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Todavía hay pasión

La noche había llegado como un regalo del cielo. Eran las seis dela tarde cuando el celular de Carlos vibró en su escritorio de la oficina. Era un mensaje de su mujer, María:

«Amor, ya mandé a los niños con mis papás. Tenemos la casa sola toda la noche. Ven rápido, que estoy que me muero de ganas de que me des duro. Te espero preparada 😉»

Carlos sintió que la verga se le paró al instante dentro del pantalón. Diez años de matrimonio, dos hijos, trabajos de mierda y casi nada de tiempo para coger como Dios manda. Pero esa noche… esa noche iba a ser distinta. Salió pitando del trabajo, pasó por la farmacia y compró un retardador sexual en spray. “Esto me va a ayudar a durar más”, pensó, sonriendo como un pendejo.

Llegó a la casa, abrió la puerta y oyó ruido en el cuarto de su hijo mayor. Era María, arreglándose. Se asomó y la vio frente al espejo en ropa interior negra de encaje, pintándose los labios. Estaba más gordita que antes, sí, con esa pancita suave y los senos ya un poco caídos, pero carajo… para él seguía siendo la mujer más rica del mundo.

—Espérame en nuestra cama, mi amor —le dijo ella con voz ronca, sin voltear—. Quiero que te bañes primero y me esperes en bóxer. Hoy te voy a volver loco.

Carlos no dijo nada. Se metió al baño, se duchó rápido, se secó y se puso solo un bóxer negro ajustado. Antes de salir, se aplicó el retardador en la verga, masajeando bien la cabeza y el tronco. “Esta noche no me voy acorrer rápido, concha”, murmuró.

Se acostó en la cama matrimonial, el corazón latiéndole fuerte. La luz de la habitación estaba baja, solo la lámpara de noche. Escuchó los pasos descalzos de María acercándose.

Cuando abrió la puerta, la vio. Se había puesto un baby doll negro transparente que apenas le tapaba la concha. Los senos grandes y pesados se movían libres debajo de la tela, los pezones oscuros ya parados. Caminó despacio hasta la cama, se subió a horcajadas sobre él y le dio un beso profundo, metiéndole la lengua hasta la garganta.

—Diez años, mi vida… y todavía me pones cachonda solo con mirarme—susurró ella, rozando su concha húmeda contra el bulto del bóxer.

Carlos le bajó el baby doll hasta la cintura y agarró esos senos caídos con las dos manos, apretándolos, chupando los pezones como si fuera la primera vez. María gemía bajito, moviéndose sobre él.

—Quiero comerte toda, mi amor —dijo él.

La volteó suavemente y le abrió las piernas. María se quitó el baby doll completo y quedó completamente desnuda, con esa concha depilada, hinchada y ya brillando de jugos. Carlos se arrodilló entre sus muslos gorditos y le metió la lengua directo. Chupó el clítoris con ganas, lamiendo de abajo hacia arriba, metiendo dos dedos en esa chocha caliente y apretada que aún lo recibía como si fuera virgen. María le agarró la cabeza con fuerza.

—¡Ay, verga, sí! Chúpame la concha, mi amor… así, más rápido… ¡me vas a hacer acabar!

La lengua de Carlos no paraba. Le metía y sacaba los dedos mientras succionaba el botón hinchado. María se corrió por primera vez en menos de dos minutos, temblando, apretando los muslos contra la cara de él y soltando un chorrito de jugos que le mojó toda la barba.

Ahora era el turno de ella. María se puso de rodillas, le bajó el bóxer y la verga de Carlos saltó dura como piedra, venosa y con la cabeza brillante por el retardador. Lo miró con ojos de puta y se la metió a la boca entera. Chupaba con ganas, haciendo ruidos mojados, bajando hasta la garganta, lamiendo los huevos, masturbándolo con la mano mientras lo mamaba.

—Qué verga tan rica tienes todavía, carajo… —gemía ella entre mamada y mamada—. Me encanta sentirla así de dura para mí.

Carlos la agarró del pelo y la dejó chupar a su ritmo. Pero no quería acabar todavía. La levantó, la puso boca arriba, le abrió las piernas y le metió la verga de un solo empujón hasta el fondo. La concha de María estaba empapada, caliente, apretando como nunca.

—¡Joder, qué rico! —gritó ella—. Cógeme duro, mi amor… métemela toda, que hace meses que no me das así.

Carlos la embestía con fuerza, sintiendo cómo el retardador hacía su trabajo. Entraba y salía con ritmo, viendo cómo esos senos caídos saltaban con cada estocada. Le pellizcaba los pezones, le mordía el cuello, le decía al oído:

—Esta concha es mía, María… solo mía. Te voy a coger toda la noche.

Cambió de posición. La puso en cuatro patas, le agarró las nalgas gorditas y le metió la verga otra vez, más profundo. María gemía como loca, empujando hacia atrás.

—Más fuerte… ¡rompe mi chocha!

Carlos le daba duro, sudando, las pelotas chocando contra su concha. Pero esa noche ella quería más. Se volteó, lo miró con ojos llenos de deseo y le dijo con voz temblorosa:

—Amor… hace años que no… pero hoy quiero que me la metas por el culo. Quiero que me encules como antes, cuando éramos jóvenes. Estoy tan caliente que te quiero sentir en todas partes.

Carlos casi se corre solo de escucharla. Sacó la verga de la concha, la mojó bien con los jugos de ella y le puso la punta en el orto apretado. Fue despacio al principio. María respiraba agitada, relajando el esfínter. Poco a poco la verga fue entrando, centímetro a centímetro, hasta que estuvo toda adentro.
—¡Ay, carajo! —gimió ella—. Qué rica se siente… métela toda, mi amor… cógeme el culo.

Carlos empezó a moverse más rápido. El culo de María estaba apretadísimo, caliente, succionándolo. Ella se tocaba la concha al mismo tiempo, dos dedos frotando el clítoris. Los dos gemían como animales.

—Te amo, María… te voy a llenar el culo —gruñó él.

—Lléname, mi vida… córrete adentro de mi orto… ¡ahora!

Carlos no aguantó más. Con un rugido profundo, se corrió dentro del culo de su mujer, chorros calientes que la llenaron mientras ella se corría también, temblando entera, apretando el culo alrededor de la verga.

Se derrumbaron juntos en la cama, sudados, jadeando, con las piernas enredadas. María lo miró con una sonrisa satisfecha y le dijo:

—Esta noche apenas empieza, mi amor… todavía nos quedan muchas horas para seguir desfogando todo lo que nos debemos.

Y así, después de diez años, esa pareja volvió a sentirse como el primer día… pero con más ganas, más experiencia y mucha más concha y verga para dar.

A la mañana siguiente, el sol ya entraba tímido por las cortinas cuando Carlos abrió los ojos. María seguía dormida a su lado, desnuda, con la sábana apenas cubriéndole la cintura y una pierna enredada en la de él. El olor a sexo todavía flotaba en la habitación, mezclado con el sudor seco de la noche anterior. Carlos sintió que la verga se le ponía dura solo de mirarla: esos senos caídos descansando sobre su brazo, la pancita suave subiendo y bajando con cada respiración, el pelo revuelto sobre la almohada.

Se acercó despacio y le dio un beso suave en el hombro. María se removió, abrió los ojos medio dormida y sonrió con picardía.

—Buenos días, mi amor… ¿ya quieres más? —susurró, estirándose como gata.

—Quiero ducharme contigo —dijo él, con voz ronca—. Y no pienso dejarte salir de ahí sin cogerte otra vez.

María se levantó de la cama, completamente desnuda, y caminó hacia el baño meneando las nalgas gorditas. Carlos la siguió, la verga ya parada apuntando al techo.

Abrió la ducha y dejó que el agua caliente cayera. Entraron juntos. El vapor empezó a llenar el baño. María se pegó a él bajo el chorro, el agua resbalando por sus cuerpos. Se besaron lento, profundo, con lengua, sin prisa. Las manos de Carlos recorrían la espalda mojada de ella, bajaban a las nalgas, las apretaban suave. María le agarró la verga con una mano jabonosa y empezó a masturbarlo despacio, arriba y abajo, mientras con la otra le acariciaba los huevos.

—Qué rico se siente así, mojaditos… —murmuró ella contra su boca.

Carlos la giró con cuidado, la puso de espaldas contra su pecho. Le besó el cuello, le mordió suave el lóbulo de la oreja mientras le agarraba los senos desde atrás, masajeándolos, pellizcando los pezones ya duros. El agua caía sobre ellos, caliente, resbaladiza. Bajó una mano por la pancita de ella hasta llegar a la concha. Los labios estaban hinchados todavía de la noche anterior, pero mojados no solo por el agua. Metió dos dedos despacio, frotando el clítoris en círculos lentos.

María apoyó las manos en la pared de azulejos, arqueando la espalda.

—Así, mi vida… tócame despacito… me encanta cuando me haces esperar…

Carlos siguió masturbándola con calma, metiendo y sacando los dedos, sintiendo cómo se abría más con cada caricia. Luego se arrodilló detrás de ella, le abrió las nalgas y le metió la lengua en la concha desde atrás. Lamió suave, saboreando los jugos mezclados con el agua. Le chupó el clítoris, le metió la lengua profunda, le lamió el orto un poquito, solo para hacerla temblar.

María gemía bajito, moviendo las caderas hacia atrás.

—Ay, verga… qué rico me comes… no pares…

Se levantó y la puso de frente otra vez. La levantó un poco, apoyándola contra la pared. María le rodeó la cintura con las piernas. Carlos agarró su verga y la colocó en la entrada de la concha. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo lo apretaba. Los dos soltaron un suspiro largo cuando estuvo todo adentro.

Empezaron a moverse pausados, profundos. Cada embestida era lenta pero fuerte, llegando hasta el fondo. El agua caía sobre sus cuerpos unidos, resbalando por los senos de ella, por la espalda de él. Se miraban a los ojos mientras cogían, sin decir nada, solo respirando agitados.

—Te amo tanto… —susurró María, besándolo entre gemido y gemido.

—Y yo a ti, mi reina… esta concha es lo mejor que me ha pasado en la vida…

Carlos aceleró un poquito el ritmo, pero sin perder la ternura. Le chupaba los pezones mientras la embestía, le mordía suave el hombro. María se tocaba el clítoris con una mano, frotándose contra él. Se corrió primero ella, temblando, apretando la concha alrededor de la verga, soltando un gemido largo que se perdió en el ruido del agua.

Carlos no aguantó mucho más. Con unas cuantas embestidas profundas se corrió dentro, llenándola otra vez, sintiendo cómo sus chorros calientes se mezclaban con el agua caliente que caía.

Se quedaron así un rato, abrazados bajo la ducha, besándose suave, dejando que el agua los lavara. Luego se enjabonaron mutuamente, riendo bajito, tocándose sin prisa, como si no quisieran que terminara.

Salieron de la ducha, se secaron y se vistieron. María se puso un jean ajustado y una blusa sencilla, Carlos una camiseta y pantalón corto. Se miraron en el espejo del baño, todavía con esa cara de recién cogidos.

—Vamos a buscar a los pelaos —dijo ella, dándole un beso rápido—.Pero esta noche… cuando duerman… seguimos, ¿eh?

Carlos sonrió.

—Cuenta con eso, mi amor. Esta noche y todas las que podamos.

Salieron de la casa tomados de la mano, subieron al carro y manejaron hacia la casa de los suegros. En el camino, María apoyó la cabeza en el hombro de él y le apretó el muslo.


Todavía hay pasión


—Gracias por esta noche… y por esta mañana. Te extraño cuando no podemos estar así.

—Y yo a ti —respondió él, besándole la mano—. Pero ahora sabemos que todavía podemos, ¿no? Que seguimos siendo los mismos de antes… solo que con más ganas.

1 comentarios - Todavía hay pasión

Ninfaa666
Me encantan tus relatos, se siente la pasión de la pareja que rico