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El Deseo que ni el tiempo puede romper I

Me llamo… bueno, da igual cómo me llames. Para mi madre siempre fui “su pequeño genio”. Para los profesores de la universidad, “el fenómeno”. Para mí mismo, simplemente el que ve el mundo como un rompecabezas ya resuelto antes de que los demás terminen de armar la primera pieza.

A los diecinueve ya tenía la maestría en física teórica. Mi tesis sobre entrelazamiento cuántico y colapso de la función de onda en sistemas conscientes fue rechazada al principio porque “era demasiado perturbadora”. Al final la aceptaron porque no podían refutarla. Les dije que el universo entero es un voyeur: observa, colapsa, se corre y finge que no pasó nada. Se rieron nerviosos. Yo no.

Pero nada de eso importa ahora.
Lo que importa es ella.
Mi madre.

El Deseo que ni el tiempo puede romper I

Siempre ha sido hermosa de una forma que la sociedad llama “vulgar” porque no sabe qué hacer con tanta carne y tanta curva. Tetas que desbordan cualquier blusa que intente contenerlas, culo que se mueve como si tuviera su propia gravedad, caderas anchas que parecen diseñadas para parir y para ser agarradas al mismo tiempo. Un poco de grasa suave en el vientre, en los muslos, que a mí no me parece exceso: me parece promesa. Cabello negro larguísimo que cuando se suelta parece una cascada de petróleo. Ojos negros que brillan como si guardaran secretos que ni ella sabe que tiene.

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Mi padre se fue cuando se enteró de que estaba embarazada. Ella trabajaba turnos dobles en una fábrica de textiles, llegaba oliendo a aceite y sudor, se quitaba los zapatos con un gemido y se dejaba caer en el sillón con las piernas abiertas sin pensar, porque estaba exhausta. Yo la miraba diferente.

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No era deseo todavía. Era… curiosidad científica. ¿Por qué su cuerpo reaccionaba así? ¿Por qué sus pezones se marcaban cuando tenía frío? ¿Por qué su respiración cambiaba cuando se masajeaba los pies después de 14 horas de pie?
Sabía que era inevitable.

Ella nunca lo vio venir. ¿Cómo iba a verlo? Para ella sigo siendo el niño prodigio que saltaba grados, el que resolvía ecuaciones diferenciales mientras ella pagaba las cuentas. El que le decía “mamá, algún día te voy a sacar de aquí” y ella me besaba la frente y decía “mi vida, ya me salvaste”.
Pero yo no quería salvarla. Quería poseerla.

La fantasía empezó a tomar forma, ella tenía treinta y cuatro. Seguía siendo jodidamente hermosa, solo que ahora tenía esas pequeñas estrías plateadas en los costados de las tetas y en los muslos que a mí me parecían mapas estelares. Una noche llegó borracha después de una cena con compañeras.

Se quitó el vestido delante de mí sin cerrar la puerta del cuarto. Se quedó en brasier y tanga negros, se miró al espejo y murmuró “ya estoy vieja, ¿verdad?”. Yo estaba en el pasillo, con la polla dura como piedra, y le contesté desde la oscuridad:

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—No estás vieja. Estás en tu puta mejor etapa. Y lo sabes.

Se giró sobresaltada, se tapó con los brazos por instinto… pero no corrió a cubrirse. Me miró. Por primera vez me miró como hombre. No como hijo. Como hombre.
Y sonrió. Una sonrisa chiquita, cansada y peligrosamente curiosa.
Esa noche no pasó nada físico. Pero algo se rompió. O se abrió. Da igual.
Desde entonces empecé a jugar.

Le hablaba de física mientras le masajeaba los hombros después del trabajo. Le explicaba la entropía mientras mis dedos bajaban despacio por su espalda hasta el borde del elástico de la pijama. Le decía que el universo tiende al desorden… y que por eso era natural que una madre y su hijo se desordenaran un poco también.

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Ella se reía nerviosa. Se ponía colorada. Decía “ay, qué cosas dices”. Pero nunca me detenía.
Una madrugada, hace tres meses, entró a mi cuarto. Yo estaba desnudo, leyendo un paper sobre agujeros de gusano. Ella traía una bata entreabierta. Se paró en la puerta y me dijo con voz temblorosa:

madre e hijo

—Nunca te he preguntado… ¿has estado con alguien?

La miré de arriba abajo. Sus pezones duros marcándose en la tela fina. El olor de su excitación llegando hasta mí antes que sus palabras.

—No necesito a nadie más —le contesté—. Solo necesito entenderte. Medirte. Desarmarte. Volverte a armar. Como un experimento perfecto.

Se acercó. Se sentó al borde de la cama. Sus muslos se tocaron con los míos.

—¿Y si el experimento sale mal? —susurró.

—Entonces explota —le dije, y puse mi mano en su nuca, la acerqué hasta que su aliento me rozó los labios—. Y nos consumimos los dos en la radiación.

Me besó ella primero.

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La empujé contra la cama con fuerza. Le abrí la bata de un tirón. Sus tetas enormes saltaron libres, pesadas, con los pezones oscuros y duros como piedras. Me metí uno a la boca mientras amasaba la otra con rudeza, succionando fuerte, mordiendo justo lo suficiente para que gimiera mi nombre.

—Hijo… Dios mío… —jadeó.

Bajé por su vientre, besando cada estría como si fueran líneas de un mapa que solo yo podía leer. Le abrí las piernas sin pedir permiso. Su coño estaba empapado, hinchado, brillando. Los labios mayores gruesos, los menores asomando rosados y mojados. Olía a hembra en celo.

Pasé la lengua despacio desde el culo hasta el clítoris. Ella se arqueó gritando. Metí dos dedos dentro mientras chupaba su clítoris hinchado, follándola con la boca como si quisiera beberme toda su vergüenza. Estaba tan mojada que le chorreaba por el culo.

—Estás chorreando por tu hijo, mamá… —gruñí contra su coño—. Qué puta tan rica eres.

La giré. La puse en cuatro sobre la cama. Su culo enorme y blanco se abrió ante mí. Escupí sobre su agujero y lo froté con el pulgar mientras mi polla, gruesa y venosa, se restregaba contra su entrada.
La penetré de un solo empujón brutal.

— ¡Aaaah! ¡Hijo de puta! —gritó, medio sollozo, medio placer.

Su coño me apretó como un puño caliente y empapado. Empecé a follarla fuerte, profundo, golpeando contra su culo con cada embestida. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación. Sus tetas se balanceaban pesadamente debajo de ella.

Agarré su cabello largo como riendas y tiré hacia atrás, arqueándola.

—¿Esto es lo que querías, mamá? ¿Que tu hijo te parta el coño?

—Sí… ¡sí, joder! ¡Más duro! ¡Rómpeme!

Le metí un dedo en el culo mientras la follaba sin piedad. Sentía cómo su coño se contraía alrededor de mi polla, cómo sus jugos me corrían por los huevos. La giré de nuevo, le subí las piernas sobre mis hombros y la penetré aún más profundo, aplastando su clítoris con cada golpe.

Sus ojos se pusieron en blanco. Empezó a temblar.

—Me voy a correr… hijo… ¡me voy a correr en tu polla!

—Córrete, mamá. Córrete como la puta que eres para mí.

Su orgasmo fue violento. Su coño se cerró alrededor de mí como si quisiera ordeñarme, chorros calientes me empaparon la polla y el vientre. Gritó mi nombre entre sollozos mientras se corría.

No me detuve. Seguí follándola a través de su orgasmo hasta que yo también exploté. Le llené el coño hasta el fondo con chorros gruesos y calientes de semen, bombeando una y otra vez mientras gruñía contra su cuello.

Cuando salí, su coño quedó abierto, rojo, palpitando, con mi leche espesa saliendo a borbotones y corriendo por su culo.

Se quedó temblando, llorando, con las piernas abiertas y mi semen saliendo de ella.

Yo le acaricié el cabello empapado de sudor y le susurré:

—El infierno es solo otro estado de la materia, mamá. Y yo ya calculé la trayectoria. Vamos a quemarnos juntos… y va a ser jodidamente hermoso.

Continuara....

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