Capítulo6: La verga de 22 centímetros
Habíanpasado tres días desde aquella noche en la que Yoselin le contó por primera vezlos detalles más íntimos de sus encuentros con Carlos. El morbo que se habíadespertado entre ellos no solo se mantenía vivo, sino que parecía alimentarsede sí mismo, creciendo con cada conversación, con cada confesión susurrada enla oscuridad de la habitación.
Marco yano podía concentrarse bien en el trabajo. Durante las reuniones, mientrasfingía tomar notas, su mente volvía una y otra vez a las imágenes que su esposale describía con tanto detalle. En los momentos de soledad, abría en secreto lafoto que había recuperado de la papelera de su celular antes de borrarladefinitivamente. Se masturbaba con urgencia en el baño de la oficina,imaginando las escenas que Yoselin le relataba por las noches. Su esposa, porsu parte, se había vuelto mucho más descarada y provocadora. Gemía más fuerte,hablaba más sucio, y parecía disfrutar enormemente al ver cómo su marido perdíael control con cada uno de sus relatos del pasado. Era como si hubieradescubierto un nuevo poder sobre él, y lo estaba explotando con gusto.
Esa nocheno fue la excepción. Habían terminado de cenar en silencio, intercambiandomiradas cargadas de intención. Apenas terminaron de lavar los platos, sedirigieron directo a la habitación sin necesidad de palabras. La televisiónestaba encendida en un rincón, reproduciendo un video porno donde una morena deculo grande y redondo era cogida con fuerza por un hombre dotado con una vergagruesa y larga que apenas entraba en ella. Los gemidos exagerados de la actrizllenaban el ambiente, creando un fondo perfecto para lo que estaba por venir.
Marco yYoselin se desnudaron con prisa. Ella se acostó de lado sobre la cama,levantando una pierna para facilitarle el acceso. Marco se colocó detrás deella en posición cucharita, presionando su cuerpo contra el de su esposa. Suverga, ya completamente dura, entró lentamente en la vagina caliente y empapadade Yoselin. Su mano derecha se apoderó de una de sus tetas, apretándola yjugando con el pezón erecto, mientras que la izquierda descendió hasta suclítoris, frotándolo en círculos suaves y precisos.
La vergade Marco entraba y salía con calma, disfrutando de la deliciosa sensación de lomojada y caliente que estaba su esposa. Yoselin gemía bajito, moviendo lascaderas hacia atrás con ritmo para recibirlo mejor, haciendo que cadapenetración fuera más profunda.
—Amor…—susurró Marco cerca de su oído, su aliento caliente contra la piel de ella,sin dejar de moverse con lentitud—. Quiero que me cuentes más… esa vez que mehablaste de una verga de como 22 centímetros. La que no era tan placentera alprincipio, pero que después te fuiste acostumbrando. Quiero oírlo todo estanoche.
Yoselinsoltó un gemido más largo y profundo. Su vagina se apretó instintivamentealrededor de la verga de Marco, como si la sola mención del recuerdo laexcitara todavía más.
—¿Deverdad quieres que te cuente eso ahora? —preguntó con voz entrecortada,respirando con dificultad mientras sentía los dedos de su marido acelerandoligeramente sobre su clítoris.
—Sí…quiero todos los detalles. Cómo la conociste, cómo fue la primera vez que te lametió, cómo se sentía dentro de ti, cómo te dolió y cómo luego te gustó… todo.No te guardes nada, putita mía. Quiero que me lo cuentes mientras te cojo.
Yoselinrespiró profundo. La mano de Marco en su clítoris aceleró un poco más y eso lahizo estremecerse entera. Su vagina se puso aún más húmeda, lubricandoprofusamente la verga que la penetraba.
—Sellamaba Diego… —empezó, con la voz temblorosa por el placer—. Lo conocí en unafiesta universitaria, como un año antes de conocer a Carlos. Yo tenía 22 años yestaba en mi etapa más loca, esa en la que quería probarlo todo, llevaba 2meses cogiendo con un hombre diferente cada fin de semana. Diego era amigo deuna amiga mía. Era alto, rubio, con un cuerpo atlético bien marcado, hombrosanchos y una sonrisa peligrosa. Tenía fama entre las chicas de tenerla grande,y esa noche confirmamos los rumores. Estuvimos hablando mucho, coqueteandodescaradamente, tocándonos por encima de la ropa, y al final me invitó a sudepartamento. Yo acepté sin pensarlo dos veces.
Marcoempujó más profundo y se quedó ahí, completamente enterrado dentro de ella,solo sintiendo cómo las paredes vaginales de Yoselin palpitaban a su alrededor.
—Sigue…no pares —le ordenó.
—Cuandollegamos a su departamento, ni siquiera llegamos a la habitación. Empezamos abesarnos fuerte en el sillón de la sala. Nos comíamos la boca condesesperación, lenguas enredadas, manos tocando todo. Yo le desabroché elpantalón con ansiedad y se la saqué… puta madre, Marco. Cuando la vi porprimera vez, me quedé literalmente con la boca abierta. Era larga. Muy larga.Calculo que unos 22 centímetros fácil, tal vez un poco más. Y… no era solo eso,era gruesa, la más gruesa que he tenido, realmente era algo descomunal, convenas marcadas que recorrían todo el tronco. La cabeza era grande, rosada ybrillante, y los huevos colgaban estirados debajo. La agarré con las dos manosy todavía sobraba un buen pedazo. Me dio una mezcla brutal de miedo yexcitación al mismo tiempo. Sentí que mi corazón se aceleraba.
Yoselinempezó a mover las caderas con más insistencia, cogiendo lentamente la verga deMarco mientras continuaba hablando.
—¿Quéhiciste cuando la viste? —preguntó él, mordiéndole el lóbulo de la oreja yapretando su teta con fuerza.
—Le dije“está enorme, cabrón” y me reí nerviosa, casi sin poder creerlo. Él se rio conarrogancia y me empujó la cabeza hacia abajo sin pedir permiso. Empecé achupársela. Apenas me cabía solo la cabeza en la boca, tenía que abrirla almáximo. Usé las dos manos para masturbar la parte que no entraba, subiendo ybajando mientras lamía y chupaba la cabeza. Me dolía la mandíbula después desolo cinco minutos, pero me encantaba sentir cómo se ponía más dura y gruesa enmi boca. Le lamía los huevos que le colgaban, los metía uno a uno en mi boca yvolvía a subir por todo el tronco. Él gemía fuerte y me decía que tenía “unaboca perfecta para vergas grandes”, que estaba hecha para eso.
Marcoempezó a moverse otra vez, cogiéndola con embestidas lentas pero profundas,entrando y saliendo casi por completo.
—¿Ycuando te la metió por primera vez? Quiero que me describas exactamente cómo sesintió.
Yoselinsoltó un gemido fuerte y prolongado.
—Me llevóa la cama, me tiró sobre el colchón y me puso en misionero. Me abrió laspiernas bien abiertas, casi hasta que me dolieron las caderas. Me escupiódirectamente en la vagina y empezó a frotar esa cabeza tan grande contra mientrada, lubricándome. Me dijo “respira, relájate, vas a sentir que te parto endos pero te va a gustar”. Cuando empujó por primera vez… ay, Marco… sentí unapresión brutal, como si me estuviera abriendo por dentro de verdad. Solo entróla cabeza y ya me dolía, un dolor caliente y profundo. Tuve que agarrarmefuerte de sus hombros y morderme el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar.Me metió como la mitad y se quedó quieto ahí, dejándome acostumbrarme. Yorespiraba agitada, sudando, con el corazón a mil. “Está muy grande, no me cabetoda”, le dije casi suplicando. Él solo sonrió con esa cara de macho y empujómás. Centímetro a centímetro, lento pero sin parar, hasta que sentí que mellegaba al fondo del estómago. Nunca me habían llenado tanto. Sentía la vergapalpitando dentro de mí, tocándome sitios que ni sabía que existían. Era comosi estuviera dentro de mi útero.
—¿Tecorriste esa primera vez? —preguntó Marco, acelerando un poco el ritmo de suscaderas.
—No… nome corrí. Me dolía demasiado al principio. Era una mezcla rara de placerintenso y molestia. Me sentía demasiado llena, como si mi vagina se fuera aromper en cualquier momento. Él se movía lento, pero cada embestida me hacíaquejarme y arquear la espalda. Al final se corrió adentro, soltando todo susemen caliente muy profundo. Cuando la sacó… sentí un vacío enorme, como si mehubieran quitado algo importante. Mi vagina quedó abierta, palpitando, roja ehinchada. Me chorreaba semen y me ardía un poco. Me quedé ahí tirada,respirando fuerte, sin poder cerrar las piernas.
Yoselinestaba cada vez más mojada. Su mano bajó y empezó a masturbarse el clítoris conmovimientos rápidos mientras Marco la cogía con más fuerza.
—Cuéntamelas otras veces —exigió él con voz ronca—. ¿Cómo te fuiste acostumbrando a esamonstruosidad?
—Lasegunda vez fue una semana después. Me invitó otra vez a su departamento. Esavez me preparó mejor, como si supiera que necesitaba ayuda. Me hizo un orallargo y lento, lamiéndome el clítoris y metiéndome dos dedos, luego tres,estirándome. Me lubricó bien con saliva y con un poco de aceite que tenía.Cuando me la metió esa vez, ya entró más fácil, aunque todavía dolía un poco alprincipio. El placer era mucho mayor. Esa vez sí me corrí. Fue un orgasmo raro,más profundo, como interno, que me llegó hasta el útero y me dejó temblandovarios minutos.
Marco lagiró de repente y la puso en cuatro sobre la cama. Se colocó detrás de ella,admirando su culo grande y redondo, y la penetró de nuevo con una embestidaprofunda. Agarró sus caderas con fuerza mientras empezaba a follarla con ritmoconstante.
—Sigue…quiero más detalles. No te calles nada.
Yoselinapoyó la cara en la almohada, arqueando la espalda, y siguió hablando entregemidos cada vez más fuertes.
—Latercera vez… fue la mejor de todas. Me tuvo toda la noche. Me cogió en todaslas posiciones imaginables. En perrito me agarraba del cabello con fuerza y medaba duro, golpeando contra mi culo con cada embestida. En cowgirl yo intentababajarme toda, pero me costaba tanto que lloriqueaba de placer y dolor. Me dolíala vagina después de cada ronda, pero me encantaba. Él me decía cosas como“mira cómo te abre esta verga, cómo te destroza la vagina, cómo te hace mía. Me corría una y otra vez, orgasmos seguidosque me dejaban sin fuerzas. Salía semen de mí cada vez que la sacaba,chorreando por mis muslos. Caminé raro 3 días seguidos y cada vez que lorecordaba me mojaba sola.
Marcoestaba al límite. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más profundas ybrutales.
—¿Tegustaba más que mi verga? ¿Te sentías diferente cuando te cogía con esa vergatan larga?
—Sí… mesentía más puta, más usada, más llena. me sentía realmente mujer. Me gustabaese dolor rico al principio, la sensación de que apenas me cupiera, de que meestirara al máximo. Después de Diego, durante mucho tiempo, las vergas normalesme parecían pequeñas e insuficientes.
Esaúltima frase fue demasiado para Marco. Agarró a Yoselin de las caderas confuerza salvaje y empezó a cogérsela con todo, sin control. El sonido húmedo yobsceno de sus cuerpos chocando llenaba la habitación junto con los gemidosaltos de ella.
—Eres unaputa deliciosa… —gruñó entre dientes—. Me encanta que hayas tenido vergas másgrandes que la mía y que te gustara tanto que te volvieras adicta.
Yoselingritó de placer, empujando su culo hacia atrás para recibir cada embestida.
—Sí… megustaban… me encantaban las vergas grandes… me volvían loca…
Marco no aguantómás. Con un gemido y profundo se corrió fuertemente dentro de ella, soltandochorros calientes y abundantes. Yoselin sintió cada pulsación y eso la llevódirectamente a su propio orgasmo intenso. Su vagina se contrajo con fuerzaalrededor de la verga de Marco mientras todo su cuerpo temblaba y gemía sunombre repetidamente.
Sederrumbaron juntos sobre la cama, jadeando pesadamente, con el semen espesochorreando entre las piernas de Yoselin y manchando las sábanas.
Marco laabrazó por detrás, besándole la nuca sudorosa con ternura.
—Quieroque me cuentes más historias como esa… todas las que tengas guardadas. Quierosaber cada verga grande que te cogiste antes de mí, con todo detalle.
Yoselinsonrió con los ojos cerrados, todavía recuperando el aliento, y respondió convoz satisfecha:
—Estábien… pero solo si tú sigues poniéndote tan duro y cogiendome así cada vez quete las cuente.
El morboentre ellos ya no tenía freno. Y ambos sabían perfectamente que apenas estabanempezando.
Habíanpasado tres días desde aquella noche en la que Yoselin le contó por primera vezlos detalles más íntimos de sus encuentros con Carlos. El morbo que se habíadespertado entre ellos no solo se mantenía vivo, sino que parecía alimentarsede sí mismo, creciendo con cada conversación, con cada confesión susurrada enla oscuridad de la habitación.
Marco yano podía concentrarse bien en el trabajo. Durante las reuniones, mientrasfingía tomar notas, su mente volvía una y otra vez a las imágenes que su esposale describía con tanto detalle. En los momentos de soledad, abría en secreto lafoto que había recuperado de la papelera de su celular antes de borrarladefinitivamente. Se masturbaba con urgencia en el baño de la oficina,imaginando las escenas que Yoselin le relataba por las noches. Su esposa, porsu parte, se había vuelto mucho más descarada y provocadora. Gemía más fuerte,hablaba más sucio, y parecía disfrutar enormemente al ver cómo su marido perdíael control con cada uno de sus relatos del pasado. Era como si hubieradescubierto un nuevo poder sobre él, y lo estaba explotando con gusto.
Esa nocheno fue la excepción. Habían terminado de cenar en silencio, intercambiandomiradas cargadas de intención. Apenas terminaron de lavar los platos, sedirigieron directo a la habitación sin necesidad de palabras. La televisiónestaba encendida en un rincón, reproduciendo un video porno donde una morena deculo grande y redondo era cogida con fuerza por un hombre dotado con una vergagruesa y larga que apenas entraba en ella. Los gemidos exagerados de la actrizllenaban el ambiente, creando un fondo perfecto para lo que estaba por venir.
Marco yYoselin se desnudaron con prisa. Ella se acostó de lado sobre la cama,levantando una pierna para facilitarle el acceso. Marco se colocó detrás deella en posición cucharita, presionando su cuerpo contra el de su esposa. Suverga, ya completamente dura, entró lentamente en la vagina caliente y empapadade Yoselin. Su mano derecha se apoderó de una de sus tetas, apretándola yjugando con el pezón erecto, mientras que la izquierda descendió hasta suclítoris, frotándolo en círculos suaves y precisos.
La vergade Marco entraba y salía con calma, disfrutando de la deliciosa sensación de lomojada y caliente que estaba su esposa. Yoselin gemía bajito, moviendo lascaderas hacia atrás con ritmo para recibirlo mejor, haciendo que cadapenetración fuera más profunda.
—Amor…—susurró Marco cerca de su oído, su aliento caliente contra la piel de ella,sin dejar de moverse con lentitud—. Quiero que me cuentes más… esa vez que mehablaste de una verga de como 22 centímetros. La que no era tan placentera alprincipio, pero que después te fuiste acostumbrando. Quiero oírlo todo estanoche.
Yoselinsoltó un gemido más largo y profundo. Su vagina se apretó instintivamentealrededor de la verga de Marco, como si la sola mención del recuerdo laexcitara todavía más.
—¿Deverdad quieres que te cuente eso ahora? —preguntó con voz entrecortada,respirando con dificultad mientras sentía los dedos de su marido acelerandoligeramente sobre su clítoris.
—Sí…quiero todos los detalles. Cómo la conociste, cómo fue la primera vez que te lametió, cómo se sentía dentro de ti, cómo te dolió y cómo luego te gustó… todo.No te guardes nada, putita mía. Quiero que me lo cuentes mientras te cojo.
Yoselinrespiró profundo. La mano de Marco en su clítoris aceleró un poco más y eso lahizo estremecerse entera. Su vagina se puso aún más húmeda, lubricandoprofusamente la verga que la penetraba.
—Sellamaba Diego… —empezó, con la voz temblorosa por el placer—. Lo conocí en unafiesta universitaria, como un año antes de conocer a Carlos. Yo tenía 22 años yestaba en mi etapa más loca, esa en la que quería probarlo todo, llevaba 2meses cogiendo con un hombre diferente cada fin de semana. Diego era amigo deuna amiga mía. Era alto, rubio, con un cuerpo atlético bien marcado, hombrosanchos y una sonrisa peligrosa. Tenía fama entre las chicas de tenerla grande,y esa noche confirmamos los rumores. Estuvimos hablando mucho, coqueteandodescaradamente, tocándonos por encima de la ropa, y al final me invitó a sudepartamento. Yo acepté sin pensarlo dos veces.
Marcoempujó más profundo y se quedó ahí, completamente enterrado dentro de ella,solo sintiendo cómo las paredes vaginales de Yoselin palpitaban a su alrededor.
—Sigue…no pares —le ordenó.
—Cuandollegamos a su departamento, ni siquiera llegamos a la habitación. Empezamos abesarnos fuerte en el sillón de la sala. Nos comíamos la boca condesesperación, lenguas enredadas, manos tocando todo. Yo le desabroché elpantalón con ansiedad y se la saqué… puta madre, Marco. Cuando la vi porprimera vez, me quedé literalmente con la boca abierta. Era larga. Muy larga.Calculo que unos 22 centímetros fácil, tal vez un poco más. Y… no era solo eso,era gruesa, la más gruesa que he tenido, realmente era algo descomunal, convenas marcadas que recorrían todo el tronco. La cabeza era grande, rosada ybrillante, y los huevos colgaban estirados debajo. La agarré con las dos manosy todavía sobraba un buen pedazo. Me dio una mezcla brutal de miedo yexcitación al mismo tiempo. Sentí que mi corazón se aceleraba.
Yoselinempezó a mover las caderas con más insistencia, cogiendo lentamente la verga deMarco mientras continuaba hablando.
—¿Quéhiciste cuando la viste? —preguntó él, mordiéndole el lóbulo de la oreja yapretando su teta con fuerza.
—Le dije“está enorme, cabrón” y me reí nerviosa, casi sin poder creerlo. Él se rio conarrogancia y me empujó la cabeza hacia abajo sin pedir permiso. Empecé achupársela. Apenas me cabía solo la cabeza en la boca, tenía que abrirla almáximo. Usé las dos manos para masturbar la parte que no entraba, subiendo ybajando mientras lamía y chupaba la cabeza. Me dolía la mandíbula después desolo cinco minutos, pero me encantaba sentir cómo se ponía más dura y gruesa enmi boca. Le lamía los huevos que le colgaban, los metía uno a uno en mi boca yvolvía a subir por todo el tronco. Él gemía fuerte y me decía que tenía “unaboca perfecta para vergas grandes”, que estaba hecha para eso.
Marcoempezó a moverse otra vez, cogiéndola con embestidas lentas pero profundas,entrando y saliendo casi por completo.
—¿Ycuando te la metió por primera vez? Quiero que me describas exactamente cómo sesintió.
Yoselinsoltó un gemido fuerte y prolongado.
—Me llevóa la cama, me tiró sobre el colchón y me puso en misionero. Me abrió laspiernas bien abiertas, casi hasta que me dolieron las caderas. Me escupiódirectamente en la vagina y empezó a frotar esa cabeza tan grande contra mientrada, lubricándome. Me dijo “respira, relájate, vas a sentir que te parto endos pero te va a gustar”. Cuando empujó por primera vez… ay, Marco… sentí unapresión brutal, como si me estuviera abriendo por dentro de verdad. Solo entróla cabeza y ya me dolía, un dolor caliente y profundo. Tuve que agarrarmefuerte de sus hombros y morderme el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar.Me metió como la mitad y se quedó quieto ahí, dejándome acostumbrarme. Yorespiraba agitada, sudando, con el corazón a mil. “Está muy grande, no me cabetoda”, le dije casi suplicando. Él solo sonrió con esa cara de macho y empujómás. Centímetro a centímetro, lento pero sin parar, hasta que sentí que mellegaba al fondo del estómago. Nunca me habían llenado tanto. Sentía la vergapalpitando dentro de mí, tocándome sitios que ni sabía que existían. Era comosi estuviera dentro de mi útero.
—¿Tecorriste esa primera vez? —preguntó Marco, acelerando un poco el ritmo de suscaderas.
—No… nome corrí. Me dolía demasiado al principio. Era una mezcla rara de placerintenso y molestia. Me sentía demasiado llena, como si mi vagina se fuera aromper en cualquier momento. Él se movía lento, pero cada embestida me hacíaquejarme y arquear la espalda. Al final se corrió adentro, soltando todo susemen caliente muy profundo. Cuando la sacó… sentí un vacío enorme, como si mehubieran quitado algo importante. Mi vagina quedó abierta, palpitando, roja ehinchada. Me chorreaba semen y me ardía un poco. Me quedé ahí tirada,respirando fuerte, sin poder cerrar las piernas.
Yoselinestaba cada vez más mojada. Su mano bajó y empezó a masturbarse el clítoris conmovimientos rápidos mientras Marco la cogía con más fuerza.
—Cuéntamelas otras veces —exigió él con voz ronca—. ¿Cómo te fuiste acostumbrando a esamonstruosidad?
—Lasegunda vez fue una semana después. Me invitó otra vez a su departamento. Esavez me preparó mejor, como si supiera que necesitaba ayuda. Me hizo un orallargo y lento, lamiéndome el clítoris y metiéndome dos dedos, luego tres,estirándome. Me lubricó bien con saliva y con un poco de aceite que tenía.Cuando me la metió esa vez, ya entró más fácil, aunque todavía dolía un poco alprincipio. El placer era mucho mayor. Esa vez sí me corrí. Fue un orgasmo raro,más profundo, como interno, que me llegó hasta el útero y me dejó temblandovarios minutos.
Marco lagiró de repente y la puso en cuatro sobre la cama. Se colocó detrás de ella,admirando su culo grande y redondo, y la penetró de nuevo con una embestidaprofunda. Agarró sus caderas con fuerza mientras empezaba a follarla con ritmoconstante.
—Sigue…quiero más detalles. No te calles nada.
Yoselinapoyó la cara en la almohada, arqueando la espalda, y siguió hablando entregemidos cada vez más fuertes.
—Latercera vez… fue la mejor de todas. Me tuvo toda la noche. Me cogió en todaslas posiciones imaginables. En perrito me agarraba del cabello con fuerza y medaba duro, golpeando contra mi culo con cada embestida. En cowgirl yo intentababajarme toda, pero me costaba tanto que lloriqueaba de placer y dolor. Me dolíala vagina después de cada ronda, pero me encantaba. Él me decía cosas como“mira cómo te abre esta verga, cómo te destroza la vagina, cómo te hace mía. Me corría una y otra vez, orgasmos seguidosque me dejaban sin fuerzas. Salía semen de mí cada vez que la sacaba,chorreando por mis muslos. Caminé raro 3 días seguidos y cada vez que lorecordaba me mojaba sola.
Marcoestaba al límite. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más profundas ybrutales.
—¿Tegustaba más que mi verga? ¿Te sentías diferente cuando te cogía con esa vergatan larga?
—Sí… mesentía más puta, más usada, más llena. me sentía realmente mujer. Me gustabaese dolor rico al principio, la sensación de que apenas me cupiera, de que meestirara al máximo. Después de Diego, durante mucho tiempo, las vergas normalesme parecían pequeñas e insuficientes.
Esaúltima frase fue demasiado para Marco. Agarró a Yoselin de las caderas confuerza salvaje y empezó a cogérsela con todo, sin control. El sonido húmedo yobsceno de sus cuerpos chocando llenaba la habitación junto con los gemidosaltos de ella.
—Eres unaputa deliciosa… —gruñó entre dientes—. Me encanta que hayas tenido vergas másgrandes que la mía y que te gustara tanto que te volvieras adicta.
Yoselingritó de placer, empujando su culo hacia atrás para recibir cada embestida.
—Sí… megustaban… me encantaban las vergas grandes… me volvían loca…
Marco no aguantómás. Con un gemido y profundo se corrió fuertemente dentro de ella, soltandochorros calientes y abundantes. Yoselin sintió cada pulsación y eso la llevódirectamente a su propio orgasmo intenso. Su vagina se contrajo con fuerzaalrededor de la verga de Marco mientras todo su cuerpo temblaba y gemía sunombre repetidamente.
Sederrumbaron juntos sobre la cama, jadeando pesadamente, con el semen espesochorreando entre las piernas de Yoselin y manchando las sábanas.
Marco laabrazó por detrás, besándole la nuca sudorosa con ternura.
—Quieroque me cuentes más historias como esa… todas las que tengas guardadas. Quierosaber cada verga grande que te cogiste antes de mí, con todo detalle.
Yoselinsonrió con los ojos cerrados, todavía recuperando el aliento, y respondió convoz satisfecha:
—Estábien… pero solo si tú sigues poniéndote tan duro y cogiendome así cada vez quete las cuente.
El morboentre ellos ya no tenía freno. Y ambos sabían perfectamente que apenas estabanempezando.
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