
No podía sacármelo de la cabeza. Cada noche, cada mañana, cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir esa verga gruesa como un brazo de niño abriéndome el coño hasta el fondo. El dolor que me dejó Javier era rico, profundo, un recordatorio constante de que por fin me habían cogido como la puta que soy. Caminaba por la casa con las piernas temblorosas, el coño hinchado, los labios rojos y sensibles, y cada roce de la tela de las bragas me hacía morderme el labio para no gemir. Estaba adolorida, sí, pero era un dolor delicioso, como si mi cuerpo estuviera marcado para siempre por esa polla negra y monstruosa.
Al día siguiente Alberto llegó de la reunión familiar con ganas. Me abrazó por detrás en la cocina mientras yo lavaba los platos, me apretó las tetas y me susurró al oído:
—Te extrañé, mi amor… ¿ya estás mejor? Quiero cogerte un rato.
Sentí pánico. Mi coño todavía estaba destrozado: hinchado, rojo, con moretones leves en los labios de tanto que me habían abierto. Si Alberto me veía así, todo se acababa. Me giré, lo besé en la mejilla y fingí un bostezo.
—Todavía me duele la cabeza, amor… y estoy muy cansada. Mañana, ¿sí?
Alberto suspiró, pero no insistió. Esa noche me metí en la cama con él, pero me quedé de espaldas, con las piernas cerradas. Mientras él roncaba, yo tenía la mano entre mis muslos, tocándome suavemente, recordando cómo Javier me había hecho gritar y mear de placer.
Los días siguientes fueron una tortura. Javier no se conectaba. Ni un mensaje, ni una llamada. Yo estaba en mis días más calientes del mes, el coño me palpitaba solo de caminar, las tetas me dolían de tan sensibles. Me masturbaba tres, cuatro veces al día con mis juguetes, pero nada se comparaba. Me miraba en el espejo desnuda, tocándome las marcas que aún quedaban en mis nalgas, oliendo la almohada donde él había sudado encima de mí. Me sentía una perra en celo, desesperada, infiel y feliz.
Hasta que, una tarde, mientras mi hijo jugaba en su cuarto y Alberto trabajaba en la laptop en la sala, mi teléfono vibró. Era él.
Javier: Hola nena… te quiero ver otra vez. ¿Cuándo podemos? Tengo la verga dura solo de recordar cómo te quejabas.
Mi corazón dio un salto. Contesté temblando:
Yo: ¡Por fin! No aguantaba más, Javier… quiero que me cojas otra vez, ya. Estoy caliente solo de leerte. Pero mi marido es muy controlador, casi siempre está en casa o trabajando desde aquí. Necesito un plan…
Le conté la idea que se me había ocurrido esa misma noche, mientras me corría pensando en él: le pediría a Alberto que arreglara la cocina. Un mueble suelto, una repisa rota, cualquier pretexto. Y como Javier es carpintero, le propondría que lo contratara. Así tendría excusa para venir a la casa varias tardes seguidas… y follarme mientras mi marido le pagaba por “trabajar”.
Javier respondió con un audio ronco y riéndose:
—Eres una zorra muy lista, Mariela. Me encanta. Dile a tu marido que soy el mejor carpintero de la zona. Y prepárate, porque cada vez que venga te voy a dejar el coño hecho mierda otra vez.
Esa misma noche le hablé a Alberto. Le dije que la cocina necesitaba arreglos urgentes, que me sentía incómoda con los cajones flojos. Él, como siempre, quiso complacerme y al día siguiente llamó al número que le di (el de Javier). Hicieron trato por teléfono. Javier vendría tres tardes por semana a “reparar” la cocina. Cobraría por hora. Mi marido le estaba pagando para que viniera a cogerme. El morbo me mojó las bragas al instante.
La primera tarde llegó como un reloj. Yo acababa de dejar al niño en la escuela. Alberto se había ido a una reunión fuera de la ciudad hasta las seis. Apenas cerré la puerta principal, Javier ya estaba tocando. Entró sin decir nada, me agarró del cuello con esa mano grande y áspera y me besó con lengua, empujándome contra la pared de la sala.
—Te extrañé, puta casada… —gruñó.
No llegamos ni a la habitación. Me bajó los leggins allí mismo, me puso de rodillas y me metió esa verga enorme en la boca. La chupé con desesperación, ahogándome otra vez, babeando como loca mientras él me agarraba del pelo corto. Después me levantó, me dobló sobre el sofá de la sala y me la metió de un solo empujón. Grité. Estaba todavía un poco adolorida, pero el placer fue inmediato. Me folló fuerte, rápido, sus huevos golpeando mi clítoris. Me corrí en menos de dos minutos, apretando su verga mientras él me daba nalgadas.
Después nos fuimos a la cama matrimonial. Me puso en cuatro sobre las sábanas que compartía con Alberto y me cogió lento, profundo, haciendo que sintiera cada centímetro de esa cabeza de champiñón rozando mi cervix. Yo ya no era yo , me sentia otra , el me hacia sentir como una verdadera zorra algo morboso que me tenia sin control . Luego bajamos a la cocina, donde supuestamente “trabajaba”. Me sentó sobre la mesa de granito, me abrió las piernas y me lamió el coño como un animal hambriento hasta que me corrí en su boca otra vez. Y ahí, sobre esa misma mesa donde cenamos en familia, me volvió a follar de pie, cargándome como la vez anterior, penetrándome tan hondo que sentía su verga marcándose en mi vientre.

Cada tarde era lo mismo… y cada vez más arriesgado, más caliente. Follar en la sala con la puerta entreabierta, oyendo los carros pasar afuera. En la cama, dejando las sábanas manchadas de mi crema y su semen para que yo las lavara después. Sobre la mesa de la cocina, con las herramientas de carpintero tiradas al lado, como si de verdad estuviera trabajando. Una vez me cogió contra la nevera, mis tetas aplastadas contra el metal frío mientras me metía los dedos en el culo y me susurraba al oído:
—Tu marido me paga para que venga a arreglar esto… y yo te estoy arreglando el coño, mamita.
El morbo era brutal. Saber que Alberto le estaba pagando para que viniera a casa, que mi marido mismo había abierto la puerta a mi amante, que cada peso que le daba era para que me partiera en dos… me hacía correr más fuerte que nunca.
Pero el día más peligroso fue el jueves pasado. Estábamos en la cocina. Yo estaba sentada en la encimera, completamente desnuda, las piernas abiertas, y Javier me estaba comiendo el coño con ganas, su lengua gruesa entrando y saliendo mientras yo le jalaba la cabeza calva. Su verga estaba dura, lista para metérmela otra vez. De repente… escuchamos la puerta del garaje.
Pasos.
Alberto había regresado antes.
El corazón se me subió a la garganta. Javier se levantó rápido, se subió el pantalón y agarró una herramienta cualquiera. Yo me bajé de un salto, me puse la bata de casa que tenía cerca y fingí estar revisando unos papeles. Cuando Alberto entró a la cocina, Javier estaba “ajustando” un cajón y yo estaba sirviendo café como si nada.
—Hola amor… ¿ya regresaste? —dije con la voz más normal que pude, aunque mi coño chorreaba y me temblaban las piernas.
Alberto ni sospechó. Saludó a Javier, le preguntó cómo iba el trabajo y hasta le ofreció una cerveza. Mientras ellos hablaban, yo sentía el semen de la follada anterior escurrirse lentamente por mi muslo interno. Javier me miró de reojo y sonrió con malicia.
Esa noche, cuando Alberto se durmió, yo me masturbé pensando en lo cerca que habíamos estado de que nos descubriera. Y me corrí tan fuerte que tuve que morderme la almohada.
Ahora, cada tarde que Javier viene “a trabajar”, el riesgo es mayor… y el placer también. Mi marido cree que está arreglando la cocina. En realidad, está pagando para que otro hombre me folle en su propia casa, en su cama, en su mesa, mientras yo gimo como una zorra y le suplico que me llene de leche otra vez.
Y yo… ya no puedo vivir sin esto.
(Continuará…)
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