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El Deseo que ni el tiempo puede romper II

Pasaron dos años de euforia prohibida. Nos mudamos a una casa apartada en las afueras, rodeada de bosque. Yo terminé el doctorado a los 21 y ganaba absurdas cantidades de dinero trabajando remoto.

Ella dejó la fábrica. Yo la mantenía. Vivíamos como esposos: cocinábamos juntos, follábamos en cada rincón, planeábamos un futuro que sabíamos imposible.

El Deseo que ni el tiempo puede romper II

—Quiero un hijo tuyo —me susurraba mientras la penetraba lento en la cocina, con el amanecer iluminando sus tetas pesadas—. Un niño con tu mente y mi cuerpo… sería perfecto.

Yo le mordía el cuello y empujaba más profundo, sintiendo cómo su coño caliente me apretaba.
—Será perfecto porque será mío. Como tú eres mía.

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Pero el universo, ese voyeur hijo de puta, decidió cobrarse su observación.

Todo empezó con dolores de cabeza, mareos y olvidos pequeños. La llevé al neurólogo. El diagnóstico fue un martillazo: glioblastoma multiforme grado IV, inoperable. Pronóstico: entre 12 y 18 meses con tratamiento agresivo. Sin él, quizás 4 o 5.

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Ella se derrumbó. Yo no. Por dentro solo calculaba cómo retrasar el colapso.

El deseo no desapareció. Se volvió más oscuro, más urgente. Follarla era la única forma que tenía de desafiar al tiempo.


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Durante los meses de quimio y radioterapia, su cuerpo cambió. Perdió pelo en parches, pero los esteroides la hincharon: sus tetas se volvieron aún más grandes y pesadas, su culo más ancho y blando, su vientre más redondo. Estaba más suave, más frágil… y yo la deseaba con locura.

Una noche, después de una sesión especialmente dura, apenas podía caminar. La sostuve contra la pared del baño. Le bajé las bragas despacio, con cuidado, pero sin pedir permiso.

—No te vas a ir sola —le gruñí al oído, sacando mi polla dura y gruesa.

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Escupí en mi mano, froté su coño hinchado y lo sentí empapado a pesar de todo. La penetré por detrás de un solo empujón lento pero profundo, hasta que mis huevos chocaron contra su clítoris hinchado.

—Ahhh… hijo… duele… —gimió, apoyando la frente contra los azulejos.

—Shh… —le mordí el hombro mientras empezaba a follarla con estocadas largas y controladas—. Tu dolor también es mío. Tu coño es mío. Tu muerte va a ser mía.

Metí una mano por delante y le froté el clítoris con dos dedos mientras la embestía. Su coño estaba más apretado que nunca, caliente, palpitante. Los esteroides la habían puesto tan sensible que temblaba con cada roce. Sus jugos le corrían por los muslos gruesos.

—Más… por favor… —suplicó con voz rota.

Aumenté el ritmo, follándola más fuerte, sujetándola por las caderas para que no se cayera. Sus tetas enormes se aplastaban contra la pared. Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó como si fueran mi polla.

—Eres mi puta enferma… mi madre enferma… y te voy a follar hasta que te mueras —le susurré.

Eso la hizo explotar. Su coño se contrajo violentamente alrededor de mi verga, soltando chorros calientes que me empaparon los huevos y las piernas. Gritó mi nombre entre sollozos. Yo no paré. Seguí follándola a través del orgasmo hasta que me corrí dentro de ella, inundando su útero con leche espesa y abundante. Cuando salí, un río blanco y espeso le corrió por los muslos temblorosos.

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En las últimas semanas ya casi no hablaba. Dormía la mayor parte del día. Yo la bañaba, la alimentaba, la masturbaba suavemente cuando estaba despierta solo para verla gemir.

Una tarde de atardecer dorado, tuvo una convulsión fuerte. La sostuve mientras su cuerpo se arqueaba violentamente. Cuando pasó, abrió los ojos y me miró con una claridad sorprendente.
—Te amo… mi genio —susurró—. Pero duele tanto…

Le besé los labios hinchados y resecos.

—Entonces déjame hacer que duela rico una última vez.

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La desnudé con cuidado. Su cuerpo estaba hinchado, lleno de estrías nuevas, marcado por la enfermedad… y nunca me había parecido más hermoso. Le abrí las piernas con ternura. Su coño estaba suave, caliente y ligeramente húmedo. Bajé la cabeza y la devoré despacio: lamí cada pliegue, chupé su clítoris hinchado, metí la lengua dentro de ella saboreando su sabor mezclado con el mío de tantas veces.

Ella solo gemía bajito, con los ojos entrecerrados.

Me subí encima, apoyando mi peso en los antebrazos para no aplastarla. Froté mi polla gruesa contra su entrada y la penetré centímetro a centímetro, muy lento, muy profundo. Sentí cada contracción débil de su coño alrededor de mí.

—Dios… todavía me aprietas tan rico… —gruñí contra su cuello.

Empecé a moverme con estocadas largas y profundas. No era follada salvaje esta vez. Era posesión absoluta. Le chupaba las tetas hinchadas, mordía sus pezones oscuros mientras entraba y salía de ella. Su coño soltaba pequeños ruidos húmedos con cada penetración. Le metí un dedo en el culo, suave, y lo moví al mismo ritmo que mi polla.

Sus ojos se llenaron de lágrimas de placer. Su respiración se volvió entrecortada.
—Me corro… otra vez… —susurró casi sin voz.

Sentí cómo su coño se contraía débilmente alrededor de mi verga, ordeñándome. Un orgasmo suave, largo, tembloroso. Eso me llevó al límite. Me enterré hasta el fondo y me corrí con fuerza, inundándola de semen caliente, espeso, chorro tras chorro, como si intentara llenar de vida un cuerpo que se apagaba.

Me quedé dentro de ella varios minutos, besándole la frente, los párpados, los labios.
Se durmió con mi polla aún dentro.

Tres días después, en mis brazos, dejó de respirar.

El Deseo que ni el tiempo puede romper II

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Ahora vivo solo en esta casa. Su olor sigue en las sábanas. A veces me despierto duro y me masturbo recordando cómo su coño enfermo seguía apretándome hasta el final.
Y sigo calculando.

Porque si el tiempo es solo otra dimensión… algún día voy a colapsar la función de onda y voy a traerla de vuelta.

O voy a ir yo con ella.

Porque sin ella, el experimento ya no tiene sentido.


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