más rápido que pudo con los patines puestos hacia el baño abandonado del velódromo. El lugar era un desastre: puertas rotas colgando de las bisagras, bancas viejas llenas de polvo, piso sucio y agrietado, olor a humedad y abandono. No había puerta en el cubículo principal, solo un hueco abierto. Adriana miró a ambos lados, nerviosa. No había nadie… o eso creía.
Se agachó rápido, todavía con los patines. Con manos temblorosas apartó el mono morado a un lado, dejando al descubierto su coño depilado, hinchado y brillante de humedad. Se puso en cuclillas, abrió las piernas y dejó que el chorro saliera fuerte contra el piso sucio. Un alivio intenso la invadió y se le escapó un gemido bajo,
:
—Ahhh… joder… qué rico…
El chorro dorado salpicaba el concreto, el sonido húmedo y caliente llenando el baño vacío.
De pronto, la voz grave de Miguel resonó desde la entrada:
—Uff… qué delicioso se escucha ese chorro, mamacita. Y el olor… delicioso. A hembra caliente y necesitada.
Adriana se sobresaltó tanto que casi pierde el equilibrio sobre los patines. El chorro siguió saliendo un segundo más mientras giraba la cabeza.
—¡¿Qué?! ¿Qué haces aquí, tío?! ¡Sal! ¿Qué te pasa? ¡Te estás sobrepasando! —gritó, pero su voz salió más excitada que enfadada. Intentó taparse con la mano, pero seguía orinando, el chorro cada vez más débil.
Miguel entró sin prisa, cerrando el espacio entre ellos. Con toda la calma del mundo se bajó la parte delantera de sus pants negros de patinaje y sacó su enorme polla negra. Era gruesa, venosa, oscura, mucho más grande de lo que Adriana había imaginado. Ya medio dura, colgaba pesada entre sus piernas.
—Uff, nena… yo también me moría por orinar —dijo con esa sonrisa machista y autoritaria—. Después de tener ese culazo pegado a mi … tenía la vejiga a punto de reventar.
Un chorro fuerte, potente, salió de su polla, cayendo al piso sucio con un sonido grueso y continuo. Miguel soltó un gruñido de alivio profundo, casi sexual:
—Ahhh… qué alivio, carajo…
Adriana no pudo evitar voltear a mirar. Sus ojos se quedaron clavados en esa verga enorme que orinaba con fuerza, el chorro dorado saliendo de la cabeza gruesa y rosada que asomaba bajo el prepucio. Miguel la miró directo a los ojos y, de pronto, zangoloteó la polla de lado a lado, haciendo que el chorro salpicara en abanico.
—Mira… ¿te gusta lo que ves, princesita? —preguntó con voz ronca, sin dejar de orinar—. Es toda para ti cuando quieras. Mucho más grande que la de mi sobrino Erick, ¿verdad?
En ese preciso momento, en la casa de Erick, el teléfono marcaba sin respuesta. Erick frunció el ceño, mirando la pantalla.
—Demonios… no me contesta. Quedó de venir a mi casa después de patinar. Se habrá quedado más tiempo en ese velódromo abandonado… ese lugar esta abandonado. Siempre está sola ahí.
De vuelta en el baño, Adriana seguía en cuclillas, el chorro ya casi terminado, el mono morado todavía apartado, su coño expuesto y brillando de humedad. Miró la polla de Miguel, ahora que el chorro disminuía, y tragó saliva.
—Wow, tío… está… está algo grande —murmuró, la voz temblorosa, mezcla de shock, vergüenza y una excitación que ya no podía ocultar. Sus mejillas ardían, pero sus ojos no se apartaban de esa verga oscura y gruesa que todavía goteaba.
Miguel sacudió la polla un par de veces más, sacando las últimas gotas, y dio un paso hacia ella. La cabeza gruesa quedó a menos de un metro de la cara de Adriana.
—¿Algo grande? —rio bajito, autoritario—. Esto recién está despertando, Adriana. Imagínate cuando esté completamente dura por tu culpa. ¿Quieres tocarla? ¿Quieres comparar con la de mi sobrino mientras él te espera en casa como un idiota? Dime la verdad, mamacita… ¿ no hace calor aqui?
Adriana respiró agitada, todavía en cuclillas, patines puestos, coño al aire. El olor de los dos orines se mezclaba con el de su propia excitación. Sabía que debía levantarse, correr, poner distancia… pero su cuerpo no respondía. Solo podía mirar esa polla enorme, negra, y sentir cómo su clítoris palpitaba con fuerza.
—Tío Miguel… esto está mal… muy mal… —susurró, pero su voz sonó más a súplica que a rechazo—. Erick… Erick es tu sobrino… yo soy su novia…
Miguel sonrió, acercándose un poco más, la polla todavía semi-dura balanceándose pesada frente a ella.
—Y por eso está tan rico, Adriana. Ahora dime… ¿quieres que te ayude a limpiarte ese coñito mojado … o prefieres que siga hablando sucio mientras tú terminas de mear y yo te observo?
El teléfono de Adriana vibró dentro del pequeño bolso que había dejado en la banca rota. Era Erick llamando otra vez. Pero ella ni siquiera lo oyó. Sus ojos seguían clavados en la verga del tío de su novio… y su coño seguía chorreando.
Adriana seguía en cuclillas sobre sus patines, el mono morado arremangado a un lado, su coño blanquito y depilado todavía expuesto al aire húmedo del baño abandonado. El chorro de orina había cesado, pero el piso sucio brillaba con el charco mixto de los dos. Su respiración era agitada, las tetas subiendo y bajando dentro del escote del mono, los pezones duros como piedras. Miguel dio un paso más, hasta que su polla enorme, negra, gruesa y todavía goteando las últimas gotas de orina quedó a menos de 50 centímetros de la cara de ella. La cabeza rosada y gruesa casi le rozaba la nariz. El olor a macho, a sudor y a orina fresca la envolvió como un vicio.
—Qué pasa, pequeña… ¿no te gustaría? —preguntó Miguel con esa voz grave y burlona, zangoloteando la verga de lado a lado frente a sus ojos—. Mira nada más este pollón, Adriana. Grueso, venoso, negro como debe ser. ¿Esto es lo que tu noviecito Erick nunca va a poder darte? Ese pobre pendejo debe tener una cosita rosa y flácida que ni siquiera te llena la mano. Yo, en cambio… esto es lo que una hembra como tú merece. Un verga de macho adulto, de tío que sabe cómo tratar un culon blanco como el tuyo.
Adriana estaba quebrada. Sus ojos , normalmente tan vivaces y divertidos, se habían quedado fijos en esa polla monstruosa. La boca entreabierta, el gloss rosado brillando, pero ni una sola palabra salía. Ella, que siempre hablaba por los codos, que en las reuniones familiares era la reina de las conversaciones subidas de tono y las risas coquetas… ahora estaba muda. Solo tragaba saliva, el pecho agitado.
Miguel soltó una risa baja y autoritaria. Sin pedir permiso, tomó una de las manos pequeñas de ella —esa mano de uñas turquesa que tantas veces había visto acariciando el brazo de Erick— y la levantó con firmeza. La sentó en la banca vieja y polvorienta que había contra la pared. Adriana cayó sentada con un gemidito, las piernas abiertas por los patines, el mono todavía arremangado dejando su coño completamente a la vista: rosadito, hinchado, brillando de humedad. Las tetas casi se le salían del escote, el tatuaje del dragón asomando provocador.
—Ven, chúpala, nena —gruñó Miguel, plantándose frente a ella con las piernas abiertas—. O si prefieres, yo te chupo y te limpio ese coñito mojado que tienes. Dime, mamacita… ¿qué quieres primero?
Silencio. Adriana solo lo miraba, muda, las mejillas ardiendo, el labio inferior temblando. Su mente era un torbellino: “Esto está mal… Erick… su tío… pero Dios, qué verga… qué hombre…”.
Al ver esa pasividad total, Miguel sonrió como lobo victorioso. Tomó la carita de ella con una mano grande y callosa, le levantó el mentón y se inclinó. Le plantó un beso sucio, profundo, de lengua. Su boca grande y autoritaria invadió la de Adriana, chupándole la lengua, mordiéndole el labio inferior mientras gemía contra ella. Al mismo tiempo, tomó la mano pequeña de la maestra y la colocó directamente sobre su pollón caliente y pesado. Los dedos de Adriana se cerraron instintivamente alrededor de esa grosura imposible, sintiendo cómo latía, cómo pesaba, cómo crecía aún más en su palma.
—Mmm… así, princesita —murmuró Miguel contra su boca, sin dejar de besarla—. Siente cómo se pone dura solo por ti. Tu novio nunca te ha hecho sentir esto, ¿verdad?
El manoseo y la lujuria explotaron. Se besaban con hambre, lenguas enredadas, saliva corriendo por la barbilla de Adriana. Miguel bajó las manos y, de un tirón fuerte, le bajó el mono morado hasta los tobillos. Ella quedó completamente desnuda sobre la banca, solo con el casco blanco, las gafas de sol todavía puestas en la frente, las rodilleras, los calcetines blancos y los patines negros. Sus tetas grandes y firmes saltaron libres, los pezones rosados con piercings plateados brillando bajo la luz sucia del baño.
—Joder… —gruñó Miguel, separándose del beso para mirar—. ¿Piercings en las tetas? Eres una puta más puta de lo que imaginaba, Adriana. —Se sentó a su lado en la banca, la polla dura apuntando al techo, y la atrajo contra su pecho. Empezó a manosearla sin piedad: una mano grande amasando una teta, pellizcando el piercing y tirando de él mientras la besaba de nuevo—. Estos pezones están hechos para que un macho los chupe y los muerda. ¿Erick siquiera sabe que los tienes así? ¿O te los pusiste a escondidas para que un tipo como yo los descubra?
Adriana por fin soltó un gemido largo y roto:
—Tío… oh, Dios… tío Miguel…
Miguel rio contra su cuello y bajó la boca. Chupó una teta con fuerza, succionando el piercing entre los dientes, tirando de él mientras su lengua lamía el pezón hinchado. La otra mano bajó directo entre las piernas abiertas de ella. Dos dedos gruesos y callosos se hundieron sin aviso en ese coño blanquito, rosadito, cerrado y empapado.
—¡Tiooo! ¡Tiooo! —jadeó Adriana, arqueando la espalda, los patines chirriando contra el piso sucio—. Uff… ¡qué dedos tan grandes!
Miguel sacó los dedos un segundo, los olió y se los metió a la boca, chupándolos con gusto.
—Mmm… está rico. Es hora de probar ese coño húmedo como se debe —dijo con voz ronca y pervertida. Se bajó de la banca, se arrodilló entre las piernas abiertas de Adriana y acercó su cara. El coño de ella era una delicia: blanquito, rosadito por dentro, los labios menores pequeños y perfectos, completamente depilado, brillando de jugos. Miguel inhaló profundo y soltó un gruñido animal—: Uff… rico. Tiene un apeste a coño fértil, a hembra en celo. Huele a que necesita verga de verdad, no la cosita de mi sobrino.
Y se lanzó. Su lengua ancha y caliente lamió de abajo hacia arriba, abriendo esos labios rosados, chupando el clítoris hinchado con hambre. La barbilla se le empapó al instante. Adriana echó la cabeza hacia atrás contra la pared sucia, los brazos apoyados en la banca, los patines clavados en el piso.
—¡Tiooo! ¡Tiooo! ¡Uff… qué rico…! —gemía sin parar, la voz quebrada, extrovertida incluso en el placer—. ¡No pares, tío Miguel… por favor… ahhh!
Miguel levantó la vista un segundo, la boca brillante de jugos, y sonrió con malicia mientras metía dos dedos de nuevo, follándola con ellos mientras su lengua seguía trabajando el clítoris.
—Dime, zorrita… ¿así te lame Erick? ¿O nunca te ha comido el coño como un hombre de verdad? Porque este culito blanco y este coñito rosado están hechos para que yo los destroce. —Volvió a chupar con más fuerza, haciendo ruidos obscenos, sorbiendo sus jugos—. Mmm… sabe a putita. Sabe a novia .
Adriana solo podía gemir y repetir, las caderas moviéndose contra la cara de Miguel:
—Tiooo… tiooo… uff… me vas a volver loca… ¡sigue chupando, por favor…!
El baño abandonado se llenaba de sonidos húmedos, gemidos y la respiración pesada del tio exboxeador. Afuera, en la pista, el sol seguía cayendo, pero dentro, la infidelidad ya había cruzado la línea. Y Adriana, la maestra platicadora y caliente, ya no podía parar de gemir el nombre del tío de su novio.
El baño abandonado del velódromo seguía oliendo a humedad, a orina fresca y a sexo. Miguel no se detenía. Su lengua ancha y experta castigaba sin piedad el coñito rosadito y depilado de Adriana, lamiendo de abajo hacia arriba con lametones largos y obscenos, chupando el clítoris hinchado como si quisiera sacárselo. Dos dedos gruesos entraban y salían de ella con ritmo lento pero profundo, curvándose para rozar ese punto que la hacía temblar.
—Uff, mamacita… qué coño tan rico tienes —gruñó Miguel contra su vulva, la voz vibrando directo en su clítoris—. Tan cerrado, tan jugoso… parece que nunca te han comido como se debe. ¿Erick te lame así, eh? ¿O solo te da besitos de noviecito tímido mientras tú te mueres de ganas de que te trague entera?
Adriana arqueaba la espalda contra la banca sucia, los patines clavados en el piso, las tetas grandes bamboleándose con cada sacudida. Sus manos, temblorosas, bajaron y atraparon la cabeza calva y sudada del tío de su novio, apretándolo contra su coño con desesperación.
—¡Tío Miguel! ¡Tío… oh, fuckkk… no pares! ¡Me estás matando! —gemía ella, la voz quebrada, extrovertida incluso en el placer más sucio—. ¡Tu lengua es… es una puta locura! Más fuerte… chúpame el clítoris, por favor… ¡así, así!
Miguel rio con la boca llena de jugos y aceleró. Su lengua se volvió un torbellino, succionando, lamiendo, mordisqueando suave los labios menores mientras sus dedos la follaban más rápido. El sonido húmedo, chorreante, llenaba el baño.
—Dime, zorrita… ¿qué pensaría Erick si te viera ahora? Su novia maestra de preescolar, la que siempre está platicando y riendo en las reuniones, con la cara de puta y el coño abierto para el tío… —murmuró él, sin sacar la boca.
Adriana se contrajo de pronto. Todo su cuerpo se tensó como un resorte. Sus muslos apretaron la cabeza de Miguel con fuerza, los dedos clavados en su cráneo.
—¡Tío! ¡Tío Miguel! ¡Me vengo… me vengo fuerte! ¡Aaaahhh! —gritó, el orgasmo explotando como un rayo. Su coño se contrajo alrededor de los dedos de él, chorros calientes de jugo le empaparon la barba y la barbilla. Ella temblaba entera, gemidos roncos saliendo de su garganta mientras se corría como nunca, las tetas saltando, el piercing brillando con el sudor.
Miguel se puso de pie lentamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Su polla negra, venosa y completamente dura apuntaba directa a la cara de Adriana, gruesa, palpitante, la cabeza brillando de precum.
—Vaya, Adriana… ha sido el coño más rico que me he comido en años —dijo con esa sonrisa machista y autoritaria, sacudiendo la verga frente a ella—. Dulce, jugoso, fértil… un coñito de novia , hecho para verga de viejo. Ahora es tu turno, princesita. Abre esa boquita parlanchina que tienes.
Adriana, todavía jadeando y recuperándose del orgasmo, se recompuso en la banca. Sus ojos, vidriosos de placer, se clavaron en esa polla enorme. Con ambas manos pequeñas la agarró —apenas podía rodearla con los dedos— y empezó a masturbarla lento, sintiendo cada vena, cada latido.
—Mmm… —murmuró ella, acercando la cara. Abrió la boca y colocó los labios carnosos justo en la punta gruesa, chupando suave la cabeza mientras sus manos subían y bajaban por el tronco—. Tío… está tan caliente… tan pesada…
Miguel soltó un soplido ronco, casi un rugido de animal, echando la cabeza hacia atrás.
—Ufff… eso, nena… chúpala así… despacito… joder, qué boca tan caliente tienes.
Adriana se puso más atrevida. Siguió masturbándolo con las dos manos mientras abría la boca todo lo que podía, metiéndose la punta y parte del tronco, babeando sin vergüenza. Luego bajó una mano y empezó a masajearle los huevos pesados y grandes, pesados como dos pelotas de golf , mientras seguía chupando con la boca abierta, la lengua girando alrededor de la cabeza.
—Tío Miguel… qué rica verga… le juro que hasta me da miedo —susurró ella entre lametones, mirándolo con ojos de puta—. Es tan gruesa… tan negra… nunca había visto algo así… me voy a ahogar …
Miguel soltó una carcajada grave , agarrándola del cabello con una mano.
—Eres una experta mamando, Adriana. Una puta de verdad. ¿Quién lo diría? La maestrita de parvulario que todos creen tan inocente… y aquí estás, tragándote la verga del tío de tu novio como una profesional. Sigue así, mamacita… masajea esos huevos que están llenos de leche para ti.
Ella obedeció, poniéndose a horcajadas frente a él en el piso sucio, tragando todo lo que podía de esa polla monstruosa. La garganta se le abultaba, saliva le corría por la barbilla hasta las tetas. Miguel gemía y rugía, los músculos tensos.
—Ufff… qué boca… qué puta boca… —gruñía él.
De pronto la tomó de los hombros y la detuvo, sacando la verga de su boca con un “pop” húmedo.
—Nooo… no… ya sé por dónde vas y no me voy a correr así —dijo con voz ronca, autoritaria—. Quiero reventar ese coño, Adriana. Quiero sentir cómo te abro por dentro.
Adriana levantó la cara, con una expresión de sorpresa descubierta, los labios hinchados y brillantes de saliva, los ojos muy abiertos.
—¿Qué…? ¿Ya? ¿Así de rápido? —preguntó ella, todavía jadeando, pero con una sonrisa traviesa y caliente asomando en su rostro de maestra pervertida.
Mientras tanto, en la casa de Adriana, Erick llegaba desesperado. Había marcado como veinte veces sin respuesta. Tocó el timbre con insistencia. La mamá de Adriana abrió la puerta, secándose las manos con un trapo.
—Hola, Erick… ¿qué pasa, hijo?
—Buenas tardes, señora… ¿Adriana ya llegó? Quedamos de vernos y no me contesta el teléfono. Estoy preocupado.
La mamá frunció el ceño.
—No, mijo. Salió temprano para patinar, como siempre los jueves. Dijo que después pasaba a tu casa… pero no ha vuelto. ¿Seguro que no está en el velódromo todavía?
Erick apretó los dientes, la cara roja de rabia y preocupación.
—Dónde diablos estarás, Adriana… ese lugar abandonado me da mala espina. Voy a buscarla.
De vuelta en el baño, Miguel y Adriana ya estaban quitándose los patines y los accesorios con prisa. Solo se dejaron las rodilleras negras puestas, como último recuerdo de la pista. Adriana, desnuda y sudada, lo miró con esa mezcla de miedo y deseo.
—Oye… ponte condón, tío… por favor —susurró ella, todavía con la voz temblorosa de placer.
Miguel sonrió, sacó de su pequeño bolso de patinaje un condón XL Magnum negro y se lo entregó.
—Siempre preparado, princesita. Ponmelo tú… con cariño, como la novia buena que eres.
Adriana, sentada en la banca, desenrolló el condón con manos expertas sobre esa verga enorme, acariciándola mientras lo colocaba. Miguel la tomó y la acostó boca arriba sobre la banca, abriéndole las piernas. La punta gruesa del condón rozó su entrada rosada.
—ell dijo Despacio al principio tiooo… — y gruñó él, empujando solo la cabeza.
Adriana arqueó la espalda.
—¡Tiooo! ¡Tiooo! ¡Siiii! ¡Siiii…! —gritó, clavándole las uñas en los hombros.
Miguel entró centímetro a centímetro, lento pero implacable, hasta que estuvo completamente enterrado dentro de ella.
—Verdad que esta verga es mejor que todas las que has probado… —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo—. Apuesto que nunca has sentido esto, ¿eh? Ni con Erick ni con nadie.
Y de pronto la empalmó hasta el fondo de un golpe seco.
—¡Aaaahhh! ¡Tío Miguel! ¡Me estás partiendo! —gritó Adriana, los ojos en blanco.
El vaivén era lento pero profundo. Cada embestida hacía que sus tetas saltaran, que el sonido de carne contra carne retumbara en el baño abandonado. Los dos sudaban como locos bajo el calor húmedo, piel contra piel, gemidos y jadeos mezclándose.
—Uff… qué coño tan apretado… te estoy abriendo, mamacita… —gruñía Miguel.
De repente sacó la verga de golpe, todavía dura y envuelta en el condón.
—Vamos afuera, ven —ordenó, levantándose.
Adriana quedó confundida, con el coño palpitando y vacío, muerta de ganas de más.
—¿Quéee?? ¡Nooo! Terminemos aquí, tío… anda, ven… me pondré en cuatro, cógeme anda… ¡no me dejes así!
Miguel ya estaba saliendo desnudo al pasillo, la verga balanceándose.
—No, nena. Ven, vamos afuera. No hay nadie, está fresco en las gradas. Quiero follarte bajo el cielo, con el riesgo de que alguien nos vea… como la puta que eres.
Adriana, caliente hasta la locura, no tuvo de otra. Se levantó temblando y lo siguió, completamente desnuda salvo por las rodilleras, el coño chorreando, las tetas bamboleándose. Salieron al aire fresco de la tarde. Miguel se sentó en una de las gradas de concreto, la polla apuntando al cielo. Adriana, sin pensarlo dos veces, se subió a horcajadas sobre él, bajando lento hasta empalarse otra vez.
—Uff… sí… aquí afuera… qué rico… —jadeó ella, empezando a cabalgarlo despacio, el viento fresco acariciando su piel sudada mientras el morbo de ser vistos la volvía loca.
Miguel la agarró de las caderas con fuerza, guiándola.
—Así, zorrita… móntame. Que todo el mundo sepa que la novia de Erick ahora es mía.
El viento fresco de la tarde azotaba las gradas de concreto del velódromo abandonado, refrescando los cuerpos sudorosos de Adriana y Miguel mientras ella lo montaba con hambre. La maestra de preescolar, completamente desnuda salvo por las rodilleras negras, tenía las manos apoyadas en el pecho ancho y peludo del tio exboxeador. Su coño rosadito, todavía hinchado y chorreando de sus jugos, se tragaba centímetro a centímetro esa verga negra, gruesa y venosa que la abría como nunca antes. El condón XL Magnum brillaba cubierto de crema blanca mientras Adriana subía y bajaba a su propio ritmo, lento y profundo al principio, luego más rápido, haciendo que sus tetas grandes rebotaran con cada descenso.
—Ufff… tío Miguel… qué verga tan rica… me estás llenando toda… —gemía Adriana, el cabello castaño pegado a la cara por el sudor. El aire les pegaba en la piel caliente, haciendo que sus pezones con piercings se pusieran aún más duros—. Me encanta cómo me abre… cómo me llega hasta el fondo… ¡ahhh!
Miguel tenía las manos grandes clavadas en esas caderas anchas y blancas, guiándola, apretando la carne blanda mientras su culo enorme subía y bajaba sobre él. Sus huevos pesados golpeaban contra las nalgas de ella con cada movimiento.
—Así, putita… móntame más fuerte. Disfruta esa verga que tu noviecito nunca te va a dar —gruñó él, mirándola con ojos oscuros y lujuriosos—. De ahora en adelante tú eres mia , Adriana. Cada jueves, cada vez que quieras, este coño blanco y este culazo van a ser míos. ¿Entendiste?
Adriana echó la cabeza hacia atrás, gimiendo más alto mientras aceleraba el ritmo, el sonido húmedo de su coño tragándose la polla resonando en las gradas vacías.
—Sí… sí, tío… soy tuyaaa… —respondió ella casi sin aliento, la voz quebrada de placer—. Solo tuya cuando quieras… Erick no tiene que saber… pero este coño ya es tuyo… ¡ahhh, qué rico!
Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, Erick manejaba su auto con las manos apretadas en el volante, el ceño fruncido y el corazón latiéndole fuerte. “¿Dónde carajos estás, Adriana? No contestas, … ese velódromo abandonado siempre me ha dado mala vibra”, murmuraba para sí mismo, pisando el acelerador.
En las gradas, Adriana ya había tenido dos orgasmos fuertes y ruidosos. El primero la hizo gritar tan alto que su voz rebotó contra las paredes del velódromo. El segundo la dejó temblando, clavándole las uñas en el pecho a Miguel mientras su coño se contraía alrededor de la verga envuelta.
—Cambiemos, nena… ponte en cuatro —ordenó Miguel, levantándola de su regazo con facilidad.
Adriana obedeció rápido, colocándose a cuatro patas con las rodilleras sobre la grada fría, el culo enorme y blanco proyectado hacia atrás, las nalgas abiertas mostrando su coño rosado abierto y el ano apretado. Miguel se puso de rodillas detrás de ella y, en vez de penetrarla de inmediato, empezó un juego perverso: tomó su verga gruesa y comenzó a golpear con ella las nalgas de Adriana, el coño hinchado y hasta el culo, haciendo que la carne rebotara y sonara “plap, plap, plap”.
—Uff… mira nada más este culazo… qué rico suena —rio Miguel, zangoloteando la polla contra ella—. ¿Te gusta que te azote con mi verga, putita?
—¡Sí, tío! ¡Me encanta! ¡Golpéame más fuerte! —suplicó Adriana, moviendo el culo hacia atrás, buscando más contacto.
Miguel por fin alineó la punta y la penetró de un solo golpe profundo, enterrándose hasta las bolas.
—¡Aaaahhh! ¡Tío Miguel! ¡Síííí! —gritó ella, arqueando la espalda.
Él empezó a bombear con fuerza, agarrándola de las caderas, el sonido de carne contra carne retumbando.
—Dime, Adriana… si me corro… ¿dónde me voy a correr? —preguntó entre embestidas brutales, sudando a chorros.
—¡En mi caritaaa, tío! ¡En mi caritaaa! ¡Quiero tu leche en toda la cara! —respondió ella sin pensarlo, la voz rota de placer.
Miguel gruñó más fuerte, acelerando, follándola como un animal. Adriana no soportaba más esos embates profundos y duros. Los dos gemían al unísono, fuertes, salvajes:
—¡Tío… me vas a romper! ¡Más fuerte!
—Ufff… qué coño tan apretado… ¡toma, putita!
duraron unos minutos mass…
—A ver, a ver… muévete muchacha… me corro… me corro… ¡ponte acá, pon tu boca! —rugió Miguel de pronto.
Se salió de golpe, arrancándose el condón con un movimiento rápido. Adriana se giró veloz, arrodillándose frente a él con la boca abierta y la lengua afuera, los ojos cerrados en anticipación.
El viejo se corrió descontroladamente. Chorros gruesos, blancos y calientes de semen salieron disparados con fuerza, pintando toda la cara de Adriana: las mejillas, la frente, los labios, hasta el cabello. Uno le entró directo en la boca abierta, otro le cruzó la nariz, otro le cayó pesado sobre un ojo. El semen le chorreaba por la barbilla y goteaba sobre sus tetas.
—Ufff… toma toda mi leche, nena… ¡qué cara de zorra te queda! —gruñó Miguel, sacudiendo la verga para vaciarse por completo.
Justo en ese momento, Erick había avistado el velódromo desde su auto. Estacionó al lado del carro de Adriana y vio, con el corazón acelerado, la camioneta negra de su tío Miguel. “¿Qué carajos hace el tío aquí?”, pensó, bajando del auto con las piernas ansiosas .
Dio unos pasos adentro del velódromo y vio dos figuras a lo lejos en las gradas. Se acercó más, el pulso retumbándole en los oídos.
De pronto Adriana —ya vestida con el mono morado sudado, el cabello mojado y revuelto, la cara todavía ligeramente pegajosa aunque se había limpiado lo mejor que pudo con la mano y una toalla — ella corrió hacia él con una sonrisa enorme y lo abrazó fuerte, plantándole un beso en la boca.
—¡Mi amor! —exclamó ella, apretándose contra su pecho.
Erick, sorprendido pero aliviado, la abrazó de vuelta.
—Amor… ¿qué pasa? ¿Por qué no respondias? Te estuve esperando, me preocupé mucho, tardaste mucho . No contestabas el teléfono…
Adriana rio, todavía jadeando un poco, el sudor corriendo por su cuello.
—Es que me entretuve, mi vida. Tu tío es un buen patinador, me lo encontré por casualidad aquí. Me estuvo enseñando unos trucos… por eso se me hizo tarde.
Desde la banda, Miguel —ya vestido con su ropa de patinaje, sonriendo como si nada— levantó la mano y saludó a su sobrino con esa voz grave y burlona.
—¡Qué tal, sobrino! Todo bien por acá. Ya terminamos, fue una buena sesión de patinaje. Deberías venir alguna vez, te haría bien mover ese cuerpo .
Erick soltó una risa nerviosa, todavía abrazando a Adriana.
—Jajaja… no creo, tío. Esto de los patines no es para mí. Me da miedo caerme y quedar como idiota.
Miguel se acercó caminando tranquilo, palmeando el hombro de Erick.
—Vámonos, los invito a almorzar. Hay un lugar cerca que hace unos tacos bien ricos.
Adriana negó rápido con la cabeza, todavía pegada al brazo de su novio.
—No podemos, tío. Lo vemos otro dia. Tengo que ir a descansar un rato… patiné demasiado hoy.
Todos se despidieron con abrazos y sonrisas. Miguel le guiñó un ojo discreto a Adriana cuando Erick no miraba. Ella sintió un escalofrío de placer culpable entre las piernas.
Ya en la casa , cuando por fin entraron y cerraron la puerta, Erick arrugó la nariz y se acercó más a ella.
—Amor… ¿qué es esa peste que traes? Hueles horrible del cabello y la cara… como a… no sé, algo rancio .
Adriana soltó una risita nerviosa, pasándose una mano por el cabello todavía húmedo y pegajoso.
—Ay, amor… es que tu tío me dio protector solar. Pero como que ya era muy viejo, estaba caducado o algo así. Me lo puse por todo el cuerpo y la cara porque decía que me iba a quemar con el sol de la pista. Qué asco, ¿verdad? Ahorita me baño bien.
Erick la miró un segundo, dudoso, pero luego sonrió y la abrazó.
—Qué raro… pero bueno, mientras estés bien. Te extrañé mucho hoy.
Adriana le devolvió el abrazo, pero en su mente solo podía repetir las palabras de Miguel: “De ahora en adelante tú eres mi putita…”. Su coño todavía palpitaba con el recuerdo de esa verga enorme, y el sabor salado que todavía sentía en los labios le recordó que, aunque Erick estuviera a su lado, ella ya había cruzado la línea… y le había encantado.
Fin… por ahora.
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