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Mi cola

Llegue al hotel que quedamos en vernos a escondidas, donde el terciopelo de los sillones susurraba secretos y los candelabros derramaban una luz dorada, te esperaba, ansiosa. No era una espera cualquiera; era una anticipación cargada de una sumisión que me erizaba la piel, una devoción que se anidaba en lo más profundo de mi ser. Mi hombre, el que gobernaba mi mundo de fantasias con caricias y órdenes, estaba a punto de llegar, y yo con mi cuerpo de seda ansiosa por complacerlo, sentía el latido acelerado de mi corazón.

Este era su santuario, el escenario perfecto para su nuestro juego privado. Yo, con mi figura esbelta y mi mirada de anhelo, me sentía poderosa en mi debilidad, en mi entrega total. Había soñado con este momento, con la oportunidad de ofrecerle a mi hombre el placer más íntimo, utilizando el don que la naturaleza, o quizás alguna magia ancestral de este reino de fantasía, me había otorgado: mi cola. No era una cola cualquiera, sino una extensión sensible y vibrante, cubierta de una delicada pelusa que prometía sensaciones inimaginables.

Cuando la puerta se abrió, revelando la figura imponente de mi hombre, senti un escalofrío recorrer mi espina dorsal. Me miró con una intensidad que me desarmó, esa mezcla de posesión y reverencia que me hacía temblar de placer. Se acercó lentamente, su mirada fija en la promesa que yo representaba.


Sonrrei con una sonrisa tímida pero cargada de deseo. "Estoy aquí para ti," dije en susurros.

Mi amor tomo mis manos, sus dedos entrelazándose con los míos. "Y yo estoy aquí para ti," me respondió, su pulgar acariciando suavemente el dorso de mi mano, "pero hoy, quiero algo diferente."

Senti una oleada de excitación. Sabía a lo que se refería. Habíamos hablado de ello en susurros, de fantasías que ahora estaban a punto de materializarse. Me desabroche lentamente el vestido, dejándolo caer al suelo como una cascada de seda. Me quede ante él, vestida solo con lencería fina y mi cola, que se movía suavemente, anticipando el contacto.

Mi hombre me guió hacia la cama. Una vez sentada en el borde, se arrodilló frente a mi. Senti que el aire se volvía denso, cargado de la electricidad de la anticipación. Mi hombre me observó con una mezcla de admiración y lujuria, sus ojos recorriendo cada curva de mi cuerpo, deteniéndose en la peculiaridad que la hacía única.

"Hoy," me dijo, con una voz aún más profunda, "quiero sentir tu cola. Quiero que me hagas el amor con ella."

Dije un si con la cabeza, incapaz de hablar. El rubor cubrió mis mejillas, pero mis ojos estaban fijos en los de él, llenos de una voluntad inquebrantable de complacer. Lentamente, con movimientos ensayados y llenos de una sensualidad innata, comence a mover mi cola. La punta, suave y sensible, rozó la piel de su muslo, enviando una descarga eléctrica a través de ambos.

Él cerró los ojos, un suspiro escapando de sus labios. Yo continuando, guiando mi cola con una precisión exquisita, acariciando, explorando, provocando. Cada roce era una caricia, cada movimiento una promesa. La cola se deslizó por su abdomen, bordeando su ombligo, y luego descendió, explorando los contornos de su virilidad, su pene temblaba erecto y firme tocando mi ser.

Mi hombre gimió, su cuerpo arqueándose ligeramente. Senti el poder de mi propio cuerpo, el poder de mi sumisión transformada en una herramienta de placer supremo. Mi cola, ahora más vibrante y pulsante, se movía con una intención clara, acariciando, envolviendo, estimulando. El ritmo se aceleró, la respiración de ambos se volvio entrecortada.

Me concentre en la sensación, en la respuesta de mi hombre. Mis movimientos eran fluidos, intuitivos, guiados por el deseo de ver la expresión de éxtasis en su rostro. La cola se movía con una agilidad sorprendente, cada ápice de mi ser dedicado a la tarea. Podía sentir la tensión en mi hombre aumentar, la anticipación llegar a un punto crítico.

Cuando sinti que estaba a punto de llegar, como una loca comence a intensificar mis movimientos, mi cola envolviendo a mi hombre con una delicadeza y una firmeza que lo arrastraban a la cima. Sus gemidos se volvieron más agudos, sus manos apretando las sábanas. Finalmente, con un grito ahogado, se entregó al clímax, nuestros cuerpos convulsionando de placer. Sentí el tibio néctar mojar mis poros y me sentí muy suya muy mujer, sentí que lo amaba.

Lo dejo reposar en mi cuerpo, mi cola aún en contacto con él, compartiendo la resonancia de su éxtasis. Cuando el temblor cesó, él me miró, sus ojos llenos de una gratitud y una lujuria renovadas.

Me dijo suave al oído. "Eres increíble."

Sonrrei sintiendo una satisfacción profunda inundarme. Había cumplido mi propósito, había ofrecido el placer más puro y exótico. Me acurruque contra él, mi cola reposando suavemente a su lado, lista para una próxima vez, lista para seguir explorando los límites de su deseo en este complice hotel, en ese reino de fantasía donde mi sumisión se convertía en mi arma más poderosa.

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