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Lorena Vallejo y su fetiche anal

[Basado en hechos reales]

Lorena Vallejo tenía 18 años y estaba a punto de graduarse de la prepa. Ella es blanca y rubia natural, extremadamente tímida y sumisa, hablaba en susurros, bajaba la mirada y casi nunca contestaba. Le ganaba el nervio.
Su mamá ha sido de esas mujeres "progres" le repetía que como blanca privilegiada debía aceptar y mezclarse con migrantes haitianos. Esa presión comenzó con interés y se convirtió en ella un fetiche racial por como la miraban y la trataban.

Lorena Vallejo y su fetiche anal

Comenzó con Jean, haitiano migrante de 17 años que vendía droga, la encontró en el patio con una de sus amigas. Comenzó por decirle que vendía un poco de hierba para sacar dinero y darle algo a su familia. Lorena se convivió y empezó a comprarle bolsas de media onza. Después de dos semanas ya era evidente que más que ayudarle, ella también sacaba dinero y empezó con el negocio.
Una noche, antes de presentarle al líder de los migrantes haitianos, Jean le dió una pastilla saliendo del antro y la drogó en el Tsuru viejo de su amigo, le agarró la cintura con cariño y le subía la falda sin notar mucha resistencia, empezó a tocarla. Por error, entre el sudor de sus cuerpos, se le resbaló un dedo en su ano rosado de forma rápida pero el dedo áspero se sintió. Lorena soltó un gemido bajito y tembló. Jean se dio cuenta de que a ella le gustaba y siguió frotando su ano con sus dedos, lento y morbosamente, para después olerlo como si fuera muy placentero.
— Uy… qué rico tu ano rosa… me gusta como huele— murmuró con español roto.
Discretamente, sacó el celular y de forma bizarra la grabó durante casi tres minutos completos. Con primer plano de su linda cara roja, y después se esforzó en enfocar dentro de la falda cómo frotaba su ano rosado separando sus nalgas blancas. Se escuchaba claramente cómo olía fuertemente sus dedos: inhalaciones profundas y gemidos de placer.
— Mmm… huele delicioso… ano rosa de blanca… — se oía en el video.
Después de unos dias, Jean fingía hacerse el tonto cuando la veía:
— Hola Lorena… yo no sé nada de video… tal vez alguien lo mandó. Tú no estás enojada, ¿verdad?
Pero Lorena sabía que él lo había filtrado. Cada vez que lo veía llegar, le daba mucha vergüenza. Se ponía roja, bajaba la mirada y trataba de esconderse. Pero en el fondo sentía rabia porque era más chico que ella y se aprovechó de la situación.

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Tras un año ayudando a vender droga con Jean, conoció a Samuel, el líder, y su relación era puramente por dinero. Sin embargo, a Samuel le gustaba mucho el trato con ella precisamente porque era blanca. Disfrutaba humillarla y usarla como trofeo racial.
— Yo vi video… qué lindo se ve tu ano rosa abriéndose de forma natural a tu respiración. Yo quiero saber más.
Samuel al final la amenazaba con un arma sobre el tablero del carro:
— Si tú hablas con policía o director, yo voy casa de tu mamá. Yo hago daño a tu familia. Blanca tonta como tú no debe meterse en problemas. Luego la humillaba.

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Samuel llego a un punto de hacerlo diario y en todos lados con ella. En cualquier momento metía la mano debajo de su falda, le bajaba las bragas un poco y le metía uno o dos dedos gruesos en el ano rosado lleno de sudor y crema. Lo hacía en pasillos vacíos de la prepa, en el patio trasero, en el jacuzzi, en el carro o incluso en rincones del antro. Le frotaba el ano con movimientos lentos y profundos, sacaba los dedos muchas veces no tan limpios y los olía con devoción religiosa, inhalando fuerte varias veces seguidas frente a ella.

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— Mmm… huele a sudor y mierda rica de blanca… este olor es delicioso… — murmuraba, repitiendo el olor y acercando los dedos también a la nariz de Lorena.
Ella se dejaba hacer por miedo y vergüenza. El terror a las amenazas contra su mamá la paralizaba. Bajaba la mirada, temblaba y permitía que Samuel le metiera los dedos en el ano donde fuera, sin protestar. El bikini minúsculo del jacuzzi facilitaba todo: bastaba un jalón para dejar su ano expuesto.
Después del sexo violento en el jacuzzi, Samuel repetía el ritual de forma religisa: la follaba brutalmente contra el borde y luego le metía los dedos en el ano por algunos minutos, oliéndolos obsesivamente.

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Una tarde Lorena ya no aguantó más. Discutió con Samuel:
— Ya basta… tú me metes la mano debajo de mi falda todos los días, en todos lados. Me metes los dedos en el ano donde sea y luego con mierda. No quiero seguir. Me voy. No voy a vender más. Déjame en paz.
Samuel la miró furioso, pero Lorena se dio la vuelta y se alejó, temblando de miedo. Nunca más la vieron cerca.
Ahora, con su novio Diego, el trauma era devastador. Cada vez que Diego intentaba tocarle el ano rosado con cariño, Lorena se tensaba de terror, cerraba las piernas y lo apartaba rápido.
— No… ahí no, por favor… — susurraba con voz quebrada.
Diego se molestaba. Una noche, frustrado, le dijo:
— Lorena, ¿por qué nunca quieres continuar? Cada vez que intento tocarte ahí te cierras. ¿Qué pasa? Yo quiero estar contigo, pero tú siempre paras.
Lorena solo bajaba la mirada, sin poder explicarle. Esos recuerdos le provocaban miedo, vergüenza profunda y excitación involuntaria. Se mojaba, pero el pánico a repetir esos patrones era más fuerte. Terminaba negándose, cerrando los ojos y quedándose callada, luchando contra los traumas que le impedían disfrutar de una relación normal.
Diego no entendía nada y se molestaba cada vez más. Lorena solo bajaba la mirada, sumisa como siempre, cargando en silencio todo el peso.

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