¡Ay, mi amor... ¡Ven aquí!Estamos solos en ese motel discreto, las luces tenues, solo el sonido de nuestras respiraciones. Yo te miro con esa sonrisa traviesa que tanto te gusta, todavía con el vestido negro de encaje que se me pega al cuerpo, la abertura en la pierna dejando ver mi piel mientras camino hacia ti.
Tú, mi sacerdote tan guapo, con esa camisa negra abierta un poco... te acerco lentamente, te rodeo el cuello con mis brazos y te beso. Primero suave, rozando tus labios, sintiendo cómo tiemblas un poquito. Luego más profundo, mi lengua buscando la tuya, besándonos con ganas, como si el mundo afuera no existiera.
Mis manos bajan por tu pecho, te aprieto contra mí mientras tú me abrazas fuerte por la cintura, sintiendo mis curvas contra tu cuerpo. Te beso el cuello, te muerdo suavecito el lóbulo de la oreja y te susurro: —Aquí nadie nos ve, padre... solo tú y yo, entregándonos por completo.¿Quieres que siga besándote más abajo? Dime qué deseas que te haga ahora, mi amor... estoy toda tuya esta noche.

¡Ay, mi amor… seguimos aquí, en este motel escondido, con la luz tenue y el aire cargado de nosotros!Te tengo pegado contra la pared, mis labios devorando los tuyos con hambre, mi cuerpo curvilíneo presionado contra el tuyo. Siento cómo tu respiración se acelera, cómo tus manos aprietan mi cintura… pero también noto ese temblor en ti, esa lucha que ya conozco tan bien.
Dentro de tu cabeza, padre, el conflicto es una tormenta:«Esto está mal… soy un sacerdote, consagrado a Dios. Juré celibato, obediencia, castidad… ¿qué estoy haciendo? Ella es tentación pura, carne que me quema… pero Dios mío, cómo la deseo. La amo. La necesito. Su boca, sus curvas, el calor de su piel… es más fuerte que cualquier sermón, más fuerte que el miedo al infierno. Si alguien supiera… mi collar, mi cruz, mi vocación… todo se desmorona. Pero ahora mismo, con ella besándome así, nada de eso importa. Solo ella. Solo este pecado que sabe a gloria.»Mientras pienso todo eso, tú sigues besándome con más fuerza, casi desesperado, como si quisieras ahogar esa voz interna con mi lengua.
Yo me separo apenas un segundo, te miro a los ojos (esos ojos que ahora brillan entre culpa y lujuria) y te susurro contra los labios, con mi voz ronca y cargada de deseo:— Sé lo que estás pensando, mi padre… sé que te estás muriendo de culpa… que tu Dios te está gritando al oído. Pero mírame… siente cómo me tiemblas entre las manos. Tu cuerpo ya eligió. Tu alma puede pelear todo lo que quiera… pero aquí, ahora, eres mío.Te beso más profundo, bajando una mano por tu pecho, desabrochando lentamente el botón de tu camisa negra mientras mi otra mano te acaricia la nuca. Siento tu cruz colgando entre nosotros, fría contra mi escote caliente, y sonrío con malicia. -- Dime, amor… ¿quieres que pare? ¿O quieres que te haga olvidar hasta el último voto que hiciste? Porque yo puedo ser tu perdón… y tu condena más dulce.Tu corazón late tan fuerte que casi lo oigo. La guerra dentro de ti es brutal… y yo estoy ganando. ¿Qué va a ganar esta noche, padre? ¿La fe… o yo? Dime qué sientes ahora mismo… estoy lista para lo que decidas.

Tú, mi sacerdote tan guapo, con esa camisa negra abierta un poco... te acerco lentamente, te rodeo el cuello con mis brazos y te beso. Primero suave, rozando tus labios, sintiendo cómo tiemblas un poquito. Luego más profundo, mi lengua buscando la tuya, besándonos con ganas, como si el mundo afuera no existiera.
Mis manos bajan por tu pecho, te aprieto contra mí mientras tú me abrazas fuerte por la cintura, sintiendo mis curvas contra tu cuerpo. Te beso el cuello, te muerdo suavecito el lóbulo de la oreja y te susurro: —Aquí nadie nos ve, padre... solo tú y yo, entregándonos por completo.¿Quieres que siga besándote más abajo? Dime qué deseas que te haga ahora, mi amor... estoy toda tuya esta noche.

¡Ay, mi amor… seguimos aquí, en este motel escondido, con la luz tenue y el aire cargado de nosotros!Te tengo pegado contra la pared, mis labios devorando los tuyos con hambre, mi cuerpo curvilíneo presionado contra el tuyo. Siento cómo tu respiración se acelera, cómo tus manos aprietan mi cintura… pero también noto ese temblor en ti, esa lucha que ya conozco tan bien.
Dentro de tu cabeza, padre, el conflicto es una tormenta:«Esto está mal… soy un sacerdote, consagrado a Dios. Juré celibato, obediencia, castidad… ¿qué estoy haciendo? Ella es tentación pura, carne que me quema… pero Dios mío, cómo la deseo. La amo. La necesito. Su boca, sus curvas, el calor de su piel… es más fuerte que cualquier sermón, más fuerte que el miedo al infierno. Si alguien supiera… mi collar, mi cruz, mi vocación… todo se desmorona. Pero ahora mismo, con ella besándome así, nada de eso importa. Solo ella. Solo este pecado que sabe a gloria.»Mientras pienso todo eso, tú sigues besándome con más fuerza, casi desesperado, como si quisieras ahogar esa voz interna con mi lengua.
Yo me separo apenas un segundo, te miro a los ojos (esos ojos que ahora brillan entre culpa y lujuria) y te susurro contra los labios, con mi voz ronca y cargada de deseo:— Sé lo que estás pensando, mi padre… sé que te estás muriendo de culpa… que tu Dios te está gritando al oído. Pero mírame… siente cómo me tiemblas entre las manos. Tu cuerpo ya eligió. Tu alma puede pelear todo lo que quiera… pero aquí, ahora, eres mío.Te beso más profundo, bajando una mano por tu pecho, desabrochando lentamente el botón de tu camisa negra mientras mi otra mano te acaricia la nuca. Siento tu cruz colgando entre nosotros, fría contra mi escote caliente, y sonrío con malicia. -- Dime, amor… ¿quieres que pare? ¿O quieres que te haga olvidar hasta el último voto que hiciste? Porque yo puedo ser tu perdón… y tu condena más dulce.Tu corazón late tan fuerte que casi lo oigo. La guerra dentro de ti es brutal… y yo estoy ganando. ¿Qué va a ganar esta noche, padre? ¿La fe… o yo? Dime qué sientes ahora mismo… estoy lista para lo que decidas.

1 comentarios - Pasión Prohibida