You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Miranda y su cornudito 26- la cita de las hermanitas

Don Beto miró a Carla con ojos brillantes de triunfo y posesión. Todavía tenía una mano en su cintura y la otra apoyada en la pared, acorralándola. Su panza hinchada rozaba el cuerpo de la colegiala.
—Antes de que te vayas… dame otro besito de despedida, mi hembra —gruñó con voz ronca y dominante.
Sin esperar respuesta, le agarró la cara con una mano callosa y mugrienta y le metió la lengua bruscamente en la boca otra vez.
El beso fue aún más agresivo que el primero. Su lengua gruesa y áspera invadió la boca de Carla con fuerza, chupando su lengua, lamiéndole el paladar y babeándola sin control. La saliva espesa y pegajosa del viejo le llenaba la boca, corriéndole por la barbilla y mojándole el cuello del uniforme. El sabor era repugnante: comida podrida, dientes cariados, alcohol barato y un fondo ácido de basura fermentada. El olor de su aliento era nauseabundo, fuerte y penetrante.
Carla soltó un gemidito asustado dentro de la boca del viejo, pero esta vez no se resistió tanto. Su cuerpo temblaba, una mezcla de miedo y excitación la recorría. Poco a poco, casi sin querer, su lengua empezó a moverse tímidamente contra la de Don Beto.
El viejo gruñó de satisfacción y profundizó el beso, metiendo la lengua hasta el fondo, babeándola más. Carla sentía cómo su bombachita se mojaba aún más, el coñito palpitando de calor.
Cuando Don Beto finalmente se separó, un grueso hilo de saliva conectaba sus bocas. La miró fijamente y le dijo con voz posesiva y ronca:
—Ahora sí… sos mi hembra. Mi nenita colegiala. Este culito y esta boquita ya son míos. ¿Entendiste?
Carla, con los labios hinchados, brillantes de saliva y temblando de pies a cabeza, respondió con voz bajita y sumisa:
—Sí… ahora soy suya…
Don Beto sonrió satisfecho, le dio una última palmada fuerte en el culo desnudo y le subió la bombachita y la falda con brusquedad.
—Andá… pero la próxima vez no te vas a escapar tan fácil.
Carla, asustada pero con una excitación que no podía controlar, se dio media vuelta y salió corriendo del patio trasero. Sentía las piernas débiles, la boca con el sabor y olor del viejo todavía impregnado, el culo ardiendo por las palmadas y la bombachita completamente empapada.
Corrió de regreso al área principal del refugio, buscando a su mamá con la mirada. Cuando vio a Miranda, se acercó casi sin aliento, con la cara roja y los ojos brillantes.
—Mami… —susurró agitada, tomándola del brazo—. Lo besé… dos veces… y me dijo que ahora soy su hembra… Me tocó… me dio palmadas… me metió el dedo… fue muy fuerte… me asusté… pero… también me puse muy caliente…
Miranda la abrazó discretamente y le acarició la espalda, sonriendo con orgullo y morbo.
—Tranquila, mi nenita… respirá. Hiciste bien en volver. Mamá está orgullosa de vos por dar ese paso. Ahora calmate… ya vamos a hablar todo en casa con más detalle.
Carla se quedó abrazada a su mamá, todavía temblando de nervios y excitación, mientras el sabor del beso de Don Beto seguía en su boca y el ardor de las palmadas en su culo.
La tarde en el refugio continuaba… pero para Carla todo había cambiado.






Final del día en el refugio
El sol ya bajaba cuando terminaron de limpiar y guardar todo. El trabajo comunitario había terminado. Los voluntarios y los indigentes se despedían. El ambiente todavía estaba cargado con ese olor pesado y característico del lugar.
Miranda se acercó a Carla y Juana, que estaban guardando las últimas bandejas. Las miró con una sonrisa suave pero cargada de complicidad y les preguntó en voz baja:
—Hijitas… antes de irnos… quería preguntarles algo. ¿Les gustaría que invite a Beto y a Groncho a cenar a casa el martes por la noche?
Carla y Juana se quedaron un segundo en silencio, claramente avergonzadas. Sus caras se pusieron rojas al instante. Recordaban todo lo que había pasado esa tarde: los piropos, el beso de Juana con Groncho, las palmadas y el dedo de Beto en Carla…
Carla bajó la mirada, mordiéndose el labio, y respondió con voz tímida:
—Sí… mamá… me gustaría…
Juana, aún más sonrojada, asintió y añadió bajito:
—Yo también… sí, mami…
Miranda sonrió con ternura y un toque de morbo. Les acarició el cabello a las dos y les dijo:
—Está bien. Mamá va a invitarlos. Pero recuerden portarse bien en casa. Son nuestros invitados.
Las dos hermanas asintieron, el corazón latiéndoles fuerte de anticipación y vergüenza.
Miranda se acercó entonces a donde estaban Groncho y Don Beto, que charlaban sentados en una banca. Les habló con naturalidad y una sonrisa educada:
—Groncho, Beto… quisimos invitarlos a cenar a casa el martes por la noche. Sería lindo que vengan. Carla y Juana también estarían contentas de verlos otra vez.
Los dos viejos se miraron entre sí, claramente sorprendidos pero muy complacidos. Groncho sonrió con sus pocos dientes torcidos y respondió ronco:
—Sería un honor, Miranda. Vamos a ir gustosos.
Don Beto, con su panza hinchada y su sonrisa grosera, añadió:
—Gracias… no vamos a faltar. Va a ser una linda noche.
Miranda asintió con elegancia.
—Perfecto. Los esperamos el martes a las 8. No se preocupen por nada, nosotras nos encargamos de todo.
Los dos indigentes se despidieron con una mirada cargada de deseo hacia las chicas. Groncho le guiñó un ojo a Juana y Don Beto le dedicó una sonrisa lasciva a Carla.
Cuando todos subieron al auto para volver a casa, el ambiente estaba cargado de tensión y expectativa.
Carla y Juana iban en silencio en el asiento de atrás, todavía con el uniforme del colegio, las bombachitas húmedas y la mente llena de imágenes de lo que había pasado esa tarde… y de lo que podría pasar el martes por la noche en su propia casa.
Miranda, desde el asiento del acompañante, sonrió para sí misma, sabiendo que sus hijas estaban cada vez más metidas en este mundo.
El martes prometía ser una noche muy especial.




Esa misma noche – En casa
Después de la cena, cuando Dogoberto y Camilita ya se habían retirado a su habitación, Miranda llamó suavemente a Carla y Juana a su dormitorio. Cerró la puerta con calma y se sentó en la cama, palmeando el colchón para que sus hijas se sentaran a su lado.
—Vení, mis nenitas… quiero que me cuenten con confianza. ¿Cómo fueron sus primeros besos con hombres de verdad? No tengan vergüenza. Mamá quiere saber exactamente qué sintieron.
Carla y Juana se miraron entre sí, todavía sonrojadas. El ambiente en la habitación era íntimo y cargado de complicidad.
Carla fue la primera en hablar, con voz baja y un poco temblorosa:
—Con Don Beto… fue muy brusco, mami. Me agarró fuerte de la cintura y me metió la lengua de golpe. Su boca sabía horrible… a comida podrida, a dientes viejos, a alcohol barato… su saliva era espesa y pegajosa, me llenaba toda la boca y me corría por la barbilla. Me dio mucho asco al principio… sentí náuseas. Pero al mismo tiempo… me puse muy caliente. Sentí un calor fuerte entre las piernas. Me asusté, pero no quise apartarme del todo. Era como si mi cuerpo quisiera más aunque mi cabeza dijera que era asqueroso.
Miranda asintió con una sonrisa comprensiva y le acarició el cabello.
—Es normal, hijita. Ese contraste es lo que te excita. Un hombre sucio y bruto besando a una colegiala limpia. ¿Y cómo te sentiste cuando te dio las palmadas en el culo?
Carla se sonrojó más todavía.
—Me ardía… pero me gustó. Me sentí… dominada. Como si yo fuera suya en ese momento. Me dio vergüenza que me bajara la bombachita y me viera el culo, pero también me excitó mucho.
Ahora le tocó el turno a Juana. Habló con voz más aniñada y nerviosa:
—Con Groncho… fue mi primer beso. Su boca era asquerosa, mami. Sabía a basura y comida vieja, su lengua era gruesa y babosa, y su saliva era tan espesa que me llenaba la boca. Olía muy mal… a dientes podridos y aliento rancio. Me dio asco… mucho asco. Pero al mismo tiempo sentí un calor muy fuerte abajo. Me temblaban las piernas. Cuando me separé, todavía sentía su sabor en la boca… y eso me ponía más caliente. Me sentí rara… como si estuviera haciendo algo prohibido y eso me gustara.
Miranda las escuchaba con atención, acariciándoles el cabello a las dos con cariño maternal.
—Las dos están despertando al mismo tipo de deseo que yo. Les gusta el contraste: ustedes son limpias, jóvenes y delicadas… y ellos son viejos, sucios, groseros y apestosos. Ese contraste es lo que las calienta. El asco y la excitación van de la mano. Es normal que al principio les dé vergüenza y náuseas… pero con el tiempo van a aprender a disfrutar esa mezcla.
Carla preguntó bajito:
—¿Y es malo que nos guste tanto, mami?
Miranda negó con la cabeza y las abrazó.
—No es malo. Es solo diferente. Lo importante es que sean conscientes y que vayan despacio. No se entreguen del todo todavía. Dejen que ellos se esfuercen. Y siempre pueden contarme todo. Mamá está acá para guiarlas.
Juana se acurrucó contra su mamá y confesó:
—Me gustó… aunque me diera asco. Quiero volver a sentirlo… pero tengo miedo.
Miranda les dio un beso en la frente a cada una y les dijo con voz suave pero firme:
—Está bien tener miedo y excitación al mismo tiempo. El martes, cuando vengan Groncho y Beto a cenar… van a poder estar más cerca. Pero recuerden: solo besitos y caricias suaves por ahora. Las nenas buenas no se regalan tan rápido.
Las dos hermanas asintieron, todavía con el cuerpo caliente por los recuerdos de esa tarde.
Miranda sonrió con orgullo y morbo.
—Ahora vayan a dormir, mis nenitas. Mañana hablamos más.
Carla y Juana salieron del cuarto, abrazadas entre ellas, compartiendo sus sentimientos confusos pero intensamente excitados.
La familia seguía profundizando en su nueva dinámica… y las dos hermanas mayores estaban cada vez más metidas en ella.




Lunes por la mañana
Al día siguiente, después de que Eduardo se fuera al trabajo y Dogoberto y Camilita todavía dormían, Miranda llamó a Carla y Juana a su habitación. Cerró la puerta con llave y les dijo con voz calmada pero firme:
—Siéntense en la cama, hijitas. Hoy mamá les va a enseñar cómo deben comportarse con un hombre en la cama. Porque si todo sale bien el martes por la noche… posiblemente ustedes también sean desvirgadas.
Carla y Juana se miraron con los ojos muy abiertos, una mezcla de miedo, vergüenza y excitación recorriéndoles el cuerpo. Se sentaron en la cama, todavía en pijama.
Miranda se sentó frente a ellas y comenzó a hablar con claridad y sin rodeos:
—Primero: cuando un hombre como Groncho o Beto quiera cogerte, nunca digas “no” directamente. Decís “sí, señor” o “como usted quiera”. Las nenitas buenas se entregan. Si te duele, gemís, pero no pedís que pare. Decís “duele… pero siga, por favor”.
Segundo: la posición más común al principio es en cuatro patas. Te ponés así —Miranda se puso en cuatro patas sobre la cama para mostrarles—, levantás el culito y abrís las piernas. Dejás que él te baje la bombachita y te mire el culo. No te tapes. Dejás que te vea todo.
Tercero: cuando te penetre, respirás profundo y relajás el culito o el coño. Al principio duele, especialmente si es virgen. Pero vos gemís y decís “más despacio… pero no pare”. Después de un rato el dolor se mezcla con placer. Aprendan a disfrutar ese dolor.
Cuarto: mientras te cogen, decís cosas que les gusten a los machos. Cosas como “sí, mi macho… métemela más profundo”, “soy tu nenita puta”, “gracias por cogerme”. Eso los pone más calientes.
Quinto: después de que se corra adentro tuyo, no te limpiás enseguida. Dejás que el semen te chorree por las piernas. Luego le agradecés: “Gracias por llenarme, señor”. Si él quiere, le limpiás la verga con la boca. Es parte de ser una buena hembra.
Miranda se sentó de nuevo y miró a sus hijas con seriedad:
—Posiblemente el martes Groncho y Beto quieran desvirgarlas. Si eso pasa, no tengan miedo. Es un paso importante. Van a sentir dolor, asco por el olor y la suciedad… pero también mucho placer. El contraste entre su cuerpo limpio y joven y el cuerpo viejo y apestoso de ellos es lo que más los calienta… y lo que más las va a calentar a ustedes también.
Carla, con la voz temblorosa, preguntó:
—¿Y si duele mucho, mami?
Miranda le acarició el cabello:
—Duele al principio, especialmente en el culo. Pero vos respirás y te dejás llevar. Después viene el placer. Y si es demasiado, me mirás y yo intervengo. Pero quiero que intenten aguantar como buenas nenitas.
Juana, más nerviosa, preguntó bajito:
—¿Vamos a tener que besarles la verga después… aunque esté sucia?
Miranda asintió con una sonrisa suave:
—Sí. Es parte de agradecer. Aunque huela fuerte y tenga esmegma… vos la besás y la chupás un poco. Eso les demuestra sumisión.
Las dos hermanas se quedaron en silencio, procesando todo. Sus caras estaban rojas y sus cuerpos claramente excitados con las explicaciones de su mamá.
Miranda las abrazó a las dos y les dijo con cariño:
—Las amo mucho. Si el martes pasa… va a ser un momento importante para ustedes. Mamá va a estar cerca para cuidarlas. Pero quiero que disfruten el momento. Ser desvirgada por un hombre como ellos es algo que nunca se olvida.
Carla y Juana asintieron, todavía nerviosas pero con una excitación que ya no podían ocultar.
Miranda sonrió y añadió:
—Ahora vayan a desayunar. Y piensen en todo lo que les enseñé. El martes va a ser una noche especial.
Las dos hermanas salieron de la habitación con la cabeza llena de imágenes y sensaciones. La posibilidad de ser desvirgadas por Groncho y Don Beto el martes por la noche ya no era solo una fantasía… estaba cada vez más cerca de convertirse en realidad.
Miranda y su cornudito 26- la cita de las hermanitas




Esa misma tarde
La tarde avanzaba y Carla y Juana no podían quedarse quietas. Las dudas y la curiosidad les quemaban por dentro. Después de un rato de hablar entre ellas en voz baja, decidieron ir a buscar a su mamá.
Encontraron a Miranda en su habitación, doblando ropa. Al verlas entrar con cara de nervios y excitación, Miranda sonrió con ternura y cerró la puerta.
—¿Qué pasa, mis nenitas? ¿Tienen dudas?
Carla fue la primera en hablar, con la voz baja y avergonzada:
—Mami… tenemos muchas preguntas… sobre… lo que puede pasar el martes.
Juana, más nerviosa, añadió:
—Sí… queremos saber cómo es el dolor… si nos meten la verga por el culo. ¿Duele mucho? ¿Cómo se siente?
Miranda se sentó en la cama e hizo que sus hijas se sentaran a su lado. Les tomó las manos con cariño y respondió con calma y honestidad:
—El dolor en el culo es fuerte al principio, especialmente si es virgen. La verga de un hombre es gruesa y caliente, y estira mucho. Al comienzo sentís un ardor intenso, como si te estuvieran partiendo. Duele. Algunas chicas lloran. Pero si respirás profundo y relajás el culito, el dolor va bajando y se convierte en una sensación de plenitud muy fuerte. Después de un rato, muchas sienten placer mezclado con el dolor. Es una sensación muy intensa… casi adictiva.
Carla tragó saliva y preguntó:
—¿Y el esmegma? ¿A qué sabe? ¿Alguna vez lo probaste, mami?
Miranda asintió sin vergüenza.
—Sí, lo probé muchas veces. El esmegma es esa pasta blanca-amarillenta que se acumula debajo del prepucio de los hombres que no se bañan. Tiene un sabor fuerte, salado, un poco amargo y con un toque ácido… como a queso viejo o a piel sucia. No es agradable al principio, da asco. Pero con el tiempo te acostumbras y hasta puede excitarte, porque es el sabor real de un macho descuidado. Cuando chupás la verga de un hombre como Groncho o Beto, vas a sentir ese sabor mezclado con sudor y orina seca. Es parte de ser una buena hembra: aceptar la suciedad de tu macho.
Juana, con las mejillas rojas, preguntó bajito:
—¿Y qué se siente tener sexo con indigentes tan asquerosos? ¿No te da mucho asco?
Miranda sonrió con una mezcla de ternura y morbo.
—Me da asco… sí. Mucho asco. El olor es fuerte, la piel es áspera y sucia, la verga suele tener esmegma, el aliento es horrible… Pero ese asco se mezcla con un placer muy profundo. Me excita precisamente porque son tan diferentes a mí. Yo estoy limpia, perfumada, depilada… y ellos son viejos, gordos, apestosos y groseros. Ese contraste es lo que me pone muy caliente. Sentir cómo un hombre sucio me usa, me degrada, me llena de semen… me hace sentir muy femenina y sumisa. El asco se convierte en excitación. Con el tiempo aprendés a disfrutarlo.
Carla hizo otra pregunta:
—¿Y si nos duele mucho el culo… qué hacemos?
Miranda respondió con paciencia:
—Gemís, decís “duele… pero no pares”, respirás profundo y empujás un poco hacia atrás para ayudar a que entre. Si es demasiado, mirás a mamá y yo intervengo. Pero quiero que intenten aguantar. El dolor forma parte del placer para una nenita sumisa.
Juana preguntó con voz casi inaudible:
—¿Y si… quieren que les chupemos la verga después de cogernos el culo? ¿Tenemos que hacerlo aunque esté sucia?
Miranda asintió:
—Sí. Es parte de agradecer. Aunque tenga semen, esmegma y olor a culo… vos la besás y la chupás. Decís “gracias por cogerme, mi macho”. Eso los vuelve locos y te hace sentir más sumisa.
Las dos hermanas se quedaron en silencio un momento, procesando todo. Sus caras estaban rojas y sus cuerpos claramente excitados con las explicaciones de su mamá.
Miranda las abrazó a las dos y les dijo con cariño:
—No tengan miedo de sentir asco y placer al mismo tiempo. Eso es normal. El martes, si todo fluye, van a vivir su primera experiencia real. Mamá va a estar cerca para cuidarlas. Pero quiero que lo disfruten. Ser desvirgada por un hombre como Groncho o Beto es algo que nunca se olvida.
Carla y Juana abrazaron fuerte a su mamá, nerviosas pero también llenas de una excitación oscura y nueva.
—Gracias, mami… —susurraron casi al unísono.
Miranda les dio un beso en la frente a cada una y sonrió:
—Ahora vayan a descansar un rato. El martes va a ser una noche importante para ustedes.
Las dos hermanas salieron de la habitación con la cabeza llena de imágenes y sensaciones. El martes por la noche ya no era solo una cena… era la posibilidad real de ser desvirgadas por hombres asquerosos y dominantes.
Y eso las calentaba más de lo que podían admitir.


Las nenas siguieron preguntando.


1. Carla: Mami… ¿duele mucho la primera vez que te meten la verga por el culo? ¿Cómo se siente exactamente?
Miranda: Duele bastante, mi amor, sobre todo las primeras veces. Es un dolor ardiente, como si te estuvieran estirando y quemando por dentro al mismo tiempo. La verga de un hombre es mucho más gruesa y caliente que un dedo, y cuando entra por primera vez, tu ano virgen se resiste. Sentís presión, ardor y una sensación de “me están partiendo”. Pero si respirás profundo y empujás un poquito hacia atrás, el músculo se relaja y el dolor se transforma. Pasa de ser un dolor seco a una plenitud caliente y profunda. Después de unos minutos, muchas chicas sienten un placer extraño que viene desde adentro, como si el culo tuviera sus propios nervios de placer. Con el tiempo, ese dolor inicial se vuelve adictivo, porque sabés que después viene esa sensación de estar completamente llena y usada.
2. Juana: ¿A qué sabe el esmegma de verdad? ¿Es tan horrible como parece?
Miranda: Es fuerte y particular. Tiene un sabor salado-amargo, un poco ácido, como queso viejo mezclado con piel sudada y un toque metálico. No es agradable al principio; da arcadas. Pero es el sabor auténtico de un hombre que no se baña. Con el tiempo, ese sabor se vuelve excitante precisamente porque es “sucio”. Cuando chupás la verga de un indigente después de que te haya cogido el culo, el esmegma se mezcla con semen y con el sabor de tu propio ano. Es un sabor complejo, terroso, animal. Muchas veces lo trago sin pensarlo porque sé que eso excita mucho al macho. Es parte de aceptar la suciedad de tu hombre.
3. Carla: ¿Te da mucho asco el olor de los indigentes cuando están encima tuyo sudando?
Miranda: Sí, me da asco… pero es un asco que me calienta. Cuando un viejo como Groncho o Beto está encima mío sudando, el olor es pesado: axilas fermentadas, pies sucios, aliento rancio y un fondo de orina y ropa podrida. Es nauseabundo. Pero ese olor me recuerda que estoy siendo usada por un macho real, no por un chico perfumado. El asco se transforma en excitación porque mi cuerpo entiende el contraste: yo estoy limpia y perfumada, y él es pura suciedad masculina. Ese contraste es lo que me moja tanto.
4. Juana: ¿Qué se siente cuando te llenan el culo de semen? ¿Es rico o solo asqueroso?
Miranda: Es las dos cosas al mismo tiempo. Sentís el calor del semen entrando profundo, como un chorro caliente que te llena por dentro. Después, cuando sacan la verga, sentís cómo chorrea y te corre por los muslos, pegajoso y espeso. Es asqueroso porque es semen de un hombre sucio, pero también es muy íntimo y excitante. Me hace sentir marcada, poseída. Muchas veces me quedo un rato con el semen adentro, sintiendo cómo se desliza lentamente. Es una sensación de plenitud y humillación que me encanta.
5. Carla: ¿Te gusta que te humillen verbalmente mientras te cogen?
Miranda: Me encanta. Cuando me llaman “puta”, “madre de mierda”, “zorra de indigentes” o “mamá puta”, me excita muchísimo. Es como si me bajaran de mi pedestal de “señora decente” y me recordaran cuál es mi lugar: ser usada. La humillación verbal me hace sentir más femenina y sumisa. Me pone muy caliente oír cómo se ríen de mí mientras me follan. Es parte del juego.
6. Juana: ¿Papá realmente disfruta verte siendo follada por otros hombres?
Miranda: Sí, mucho. Tu papá es un cornudo de verdad. Le excita ver cómo me tratan como una puta, cómo me degradan y cómo me llenan. Le gusta sentirse inferior sexualmente. Cuando me ve gimiendo debajo de un viejo sucio, se le pone la jaulita muy apretada. Después le gusta limpiar con la boca lo que me dejaron adentro. Es su forma de amar y de someterse.
7. Carla: Si nos desvirgan el martes… ¿tenemos que agradecerles después aunque nos duela?
Miranda: Sí. Aunque te duela y te dé asco, después del orgasmo les agradecés. Les besás la verga, aunque esté sucia y con semen, y les decís “gracias por cogerme, mi macho” o “gracias por estrenarme”. Eso los vuelve locos y te hace sentir más mujer. La gratitud después del sexo es una de las cosas más sumisas y bonitas que puede hacer una nenita.
8. Juana: Mami… ¿nosotras también vamos a terminar gustándonos los olores y sabores sucios como a vos?
Miranda: Probablemente sí. El cerebro se adapta rápido a lo que te excita. Al principio todo da asco: el olor, el sabor, la suciedad. Pero con cada experiencia, ese asco se mezcla más con placer. Terminas asociando el olor fuerte de un viejo indigente con excitación sexual. Es un proceso. No fuerces nada, pero tampoco tengas miedo de sentirlo. Mamá está acá para guiarlas en todo momento.
Miranda abrazó fuerte a sus dos hijas y les dio un beso en la frente a cada una.
—Las amo mucho. Si el martes pasa algo, quiero que me cuenten todo después. Sin vergüenza. Esta familia es así ahora: sincera y pervertida.
Carla y Juana se quedaron abrazadas a su mamá, nerviosas pero también llenas de una excitación nueva y profunda.
El martes por la noche se acercaba… y con él, la posibilidad real de que las dos hermanas dieran un paso importante en su despertar sexual.


madre




Carla y Juana se miraron entre sí, todavía procesando todo lo que su mamá les había explicado. Después de un silencio cargado de nervios, Carla tomó valor y preguntó con voz baja y temblorosa:
—Mami… ¿y si nos desvirgan analmente… y cuando la verga sale… sale embarrada con… con caca nuestra? ¿Si nos piden que les limpiemos la verga con la boca… tenemos que obedecer?
Miranda no se inmutó. Las miró con calma y ternura, pero también con total honestidad.
—Sí, hijitas. Tienen que obedecer. Esa es una de las pruebas más fuertes de sumisión. Cuando un macho te coge el culo y su verga sale con restos de tu propia caca, es humillante y asqueroso. Pero una nenita buena no se niega. Te arrodillás, abrís la boca y la limpiás con la lengua. Aunque tenga sabor fuerte, aunque te dé arcadas, aunque sientas vergüenza. Eso demuestra que aceptás tu rol: ser usada completamente, sin límites. El macho se excita mucho viendo que su nenita limpia su verga sucia después de follársela. Es parte del pacto de sumisión.
Juana, con la cara roja como un tomate, preguntó casi en un susurro:
—Mami… ¿alguna vez vos… chupaste una verga con restos de tu propia caca después de que te cogieran por el ano?
Miranda sonrió con una mezcla de nostalgia y morbo. Se acomodó en la cama y respondió con total sinceridad:
—Sí, hijitas. Varias veces. Les voy a contar tres experiencias para que entiendan cómo es.
Primera experiencia:
“Fue con un albañil de unos 62 años, muy sucio y gordo, que conocí en una obra cerca de casa. Me llevó a un cuartito improvisado y me cogió el culo sin casi lubricante. Cuando terminó y sacó la verga, estaba embarrada con mis propios restos. Me miró y me dijo: ‘Límpiala, puta’. Me arrodillé, cerré los ojos y abrí la boca. El sabor era fuerte: amargo, terroso, con un toque ácido. Sentí arcadas varias veces, pero seguí chupando hasta dejarla limpia. Cuando terminé, él me acarició la cabeza y me dijo que era una buena hembra. Me sentí humillada… pero también muy excitada. Esa noche volví a casa con el sabor todavía en la boca y me masturbé pensando en eso.”
Segunda experiencia:
“Fue con dos indigentes al mismo tiempo en un galpón abandonado. Uno me cogió el culo primero y cuando terminó, el segundo me obligó a chuparle la verga todavía caliente y embarrada. El sabor era más intenso porque tenía semen mezclado con mis restos. Era espeso, pegajoso y con un olor muy fuerte. Me dieron arcadas tan fuertes que casi vomito, pero ellos me sujetaban la cabeza y me decían ‘tragá todo, mamá puta’. Cuando terminé de limpiarlos a los dos, me sentí completamente degradada… y tuve un orgasmo solo con eso. Ese día entendí que el asco puede convertirse en un placer muy profundo.”
Tercera experiencia:
“La más reciente fue con Pco el indigente del otro dia, hace unas semanas. Me cogió el culo muy fuerte durante mucho rato. Cuando sacó la verga, estaba cubierta de semen y de mis propios restos. Me miró y me dijo: ‘Límpiala bien, nenita’. Me arrodillé frente a él y la chupé lentamente, saboreando todo. El sabor era muy fuerte, terroso, salado y con un toque amargo. Sentí vergüenza porque sabía que Camilita estaba durmiendo en la habitación de al lado, pero eso solo me excitó más. Chupé hasta dejarla completamente limpia y luego le agradecí. Dogoberto me acarició la cabeza y me dijo que era su nenita perfecta. Esa noche dormí con el sabor todavía en la boca y soñé con eso.”
Miranda miró a sus hijas con cariño y añadió:
—No es fácil al principio. Da asco, da vergüenza, da náuseas. Pero con el tiempo ese acto se vuelve algo íntimo y excitante. Es la máxima expresión de sumisión: aceptar la suciedad más privada de tu propio cuerpo en la boca de tu macho. Si el martes les pasa… quiero que recuerden que mamá también lo ha hecho y que está orgullosa de haberlo hecho. Es parte de ser una buena hembra para un macho dominante.
Carla y Juana se quedaron en silencio, procesando las tres historias. Sus caras estaban rojas y sus cuerpos claramente excitados con las confesiones de su mamá.


Juana dijo: mama cuentonos mas experiencias tuyas


Miranda se acomodó mejor en la cama, miró a sus dos hijas con una mezcla de ternura y morbo, y suspiró suavemente.
—Está bien… si quieren saber más, mamá les va a contar cinco experiencias reales. No voy a suavizar nada. Quiero que entiendan cómo es esto en la práctica.
1. La primera vez (con el albañil del supermercado)
“La primera vez fue con un albañil de unos 58 años que conocí en el supermercado. Era muy sucio, gordo y olía fuerte. Me llevó a un terreno baldío cerca de casa y me cogió el culo contra una pared sin casi lubricante. Cuando terminó y sacó la verga, estaba completamente embarrada con mis restos: marrón claro, mezclado con semen. Me miró y me dijo: ‘Límpiala, puta’. Me arrodillé en la tierra, abrí la boca y la metí. El sabor era muy fuerte: terroso, amargo, con un toque ácido y el sabor del semen. Sentí arcadas tan fuertes que casi vomito, pero él me sujetaba la cabeza y me decía ‘tragá todo’. Chupé durante varios minutos hasta dejarla limpia. Cuando terminé, tenía lágrimas en los ojos y el sabor todavía en la boca. Esa noche volví a casa y me masturbé recordando lo humillada que me sentí… y lo mucho que me excitó.”
2. En el galpón abandonado (con dos hombres)
“Otra vez fueron dos indigentes en un galpón abandonado. Uno me cogió el culo primero, muy fuerte y durante mucho rato. Cuando sacó la verga, estaba cubierta de semen y de mis propios restos. El segundo me obligó a chuparla inmediatamente. El sabor era más intenso porque tenía semen mezclado con caca. Era espeso, pegajoso, con un olor muy fuerte a mierda y a hombre sucio. Me dieron arcadas tan violentas que lloré, pero ellos se reían y me decían ‘mamá puta tragando su propia mierda’. Tuve que chupar a los dos, uno después del otro. Cuando terminé, tenía la cara y el pecho manchados. Me sentí completamente degradada… pero tuve un orgasmo solo con la humillación. Esa experiencia me enseñó que el asco puede ser un afrodisíaco muy poderoso.”
3. Con Paco(la más reciente y repetida)
“Con Paco ha pasado varias veces. Una noche me cogió el culo durante casi una hora, cambiando de posición. Cuando finalmente se corrió y sacó la verga, estaba completamente embarrada: semen blanco mezclado con mis restos marrones. Me miró y me dijo: ‘Límpiala bien, nenita’. Me arrodillé frente a él y la chupé lentamente, saboreando todo. El sabor era muy complejo: salado, amargo, terroso, con un toque dulce del semen. Sentí vergüenza porque Camilita estaba durmiendo en la habitación de al lado, pero eso solo me excitó más. Chupé hasta dejarla brillante. Después le agradecí. Dogoberto me acarició la cabeza y me dijo que era su nenita perfecta. Esa noche dormí con el sabor todavía en la boca y soñé con eso varias veces.”
4. En el auto (con un indigente desconocido)
“Una tarde recogí a un indigente que hacía dedo. Lo llevé a un lugar apartado y me cogió el culo en el asiento trasero del auto. Era un hombre muy sucio, con olor a pies y a orina. Cuando terminó, la verga salió con mucho material: semen y restos de mi caca. Me ordenó que la limpiara. Me incliné sobre su regazo y la chupé allí mismo, en el auto. El sabor era muy fuerte, casi me hizo vomitar. Tenía trocitos visibles. Pero seguí chupando hasta dejarla limpia. Cuando terminé, él me escupió en la cara y me dijo ‘buena puta’. Me bajé del auto con las piernas temblando y el sabor todavía en la boca. Esa experiencia me enseñó que a veces el lugar y la improvisación hacen todo más humillante y excitante.”
5. La más humillante (con tres hombres en el refugio)
“La más fuerte fue una noche en el refugio, con tres hombres al mismo tiempo. Me cogieron el culo uno después del otro sin limpiarse. Cuando el tercero terminó, su verga estaba completamente embarrada: semen de los tres mezclado con mis restos. Me obligaron a arrodillarme y limpiarla delante de ellos. El sabor era indescriptible: muy amargo, terroso, con un olor intenso a mierda y semen viejo. Tuve arcadas tan fuertes que lloré, pero ellos se reían y me decían ‘mamá puta tragando su propia mierda delante de sus hijas’. Cuando terminé de limpiarlos a los tres, me sentía completamente destruida… pero también tuve uno de los orgasmos más intensos de mi vida solo con la humillación. Esa noche entendí que el límite del asco puede ser el punto máximo de placer para una mujer sumisa.”
Miranda miró a sus hijas con cariño y añadió:
—Estas experiencias no fueron fáciles. Todas me dieron asco, vergüenza y náuseas… pero todas me excitaron profundamente. El sabor y el olor de tu propia suciedad en la boca es una de las formas más fuertes de sumisión. Si el martes les pasa… quiero que recuerden que mamá también lo ha hecho y que está orgullosa de haberlo hecho. Es parte de ser una buena hembra.
Carla y Juana se quedaron en silencio, procesando las cinco historias. Sus caras estaban rojas y sus cuerpos claramente excitados.
Miranda las abrazó fuerte y les dijo suavemente:
—No tengan miedo de sentir asco. El asco forma parte del placer. Mamá está acá para guiarlas en todo momento.


Miranda las abrazó a las dos y les dijo suavemente:
—No tengan miedo de sentir asco. El asco forma parte del placer. Si llega el momento, respiren profundo, abran la boca y hagan lo que les pidan. Mamá estará cerca para cuidarlas.
Las dos hermanas abrazaron fuerte a su mamá, nerviosas pero también llenas de una curiosidad y excitación nueva.
La conversación había sido intensa y reveladora. El martes por la noche ya no era solo una cena… era una posibilidad real y cercana.






Martes por la noche – La cena
Miranda dedicó toda la tarde a preparar la casa y a sus hijas. Quería que todo estuviera perfecto… y especialmente que Carla y Juana se vieran irresistibles para sus “pretendientes”.
Les eligió ropa que fuera inocente pero provocativa:


Para Carla: una falda plisada gris corta del uniforme escolar (un poco más subida de lo normal), blusa blanca ajustada que marcaba sutilmente sus pechos jóvenes, medias hasta la rodilla y zapatos negros.
Para Juana: un vestidito blanco veraniego corto con tirantes finos, que dejaba ver sus hombros y piernas suaves, combinado con una diadema que le daba un aspecto aún más aniñado y puro.


Miranda las peinó con cuidado, les puso un toque de brillo labial rosado y les susurró mientras las arreglaba:
—Quiero que se vean como dos nenitas buenas y decentes… pero que ellos sientan que debajo de esa inocencia hay dos chicas que se están mojando por ellos. Sonrían con timidez, bajen la mirada cuando les hablen grosero, y dejen que ellos tomen la iniciativa.
Carla y Juana estaban nerviosas pero excitadas. Sus bombachitas ya se sentían húmedas solo con imaginar la noche.
A las 8 en punto sonó el timbre.
Miranda abrió la puerta con una sonrisa cálida.
Allí estaban Don Beto y Groncho.
Los dos indigentes se habían intentado “arreglar” un poco (camisas limpias pero todavía arrugadas y con manchas), pero seguían oliendo fuerte a sudor rancio, pies sucios y ropa vieja. Al ver a Carla y Juana, se quedaron literalmente boquiabiertos.
Don Beto (el pretendiente de Carla) miró a la mayor de arriba abajo con ojos hambrientos y murmuró ronco:
—Qué linda estás, mamita… con esa faldita del colegio parecés una virgen… pero yo sé que ya estás pensando en este viejo.
Groncho (el pretendiente de Juana) miró a la menor con una sonrisa torcida y babosa:
—Mi nenita… con ese vestidito blanco parecés un angelito… pero yo quiero hacerte pecar esta noche.
Carla y Juana se sonrojaron intensamente y bajaron la mirada, tal como su mamá les había enseñado. El contraste era brutal: dos chicas jóvenes, limpias, perfumadas y vestidas con ropa inocente… frente a dos viejos sucios, apestosos y groseros que las miraban como lobos.
Miranda sonrió con elegancia y las invitó a pasar:
—Bienvenidos. Pasen, por favor. La cena ya está lista.
Durante la cena, el ambiente era eléctrico. Beto no dejaba de mirar a Carla con deseo descarado, lanzándole piropos groseros por lo bajo:
—Qué tetitas más ricas se te marcan con esa blusita… me dan ganas de sacártela aquí mismo.
Groncho hacía lo mismo con Juana:
—Con ese vestidito blanco parecés una muñequita… pero yo quiero levantártelo y olerte toda.
Carla y Juana se sonrojaban, respondían con timidez y bajaban la mirada, pero sus bombachitas estaban cada vez más mojadas. Miranda y Eduardo observaban todo con una sonrisa cómplice, permitiendo que la tensión sexual creciera.


Martes por la noche – Después de la cena
Dogoberto y Camilita se retiraron temprano a su habitación. Dogoberto, con su habitual voz ronca, dijo que estaba cansado y quería “descansar” con su nenita. Camilita, sonrojada, siguió a su macho sin decir nada.
Quedaron en la mesa del comedor: Miranda y Eduardo, Carla y Juana, y sus respectivos pretendientes: Don Beto (con Carla) y Groncho (con Juana).
El ambiente era denso, cargado de tensión sexual. Los dos viejos olían fuerte a sudor rancio, pies sucios y ropa vieja, un olor que ya no repugnaba a las chicas, sino que las calentaba.
La conversación empezó de forma relativamente normal, pero rápidamente se volvió más íntima y grosera.
Don Beto, sentado al lado de Carla, se acercó más a ella, su panza hinchada rozándole el brazo. Le habló con voz ronca y directa:
—Qué linda estás con esa blusita… se te marcan las tetitas… ¿sabés lo que me dan ganas de hacerte, nenita?
Carla se sonrojó intensamente, bajando la mirada como su mamá le había enseñado, pero respondió con voz tímida:
—No… señor Beto… dígame…
Beto sonrió con malicia y le puso una mano callosa sobre el muslo, por encima de la falda:
—Me dan ganas de levantarte esa faldita y ver si ya estás mojada por este viejo asqueroso…
Al mismo tiempo, Groncho se acercó a Juana. Su aliento apestoso le rozaba la oreja mientras le susurraba:
—Con ese vestidito blanco parecés una virgencita… pero yo sé que ya estás pensando en este viejo sucio. ¿Querés que te cuente lo que te haría si estuviéramos solos?
Juana temblaba, pero siguió los consejos de su mamá: bajó la mirada y respondió con voz aniñada:
—Solo… cuénteme despacio… me da vergüenza…
Miranda y Eduardo observaban todo desde sus lugares en la mesa. Miranda tenía una mano sobre el muslo de su esposo, apretando suavemente. Eduardo sentía la jaula de castidad apretándole fuerte.
Miranda susurró al oído de Eduardo, con una sonrisa morbosa:
—Mirá cómo se acercan… Beto ya le tiene la mano en el muslo a Carla… y Groncho le está hablando al oído a Juana. Nuestras nenitas están nerviosas… pero se están mojando. Se nota en cómo se sonrojan y aprietan las piernas.
Eduardo respondió bajito, excitado:
—Sí… mirá cómo Beto se inclina más hacia Carla… y Groncho ya casi le roza la oreja con los labios. Nuestras hijas están viviendo lo que tanto fantaseaban. Me excita verlas así… tan inocentes por fuera y tan calientes por dentro.
Mientras tanto, en la mesa:
Beto le acariciaba el muslo a Carla cada vez más arriba, casi llegando al borde de la falda, y le decía groserías por lo bajo:
—Seguro ya tenés la bombachita mojada… ¿verdad, colegiala? Me dan ganas de meterte la mano y comprobarlo…
Groncho, por su parte, le acariciaba el brazo a Juana y le susurraba:
—Qué piel más suavecita tenés… me dan ganas de olerte el cuello… y después bajarte ese vestidito y ver qué hay debajo…
Carla y Juana respondían con timidez, sonrojadas, bajando la mirada, pero sin apartarse. Sus bombachitas estaban cada vez más húmedas.
Miranda y Eduardo seguían observando con morbo y orgullo. Miranda le apretó el muslo a su esposo y le susurró:
—Nuestras nenitas están aprendiendo rápido… mirá cómo se dejan tocar… cómo se sonrojan… pero no se alejan. Están listas.
La noche avanzaba, y la distancia entre los pretendientes y las hermanas se hacía cada vez más pequeña.

0 comentarios - Miranda y su cornudito 26- la cita de las hermanitas