You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Deseos de sierra XI

Tres años habían pasado como un sueño febril en la casita de block que ahora era completamente suya. El pequeño Ramiro —ya no tan pequeño, con tres años de energía inagotable— corría por el patio con sus juguetes de madera, gritando “¡Papá, mira!” cada vez que Javier lo alzaba en brazos para que tocara el tendedero o el techo. Javier lo cargaba con una sonrisa que le iluminaba la cara, besándolo en la mejilla revuelta de cabello negro, igualito al suyo. Karina observaba desde la cocina, moldeando tortillas con manos expertas, sintiendo un calor en el pecho que era mezcla de amor puro y culpa enterrada.

Deseos de sierra XI

La vida se había asentado en una normalidad que nadie cuestionaba. Para los vecinos, Karina y Javier eran “Una familia con una mujer aún joven y viuda, un hijo soltero”; para José y Ana, que visitaban cada seis meses, eran “la mamá y el hermano que criaban al niño juntos, como familia”. Nadie preguntaba por qué Javier dormía en la cama matrimonial, por qué sus miradas se demoraban demasiado, por qué el pequeño Ramiro llamaba a Javier “papá” con una naturalidad que hacía eco en el silencio.

La intimidad entre ellos no había disminuido; al contrario, se había vuelto más profunda, más cotidiana. Por las noches, después de acostar al niño, se entregaban sin prisa: besos lentos que recorrían cuerpos conocidos, Javier penetrando a Karina con una ternura que siempre terminaba en pasión cruda, sus gemidos ahogados en el cuello del otro. Era su ritual, su secreto vivo, el que los mantenía unidos en la mentira que ahora era su verdad.

relatos

Y entonces, Karina quedó embarazada otra vez.

Lo supo una mañana de primavera, cuando las náuseas volvieron como un fantasma familiar. Compró la prueba en secreto, la hizo en el baño mientras Javier jugaba con Ramiro en el patio. Dos líneas rosadas. Lágrimas de alegría y terror la invadieron. Salió con la prueba en la mano, temblando.

—Otro… otro bebé —susurró a Javier, mostrándosela.

Él la miró, luego al niño que gateaba feliz, y rompió a reír con una felicidad que no había sentido desde el nacimiento del primero. La abrazó fuerte, besándola en la boca con urgencia, levantándola del suelo.

—Otro nuestro. Otro milagro.

madura

Todo fue felicidad pura, dramática, casi eufórica. Javier la cuidaba como a una reina: le traía frutas del mercado, le masajeaba los pies hinchados, le hacía el amor con una delicadeza reverente, besando su vientre que crecía semana a semana. Karina resplandecía: su piel morena brillaba, sus curvas se acentuaban, y el deseo entre ellos se avivaba con el embarazo. Hacían el amor en la siesta del niño, en la cama grande, con Javier lamiendo su sexo hinchado y sensible hasta hacerla gritar de placer, penetrándola despacio para sentir cada contracción. Ramiro, el niño, tocaba el vientre de su mamá con manitas curiosas, preguntando “¿hermanito?” con ojos grandes. Javier respondía “sí, un hermanito para jugar”, y la familia parecía perfecta, un sueño realizado en las ruinas del pasado.
Decidieron empezar de nuevo, vendieron la casa que a la muerte de Ramiro había quedado a nombre de Karina, pero no se fueron de la cuidad solo cambiaron de zona, del sur al norte de San Luis, nueva casa en una zona popular pero un poco más grande con tres habitaciones, Javier tuvo que trabajar aún más.

Pero aún falta a lo más difícil, como manejar todo con José.

La vida era un torbellino de planes: arreglar el cuarto del niño para dos, comprar una cuna nueva, soñar con el futuro. Karina y Javier se miraban en las noches, manos entrelazadas en el vientre, y por primera vez en años sentían que quizás, solo quizás, el destino les había perdonado.

Pero a los cuatro meses, cuando el vientre de Karina ya se notaba redondo y firme, y el bebé pataleaba con fuerza como queriendo anunciar su llegada, todo se derrumbó en un instante dramático, como un rayo en cielo claro.

José llegó de sorpresa una tarde de tormenta. Tocó la puerta con golpes fuertes, empapado por la lluvia, con una sonrisa enorme y una maleta en la mano.

—Sorpresa! Ana y yo decidimos venir sin avisar.

Karina abrió la puerta pálida, el corazón latiéndole en el pecho como un tambor de guerra. Javier estaba en el patio con el pequeño Ramiro, pero entró corriendo al oír la voz de su hermano.
José al ver a Karina con su vientre abultado.

Vaya Mama, si que has subido de peso. Haz estado comiendo bien- dijo José.

Ana entró detrás, con regalos en las manos.

incesto

Pero entonces, mientras Ana ayudaba a Karina en la cocina, José jugaba con el pequeño Ramiro en el patio. El niño, con su inocencia de tres años, gateaba riendo y de repente miró a Javier, que observaba desde la puerta.

—Papá, ¡mira! Tío José me hace volar!

José no se extraño, era normal que el niño lo viera como si figura paterna.

Pero entonces Javier no pudo más, ¡Carnal, tengo que decírtelo, aunque nunca me perdones.
Mama no está gorda, está embarazada.

Que! Dijo José sorprendido, cómo crees de quién o porque, encontró a alguien?.

No, Carnal, es mío al igual que Ramiro Jr, un silencio quedó entre los dos.

Cómo crees Javier, como desde cuándo, no, no lo creo.

Fue algo que no planeamos solo se dio desde que papá se fue contigo a Monterrey, tratamos de evitarlo pero no pudimos, mama se resistió y yo igual, pero se dio. Ahora sin Papá queremos vivir sin escondernos y darle una familia a estos niños.

madre e hijo

El silencio fue ensordecedor. Ana que se acercaba en ese momento dejó caer una taza que se rompió en el piso. Karina se apoyó en la pared, sintiendo una náusea subirle por la garganta. Javier miró a su hermano, el rostro demacrado por el terror que había temido durante años.

—José… siéntate. Tenemos que hablar.

Lo llevaron a la sala, con el niño en brazos de Ana que lo distrajo con juguetes. Karina sollozaba bajito, sentada en el sofá con las manos en el vientre. Javier, de pie, miró a su hermano a los ojos y lo contó todo: el deseo que empezó cuando Ramiro se fue a Monterrey la primera vez, los encuentros prohibidos durante la fractura, el embarazo del pequeño Ramiro que no era de su padre, la muerte de Ramiro que los dejó solos, el matrimonio o la familia que intentaban formar, Todo. Con detalles crudos, sin suavizar: los besos, las noches, el amor torcido que había destruido y construido todo.

José escuchó en silencio, la cara pálida, los puños apretados. Cuando Javier terminó, se levantó despacio, temblando de rabia y dolor.

—¿Cómo pudieron? ¿A papá? ¿A mí? ¿Y el niño? ¿Y el que viene? ¿Son… tuyos?

Javier asintió, voz quebrada.

—Sí. Son míos. Nuestros.

José miró a Karina, lágrimas en los ojos.

—Mamá… ¿cómo? ¿Cómo me lo ocultaste? ¿Cómo nos ocultaste a todos?

incesto madre e hijo

Karina sollozó más fuerte.

—Perdóname, mijo. No pudimos parar. Fue más fuerte que nosotros.

José salió al patio, respirando agitado, la tormenta afuera reflejando la de adentro. Ana lo siguió, abrazándolo. Javier y Karina se quedaron en la sala, con el pequeño Ramiro preguntando inocente “¿tío está enojado?”.

Esa noche, después de una cena tensa y silenciosa, José se sentó con ellos. No gritó más. Solo dijo, con voz fría:

—No sé si pueda perdonarlos. Pero por el niño… por los niños… no voy a decir nada. No voy a destruir lo poco que queda de familia. Pero no cuenten conmigo por un tiempo. Necesito pensar.

Al día siguiente, José y Ana se fueron en el primer autobús. La casa volvió al silencio, pero ahora roto para siempre.

Karina y Javier se abrazaron esa noche, con el bebé pataleando en el vientre como un recordatorio dramático de que la felicidad había sido frágil, y el secreto —aunque descubierto— seguía latiendo en su familia destrozada.

José regresó seis meses después del descubrimiento, sin avisar, como la primera vez. Era una tarde gris de invierno en San Luis Potosí, con el cielo bajo y pesado de nubes que amenazaban lluvia pero nunca caían. El segundo bebé —una niña que ya habían nombrado Lucía en susurros— había nacido dos meses antes: una niña pequeña, de piel morena clara, ojos enormes y oscuros como los de Javier, cabello negro que ya crecía en mechones rebeldes. Karina la amamantaba en la sala, con el pequeño Ramiro jugando a sus pies con bloques de madera, cuando sonó la puerta.

Javier abrió, y ahí estaba José: más delgado, con ojeras marcadas, la barba crecida y una maleta vieja en la mano. No sonreía. Solo miró a su hermano a los ojos y dijo, voz ronca:

—Vine a hablar. Con los dos. Y con los niños.

Karina se levantó despacio, con Lucía aún en brazos, el pecho descubierto y goteando leche. Ramiro corrió hacia el tío gritando “¡Tío José!”, pero José lo alzó en brazos con un movimiento automático, besándole la cabeza revuelta. El niño se pegó a su cuello, ajeno a todo.

Entraron a la sala. Javier cerró la puerta con cuidado, como si temiera que el ruido rompiera algo frágil. Se sentaron: José en el sofá viejo, Karina en la mecedora con la niña, Javier de pie junto a la ventana, brazos cruzados como si se preparara para un golpe.

José miró a Lucía un rato largo. Luego al pequeño Ramiro que jugaba en el piso. Luego a su madre y a su hermano.

—Ana me dijo que no viniera —empezó, voz baja—. Que me quedara en Monterrey, que olvidara. Pero no pude. Cada vez que veía una foto del niño… de los niños… me acordaba de papá. De cómo él los hubiera cargado. De cómo murió creyendo que todo estaba bien.

Karina bajó la cabeza, lágrimas silenciosas cayendo sobre la cabecita de Lucía.

—Perdóname, mijo. No hay día que no piense en lo que le hicimos.

José asintió despacio.

—Pensé en odiarlos. En no volver nunca. En contar todo a Ana y que ella decidiera si seguía con esta familia rota. Pero cada noche soñaba con papá. Me decía “cuida a tu mamá, cuida a tu hermano”. Y me despertaba llorando como niño.

Se quedó callado un rato. Ramiro se acercó y le puso un bloque en la mano. José lo tomó, lo miró, y una lágrima le rodó por la mejilla.

—Los niños no tienen la culpa. Ellos no eligieron nacer así. Y ustedes… —miró a Javier y a Karina— ustedes ya pagaron. Con cada mirada que se dan, con cada secreto que cargan, con cada noche que duermen sabiendo que papá está enterrado pensando que fue feliz.

Javier tragó saliva, voz quebrada.

—No te pedimos que olvides. Solo que… que no nos destruyas más.

José negó con la cabeza.

—No vine a destruir. Vine a perdonar. No porque lo merezcan. Porque yo lo necesito. Porque si no perdono, me voy a pudrir por dentro como lo hice estos meses.

Se levantó, dejó a Ramiro en el suelo y se acercó a Karina. Se arrodilló frente a ella, miró a Lucía dormida en sus brazos, y luego a su madre.

—Te perdono, mamá. Te perdono por ser humana. Por haber amado mal. Por haber mentido. Pero no te voy a pedir que dejes de amar a Javier. Solo te pido que cuides a estos niños como papá hubiera querido. Que no los hagas pagar por lo que hicimos.

Karina sollozó fuerte, abrazando a la niña contra su pecho. José se levantó y miró a Javier.

—Y a ti, carnal… te perdono también. Porque eres mi hermano. Porque sé que sufriste tanto como yo. Pero nunca más me ocultes nada. Si hay otro secreto, si hay algo más… dímelo. No quiero perderte a ti también.

Javier se acercó y lo abrazó fuerte. Los dos lloraron en silencio, hombros temblando, como cuando eran niños en la sierra y se peleaban por un juguete roto.

José se quedó tres días. Jugó con Ramiro en el patio, cargó a Lucía mientras dormía, ayudó a Javier a arreglar una gotera en el techo. Habló poco de lo pasado, pero mucho del futuro: “Cuando vengan a Monterrey, Ana quiere conocer a los sobrinos. Y yo quiero ser el tío que les enseñe a andar en bici”.
Cuando se fue, en el mismo autobús nocturno, abrazó a Karina y le dijo al oído:

—Papá estaría orgulloso de que sigan juntos. Aunque sea así. Cuídense.

Karina y Javier se quedaron en la puerta, mirando cómo las luces del autobús se perdían en la noche. Ramiro dormía en brazos de Javier; Lucía en los de Karina.

Karina susurró:

—Nos perdonó.

Javier asintió, besándole la sien.

—Y ahora podemos vivir. De verdad.

La familia —rota, reconstruida, imperfecta— siguió adelante. El secreto ya no era secreto para todos. Pero el amor, torcido y real, seguía latiendo en la casita de block que Ramiro había pagado con su vida.

relatos de incesto

Y por primera vez en años, Karina y Javier durmieron abrazados sin miedo, con los niños respirando tranquilos en la habitación de al lado.

FIN

Epílogo – Veinte años después

La casa en las afueras de San Luis Potosí ya no era la casita de block humilde. Javier la había ampliado con los años: ahora tenía dos pisos, un patio grande con árboles frutales y una mesa larga de madera bajo un emparrado donde la familia se reunía cada domingo. Javier después de mucho esfuerzo ahora era Gerente de Línea en la maquila y podían vivir con cierta comodidad.

Karina tenía 58 años, pero seguía siendo una mujer imponente: cabello negro con algunas canas plateadas, curvas generosas que el tiempo no había logrado apagar, y una mirada serena que ocultaba décadas de secretos y amor prohibido. Javier, de 42, conservaba esa fuerza tranquila de siempre, aunque ahora tenía el cabello casi completamente gris y arrugas profundas alrededor de los ojos.

Tenían cinco hijos:

• Ramiro (23 años) – el mayor, alto, serio, ingeniero.
• Lucía (20 años) – la segunda, rebelde y estudiosa de psicología.
• Mateo (18 años) – el bromista de la familia.
• Sofía (16 años) – la más callada y observadora.
• Emilio (14 años) – el benjamín, curioso y pegado a su papá.

Era el cumpleaños de Karina. Todos estaban reunidos. Después del pastel y las risas, Javier pidió silencio. Tomó la mano de Karina y miró a sus cinco hijos con una calma que le costó años conseguir.

—Hoy no solo celebramos a su mamá —dijo con voz grave—. Hoy les vamos a contar la verdad. Toda la verdad. Porque ya son grandes y merecen saber de dónde vienen.

Hasta donde ustedes siempre han sabido Ramiro que es el mayor lleva el nombre de su difunto padre Ramiro, pero mis apellidos ya que lo adopte y crie como mi hijo, hasta ahí todo es verdad.

Karina apretó su mano. Tenía lágrimas en los ojos, pero también una extraña paz.

Javier respiró hondo y comenzó:

—Ramiro, Lucía, Mateo, Sofía, Emilio… yo no soy solo el hombre que vive con su mamá. Yo soy su padre biológico. Todos ustedes son hijos míos… y de su mamá.

El silencio que cayó sobre la mesa fue absoluto.

Deseos de sierra XI

Ramiro fue el primero en hablar, con la voz temblando:

—¿Qué estás diciendo, papá?

Javier no desvió la mirada.

—Que Karina es mi madre. Y que desde hace más de veinticinco años, ella y yo somos pareja. Nos enamoramos. Nos resistimos… pero no pudimos. Ustedes nacieron de ese amor.

Lucía se tapó la boca con las manos, los ojos muy abiertos.

—Entonces… ¿el papa de Ramiro no era…?

—No era el padre biológico de Ramiro —confirmó Karina con voz suave pero firme—. Él era mi esposo… y el papá de Javier y Jose. Pero cuando se fue a Monterrey por su trabajo y después por el accidente, Javier y yo… nos acercamos demasiado. Y ya no pudimos separarnos.

Mateo se levantó de golpe, la silla cayendo hacia atrás.

—¿Esto es una broma? ¿Nos están diciendo que son… madre e hijo? ¿Y que nosotros somos producto de…?

—Incesto —completó Javier sin suavizarlo—. Sí. Eso es lo que fuimos. Lo que somos. No lo buscamos.

No lo planeamos. Pero pasó. Y cada uno de ustedes es la prueba más hermosa de que, aunque empezó mal, terminó siendo lo más real que hemos tenido.

Sofía, siempre la más sensible, empezó a llorar en silencio.

—¿Y Ramiro era nuestro abuelo, el lo supo?

—No—respondió Karina—. Nunca lo supo, lo de Javier y yo. Emilio, el más pequeño, miró a su papá con los ojos muy abiertos.

—¿Entonces tú… te enamoraste de tu mamá?

Javier asintió, sin vergüenza.

—Sí. Me enamoré de la mujer más fuerte, más hermosa y más buena que he conocido. Y ella se enamoró de mí. No fue fácil. Hubo mucho dolor, mucha culpa, muchas lágrimas. Pero también mucho amor. Tanto amor que creamos esta familia.

Ramiro (el mayor) se pasó las manos por la cara, procesando.

—¿José lo sabe?

—Desde hace años —dijo Javier—. Le dolió mucho. Se alejó un tiempo, pero poco a poco ha vuelto.

Hoy en día acepta que somos su familia, aunque nunca lo ha entendido del todo.

Karina se levantó, con lágrimas rodando por sus mejillas, y miró a sus cinco hijos.

—Los trajimos al mundo en pecado. Lo sé. Y si Dios existe, tal vez algún día nos juzgue. Pero no me arrepiento de haberlos tenido. No me arrepiento de haber amado a Javier. Porque gracias a ese amor están ustedes aquí. Y son lo mejor que hemos hecho en la vida.

Hubo un largo silencio. Luego, uno a uno, los hijos se acercaron. Primero Ramiro, abrazando a su madre y a su padre. Luego Lucía, llorando. Después Mateo, Sofía y Emilio. Se fundieron en un abrazo familiar grande, caótico y lleno de lágrimas.

Ramiro (el mayor) susurró contra el hombro de su padre:

—Esto es jodido… pero eres mi papá. Y ella es mi mamá. Y los quiero. Pero eso quiere decir Mamá que engañaste a mi papá Ramiro, antes de que muriera.

Es cierto, a si fue no hay otra forma de decirlo, dijo Karina limpiándose las lágrimas.

Todos se quedaron el silencio, la noticia les callo como balde de agua fría.

Esa noche, después de que los hijos se fueron a sus habitaciones o a sus casas, Karina y Javier se quedaron solos en el patio, sentados bajo las estrellas.

Karina apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Crees que nos perdonarán del todo algún día?

Javier la besó en la sien y le acarició el cabello.

—Algunos sí. Otros no. Pero ya no importa. Nosotros nos perdonamos hace mucho. Y construimos esto —señaló la casa, el patio, las fotos de los niños en las paredes—. Una familia imperfecta, pero nuestra. La luz de la lámpara de noche era tenue.

Mas tarde en la habitación, Karina se puso de pie frente al espejo, quitándose lentamente el vestido. Javier se acercó por detrás, rodeándola con sus brazos, y apoyó la barbilla en su hombro. Ambos se miraron en el reflejo.

relatos

—Veinte años… —susurró él, besándole el cuello—. Y sigues siendo la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Karina sonrió con nostalgia y deseo.

—Y tú sigues siendo el hombre que me vuelve loca… aunque ya tengamos canas y arrugas.
Javier deslizó las manos por sus costados, subiendo hasta tomar sus pechos aún llenos y suaves. Los acarició con ternura, pellizcando los pezones hasta hacerla suspirar. Luego bajó una mano por su vientre, rozando las leves estrías que le habían dejado los cinco embarazos, y siguió hasta meter los dedos entre sus piernas.

madura

—Estás mojada… —murmuró contra su oreja.

—Siempre lo estoy cuando me tocas así —respondió ella, apoyando la cabeza hacia atrás en su hombro.

Javier la giró, la besó profundamente y la llevó hasta la cama. La acostó con cuidado y se colocó sobre ella. Esta vez no había prisa. La besó por todo el cuerpo: cuello, pechos, vientre, muslos. Cuando llegó a su sexo, lo lamió con devoción, lento, saboreándola, introduciendo la lengua y dos dedos mientras Karina gemía bajito, acariciándole el cabello.

—Javier… ven aquí… te quiero dentro.

Él subió, la miró a los ojos y entró en ella despacio, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente enterrado. Ambos soltaron un gemido largo.

—Te siento tan bien… después de tantos años… sigues siendo mi hogar —susurró él, empezando a moverse con embestidas profundas y lentas.

Karina le envolvió la cintura con las piernas y le clavó las uñas en la espalda.

—Más fuerte, mi amor… quiero sentirte todo. Como siempre.

Javier aceleró el ritmo, follándola con pasión contenida pero intensa. El sonido húmedo de sus cuerpos llenaba la habitación. Karina gemía contra su cuello, mordiéndolo suavemente.

—Te amo… te amo tanto —decía ella entre jadeos—. Aunque todo el mundo nos juzgue… aunque sea pecado… nunca me arrepentí de ser tuya.

Javier la penetró más profundo, girando las caderas.

—Y yo nunca me arrepentí de hacerte mía… de darte hijos… de construir esta vida contigo.

La besó con urgencia mientras aceleraba. Karina se contrajo alrededor de él, corriéndose con un gemido largo y tembloroso. Javier la siguió poco después, empujando hasta el fondo y derramándose dentro de ella con un gruñido ronco, llenándola completamente.

Quedaron abrazados, sudorosos, respirando agitados. Javier no salió de ella. Se quedó dentro, acariciándole el cabello.—Después de todo este tiempo… sigues siendo mi pecado favorito —susurró.
Karina sonrió, besándole los labios con ternura.

—Y tú eres mi salvación.

Se quedaron así, unidos, mirando hacia la ventana donde se veía el cielo estrellado de San Luis Potosí. Dos cuerpos que habían desafiado todo —familia, moral, sociedad— y que, a pesar de todo, habían encontrado su propia forma de ser felices.

incesto

4 comentarios - Deseos de sierra XI

Elfran_looo
Abra otra saga,te vas a perder o seguíremos leyendo otra saga que ases usted qué es maestro de maestros