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Mamá y su habilidad con la vagina

 Soy Mateo, 22 años y vivo con mi mamá Maria en una casa de 2 pisos. Siempre la vi como la mamá perfecta: piel trigueña, bajita y curvas que mis amigos no podían dejar de mirar, pero siempre "decente", siempre controlada. Hasta que un mensaje llegó a su celular una noche y todo se fue a la mierda.

Estaba en la sala cuando la vi mirando la pantalla de su celular con una cara que nunca le había visto: frunció el ceño muy enojada y murmuró “que mierda es esto”. Borró el mensaje sin contestar y lo bloqueó. Me dijo que era un pesado de alguna app y que no pasaba nada. Pero al día siguiente llegó otro desde un número distinto:

“Te vi en el balcón con esa bata corta. Se te ve todo cuando te agachas. Quiero verte de rodillas.”

Ella lo leyó, puso cara de asco, lo borró y apagó el celular. “Estos degenerados”, dijo en voz alta, como si quisiera convencerme (o convencerse) de que le repugnaba. Pero noté que se quedó un rato mirando la pantalla negra, como pensando.

Pasaron días. Los mensajes seguían llegando, siempre desde números nuevos. Nunca groseros del todo, siempre precisos: describían exactamente qué había hecho ese día, qué ropa llevaba, cómo se había movido. Ella los leía en silencio, borraba, bloqueaba… pero cada vez tardaba un segundo más en hacerlo. Una vez la pillé en el baño, sentada en el borde de la bañera, leyendo uno con el dedo temblando un poco. Cuando entré fingió que se estaba lavando la cara.
—¿Todo bien, mamá? —pregunté.
—Nada, hijo. Solo basura. No te preocupes.
Pero esa noche la escuché en su cuarto, hablando bajito por teléfono. No gemía, no decía nada sucio. Solo respondía con monosílabos: “No… no voy a hacer eso… estás loco… déjame en paz”. Colgó y tiró el celular al otro lado de la cama. Pensé que lo había dejado ahí, pero al día siguiente volvió a contestar. Solo una línea, la vi de reojo cuando pasó el teléfono por la mesa:

“Deja de escribirme. No soy esa clase de mujer.”
La respuesta llegó rápido: “Todavía no. Pero lo serás.”

A partir de ahí empezó el cambio lento, casi imperceptible al principio. Dejó de bloquearlos tan rápido. Empezó a leerlos dos o tres veces antes de borrar. Una tarde volvió del supermercado con las mejillas rojas y me dijo que un tipo la había mirado mucho en la fila. “Qué asco”, murmuró… pero se quedó callada un rato, mordiéndose el labio inferior como si alguien estuviera cortejandola.

Una noche no aguantó más. La vi respondiendo, sentada en la cama con la luz tenue. Escribió: “¿Por qué no me dejas tranquila?” Él contestó algo que no alcancé a ver, pero ella se quedó mirando la pantalla varios minutos. Luego apagó el celular y se metió al baño. Cuando salió tenía los ojos brillantes y las piernas cruzadas muy fuerte, como si quisiera apretar algo que le ardía. 

Al día siguiente se puso una falda más corta de lo normal para ir al gym. “Hace calor”, dijo cuando la miré raro. Volvió a casa sudada, con el pelo pegado a la nuca, y el celular vibró varias veces. Lo miró, se sonrojó y lo guardó rápido. Pero esa noche la oí susurrar en la oscuridad de su cuarto:
—No… no voy a hacer eso… no soy así…
Silencio. Luego, muy bajito:
—Solo una foto… nada más.
Y supe que ya estaba empezando a ceder. 

Al siguiente día le llego otro mensaje. Mi mamá soltó una leve sonrisa y se fue a bañar no sin antes decirme:

—Voy a salir con unas amigas a comer en la tarde tipo 6 de la tarde. 
—¿Llegaras temprano o irán a bailar? —Pregunte con mi corazón latiendo a mil. 
—No creo que tarde tanto corazón, llegare temprano no te preocupes. 

Para cuando entro al baño rápidamente fuia revisar su celular para ver con quien iba a salir en realidad. En unos de sus chats encontré al culpable aunque no lo conocía se llamaba Will y según los mensajes que se mandaba con mi mamá el fue la razón por la que fue en míni falda al gym. 

En el chat había un video 

Mi pulso se aceleró. Mire la puerta del baño donde estaba mi mamá el cual el agua de la ducha estaba corriendo. Tenía tiempo para ver lo que ocultaba.

Toqué la pantalla y el video se reprodujo en silencio. Era ella.

Mi mamá, María grabándose en el mismo baño donde estaba ahora. Llevaba puesta solo la bata corta que usaba para dormir, la misma que el desconocido decía que se le veía todo cuando se agachaba. Estaba sentada en el borde de la bañera, con las piernas abiertas de par en par frente al espejo del lavabo. La cámara del celular estaba apoyada en algún lugar alto, grabando desde arriba.

Con una mano se sostenía el muslo derecho, abriéndose más. Con la otra… joder.
Con la otra se metía dos dedos despacio, muy despacio, dentro de su vagina. Pero no era solo meterlos y sacarlos. Los movía de una forma que nunca imaginé que una mujer pudiera hacer. Los curvaba hacia arriba, presionando fuerte contra la pared interna, y luego los giraba en círculos lentos y profundos. Su coño, de labios gruesos y trigueños como el resto de su piel, brillaba ya de humedad. Se veía hinchado, abierto, como si llevara rato excitada.

De repente sacó los dedos y los separó. Un hilo grueso y transparente de sus jugos se estiró entre ellos. Entonces, con una habilidad que me dejó la boca seca, contrajo los músculos de su vagina visiblemente. El agujero se cerró y se abrió solo, como si estuviera succionando el aire. Lo hizo varias veces seguidas, rápido y controlado, como si su coño tuviera vida propia. Después relajó todo y dejó que los labios mayores se abrieran solos, mostrando el interior rosado y brillante.
En el video se escuchaba su respiración agitada. No gemía fuerte, pero sí soltaba pequeños suspiros entrecortados.
Luego volvió a meter los dedos, esta vez tres, y empezó a follarse con ellos de forma más rápida. Pero lo más impresionante era cómo su vagina parecía “apretar” y “soltar” alrededor de sus propios dedos. Se contraía rítmicamente, como si estuviera ordeñando algo invisible. En un momento sacó los dedos completamente y su coño siguió palpitando solo, abriéndose y cerrándose en espasmos cortos y fuertes.
Will le había escrito justo debajo del video:
“Joder María… nunca había visto a una mujer hacer eso con su coño. ¿Cómo mierda lo controlas tan bien?”
Ella había respondido solo con un emoji de carita sonrojada y un mensaje corto:
“Práctica… mucho tiempo sola. ¿Te gusta?”
Will: “Me vuelve loco. Quiero sentir cómo me aprietas así. Quiero que me ordeñes la verga hasta que no pueda más.”
Mi mamá no contestó más en el chat. Pero el video tenía fecha de la noche anterior.
Cerré el chat con las manos temblando. El agua de la ducha se detuvo.
Rápidamente puse el celular exactamente donde lo había encontrado y me tiré al sofá de la sala fingiendo que veía televisión. El corazón me latía tan fuerte que pensé que ella lo iba a escuchar cuando bajara.
María salió del baño envuelta en una toalla, con el pelo mojado cayéndole sobre los hombros trigueños. Me miró un segundo y sonrió con esa sonrisa inocente que siempre usaba conmigo.

—¿Qué tal, corazón? ¿Quieres que prepare algo de comer antes de salir?

Yo apenas pude asentir. Solo podía pensar en lo que acababa de ver: esa vagina trigueña, gruesa, que se abría y cerraba sola, que apretaba y soltaba con una precisión y control que parecía imposible.
Mientras ella estaba en la cocina moviéndose con normalidad, yo ya no la veía como “mamá”. La veía como la mujer que, en secreto, había entrenado su coño durante años para hacer cosas que la mayoría de las chicas de mi edad ni siquiera sabían que se podían hacer.
Y esa noche, cuando salió “con sus amigas” a las 6 de la tarde… supe que no iba a comer nada. Iba a mostrarle a Will exactamente de lo que era capaz su vagina.

Mi madre había salido de casa con la misma minifalda que había usado para ir al “gym” , una blusa muy ajustada qué le marcaba sus senos y su pelo suelto. Me dijo adiós con un beso en la frente, col osi nada. 

—Vuelvo en unas horas, corazón. 

Tal vez iba a regresar en la madrugada mi mamá. 

Espere a que saliera hasta 2 cuadras de donde vivamos y fui detrás de ella sin que se diera cuenta. No iba a comer como le dijo sino que estaba, dirigiéndose a un hotel barato que leí en sus mensajes. Espere 10 minutos afuera del hotel hasta que ingrese por la parte de atrás y para suerte mía el recepcionista estaba durmiendo. 

Me cole por las escaleras de emergencia por si había alguien más. Encontré la habitación 27 justo donde Will agendo quedar con ella. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que me iba a desmayar ahí mismo. Tal vez mi mamá a su amigo iban a salir en cualquier momento ya que me percate que la puerta no estaba cerrada correctamente o podria ser que la hayan dejado así a propósito ¿Pero para que?

Me asome con el mayor posible silencio qué podría hacer y que no me descubrieran.

Allí estaba.

Will era un negro alto, musculoso, piel muy oscura, con el cuerpo marcado de gimnasio. Estaba completamente desnudo, de pie al lado de la cama. Su verga era enorme: gruesa, venosa, negra como el carbón y ya completamente dura, apuntando hacia arriba. Debía medir más de 25 centímetros y era más ancha que mi muñeca.

Mi mamá estaba de rodillas frente a él, todavía con la mini falda subida hasta la cintura. Le había bajado la tanga y tenía la cara roja, los ojos brillantes de ver un pene tan grande, probablemente la más grande que había visto en su vida.

—Mmmmhh...es el pene más grande que vi hasta ahora
—susurró ella, con voz temblorosa pero exitada. 

Will sonrió con arrogancia la agarró del cabello.

—Muéstrame esa habilidad que me prometiste, María. Quiero sentir cómo tu coño me ordeña.

Ella se levantó, se quitó la blusa y la falda con prisa. Se subió a la cama en cuatro patas, ofreciéndole el culo. Su vagina trigueña ya estaba hinchada y mojada, los labios gruesos entreabiertos y brillando.

Will se colocó detrás, frotó la cabeza gruesa de su verga negra contra la entrada de ella y empujó.

—Ahhh… ¡joder! —gimió mi mamá cuando la cabeza entró. Era tan ancha que su coño se estiró visiblemente, los labios abrazando la polla oscura.

Él siguió empujando lento pero firme, metiéndole más de la mitad. María arqueó la espalda y soltó un gemido largo.

—Más despacio… es muy gruesa…

Pero Will no esperó. Dio un empujón fuerte y la enterró casi completa. María gritó, mitad dolor mitad placer, y sus dedos se clavaron en las sábanas.

Entonces empezó lo increíble.

Mientras él comenzaba a follarla con embestidas profundas y rítmicas, el coño de mi mamá empezó a trabajar. Se podía ver claramente cómo los músculos internos se contraían alrededor de esa verga negra enorme. Cada vez que Will sacaba un poco, los labios de ella se cerraban apretando el tronco, como si no quisieran dejarlo salir. Cuando él volvía a meterla hasta el fondo, su vagina se abría y luego se cerraba fuerte, succionando.

—Qué carajo… qué coño es este —gruñó Will, sorprendido—. Aprieta como una boca…

María empezó a mover las caderas hacia atrás, follándolo ella también. Y ahí demostró todo su control. Contrajo la vagina en oleadas rápidas, ordeñando la polla negra de arriba abajo. Se veía cómo la piel oscura de la verga se movía con cada apretón, como si ella estuviera masturbándolo desde dentro.

—Así… ¿te gusta? —jadeó ella, con la voz entrecortada—. Llevo años entrenándolo… solo para esto.
—Mi intención era… usarla primero con mi hijo… hasta que entraste tu. 

Will soltó un sonido de enojo y empezó a follarla más duro, agarrándola de las caderas. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación: plap, plap, plap. Cada embestida hacía que las tetas de mi mamá se balancearan y que su culo trigueño rebotara contra el abdomen negro y musculoso. 

—Así que ibas a estrenar este coño tan jugoso con tu hijo.
—Que pena por el porque tu vagina entrenada la estoy usando yo — Le dijo mientras mi madre gemia cada vez que su vagina tenía la verga de Will en su totalidad. 

En un momento Will la puso de espaldas, con las piernas abiertas y levantadas. Desde mi ángulo veía perfectamente cómo esa verga negra entraba y salía del coño de mi mamá. Cada vez que él la sacaba casi completa, la vagina de ella se abría sola, mostrando el interior rosado y brillante, y luego se contraía violentamente, como si estuviera intentando tragársela de nuevo.

— ¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte! —gritaba ella, ya sin vergüenza—. ¡Quiero que me llenes!

Will aceleró, sudando, los músculos tensos. María usaba toda su habilidad: apretaba en el momento justo, soltaba, volvía a contraer en espasmos cortos y rápidos que hacían que Will pusiera los ojos en blanco.

—Joder… me vas a sacar la leche… este coño es una puta máquina…

Ella sonrió con lujuria, mordiéndose el labio, y contrajo todo con fuerza mientras él empujaba hasta el fondo. Will rugió y se corrió dentro de ella, descargando chorros espesos. María siguió apretando rítmicamente, ordeñándolo hasta la última gota, su vagina palpitando visiblemente alrededor de la base de la verga negra.

Cuando él salió, un río de semen blanco contrastó contra los labios trigueños de mi mamá. Ella contrajo una vez más y un chorro mezclado salió expulsado, como si su coño estuviera expulsando lo que ya no quería… o preparando para más.

Will se dejó caer a un lado, jadeando.

—Nunca había sentido algo así… Eres una puta diosa con esa vagina.

María, todavía temblando, solo sonrió satisfecha y se pasó una mano por el coño hinchado.

—Te dije que practicaba mucho…

No podía creer lo que había sucedido casi media hora. Mi mamá María y Will un negro con una verga grande habían estado intimando como perros en celo y para colmo mi madre aún seguía con energías para más sexo salvaje. 

Todo transcurrió con normalidad mi mamá llego como prometió en unas horas. Yo me había regreso a casa después de ver como mi mamá seguía con otro round de sexo con Will. 

—Ya llegue cariño ¿Sigues despierto? 
—¿Amor? Ya llegue como dije solo fue unas horas con mis amigas. 

Podía escuchar como mamá me llamaba y al no obtener respuesta se fue a su habitación. Mi mente estaba procesando lo que había pasado en el transcurso del día. 

Primero como Will la invito a coger y ella accedió sin ningún problema. Supuse que la había conquistado con salidas a comer en algún restaurante y después con más confianza le pedia fotos en ropa provocativa a mi madre. De ahí como en pleno sexo ella confesó que estaba entrenando su vagina de manera lasciva para mi. 

No pude dormir en toda la noche y me la pase pensando en la posibilidad de que mi mamá hubiera tenido sexo conmigo si tan solo hubiera dejado su celular apagado o cambiar de número para no recibir mensajes del negro de Will. Llevaba años mi madre que nunca llego a salir con ningún hombre hasta que Will la hizo cambiar de idea. La hizo una adicta al pene negro y a ser tratada como una puta. 

Si seguía así mi mamá lo más probable fuera que terminara en un prostíbulo o siendo la putita de varios negros que solo la verían como contenedor de semen. 

Me masturbé tres veces esa madrugada pensando en eso, imaginando que era yo quien estaba dentro de ella, sintiendo esos músculos calientes contrayéndose alrededor de mi polla. Pero cada vez que me corría, la realidad me golpeaba más fuerte: Will se le había adelantado. Y ella no solo lo había aceptado… lo había disfrutado como una puta en celo.

Al día siguiente María actuaba como si nada. Me preparó el desayuno con esa misma sonrisa dulce de siempre, vestida con un shortcito de algodón y una camiseta sin sostén que dejaba ver sus pezones marcados. Cuando se agachó a sacar algo del horno, la tela se le subió y pude ver claramente la marca roja de manos en sus nalgas trigueñas. Will la había marcado.

—¿Dormiste bien, corazón? —me preguntó mientras me servía el jugo.

—Más o menos… —respondí, sin poder mirarla a los ojos.

Ella soltó una risita suave.

—Ay, los jóvenes de hoy… seguro estabas viendo pornografía hasta tarde.

No tenía idea de que yo la había visto siendo follada como una perra por un negro con una verga de caballo.

Pasaron tres días y los mensajes de Will no pararon. Ahora ella ya ni se escondía tanto. Contestaba frente a mí, sonriendo al celular, mordiéndose el labio. Una tarde la escuché en su habitación hablando por videollamada. La puerta estaba entreabierta. Me acerqué sigiloso.

—…sí, Will. Mañana puedo escaparme dos horas. Pero esta vez quiero que traigas a tu amigo, el que me mostraste en la foto… Sí, el otro negro alto… Quiero ver si su verga es tan grande como la tuya.

Se rio bajito, con voz cargada de lujuria.

—No seas celoso. Sabes que mi coño puede con los dos… y con más.

Sentí un nudo en el estómago. Ya no era solo Will. Estaba escalando.

Al día siguiente salió “a hacer compras”. Volvió casi cuatro horas después, caminando raro, con las piernas un poco abiertas. Tenía el pelo revuelto y un chupetón fresco en el cuello que intentó tapar con el cabello. Cuando se sentó en el sofá, soltó un suspiro y se tocó discretamente entre las piernas, como si todavía le doliera o le gustara sentir lo que le habían dejado dentro.

Esa noche, mientras yo fingía dormir, la oí en su cuarto. No estaba sola en la habitación… estaba viendo videos. Videos que Will le había mandado. Uno era de ella misma, grabada desde abajo mientras dos vergas negras la penetraban al mismo tiempo: una en el coño y otra en la boca. Se escuchaba cómo su vagina chapoteaba con cada embestida y cómo ella gemía ahogado alrededor de la polla que le llenaba la garganta.

—Joder… qué rico me follan… —susurraba ella mientras se masturbaba viendo su propio video.

Dos semanas después ya no fingía salidas con “amigas”. Simplemente decía:

—Voy a salir un rato, corazón. No me esperes despierto.

Y volvía oliendo a sexo, con semen seco en los muslos o con la ropa interior guardada en la cartera porque “se le había mojado demasiado”.

Una noche llegó más tarde de lo normal. Eran casi las 3 a.m. Entró tambaleándose, con el maquillaje corrido y la falda arrugada. Se dejó caer en el sillón de la sala sin encender la luz. Yo estaba escondido en la oscuridad del pasillo, observándola.

Sacó el celular y le mandó un audio a Will:

—Acabo de llegar… Me cogieron entre cuatro esta vez, amor. Cuatro vergas negras enormes… Mi coño está destrozado pero todavía palpita. Me llenaron tanto que todavía me chorrea cuando camino… Mañana quiero más. Quiero que sean seis.

Se rio bajito, cansada pero feliz, y se pasó dos dedos por el coño hinchado por debajo de la falda. Los sacó cubiertos de una mezcla blanca espesa y se los llevó a la boca, chupándolos con gusto.

—Qué rico saben sus leches… Me estoy volviendo adicta.

A partir de ahí todo fue más rápido.

Empezó a vestirse como una puta de verdad: minifaldas que apenas cubrían su culo, tops transparentes sin sostén, tacones altos. Se depiló completamente el coño y se hizo un piercing pequeño en el clítoris “para que se vea más rico cuando me abro”.

Will ya no era el único. Había un grupo de cinco o seis negros del gimnasio donde ella ahora entrenaba “de verdad”. La llamaban “María la ordeñadora” porque nadie había sentido nunca un coño que apretara y succionara como el de ella.

Una noche me dijo que no la esperara porque iba a una “fiesta privada”. Yo ya sabía qué tipo de fiesta era.

La seguí otra vez. Esta vez no fue a un hotel barato. Fue a una casa grande en las afueras, con música fuerte y luces bajas. Me colé por el jardín y encontré una ventana que daba directo al salón principal.

Allí estaba mi mamá, María, convertida por completo en la putita de varios negros.

Estaba completamente desnuda, en el centro de la habitación, rodeada por ocho hombres negros, todos musculosos, todos con vergas enormes y duras. Algunos ya se estaban masturbando mientras la miraban.

María estaba de rodillas, con las piernas abiertas y el coño brillando de humedad. Tenía semen seco en las tetas y en la cara de rondas anteriores.

—Vamos, puta… muéstrales a todos esa habilidad que tienes —dijo Will, agarrándola del pelo.

Ella sonrió con lujuria pura, se acostó de espaldas sobre una mesa grande y abrió las piernas al máximo. Con dos dedos separó sus labios gruesos trigueños, mostrando su vagina entrenada.

—Miren bien, papis… Este coño está hecho para vergas negras grandes.

Entonces empezó el show.

Contrajo su vagina frente a todos. El agujero se abrió y cerró solo, varias veces seguidas, rápido y fuerte, como si estuviera llamándolos. Los hombres soltaron silbidos y groserías.

El primero se acercó y la penetró de un solo golpe. María gimió fuerte y empezó a ordeñarlo con precisión milimétrica: apretaba cuando él entraba, soltaba cuando salía, luego lo succionaba con espasmos rápidos que hacían que el tipo gruñera como animal.

Mientras uno la follaba, otros dos le metían las vergas en la boca y en las manos. Ella los masturbaba y chupaba con ganas, pero su verdadero talento seguía siendo su coño.

Cambió de posición varias veces: a cuatro patas, de lado, sentada encima cabalgándolos. Cada vez que un negro se corría dentro de ella, María apretaba fuerte para ordeñarlo hasta la última gota y luego expulsaba un poco de semen con contracciones controladas, solo para que el siguiente entrara más fácil en ese coño ya lleno y resbaladizo.

Cuando llegó el sexto, ya estaba hecha un desastre: semen chorreando por sus muslos, cara cubierta, pelo pegado de sudor. Pero seguía pidiendo más.

—Siete… quiero siete al mismo tiempo… —jadeó.

La pusieron en el centro. Dos en su boca (uno en cada turno), uno en cada mano, uno en el coño y otro intentando entrar también por atrás. Pero ella, con su habilidad legendaria, apretaba el coño tan fuerte que el que la follaba apenas duraba dos minutos.

En un momento, mientras cuatro vergas la penetraban a la vez (dos en el coño intentando entrar juntas, estirándola al límite), María tuvo un orgasmo brutal. Su vagina se contrajo violentamente, expulsando un chorro de jugos mezclados con semen que salpicó el piso.

— ¡Soy su puta! ¡Soy la putita de vergas negras! ¡Lléname toda! —gritaba entre gemidos ahogados.

Yo me quedé allí, escondido, viendo cómo mi mamá perfecta, la mujer decente que crió sola a su hijo, se convertía en una máquina de sexo para un grupo de negros que la usaban como contenedor de semen.

Al final de la noche, cuando ya casi no podía ni moverse, María estaba tirada en el sofá, con las piernas abiertas, el coño rojo, hinchado y completamente abierto. Semen salía a borbotones de su interior cada vez que contraía débilmente los músculos.

Will se acercó, le dio una palmada en el coño y le dijo:

—Bienvenida al clubMaría. A partir de ahora eres nuestra puta exclusiva. Cada fin de semana te vamos a llenar hasta que no puedas caminar.

Ella, con voz ronca y satisfecha, solo respondió:

—…sí, papi. Mi coño es de ustedes ahora.

Y sonrió.

Cuando regresó a casa esa madrugada, entró cojeando, con olor a sexo y semen por todo el cuerpo. Me miró desde la puerta de mi habitación, creyendo que dormía, y susurró bajito:

—Perdóname, hijo… pero ya no puedo parar.

Yo seguí fingiendo dormir.

Los siguientes días comenzó a salir con ropa provocativa. Sin sostén solo una míni faldas y una tanga. Al parecer se había hecho poner piercings en ambos senos porque ayer no se le veía nada cuando la espie en el baño sacándose semen de ambos agujeros.

Cada vez que volvía a casa olía a sexo fresco. A veces traía moretones en los muslos, chupetones en las tetas y el coño tan hinchado que caminaba con las piernas abiertas. Ya ni siquiera fingía que iba con “amigas”. Simplemente decía:

—Voy a que me usen, corazón. No me esperes despierto.

Yo ya no podía más. Las noches me las pasaba masturbándome pensando en ese coño trigueño que se contraía solo, en cómo ordeñaba vergas negras enormes y en la confesión que le había hecho a Will: que originalmente lo había estado entrenando para mí.

Una noche, dos semanas después del primer gang bang grande, llegó más destruida que nunca. Eran casi las 5 de la mañana. Entró cojeando, la minifalda arrugada y subida hasta la cintura, la tanga rota colgando de una pierna. Tenía semen seco por toda la cara, en el pelo y chorreando abundantemente por sus muslos trigueños. Los piercings de sus pezones brillaban bajo la luz tenue del pasillo.

Se dejó caer en el sofá de la sala, abrió las piernas sin fuerzas y suspiró profundo. Con dos dedos separó sus labios hinchados y gruesos; su coño estaba rojo, abierto, palpitando débilmente. Un chorro espeso de semen blanco salió expulsado cuando contrajo los músculos por costumbre.

—Joder… me cogieron entre nueve esta vez… —murmuró para sí misma, con voz ronca—. Mi coño ya no da más… pero todavía quiere.

No pude contenerme más.

Salí de mi habitación en silencio, solo con el bóxer puesto. Mi polla estaba dura como piedra desde hacía horas. Me paré frente a ella. María levantó la vista, sorprendida, con los ojos vidriosos de tanto placer recibido.

—¿Mateo…? —susurró, intentando cerrar las piernas, pero estaba tan agotada que apenas las movió.

—No digas nada, mamá —le dije con la voz temblando de excitación y rabia—. Lo sé todo. Te vi con Will. Te vi con los otros. Te vi gritando que eres su putita de vergas negras.

Ella abrió la boca, pero no salió ninguna excusa. Solo una mezcla de vergüenza y lujuria en su mirada.

Me arrodillé entre sus piernas abiertas. Su coño olía a semen de varios hombres, caliente, salado, usado. Acerqué mi cara y le di una lamida larga, saboreando la mezcla. María soltó un gemido ahogado.

—Hijo… no… esto está mal…

Pero su cuerpo la traicionó. Su vagina se contrajo visiblemente frente a mis ojos, expulsando más semen y luego abriéndose como invitándome.

—Este coño era para mí desde el principio —le dije mientras me bajaba el bóxer y sacaba mi verga dura—. Lo entrenaste durante años… para mí.

María respiró agitada, mirando mi polla con ojos brillantes.

—Es… es más pequeña que las de ellos… pero es la tuya, mi amor…

No esperé más. Apoyé la cabeza de mi pene contra su entrada resbaladiza y empujé de una sola vez. Entré hasta el fondo sin resistencia; su coño estaba tan abierto y lleno de semen que me tragó completo.

—Ahhh… ¡joder, mamá! —gemí.

Y entonces lo sentí.

Su vagina, esa puta máquina que había visto en el video y en el gang bang, empezó a trabajar conmigo. Primero se apretó fuerte alrededor de la base, como un puño caliente y húmedo. Luego comenzó a ordeñarme con oleadas rítmicas: apretaba subiendo, soltaba bajando, luego contracciones cortas y rápidas que me succionaban la polla desde dentro.

—Dios… es verdad… —jadeé, empezando a follarla con embestidas fuertes—. Cómo lo controlas…

María arqueó la espalda, sus tetas con piercings rebotando, y soltó un gemido largo y profundo.

—Así, hijo… fóllame… usa el coño que entrené para ti… aunque ahora sea de ellos también…

Empecé a bombear más rápido. Cada vez que sacaba, su coño se cerraba y luego se abría solo, succionándome de vuelta. Era una sensación indescriptible: caliente, resbaladizo, apretado y vivo. Como si su vagina me estuviera masturbando mejor que cualquier mano o boca.

—Te vi gritando que eras su putita… —le dije mientras la embestía sin piedad—. Ahora sé mi puta también.

—Sí… soy tu puta, Mateo… y la de ellos… ¡Ahhh! ¡Más fuerte!

Usé toda mi fuerza. La agarré de las caderas y la follé como un animal sobre el sofá. El sonido chapoteante de su coño lleno de semen y mis embestidas llenaba la sala. María usaba toda su habilidad conmigo: apretaba cuando yo entraba profundo, soltaba cuando salía, luego contraía en espasmos que me hacían ver estrellas.

En menos de diez minutos ya no aguanté

—Mamá… me voy a correr…

—Dentro, hijo… lléname tú también… ¡órdename con tu leche!

Contrajo su vagina con fuerza brutal justo cuando empecé a correrme. Mi polla palpitó violentamente mientras descargaba chorros espesos dentro de ella, mezclándose con todo el semen negro que ya tenía. María tuvo un orgasmo al mismo tiempo: su coño se cerró como una tenaza alrededor de mi verga, ordeñándome hasta la última gota, palpitando y succionando sin control.

Cuando salí, un río blanco espeso salió de su agujero abierto. Ella contrajo una vez más y expulsó un chorro mezclado, como hacía siempre después de ser usada.

Nos quedamos en silencio un momento, jadeando.

—Esto no cambia nada, ¿verdad? —preguntó ella bajito, todavía con mi semen chorreando de su coño.

—No —respondí—. Mañana vas a seguir siendo su putita. Pero de ahora en adelante… también eres mía cuando yo quiera.

María sonrió con esa mezcla de vergüenza y lujuria que ya era su marca.

—Está bien, corazón… Mi coño es tuyo cuando quieras… y de ellos los fines de semana.

Al sábado siguiente cumplió su palabra.

Salió de casa vestida como la puta que era: minifalda sin tanga, top transparente que dejaba ver los piercings en sus pezones, tacones altos. Me dio un beso en los labios antes de irse, largo y con lengua.

—Esta noche me van a hacer un gang bang más grande… doce negros esta vez. Will dice que van a intentar meterme dos vergas en el coño al mismo tiempo… para estirarme más.

Se tocó el coño por encima de la falda y sonrió.

—Cuando vuelva… si todavía estás despierto… puedes usarme tú también. Aunque esté llena y destrozada.

La vi salir contoneando las caderas, sabiendo que en unas horas estaría en el centro de una habitación, gritando de nuevo:

—¡Soy su puta! ¡Soy la putita de vergas negras! ¡Lléname toda!

Y yo… yo la esperaría en casa, con la polla dura, listo para follarme a mi mamá después de que los negros la usaran como contenedor de semen.
Porque ahora ambos sabíamos la verdad: su vagina entrenada ya no era solo de ella.

Era de todos.

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