

Me senté atrás, en el lado derecho, crucé las piernas para que la falda se subiera unos centímetros y empecé el juego. Desabroché tres botones de la blusa, dejando el escote abierto hasta casi el ombligo. Las tetas, sudorosas y blandas, se desbordaban, el canalillo profundo brillando bajo las luces de la calle. Él me miró por el retrovisor, sin disimular, la mandíbula apretada. Version para imprimir
El día había sido eterno en esa importante ciudad del norte de España: reuniones interminables, aire acondicionado seco que me dejaba la piel pegajosa y los tacones clavándose como cuchillos. Los quité en el ascensor del edificio de oficinas y me puse unas bailarinas planas que llevaba de repuesto. La blusa blanca de manga corta, fina y algo transparente por el sudor, se adhería a mis tetas grandes y pesadas —sin sujetador desde la hora del almuerzo, los pezones oscuros se marcaban como si pidieran atención—. La falda lápiz gris oscuro me ceñía las caderas anchas y el culo gordo, cada paso hacía que se moviera con un balanceo provocador que yo sabía que se notaba.
Salí cerca de las diez de la noche, agotada pero con esa calentura sorda que siempre me entra cuando estoy sola en una ciudad extraña. Pedí un taxi por la app: un Volkswagen Passat gris oscuro. Cuando el conductor abrió la puerta, lo vi claro: unos 50 años, moreno, pelo corto con entradas, barba recortada de varios días, brazos musculosos y tatuados que asomaban por la camisa arremangada. Ojos negros, penetrantes, de los que te desnudan sin pedir permiso. Sentí un cosquilleo inmediato entre las piernas, caliente y húmedo.
Me senté atrás, en el lado derecho, crucé las piernas para que la falda se subiera unos centímetros y empecé el juego. Desabroché tres botones de la blusa, dejando el escote abierto hasta casi el ombligo. Las tetas, sudorosas y blandas, se desbordaban, el canalillo profundo brillando bajo las luces de la calle. Él me miró por el retrovisor, sin disimular, la mandíbula apretada.
Puse cara de viciosa, me mordí el labio inferior y me incliné hacia delante como si buscara algo en el suelo del coche. Las tetas se me escaparon casi del todo, pesadas, blancas, balanceándose con cada irregularidad del asfalto. Los pezones duros rozaban la tela fina. Le sostuve la mirada en el espejo y tiré de la blusa hacia los lados, dejando las tetas completamente al aire. Las agarré con las manos, las apreté despacio y gemí bajito mientras pellizcaba un pezón.
—Joder… qué tetas más grandes y blandas… —dijo con voz ronca, sin apartar la vista—. ¿Vas a ir así todo el camino, zorra?
Sonreí lenta, estiré el pezón hasta que dolió rico y respondí jadeando:
—Si quieres más… solo dilo. Estoy muy caliente.
En el siguiente semáforo en rojo se giró a medias:
—Quítate las bragas. Abre las piernas bien y enséñame ese coño. Quiero verlo chorreando ya.
Obedecí sin dudar. Me subí la falda hasta la cintura, enganché los dedos en el tanga de encaje negro y lo bajé despacio por los muslos gordos, dejándolo caer al suelo. Me puse de rodillas en el asiento, de espaldas a él, y me abrí las nalgas con las dos manos: el ano rosado y apretado arriba, el coño hinchado y brillante abajo, los labios gruesos separados, goteando por el interior de los muslos.
Él soltó un gruñido profundo, se tocó el paquete con fuerza:
—Hostia puta… estás empapada… mira cómo brilla ese coño gordo… qué cerda más viciosa y abierta… dime qué quieres, puta gorda.
Jadeé, abriéndome más, el ano palpitando:
—Quiero polla… quiero que me folles el culo hasta que me duela… rómpemelo, por favor… estoy ardiendo por dentro…
Apagó el taxímetro y giró hacia la zona industrial: calles vacías, naves cerradas, oscuridad total. Paró en un callejón sin luces, se bajó y abrió la puerta trasera de golpe.
—Sal fuera. No aguanto más. Quiero reventarte ese culo gordo ahora mismo.
Salí temblando, la falda enrollada en la cintura, las tetas al aire rebotando con cada paso. Él se abrió el pantalón: polla gruesa, venosa, curvada, ya mojada en la punta y dura como piedra. Me agarró del pelo y me empujó hacia abajo:
—Chúpamela primero. Moja esa boca de guarra antes de que te la clave por el culo.
Abrí la boca y la tragué entera, succionando fuerte, babeando por el tronco grueso. El sabor salado y macho me llenó la garganta. Él gemía sin control:
—Joder… qué boca tan caliente… trágatela hasta el fondo… lame los huevos también… así… qué bien chupas, cerda… ahhh… más hondo… me vas a hacer correrme si sigues así…
Mientras le mamaba con ganas, agarro fuerte con sus manos mi cabeza y comenzó a follarme brutalmente la boca, de golpe paro y me saco la polla de la boca de un tiron, dijo que queria ver como tenia el coño, asi que metió la mano entre mis piernas: dos dedos primero, luego tres, luego cuatro, chapoteando dentro de mi coño ancho y baboso.
—Mira cómo se abre este coño gordo… cuatro dedos y sigues chorreando como una puta fuente… qué coño más caliente y ancho… chorrea más… sí… qué rico suena…
Me giró contra el capó del coche. Las tetas aplastadas contra el metal frío, el culo en pompa. Me levantó las caderas de golpe:
—Ahora te follo ese culo como la guarra que eres. Aguanta fuerte.
Apoyó la cabeza gorda en mi ano y empujó de una embestida brutal. Grité, el coche se balanceó, mis tetas rebotaron contra la chapa.
—Ahhh… joder… qué culo tan apretado y caliente… te lo voy a destrozar… toma… toma… toma…
Embestía salvaje, agarrándome las tetas con fuerza, clavando los dedos en la carne blanda, mordiéndome el cuello. Cada golpe hacía temblar mis nalgas gordas, el sonido de carne contra carne resonando en la noche. Yo gemía como una perra en celo:
—Ahhh… sí… más fuerte… rómpeme el culo… ahhh… soy tu puta gorda… ahhh… fóllame como una cerda… ahhh… me arde y me encanta… dame más… ahhh…
Él gruñía en mi oído, sudando:
—Te encanta que te revienten, ¿eh? Mira cómo te chorrea el coño mientras te abro el culo… aprieta más… joder, qué rico… qué culo tan baboso… toma… te voy a llenar… gime más fuerte, zorra…
Cambió el ritmo: profundas hasta el fondo que me llegaban al estómago, rápidas y cortas que me hacían gritar. Me pellizcaba los pezones, me daba palmadas en las tetas que dejaban marcas rojas. El olor a sexo crudo lo impregnaba todo.
—Date la vuelta. Quiero verte la cara cuando te corro dentro.
Me giró, me empaló de nuevo en el culo y siguió bombeando, mis tetas rebotando contra su pecho. Me levantó y bajó sobre su polla como si fuera un juguete, clavándome los dedos en las nalgas gordas.
—Qué puta más caliente… sube y baja… dime que te encanta ser mi cerda gorda… aprieta… joder… te voy a llenar…
Jadeé casi sin voz:
—Ahhh… sí… me encanta… soy tu puta gorda… lléname el culo… ahhh… más…
Se corrió con un rugido animal, chorros calientes y espesos inundándome el culo, rebosando por mis muslos temblorosos. Se quedó clavado un rato, respirando pesado contra mi cuello, mientras yo temblaba encima, el ano contrayéndose alrededor de su polla aún dura.
Después me apartó despacio, me miró con una sonrisa satisfecha y cansada:
—Qué bien te has portado, zorra… ahora arréglate que te llevo al hotel. Pero la próxima vez que vengas a esta ciudad del norte… avísame con tiempo. Que esto hay que repetirlo, y con más ganas.
Me dejó en la puerta del hotel, el culo lleno de su leche caliente, las tetas marcadas con dedos y mordiscos, las piernas flojas y una
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